San Juan de los Lagos , Jalisco
Mañana 30 de diciembre de 2025
“La Encarnación redentora: entregar para renacer, decidir para vivir”
Introducción
Hemos caminado desde Belén, hemos atravesado Nazaret, hemos escuchado al Maestro en los caminos, lo hemos visto acercarse a los pequeños, tocar la fragilidad, elegir la periferia. Y ahora, silenciosamente, nos encontramos delante del misterio al que todo eso conducía: la Encarnación es inseparable de la Redención.
No hay Belén sin Pascua.
No hay carne sin cruz.
No hay Dios-con-nosotros sin Dios-por-nosotros.
La Encarnación fue el comienzo; la Redención es la consumación del amor que se entrega para que la vida renazca. Y en este itinerario —Navidad, vida entregada, Pascua— descubrimos lo que hoy se nos pide como hombres consagrados, como educadores evangelizadores, como garantes de un carisma histórico: no quedarnos en el recibimiento del don, sino permitir que el don transformador llegue hasta el fondo, hasta las decisiones. Porque la Encarnación nos conmovió, sí, pero la Redención nos convoca. La Encarnación nos reunió; la Redención nos envía. Quien ama de verdad no se refugia en el pesebre, ni hace de Nazaret una zona de confort. Quien ama de verdad entra en la Pascua: ofrece, entrega, confía, decide por la vida, abraza la gracia.
Por eso este día es distinto. Ya no hablamos sólo de contemplar la Encarnación, ni de comprender su lógica pedagógica, ni de dejarnos afectar por los rostros concretos. Hoy el Espíritu nos lleva más lejos: a asumir nuestra parte en el misterio de la Redención. Y eso significa que no podemos finalizar este retiro simplemente agradeciendo. Agradecer no basta. Este día exige discernir y decidir. No como quien planifica; sino como quien se entrega para que Dios actúe.
Ser Hermanos y ser educadores lasallistas hoy —en este tiempo concreto, con la historia que tenemos, con los dones recibidos, con las fragilidades reconocidas— implica entrar en la Pascua del Instituto, no para llorar pérdidas, sino para gestar el nuevo comienzo que Dios prepara.
Sí, hay menos fuerzas que antes.
Sí, la edad pesa.
Sí, la realidad desafía.
Sí, hay heridas, cansancio, vulnerabilidades.
Pero la vulnerabilidad reconocida no es derrota; es umbral. Es el lugar donde la gracia se vuelve decisión. Donde la memoria se vuelve futuro. Donde la fraternidad deja de ser refugio y se convierte en laboratorio pascual de vida nueva. Hoy, este Distrito —con su inteligencia, su tradición, sus talentos, su creatividad, sus obras admiradas, sus universidades y sus colegios vivos— está siendo invitado a pasar de la administración del presente a la generación del futuro, y ese paso no será posible sin decisiones pascuales:
• decisiones que pongan la misión antes que la comodidad fraterna,
• decisiones que hagan de nuestras comunidades signos vivos y no residencias mínimas,
• decisiones que hagan de la pastoral vocacional un eje y no un anexo,
• decisiones que surjan de la verdad de nuestra vulnerabilidad, no de la defensa de estructuras,
• decisiones que elijan la vida, aunque duele dejar atrás formas antiguas,
• decisiones que permitan que Cristo siga naciendo y salvando en nosotros y a través de nosotros.
No estamos ante un ocaso; estamos ante un alba. Pero el alba pascual no llega sin noche entregada.
Hoy no se trata de resistir el paso del tiempo, sino de sumarnos a la Resurrección que Dios ya está obrando. La pregunta no es qué conservar, sino qué ofrecer para que la vida sea posible. La fidelidad ya no consiste en sostener lo que fue, sino en dar a luz lo que Dios sueña para las generaciones que vienen. Quien ha amado profundamente puede entregar sin perderse. Quien ha sido fecundado por la Encarnación puede entrar en la Redención con paz. Quien ha visto a Cristo caminar por los pasillos de nuestras escuelas sabe que el futuro no depende de retener, sino de entregar para que Él crezca.
Hoy, la invitación es esta: no terminar un retiro, sino comenzar una Pascua comunitaria. Aquí empieza la decisión.
Servir sin apropiarse: la misión como bien confiado y no como propiedad
En la tradición cristiana, la misión nunca es propiedad de quien la ejerce. Es un don recibido y una responsabilidad delegada. La Encarnación revela que el Hijo cumple la obra del Padre, pero no la retiene como proyección personal; la ofrece y la entrega para que continúe en la historia bajo la acción del Espíritu. Esto nos sitúa en una perspectiva esencial: la misión es de Dios, y la Iglesia la administra como bien que pertenece al Pueblo de Dios y al futuro, no solamente a la generación presente.
Desde esta perspectiva, servir sin apropiarse significa asumir, con claridad teológica e institucional, que el carisma y la obra educativa no se justifican ni por la conservación de estructuras ni por la permanencia de quienes las han conducido, sino por su capacidad de generar vida, sentido y transformación continua. Una obra apostólica madura no está orientada primariamente a su autopreservación, sino a su fidelidad dinámica al Evangelio y al carisma que la inició.
