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> Algunos meses atrás.
> Carrera no. 12 del GP mundial.
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El cielo se caía sobre Silverstone, el público y los pilotos esperando por el veredicto de los comisarios, quienes barajaban la posibilidad de reprogramar la carrera para no arriesgarse de esa manera.
Sin embargo, a Miles le parecía apropiado.
La violenta lluvia afuera del garage era lo que mejor podía resumir lo que ocurría en su interior, su pie izquierdo golpeando con insistencia el suelo del box, mientras el director técnico hablaba frente a él, explicando los posibles escenarios que la FIA podría enfrentar: una salida detrás del Safety Car, un retraso, formación extendida… pero su cerebro estaba tan atrapado en una escena en particular que no permitía que ninguna palabra llegara.
El lugar vacío a su lado nada más que un recordatorio de la cruda realidad, mismo que resonaba en el interior de su pecho.
Sentía vértigo, pero eso no le impediría correr.
Cuando Adrien Renaudd se dignó a aparecer, se confirmó que la salida sería detrás del Safety Car por lo que sin perder más tiempo, se puso de pie, colocándose los earpieces, la balaclava y el casco, sin siquiera mirarlo.
Era el rayo. Si querían un espectáculo, él se los daría porque esa pista le pertenecía, así como la tormenta.
Pero su corazón no latía por la lluvia.
Latía por algo que se había roto. Algo que le quemaba dentro del mono, en un lugar que no sabía cómo proteger.
Algo que se había quebrado.
Para cuando llegó a su monoplaza, cerró sus manos temblorosas sobre el volante, obligándose a respirar hondo.
Lo odiaba. Y se odiaba a sí mismo por odiarlo, porque, en realidad, no eran nada más que compañeros. “Enemigos” según Adrien, después de la última rueda de prensa.
Enemigos.
Pero antes, habían sido amigos que se cuidaban, se apoyaban y se respetaban. Amigos que se conocían tan bien como hermanos y que en algún momento, llegaron a ser inseparables.
Sin embargo ya no quedaba nada de eso porque el chico de oro lo había arruinado para ambos.
—Radio Check. —escuchó en uno de sus oídos.
—Alto y claro. —respondió él, en un reflejo casi automático, aunque sin estar.
¿Por qué Ruth? ¿Por qué ese preciso día, antes de la carrera? ¿En qué había estado pensando?
Cuando salió del Pit Lane para llegar a la línea de salida, tomó la primera posición por la que había peleado contra el Renaudd durante la clasificación.
Había sido una batalla limpia.
Una pelea justa.
No como lo que había pasado después.
El Safety Car lideraría, marcando las primeras vueltas, lentas y controladas.
Pero incluso así, el mundo era solo gris y ruido. La vista era muy limitada, las gotas heladas estrellándose sobre todo y todos.
Las luces rojas del semáforo comenzaron a encenderse, una por una, un grito de desesperación atrapado en su garganta.
¿Por qué había tenido que ir a buscarlo?
¿Por qué había sentido miedo de perderlo?
Su ingeniero lo llamó varias veces:
“Miles, mantén delta.”
“Miles, aguanta ritmo.”
“Miles, ¿me copias?”
Él asentía a veces o presionaba el botón solo para evitar el reclamo. Sin embargo, al contrario de lo que todos pudiesen pensar, no era su clásica rebeldía.
Solo quería ocultar lo que estaba pasando dentro del casco.
El temblor. La respiración irregular.
Lo que intentaba tragarse.
Se maldijo una y mil veces, porque debió haberse marchado cuando los escuchó.
Pero no. Se quedó ahí, sin poder moverse, sintiendo como todo se desmoronaba.
El Safety Car apagó las luces.
Reinicio de carrera.
Fue cuando, por primera vez, Miles cometió un error al pisar el acelerador un instante antes de tiempo. Nada grave, pero sí lo suficiente como para delatar su estado mental.
“Miles, cálmate. Concéntrate. Estamos contigo.”
Pero no quería. No podía.
El spray era tan espeso que no podía distinguir nada al frente. Los neumáticos de lluvia mordían el asfalto con agresividad, buscando agarre donde casi no lo había.
Cada vez que tomaba una curva, lo hacía con más brusquedad de la necesaria.
Frenaba tarde.
Traccionaba demasiado pronto.
Era sutil, pero su equipo era muy profesional.
“Miles, box. Box en esta vuelta.”
—Negativo.
“Miles, repito. Box en esta vuelta.“
—Estoy bien.
Pero no lo estaba.
No quería que lo vieran así. Ni siquiera sabía cuando era que había comenzado a sollozar amargamente, mientras en su mente, seguía viendo una y otra vez como Adrien se cogía a Ruth en el vestidor, con sus mejillas enrojecidas, gruñendo y gimiendo como si la vida se le fuera en ello.
Le había roto el corazón, era eso.
Pero si se ponía a pensarlo mejor, él era el único culpable, porque, de nueva cuenta, no eran nada más que compañeros de equipo.
Se corrigió igual de rápido.
No. Ya no más.
Ahora eran enemigos.
La vuelta siguiente llegó la curva Copse que, incluso en mojado, exigía rapidez y precisión absoluta pues jamás perdonaba errores.
Giró el volante, el auto encontrando un charco profundo de agua en donde sus neumáticos perdieron todo el agarre.
La pérdida fue pura, real y letal. No fue espectacular ni hubo un vuelo dramático.
Solo silencio, violento y simple.
Su coche perdió apoyo aerodinámico al instante y el eje delantero dejó de responder.
Miles dejó de ser el conductor para convertirse en un pasajero.
El auto se deslizó recto hacia el exterior, impactando contra las barreras con un golpe duro y seco. El halo absorbió parte de ello, el resto, lo absorbió su cuerpo.
El mundo se volvió ruido blanco, su cabeza golpeando con la fuerza suficiente como para apagarlo todo.
Y ahí, en la oscuridad que le siguió, Miles Lockridge no vio las gotas de agua, las curvas de Silverstone, ni su auto destruido.
Solo a quien no debió haber vuelto a buscar.
A quien había querido perder. A Adrien.
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Narrativa ; 897 palabras
200 semillas 🫘