Asier y Aitana, periodistas, subieron a una colina desde la que divisar la ciudad. El espectáculo era dantesco: muertos junto a los escombros de edificios que hasta hace poco habían albergado familias y negocios y una cantidad considerable de heridos haciendo largas filas para recibir la atención de los organismos de socorro que habían llegado a la ciudad.
Más al sur se empezaban a levantar tiendas de campaña para dar cobijo a centenares de personas que habían quedado sin techo por el efecto de las bombas lanzadas la noche anterior. Las filas para recibir un trozo de pan y una taza caliente de caldo se alargaban como una sombra de dolor y sufrimiento. La muerte y el dolor se habían apoderado de la ciudad.
En la colina, los jóvenes periodistas se encuentran con una mujer que, con el rostro sombrío, se lamenta diciendo: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto…”
Esta historia es, desafortunadamente, la historia de cientos de personas que se encuentran todos los días con la muerte. Algunos por las guerras originadas por el control económico, por los conflictos étnicos y religiosos, por el dominio geopolítico; otros por el hambre y la exclusión y, no pocos, por las múltiples formas de violencia como la trata de seres humanos, la xenofobia, el racismo, la homofobia y un largo etcétera.
La vida se nos va de las manos y, al parecer, la de los pobres cuenta poco. Ante esta situación no son pocos los que se preguntan: ¿Dónde estaba Dios? ¿Por qué ha permitido esto? O, con las palabras de Marta y María, las hermanas de Lázaro, hacerle el reproche “si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto…”
Asier y Aitana escuchan los lamentos de la mujer, pero su atención se ve interrumpida por el llanto de un hombre que aparece junto a ellos. Sus lágrimas están cargadas de un amor solidario con el dolor que han sufrido sus hermanos, sus seres más queridos. A este hombre se ve que le duele el dolor y que se le han removido las entrañas al ver el horror de su pueblo destrozado por la muerte.
Ese hombre es Jesús, que llora por el pueblo como lo hizo ante el cadáver de Lázaro. Jesús no es un Dios impasible que pasa de largo ante las situaciones de dolor. ¿Dónde estaba Dios cuando pasó esto? La respuesta es fácil: muriendo con su pueblo, haciéndose solidario con su suerte y animando a los que lo han perdido todo.
Aquel hombre, junto con la mujer y los jóvenes periodistas, bajan a la ciudad y, con el mimo de un artesano, empiezan a reconstruir la vida que ha sido arrebatada por la muerte.
Su grito es fuerte: ¡Lázaro, sal fuera! No os quedéis llorando la muerte, la vida resurge de las cenizas. Sus palabras y sus acciones solidarias con las víctimas tienen un efecto impresionante: los que veían que todo estaba perdido empiezan a recomponer las fibras de la esperanza que habían quedado maltrechas por la guerra. Los que tenían un poco más de fuerza encuentran que sus pocas fuerzas unidas a las de otros, a las de la comunidad, pueden transformar la historia y rehacer los proyectos de vida truncados por el dolor. Su mirada es distinta, está llena de sentido y de un horizonte capaz de recobrar la felicidad. Esa nueva mirada no les deja caer en el pesimismo y la derrota, sino que les invita a sacar lo mejor de cada uno para ponerlo al servicio de los demás. La vida, entre los escombros, empieza a florecer.
La muerte no es la última palabra para Dios, su última palabra es la VIDA. La resurrección se empieza a experimentar cuando somos testigos de la vida en medio de las vicisitudes de cada día.
Este relato es una ficción que no tiene nada que ver con la actual crisis originada por el Covid-19. No obstante, el mensaje de Jesús, en esta hora, tiene un valor inestimable: Juntos saldremos adelante reforzados en la solidaridad. La vida triunfará.