Te invitamos a que encuentres un momento de silencio. Esta música que te proponemos puede acompañarte en estos momentos de reflexión.
Ruah se puede traducir como "viento, espíritu". Es el viento original y misterioso, imprevisible, omnipresente; es el aire, realidad divina en la que se asienta todo lo que existe.
El Evangelio comienza con un escenario de puertas cerradas, de miedo. Todos están en el mismo lugar, juntos. Silencio. Se sienten un poco vacíos porque Él ya no está y porque no saben muy bien qué hacer ni cómo hacerlo. Con miedo porque el futuro se presenta incierto.
¿He vivido así en diversas circunstancias? Cuando me han dado una noticia dura, cuando me ha invadido la soledad, al golpearme la enfermedad, ante la muerte, en el fracaso…
En ese lugar de encierro, Jesús se hace presente, trae la paz. No niega el dolor, no oculta el sufrimiento. Su presencia hace todo diferente. Y, de repente, todo cambia. Ruido plenitud, luz… Se cumple la promesa. Se llenan de su fuerza.
¿En qué me encierro yo? ¿Qué me impide salir al mundo?
¿Qué hay de vacío en mi vida? ¿Qué la llena?
El Espíritu se reparte a todos, a cada uno. Es la nueva vida que nos regala. Regala a los apóstoles su espíritu que los anima a continuar su misión. Y se expresa en nosotros, si le dejamos, de distinta forma. Es tarea de cada uno el descubrir en uno mismo, dónde le lleva el Espíritu, cómo le empuja a salir, a darse a los demás, hacia dónde dirigir los pasos.
¿Cómo dejo en mi vida que el Espíritu me empuje? ¿Hacia dónde camino?
¿Con qué acciones o gestos de cada día transmito el Espíritu de Dios?
Intento entender cómo cambia el ambiente de la sala y cómo cambian los corazones de los apóstoles. Los que acompañaron a Jesús en su vida también vivieron esta alegría. ¡Qué alegría experimentarían Pedro y Juan cuando corrían hacia el sepulcro vacío! Y, ¿cómo sería el encuentro de María y su prima Isabel? No faltaría tampoco momentos alegres en las visitas de Jesús a sus amigos de Betania. Me siento invitado a construir el mundo de la manera que Dios lo quiere.
¿Me dejo llevar por la tristeza, por el pesimismo?
¿Reconozco en mi vida todos los motivos que tengo para ser feliz? ¿Comparto mi alegría de ser cristiano?
No fue sólo aquel día lejano en que un grupo de discípulos asustados se sintieron fuertes, unos hombres sencillos se supieron sabios y hablaron con palabras de Dios. Es hoy, en ti y en mí. No es paloma ni llama ardiente, y tal vez no nos lanza al medio de la multitud a dar gritos. Y, sin embargo, el espíritu de Dios sigue lloviendo sobre nosotros, envolviéndonos en silencio, seduciéndonos sin trampa, susurrándonos palabras de amor infinito y enseñándonos a mirar el mundo y la vida con ojos nuevos.
¿Soy consciente de esa presencia de Dios en mi vida?
¿Lo siento así cercano alguna vez?
A veces no sé verlo. Pero en otras ocasiones siento de verdad que está ahí.
Y me vuelca las entrañas ante el dolor, y me enternece con las cosas sencillas.
Tu espíritu que me ayuda a reírme de mí mismo cuando me pongo imposible.
Es presencia y cercanía. Si le dejo guiarme no me siento solo.
A veces lo silencio, pero sigue ahí, paciente, siempre, esperando.
Está dentro de mí, sin anularme.
Es compañía y refugio, fortaleza y misterio, emoción y tormenta.