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> Carrera no. 19 del GP mundial.
> Garaje de Lockridge Racing.
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Apenas escuchó el portazo, Miles sujetó a Renaudd del mono con una fuerza que desconoció. La electricidad cargaba el aire que los rodeaba, el único ruido siendo el de sus respiraciones entrecortadas.
Pero si bien ya lo tenía en donde quería, no fue su puño lo que encontró el rostro de su compañero.
Entonces ocurrió pero no como una decisión, sino más bien como un colapso.
Todo el ruido, la rabia y el miedo se disolvieron en ese breve instante, antes de que Lockridge comenzara a besarle los labios con una fiereza salvaje e impulsiva, siendo correspondido como una rendición compartida.
El rackroom olía a caucho, a sudor y a las notas del perfume de Adrien, que aunque tenues, lograron embriagarlo.
No supo cuánto tiempo estuvieron así, porque para él, el tiempo se detuvo.
Sin embargo, cuando se separaron, se miraron confundidos y agitados por lo que acababan de cruzar. Era como si ninguno de los dos entendiera que acababa de pasar, como si el contacto les quemara.
—¿Eso era lo que querías? —escupió Miles, entre jadeos, su cuerpo tembloroso. Si bien sentía un sabor metálico en su boca, también estaba el regusto a Adrien, quien ahora tenía los ojos abiertos de par en par, en un silencio insoportable y aplastante.
Sabían que afuera los buscaban, pero en ese cuarto, el campeonato, la prensa, el orgullo y la rivalidad habían dejado de importar para ambos.
Solo quedaba el eco de lo que habían hecho, flotando entre ellos como una verdad imposible de esconder.
Estaban asustados, buscando entender lo que no podían decir en voz alta, pero conscientes de que habían cruzado una frontera que no tenía regreso.
Su nariz aún sangraba, y era esa misma sangre lo que ahora manchaba los labios y la piel salpicada de pecas de su compañero, haciendo parecer a simple vista que igual estaba herido.
Fue el golpe en la puerta lo que los sacó del trance, las voces de afuera sonando urgentes.
—¡Abran la puerta! ¡Ahora!—.
Antes si quiera de que pudieran reaccionar, la cerradura cedió y dos guardias de seguridad irrumpieron gritando órdenes, sus movimientos bruscos devolviéndolos a la realidad.
Los alejaron sin cuidado, tomándolos por los brazos, creyendo que seguían peleando.
Miles intentó hablar, pero la voz se le quebró. Adrien se limitó a mirar al suelo, ambos con los rostros enrojecidos y sudorosos.
—¡Tranquilos, ya está! ¡Nadie más se lastima! —gritó uno de los hombres, mientras otro pedía refuerzos por radio.
El equipo había comenzado a congregarse afuera del pasillo; los ingenieros, los técnicos, incluso algunos reporteros que habían escuchado el estruendo esperando por ellos, mientras los flashes caían sobre ellos sin ninguna clase de piedad.
Lockridge sintió el golpe del aire fresco cuando lo sacaron del cuarto. La luz del garage lo dejó ciego y confundido durante unos segundos. Podía oír que gritaban su nombre, pero su mente seguía atascada en aquel preciso momento, cuando Adrien lo había tomado de los rizos con fuerza para profundizar el gesto que habían compartido.
Si bien lo encontró en medio del caos, otro guardia lo empujaba hacia el lado opuesto.
Sus miradas se cruzaron por última vez, pero nadie notó, que en esos ojos no había odio, solo una pregunta muda, imposible de responder allí.
Cuando la FIA anunció la suspensión horas después, los titulares hablaban de violencia, de escándalo y sanciones ejemplares.
Pero detrás de todo, lo que había estallado no era una pelea, sino algo mucho más difícil de controlar.
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Narrativa ; 558 palabras