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El 15 de octubre de cada año UNICEF celebra el “Día Mundial del Lavado de Manos”. Por su parte, la OMS tiene fijado el 5 de mayo como “Día Mundial de la Higiene de Manos”; este año con el lema de “Salve vidas: límpiese las manos”.
La realidad ha querido que en 2020 la efemérides sea de una actualidad máxima. Por todas partes se nos repite como un goteo incesante: “Lávate las manos”. Y es que estas son un vector vital en la posible transmisión del virus.
Nace el niño con sus minúsculas manos, ellas le sirven de guía para palpar, asirse a cualquier cosa por seguridad. Son manos tiernas e inocentes.
Con las manos el bebé procura, unos meses después, no caerse cuando se inicia en el caminar y su cuerpo se balancea dubitativo. En este tiempo, ¡las manos ya han acariciado a tantos seres entrañables! Son ternura.
Las manos de piel tersa, blancas o negras, abrazan, señalan, cogen, indican; visten el cuerpo y llevan el alimento a la boca; agarran con fuerza aquello que es “mío”, y ofrecen al otro un juguete, a “mi amigo del parque”. Las manos comparten.
El joven las abre para abrazar al ser querido. Con ellas saluda emocionado, pero también estas manos ya han señalado al extraño o al enemigo, se han erigido violentas y amenazadoras; tal vez han causado dolor, y seguro que han regalado amor. Son las manos de piel primaveral, compañeras de la palabra, amplificadoras de sentido. Porque sí, las manos también expresan. El artista comienza a entrenarlas sobre un papel, quizá un día un lienzo; el músico les da rienda suelta con un instrumento y ellas, en silencio, pronuncian sonidos mágicos que embaucan el espíritu o hacen volar la fantasía. La escritora las guía elaborando palabras que se suceden en páginas de relatos mágicos. ¿Y el alfarero? Ellas dan cuerpo a las ideas que pululan en su mente creativa. ¡Qué bien tan precioso las manos! Cuídalas.
Con sus manos sana el médico, cuida la enfermera, acoge quien ama al amado dolido, las inclina el que deposita la limosna o el que regala un agradecimiento al artista callejero. Son las manos del niño, del joven, del adulto o del anciano que dan de lo que sobra o comparten hasta lo que falta. Esas preciosas manos que también golpean inmisericordes o aprietan, asesinas, un gatillo. Manos solidarias las primeras, ¡no permitas las segundas!
En la Biblia, la creación sucede con las manos de Dios. Y en el segundo acto de esta obra, el Nuevo Testamento, Jesús se vale con frecuencia de sus manos: manos que garabatean “despistadas” en el suelo mientras unos hablan para “probarlo”; las que hacen barro para untar en los ojos y regalar la vista; manos que toman del agua de la samaritana; las mismas que acarician a los niños que se acercan o con las que se come en casa de Zaqueo. Las manos de Jesús parten el pan y ofrecen la copa de la comida, la fiesta y la memoria. Son las manos que se abrirán en la cruz, desvalidas. En el evangelio, las manos sanan con tanta naturalidad como creatividad, porque siempre apaciguan y regalan.
Las manos maduran, la piel se agrieta, envejece y se encoge arrugada. Multitud de historias se han ido sucediendo en sus palmas y se han escapado entre sus dedos. Hoy nos invitamos a cuidarlas porque, igual que con ellas podemos dar tanto, también podemos transmitir un virus que nadie quiere. Mímalas.