España y Gran Bretaña, se baten por el control del Océano Atlántico, las Islas Canarias parecen un objetivo secundario, hasta que la Royal Navy al mando de Horacio Nelson decide lanzarse por ellas. Un puerto pequeño Santa Cruz de Tenerife, se convierte de repente en el centro de la tormenta, vecinos, milicias y soldados, se preparan como pueden, para enfrentarse al choque naval entre los imperios navales más poderosos del mundo. Y lo que va a suceder, en esas horas, marcará para siempre la historia de Canarias. Vamos a ver, porque lo que pasó en julio de 1797 no fue una simple batalla.
A finales del siglo XVIII, Europa ardía, España se había aliado con la Francia revolucionaria contra Gran Bretaña, en el tratado de San Ildefonso. Y eso convertía automáticamente a los puertos y colonias españolas en objetivos de la Royal Navy. Las Islas Canarias tenían un valor enorme, eran escala obligada para las rutas hacia América y Asia, controlarlas, significaba dominar las comunicaciones del Atlántico, cortar el comercio español y asegurarse, un punto de abastecimiento clave, Londres lo sabía y Nelson lo tenía claro, si lograba ocupar Tenerife, podía abrir la puerta a todo el archipiélago, además había otro incentivo, en Santa Cruz se acumulaban riquezas traídas de ultramar, cargamentos de plata y mercancías que los británicos deseaban capturar. La expedición no era solo un movimiento estratégico. también prometía un botín suculento para oficiales y tripulaciones, con esa mezcla de ambición política, poder naval y hambre de oro, la Royal Navy fijó la vista en un pequeño puerto que sobre el papel parecía indefectible, Santa Cruz de Tenerife.
El plan británico era claro, Nelson reunió una fuerza de 9 barcos, lavíos de línea, fragatas y hasta un cutter armado, en total casi 4000 nombres listos para la acción, su idea parecía sencilla, desembarcar, tomar el castillo de Paso Alto, y desde ahí, obligar a Santa Cruz a rendirse. Un golpe rápido, limpio y en teoría fácil, enfrente, el responsable de la defensa era el teniente general Antonio Gutiérrez, un veterano de mil batallas, que a sus 68 años arrastraba problemas de salud, pero no de valor, sabía que no podía igualar, la potencia de fuego británica en el mar. Así que apostó por otra estrategia, convertir cada metro de la costa en una trampa. Santa Cruz estaba protegida por 21 baterías y fortines que cruzaban su fuego desde distintas posiciones, el castillo de San Cristóbal, en el centro, era el corazón de la defensa, como muros de piedra y decenas de cañones apuntando al puerto. En los flancos de Paso Alto y San Juan cerraban la entrada a la bahía, lo más sorprendente no fue la artillería, sino la gente. Apenas había tropas regulares. Así que se movilizó a todos campesinos, artesanos, estudiantes, frailes y hasta pescadores. Las milicias Canarias se sumaron a los soldados y los franceses de la corbeta La Mutine, recién apresados, se ofrecieron como refuerzo.
