En varias de las cartas que se conservan de Joaquina dice: “Estad siempre alegres por todo, porque la alegría es la principal virtud”. Habla de la alegría, no de una alegría entre otras tantas. Puede haber distintos tipos de alegría: la alegría de una buena noticia, de un encuentro, de una broma...
¿Qué alegría es esa? ¿Cuál es su fuente? ¿Cómo la podemos encontrar y compartir? Se trata de una alegría honda y duradera que no procede de que las cosas vayan bien o mal, pues estamos viendo que muchas veces las mejores condiciones externas no garantizan que vivamos con alegría. Esa felicidad tiene que ver con la relación con los otros, con estar donde y con quien debemos estar, haciendo lo que tenemos que hacer.
En una ciudad de Asia había dos hombres desdichados, pues el uno era ciego y el otro era paralítico de ambas piernas. Y los dos eran muy pobres, tan pobres, que todos los días rogaban al cielo que les quitara la vida, pues no valía la pena vivir con tal desgracia.
Un día el ciego, que había ido a mendigar a la plaza del mercado, oyó los gritos del paralítico, y sintió una pena enorme al ver a alguien que sufría tanto. Se sentó cerca de él, empezaron a charlar y en pocas horas se habían convertido en los mejores amigos.
-Yo tengo mis males y tú los tuyos. Deberíamos juntarlos -propuso el ciego. Así será menos espantoso.
- Pero yo no puedo dar un solo paso y tú no ves nada -respondió el paralítico. ¿De qué podría servir unir nuestras miserias?
- ¿De qué? -respondió el ciego. ¡Muy sencillo! Entre los dos tenemos todo lo necesario: yo tengo piernas y tú tienes ojos. Yo puedo llevarte y tú serás mi guía. Yo caminaré por ti y tú verás por mí.
En pocos minutos se pusieron de acuerdo y se fueron tan contentos por la calle. Una hermosa sonrisa lucía en la cara de los dos amigos.