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> Bosques ancestrales, Avernyth.
> Durante la tercera vida de Miles.
Miles no sabía cuánto tiempo llevaba corriendo en el bosque. Los árboles parecían no tener fin y el viento helado se estrellaba contra su rostro.
Sus piernas no estaban agotadas.
Su respiración no estaba agitada.
La ausencia de pulso seguía pareciéndole aterrador, pero no tanto como la amplificación de sus sentidos; escuchando, oliendo y detectando absolutamente todo a la redonda, haciéndolo sentir abrumado.
Fue cuando Adrien lo llevó hacia uno de los pinos, pidiéndole seguirlo. Ahí, se impulsó con una facilidad absurda, el bosque reduciéndose a un mar verde bajo sus pies.
La altura lo hizo reír, con nervios.
—¡Esto es increíble! -exclamó, el tronco apenas balanceándose, descubriéndose más ligero que cuando estaba con vida.
Aún así, no pudo mirar hacia el vacío.
—Creo que estoy arrepentido. —confesó, mientras observaba los movimientos precisos del Renaudd quien se acercaba a toda velocidad.
—No digas eso… anda, ven aquí. —le pidió de un excelente humor, llevándolo a rodearle los hombros con sus brazos y su cintura con las piernas, escondiendo el rostro en su cuello por la vergüenza nacida de su inexperiencia.
—¿Así cazan los vampiros? —preguntó mientras trepaban hasta la copa.
—No, pero quiero que disfrutes la vista. —le respondió, llevándolo a mirar hacia el horizonte.
Quizá la inmortalidad comenzaba ahí.
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El bosque de Avernyth murmuraba secretos que ya no eran accesibles sólo para él. Esta vez Adrien corría junto a Miles, redescubriendo el mundo.
El temor a perderlo de nuevo se había disipado con el último latido de su amado, y ahora por fin habitaban el mundo a la par.
No existían limitaciones. Ni siquiera los altos árboles que lo invitó a conocer desde la cima.
A pesar de la inmortalidad de Miles, lo sostuvo con firmeza. Admiraba la fascinación en su rostro de porcelana, enternecido con el miedo que aún olía en él, como un eco fantasmal de su humanidad recientemente perdida.
—Había perdido la esperanza… —confesó Adrien, mirándolo mientras acariciaba su cintura—. Esto —continuó, entrelazando sus manos heladas—, era solo una ilusión que imaginaba en los peores días, cuando no podía evitar verte hasta en los rayos de sol.
Acarició el relicario de Miles, sonriendo con nostalgia al verlo de nuevo alrededor de su cuello. Esta vez, acompañado por dos pequeñas cicatrices.
La marca del nuevo comienzo. La eternidad que tanto anheló.
—No tengas miedo, mi corazón —susurró, besando las manos entrelazadas—. Aquí comienza nuestra nueva vida.
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