Santa Cruz, no era solo una plaza militar, era un pueblo entero decidido a resistir. Y esa combinación de veteranía, ingenio y unión, iba a poner a prueba a Nelson y a la mismísima Royal Navy. La noche del 22 de Julio comenzó el primer intento británico, decenas de lanchas se acercaban en silencio a la costa, con los remos envueltos en tela para no hacer ruido. Nelson buscaba sorprender a los defensores, pero el mar tenía otros planes, corrientes fuertes, lanchas dispersas y para colmo los vigías de Santa Cruz dieron la alarma. Campanas repicando, cañones cargados y el desembarco abortado antes de empezar, la sorpresa se había perdido. Al amanecer del 22 Nelson insistió, esta vez unos mil hombres lograron tomar tierra en la playa de Palo Seco, al norte de la ciudad, pero lo que parecía un avance se convirtió en un callejón sin salida, los cañones de Paso Alto les barrían desde el frente, mientras fusileros canarios disparaban desde las alturas. Durante horas, los británicos quedaron atrapados en una franja de arena, incapaces de romper el cerco. La noche del 23 se retiraron a escondidas, dos intentos, dos fracasos, la tercera sería la definitiva. La noche del 24 de Julio, Nelson decidió liderar el asalto en persona, cientos de hombres avanzaron en seis divisiones de botes hacia el puerto de Santa Cruz, al principio todo parecía ir bien, el silencio, la oscuridad, la costa a pocos metros, pero entonces, la alarma sonó de nuevo, las baterías abrieron fuego al unísono, el cutter Fox fue destrozado en segundos y muchas lanchas naufragaron antes de tocar tierra, en medio del caos un disparo de metalla alcanzó a Nelson destrozándole el brazo derecho,lo evacuaron de urgencia, mientras los pocos que lograron desembarcar se lanzaban a combates callejeros. Grupos de británicos llegaron a la plaza de la Pila y hasta el convento de Santo Domingo. Pero allí quedaron rodeados por milicias y soldados. Empapados, con la pólvora inútil, sin munición, ni salida al mar, al amanecer lo que debía ser una conquista se había convertido en un cerco desesperado. Los británicos estaban acorralados, más de 300 hombres se habían refugiado en el convento de Santo Domingo, rodeados por las milicias Canarias y con los cañones españoles apuntando desde el puerto. Intentaron pedir la rendición de la plaza, pero Antonio Gutiérrez no cayó en la trampa, eran ellos los que estaban vencidos. El capitán Thomas Troubridge no tuvo otra opción que negociar, y lo que salió de esas conversaciones fue sorprendente, en lugar de aniquilar al enemigo, Gutiérrez ofreció condiciones honorables. Los británicos podrían reembarcar con sus armas, banderas y tambores, siempre que prometieran no volver a atacar las Islas. Ese mismo día, los supervivientes desfilaron hasta el muelle escoltados, mientras los cañones permanecían en silencio. Muchos heridos graves quedaron en hospitales de Santa Cruz, atendidos por médicos españoles y como si se tratara de un duelo de caballeros, hubo incluso, intercambio de regalos, Nelson envió un queso y cerveza inglesa, Gutiérrez respondió con vino de Tenerife,las cifras hablaban solas, alrededor de 350 bajas británicas frente a unas 30 españolas, para Nelson fue su primera gran derrota y el inicio de su leyenda trágica, salió vivo pero sin su brazo derecho, en cambio aquel día marcó su lugar en la historia. La noticia de la victoria recorrió España como un rayo, apenas meses antes, la armada había sufrido la derrota en el cabo de San Vicente y ahora, una pequeña guarnición de milicias y vecinos había logrado lo impensable, rechazar a la Royal Navy y salvar las Canarias. Carlos IV recompensó a Santa Cruz con un título para la eternidad, muy noble Leal e Invicta. Nelson perdió un brazo, sí, pero también la seguridad en su propia invencibilidad del pasado. Durante meses se ha sentido en la depresión, convencido de que se había convertido en un hombre inútil, sin embargo, regresaría más tarde a la gloria, en la batalla de Trafalgar, pero cada vez que levantaba la manga vacía de su uniforme, la sombra de Tenerife seguía allí. En Canarias en cambio, la gesta se convirtió en orgullo colectivo, cada 25 de Julio Santa Cruz recuerda aquella noche en la que pescadores, campesinos y soldados, defendieron su tierra hombro con hombro. El cañón tigre, la bandera británica capturada y las cartas entre Gutiérrez y Nelson se conservan como símbolos de que la isla no se rindió. La batalla de Tenerife no fue una simple escaramuza, fue la prueba de que un pueblo Unido podía frenar a un imperio y por eso, más de dos siglos después sigue siendo una de las páginas más brillantes y más olvidadas de nuestra historia.