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> Terrenos de la Casa Renaudd.
> Después de la pelea con Adrien.
> Durante la primer vida de Miles.
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El aire nocturno le golpeó el rostro apenas cruzar el umbral. Y aún así, no fue suficiente para calmar el ardor en sus ojos y mejillas.
La noche era oscura, pero Miles no se dio tiempo para pensar. Solamente comenzó a caminar con demasiada rapidez y sin rumbo fijo porque quedarse quieto era peligroso.
Tenía el pecho apretado y la garganta cerrada, la mente repitiendo una y otra vez aquellas palabras que no lograba expulsar.
Las palabras seguían ahí, enredándose en su cabeza con demasiada violencia.
“Tal vez eres fácil.”
—Idiota… —murmuró, pateando una piedra con más fuerza de la necesaria, como si eso pudiera ayudarlo a sentirse mejor.
El frío erizaba su piel, pero no se detuvo hasta que uno de los estanques apareció frente a él, encontrando la tranquilidad que tanto había estado buscando.
Aquel lugar siempre le pareció seguro.
Las Lilas crecían cerca del borde, meciéndose suavemente. Entonces suspiró, una de sus manos acariciándolas con delicadeza, antes de arrancar una con sumo cuidado recordando la primera vez que Adrien lo amó, entre seda blanca y flores púrpuras.
Le siguió una más y luego otra y otra hasta llenar su puño, como si juntar algo tan bello pudiera reparar lo que acababa de romperse, porque eran sus flores y las de Adrien y quizá, si se las llevaba… él volvería a ser el vampiro de antes.
Si se detuvo, fue porque una voz desafortunadamente conocida destrozó el silencio.
—Siempre vienes aquí cuando estás herido y eso ya ocurre muy seguido… ¿no?
Miles se giró de inmediato, encontrando a Damien de pie frente a él, observándolo con esa fascinación que le enfermaba y lo llevó a aplastar las Lilas entre sus dedos.
—No… basta. No es un buen momento. ¿Qué haces aquí…? —preguntó, cansado de aquel juego en el cual no quería participar.
Damien no respondió de inmediato, si no que avanzó. Primero un paso y luego otro.
—Esta es mi casa. Estoy en mi derecho de estar aquí. —lo escuchó responder, haciendo una pausa mientras escudriñaba las sombras como siempre hacía antes de invadir su espacio personal—. ¿Estás solo?
Un escalofrío le recorrió la espalda.
La respuesta era obvia, incluso si mentía.
—Por favor. No te acerques. —advirtió Miles, retrocediendo hasta sentir uno de sus talones hundirse en el borde de fango.
Damien ladeó la cabeza.
—¿Sabes qué es lo que me resulta tan… fascinante? Que puedo oler tu miedo, pero aún así… sigues aquí. —lo ignoró deliberadamente, dando otro paso hasta quedar demasiado cerca.
—¡No te acerques! —suplicó de nuevo, pero su voz no fue suficiente. Si no huía era porque quería negarle el placer de la caza. Y aún así el final, siempre era el mismo.
Damien alzaba la mano para tratar de influenciarlo y hacerlo dócil. En esa ocasión, sus dedos le rozaron el cuello, esperando el momento de quiebre.
Pero no llegaba. Nunca lo hacía.
Miles se tensaba, su corazón agitándose y su mente buscando resistir las órdenes que le llegaban mientras la nariz le sangraba.
El aire cambiaba, pero ni siquiera así cedía.
Lo único que podía hacer era mantenerlo ahí, pero jamás cumplir sus deseos.
—¡Ya basta! —exclamó, apartando su rostro con brusquedad, rompiendo los hilos por completo—. Déjame en paz.
Sin embargo, algo fue diferente esa vez.
Algo en el hermano de Adrien se endureció.
—No entiendo… —murmuró, más para sí mismo—. Con él no te apartas.
El golpe fue inmediato, Lockridge de pronto comprendiendo lo que estaba pasando. Si Auguste había mencionado algo de aquello frente a él…
—No te atrevas a… —comenzó a decir, antes de que el vampiro lo sujetara del rostro con una fuerza que no admitía réplica, para besarlo.
No suave. No como una insinuación.
Sino como invasivo. Frío. Impuesto.
