Las circunstancias que estamos viviendo en estos dos meses, sin duda, nos han hecho pensar. Y no solamente nos han hecho pensar sino que nos están dando un conjunto de lecciones. Y estas lecciones vienen expresadas sobre todo por personas. Nos estamos dando cuenta, aunque ya lo sabíamos, por lo menos en gran parte, de que todos nos necesitamos, unos a otros nos necesitamos. Y la manera de resolver estas necesidades cívicas, personales, familiares, vecinales... es a través del servicio. Y han venido apareciendo distintas personas sirviendo. De algunas personas no se ha conocido su servicio, lo han llevado a cabo de una manera anónima, pero heroica; y otras personas, se han entregado de tal forma, entregando por completo su vida, que por ello se ha conocido su ayuda. Cualquiera de nosotros los reconoce en distintas áreas, particularmente a servidores de la ciudadanía, pero también a servidores muy particulares, que se entregan, que se han entregado y algunos hasta la muerte. La vida nos está diciendo que el servicio es necesario.
Para los creyentes esta lección que nos da la vida queda reforzada en Jesús y en la experiencia de las primeras comunidades cristianas. Jesús nos dice que no ha venido para ser servido sino para servir. Y para servir hasta entregar la vida. E insiste en que su presencia entre nosotros es la presencia del servidor. Porque no solamente es que él tiene clara esta idea, es que desea que cada persona la entienda y la practique.
No era fácil el desafío, sabemos que en el grupo de apóstoles que compartieron años de vida con Jesús, todavía al final discutían sobre quién sería el “primero” según la concepción que damos las personas a este término; todos se escondieron y huyeron en el momento de la muerte; Pedro negó conocerlo… No entendieron quién era Jesús, ni cuál fue su profundo deseo para las personas, ni cómo es ese Dios del que él es imagen. Y hoy sigue sucediendo parecido: no por ser cristiano ya conocemos la realidad del Dios en el que decimos creer. ¡Ni mucho menos!
Sin embargo, muchas personas que no piensan en la religión, o que la desconocen, han mostrado durante esta pandemia unos ejemplos de vida cristiana extraordinarios: servicio se llama ese ejemplo.
En el bloque donde vivo, el primer día de confinamiento apareció un folio con la dirección de una persona que se ofrecía a prestar ayuda a cualquiera que lo necesitase. La televisión ha informado de manera habitual sobre casos de personas en mil lugares diferentes ofreciendo ayuda de todo tipo: llevando comida, paseando al perro de una anciana, haciendo la compra, enviando un mensaje de ánimo, felicitando al niño que sale al balcón, transportando gratuitamente a personal sanitario a su puesto de trabajo, ofreciendo las habitaciones,... ¡Cuánta solidaridad ciudadana! Y toda realizada como servicio al otro.
He titulado este escrito bajo el epígrafe de samaritano. Cuenta Jesús en el evangelio cómo una persona oriunda de esa región, gente con mala fama en el país, presta ayuda a un desconocido malherido, víctima de una asalto. Quiere enseñar la importancia de estar atento a las necesidades del cercano y de mostrarse solícito para ayudar. Así viene sucediendo durante esta pandemia. Multitud de desconocidos han colaborado sirviendo a otros, no han preguntado nada, han respondido sirviendo en el fragor del desconcierto. Un profundo humanismo se ha revelado y nos hace enmudecer de emoción. Seguro que son muchos los creyentes que han participado de esta ola de solidaridad, y seguro que somos muchos los que volvemos a tener otra ocasión de aprendizaje. En cualquier caso, agradece hoy por tanta bondad.