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> Centro Tecnológico McLaren, Gales.
> Dieciocho años atrás.
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Al cumplir seis, su padre lo llevó como acompañante al trabajo. Le puso un traje gris y ajustó una corbata ahí, para después complementar con unos zapatos de vestir. Mamá lo despidió con un beso en la mejilla antes de subir al auto y le pidió ser bueno.
Miles no entendía que era un centro tecnológico, pero tampoco preguntó, temeroso de que pudiera cambiar de opinión. Simplemente subió al asiento del copiloto y abrochó su cinturón, dispuesto a mirar todo el tiempo por la ventana, contento de que el sonido del auto fuera lo que rompía el silencio.
Salieron de la ciudad y no tardaron mucho en llegar. La vista lo dejó estupefacto.
El edificio parecía una casa gigante del futuro, largo y brillante, como si fuera una nave espacial que había aterrizado en la Tierra. Tenía un lago redondo que bien podía ser un espejo enorme, con pasto perfecto y caminos lisos.
Antes siquiera de que pudiera comenzar a contar las ventanas, su padre aparcó y en automático, él lo siguió con grandes zancadas hacia una de las puertas principales.
Entonces sintió que entraba a otro mundo.
Uno blanco, limpio y muy calladito. Los pasillos eran largos y el recibidor estaba lleno de carros de carreras que dormían.
Y eso le encantó porque no eran lo clásicos autos aburridos en los que era obligados sentarse y guardar silencio.
Casi que olvidaba como respirar, tan temeroso de tocar algo y romperlo por la curiosidad y la emoción que sentía.
Sin embargo, Lord Lockridge no le dio tampoco la oportunidad pues de inmediato fue recibido por una mujer muy amable que los saludó y comenzó a guiarlos por aquel fascinante laberinto, sus ojos viajando por todas partes, especialmente a los cuartos en donde muchas personas se encontraban trabajando con dibujos y monitores.
La sala a la que llegaron olía a una mezcla de cítricos, aceite, metal y café. Las paredes están cubiertas de pantallas con números que se movían como si tuvieran vida propia, líneas moviéndose de arriba hacia abajo y lo que suponía, eran las pruebas de uno de los autos como el que se encontraba sin pintura descansando en el centro de todo aquello.
De haber tenido voz, hubiese soltado una exclamación de sorpresa, pero lo único que podía permitirse era no parpadear.
Los ingenieros que aparecieron saludaron a su padre y después le pidieron chocar la mano, como un gesto amistoso. Pero, el protocolo era rígido y quería demostrar que era bastante mayor para estar ahí, por lo que mejor estrechó sus manos con educación, antes de que les guiaran a una mesa llena de sillas.
Sus pies ni siquiera alcanzaban el suelo.
Poco entendía de la conversación a su alrededor, su atención realmente en las pantallas que además, tenían sonido.
Era un motor. El motor de un “monoplaza” como lo escuchó de una de mujer, al fondo.
—¿Por qué suena distinto cuando entra en la recta? —preguntó de pronto, sin mirar a nadie en particular.
El ingeniero a su lado sonrió, sorprendido.
—Porque ahí deja de luchar contra el aire. Es cuando el coche… respira. —respondió, señalando las pantallas.
Él no podía verlo, pero sus ojos se iluminaron como nunca al escucharlo.
—¿Respira?
—Sí. Como tú cuando corres.
Antes de que el hombre pudiera seguir hablando, una voz firme cortó el aire.
—Mi hijo no está aquí para aprender eso. —comentó papá, obligándolos a sumirse en un silencio esta vez bastante incómodo.
Thomas ni siquiera lo miró, revisando documentos, hablando de porcentajes, de acuerdos, de retornos y otras cosas complicadas.
El ingeniero simplemente volvió a su trabajo, no sin antes hacerle un gesto discreto para que siguiera prestando atención a lo que ocurría durante las pruebas.
Entonces algo se encendió dentro de él.
Algo que nadie, nunca, podría apagar.
No entendía del todo lo que vio. Y tampoco entendía por qué su pecho se sentía así.
Pero sí estaba seguro de una cosa: quería ser el que hiciera respirar al monoplaza.
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Narrativa ; 639 palabras