Se quedó inmóvil un segundo por la sorpresa, antes de reaccionar y empujarlo lejos, con todo lo que tenía.
—¡Suéltame! —gritó, por primera vez siendo claro con el rechazo.
Y eso… eso fue lo que lo condenó.
El cambio fue instantáneo.
Sus ojos rojos se oscurecieron, no solo con deseo… sino con algo mucho más primitivo.
—Siempre eliges mal. Incluso ahora. —lo escuchó decir con una sonrisa cruel y demasiado segura, como cuando corregía a sus colegas al cometer un error.
Sus manos se cerraron alrededor de sus hombros con una fuerza sobrenatural solamente para empujarlo y hacerlo estrellar en el fango, peligrosamente cerca del agua.
—Podrías haberlo tenido todo si hubiese sido yo—.
Miles intentó levantarse, porque siempre lo hacía. Siempre luchaba. Incluso aunque sus manos estuvieran sucias y resbalosas… Pero era un simple humano. Y aunque quiso, no fue lo suficientemente rápido.
El impacto llegó sin aviso como un estallido seco y brutal, en la cabeza. El mundo se inclinó de golpe mientras un sabor metálico le llenaba la boca y algo caliente corría de su sien hasta su mejilla.
Se sintió desorientado, un zumbido insoportable instalándose en sus oídos.
Primero pensó que iba a vomitar.
Después, que iba a gritar.
No hizo ninguna de las dos cosas.
Sintió cómo lo arrastraba y después lo giraba. No entendía por qué dolía así, ni por qué sus manos temblaban aunque estuvieran atrapadas por el lodo. Quería gritar, no por ayuda, sino para arrancarse esa sensación de la piel y el cuerpo, porque de pronto Damien estaba en todas partes. Y él no quería estar ahí. No así. No dentro de sí mismo.
El frío del estanque empapando su ropa fue lo único que lo devolvió momentáneamente a la realidad. Intentó aferrarse al borde, pero nada en él respondía como debía.
Entonces lo comprendió.
No iba a salir de ahí.
El agua se cerró sobre su rostro de manera lenta y calculada, el agarre férreo del monstruo en sus cabellos y alrededor de su cuello queriendo asegurarse de que entendía cada segundo del escarmiento, mientras él pataleaba y tragaba agua que quemaba al entrar.
Intentó salir, desesperado, pero la presión lo mantuvo abajo a pesar de que se removía con violencia, sus manos buscando apoyo en cualquier cosa, encontrando solo a Damien.
Todo era oscuro, verde y distorsionado, sus gritos y gemidos de dolor convirtiéndose en burbujas.
Se retorció hasta que logró girar el cuerpo y golpear a ciegas. Sus uñas encontraron tela, luego carne. El vampiro no reaccionó como un humano habría hecho.
Antes al contrario.
Sus dedos se cerraron en su muñeca, la presión tan brutal que el hueso cedió.
El alarido que escapó de sus labios solo lo llevó a tragar más agua, el ardor en sus pulmones comenzando a crecer hasta volverse insoportable, cada segundo estirándose como una eternidad.
Fue cuando pensó en él.
En Adrien.
Su nombre se le clavó en el pecho.
Golpeó otra vez con la mano sana, con toda la fuerza que le quedaba, el Renaudd apretando con más fuerza su cuello.
Su boca se abrió en un reflejo desesperado y el pánico se volvió absoluto y animal. Su mente comenzaba a fracturarse, pero su cuerpo aún luchaba, desesperado.
Cuando encontró el borde del abrigo del vampiro se aferró, como si así pudiera evitar el desaparecer.
“Por favor…”, suplicó sin saber a quién.
La presión en su pecho se volvió fuego, su vista llenándose de manchas blancas.
Sus pensamientos comenzaron a dispersarse en fragmentos sin orden: el sonido de pasos en el castillo, Lilas secándose entre páginas, una risa ahogada, un baile de salón y luego, el rostro del hombre a quien amaba.
Su sistema comenzó a fallar. Sus movimientos se volvieron lentos y erráticos.
Se soltó poco a poco, el silencio envolviéndolo. Sólo entonces lo liberó, dejándolo hundirse y morir.
Comprendió que no había sido suficiente amar bien. Y que Adrien nunca sabría cuánto lo había intentado.
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Narrativa ; 1224 palabras
300 semillas 🫘