En este mismo instante, la Tierra está viajando por la galaxia a más de 800 mil kilómetros por hora, no lo notamos, porque todo el sistema solar se mueve con ella, orbitando el centro de la vía láctea, en un viaje que tarda unos 250 millones de años en completarse. A ese gigantesco recorrido lo llamamos año galáctico. Desde que nació el sistema solar, hace unos 4.500 millones de años, solo hemos dado unas 20 vueltas completas alrededor de la galaxia. Aproximadamente, al comienzo del actual año galáctico, la Tierra atravesaba el momento más devastador de su historia, la gran extinción del pérmico triásico. Más del 90% de las especies desaparecieron, hoy vamos a recorrer ese viaje, un viaje de 250 millones de años a través de la galaxia, que ha acompañado, cada transformación profunda de la Tierra, desde la mayor extinción masiva hasta el surgimiento de los primeros humanos. Nuestro Sol no es especial, es solo una estrella más, entre los cientos de miles de millones que orbitan el corazón de la vía láctea.Todas ellas giran alrededor de un punto invisible en el núcleo galáctico. Sagitario A estrella, un agujero negro supermasivo, con más de 4 millones de veces la masa del Sol, a unos 27.000 años luz de ese centro. Nuestro sistema solar avanza a unos 230 kilómetros por segundo, arrastrando consigo a todos los planetas, asteroides y cometas, en un viaje silencioso a través de la galaxia. Pero la vía láctea no es un vacío tranquilo, es un inmenso océano espacial lleno de corrientes gravitatorias, brazos espirales repletos de estrellas jóvenes, nubes gigantes de gas, donde nacen nuevos soles y bastas regiones oscuras, donde casi no hay materia. A través de ese paisaje estelar, el Sol tarda entre 225 y 250 millones de años, en recorrer una órbita completa, un solo año galáctico. Pero nuestra órbita alrededor de la galaxia, tampoco es un círculo perfecto. Mientras, el Sol avanza alrededor del centro galáctico, también se mueve arriba y abajo, a través del disco de la galaxia, es una oscilación lenta, casi imperceptible, que hace que el sistema solar atraviese periódicamente, el plano más denso de la vía láctea. El Sol tarda unos 60 millones de años en describir una oscilación completa arriba y abajo del plano galáctico. Cada 30 millones de años aproximadamente, cruzamos esa región central del disco galáctico, donde se concentran la mayor parte de las estrellas, el gas y el polvo Interestelar. Y ese movimiento puede tener consecuencias muy lejanas e inquietantes, en los confines del sistema solar. Allí se encuentra la nube de Oort, una gigantesca nube esférica de cometas, que marca el límite gravitatorio de nuestro sistema. Cuando el entorno gravitatorio cambia durante estos cruces galácticos, algunos de esos cuerpos helados pueden ser perturbados y tras un viaje de millones de años, algunos terminan cayendo hacia el interior del sistema solar. Algunos científicos han sugerido que este ciclo podría estar relacionado con ciertos patrones de extinciones masivas, no es una idea confirmada, pero sí una posibilidad fascinante, que la vida en la Tierra esté influida por el vaivén del Sol a través del disco galáctico. Nuestro propio pasado es la mejor prueba de este viaje violento. Hace exactamente 250 millones de años, al inicio de nuestra vuelta actual a la galaxia, la Tierra no era un mundo estable, era un planeta a punto de ser esterilizado. La Tierra atravesaba el momento más devastador de toda su historia, la gran extinción del pérmico triásico, más del 90% de las especies del planeta desaparecieron, los océanos se vaciaron, los ecosistemas colapsaron, la vida estuvo peligrosamente cerca de desaparecer para siempre. En aquel tiempo, todos los continentes formaban un único súpercontinente, pangea. Mientras el sistema solar avanzaba silenciosamente por la vía láctea, en la Tierra se desencadenaba una catástrofe planetaria, erupciones volcánicas colosales, en lo que hoy conocemos como las trampas siberianas, liberaron cantidades gigantescas de gases de efecto invernadero, el clima se volvió extremo, los océanos perdieron oxígeno, y gran parte de la biosfera colapsó, fue un reinicio casi total para la vida en la Tierra, el kilómetro cero de nuestro año galáctico, mientras todo esto ocurría en la superficie, el sistema solar continuaba su inexorable viaje a través de la galaxia. Los modelos sugieren que en aquella época, nos encontrábamos en una región relativamente tranquila del disco galáctico, probablemente, lejos de los grandes brazos espirales, donde nacen la mayoría de las estrellas. La posición exacta se pierde en la niebla del tiempo, pero en la Tierra, tras la gran extinción, el planeta permanecía casi en silencio. Tras la gran catástrofe del final del pérmico, la vida comenzó lentamente a reconstruirse, la Tierra seguía dominada por el súpercontinente pangea. El clima era cálido, seco, con enormes desiertos interiores, la biodiversidad era baja pero la vida resistía. Los primeros dinosaurios aparecieron en ese mundo todavía frágil, ocupando los nichos que la extinción había dejado vacíos. Si hubiéramos mirado el cielo nocturno del triásico, no habríamos reconocido ninguna constelación, las estrellas cercanas eran otras compañeras de viaje que hace mucho tiempo se dispersaron por la vía láctea, mientras la vida se reorganizaba en la superficie, el sistema solar seguía avanzando en su órbita galáctica, acercándose lentamente a regiones más densas.