En la historia de la vida religiosa, las crisis más profundas no han surgido por falta de personas, sino por incapacidad para desprenderse de prácticas, hábitos y modelos que ya no responden al tiempo presente. La tentación de apropiación puede presentarse incluso en formas respetables: apego afectivo a modos de hacer, prolongación de estilos personales de gobierno, resistencia a delegar, o dificultad para aceptar que otros interpreten y encarnen el carisma de manera distinta pero legítima.
A nivel teológico, esto nos remite a un principio esencial: la misión es participación en la obra de la Redención, no extensión del yo apostólico ni de la identidad institucional entendida de manera defensiva. La Redención implica un dinamismo pascual: dar paso, entregar, habilitar lo nuevo, permitir que el Espíritu abra caminos y actores. Un carisma vivo no se mantiene repitiendo; se mantiene discerniendo, ajustando, entregando y recreando.
El Magisterio reciente ha insistido en esta clave, recordando que los carismas deben desplegarse en clave de misión compartida, sin clericalismos ni autorreferencialidad. La dinámica sinodal pone énfasis en que la misión se ejerce en corresponsabilidad y no como monopolio vocacional. En el caso de los Hermanos de La Salle, esto nos exige una visión institucional que supere cualquier tentación de “propiedad espiritual” del carisma y se oriente hacia un modelo de animación, formación, supervisión carismática y delegación corresponsable, donde la identidad no se reduce a la gestión directa.
En términos de liderazgo institucional, servir sin apropiarse implica distinguir claramente entre:
• Garantizar la identidad carismática
(responsabilidad irrenunciable)
• Controlar operativamente cada dimensión de la obra
(dinámica que puede ahogar la evolución)
• Acompañar la promoción y maduración vocacional de los Hermanos y Seglares asociados
(imperativo estratégico y espiritual hoy)
Este discernimiento es crucial para evitar dos riesgos:
1. Convertirnos en administradores de lo existente, defensivos y replegados.
2. Diluir el carisma en un modelo puramente técnico-institucional.
La clave está en asumir la identidad como memoria viva, orientación doctrinal y acompañamiento espiritual, no como apropiación funcional. Cuando la misión se ejerce desde la apertura a su continuidad en otros, se libera capacidad creativa, se da espacio a nuevas generaciones y se permite que la obra sea verdaderamente eclesial y no solo congregacional.
En la situación actual del Instituto y particularmente de este Distrito —con Hermanos cualificados, presencia significativa en la educación superior y un entorno social cambiante— esta perspectiva es decisiva. La misión no puede reclinarse únicamente en el capital espiritual acumulado ni en la historia; necesita decisiones de transferencia, de formación y de habilitación de liderazgos compartidos.
La fidelidad no consiste en mantener intacto lo recibido, sino en garantizar que continúe vivo y fecundo. Eso requiere discernimiento, planificación estratégica, transparencia afectiva y espiritual, y capacidad para reconocer que una misión que depende exclusivamente de “nosotros” no está garantizada: solo la misión que empodera y confía puede perdurar.
En síntesis:
Servir sin apropiarse significa entender la misión como bien común espiritual, ejercer el liderazgo como facilitación y no como retención, y dejar que la Pascua guíe decisiones para asegurar futuro y no solo memoria.
2. Amar sin retener: vocaciones para el futuro y no para la continuidad del pasado
La segunda implicación del binomio Encarnación–Redención es que el amor apostólico auténtico no retiene personas, funciones ni formas históricas, sino que habilita nuevos sujetos y nuevos modos de participación en la misión. Esto no es una innovación reciente, sino un criterio evangélico: Cristo forma discípulos, los prepara y luego se retira para dejarles espacio, sin miedo a que tomen decisiones, se equivoquen o avancen más allá de su presencia física.
Este principio tiene una hondura teológica:
Dios no crea para que el ser dependa pasivamente; crea para que el ser participe activa y libremente de su vida y de su obra. La gracia no suprime la libertad; la habilita. La misión no sustituye sujetos; los genera. Por eso, amar sin retener es un criterio espiritual que evita dos riesgos:
1. El paternalismo, que infantiliza;
2. La autorreferencialidad, que bloquea relevos.
La Iglesia postconciliar y especialmente la eclesiología del Pueblo de Dios presentan la vocación como realidad plural y complementaria, donde nadie agota el carisma total y donde la misión evangelizadora es compartida. El Concilio Vaticano II, Christifideles Laici, Evangelii Gaudium y Christus Vivit subrayan que la misión requiere múltiples vocaciones, estilos y ministerios, y que el futuro de la Iglesia depende de abrir espacio a nuevos sujetos eclesiales, no solo de reforzar los existentes.
Esto vale de modo particular para nosotros, Hermanos dedicados a la educación cristiana: la misión se inicia carismáticamente en una forma de vida, pero su proyección exige asociación, corresponsabilidad y transmisión espiritual. La identidad de los Hermanos no se debilita cuando se comparte; se consolida en clave de animación carismática y no de monopolio institucional.
El carisma lasallista nació con un movimiento doble:
· una comunidad de Hermanos,
· y un cuerpo apostólico de educadores creyentes.
Desde los primeros tiempos, el Fundador y sus primeros Hermanos comprendieron que la escuela y la misión no podían depender de un individuo. Hoy, ese principio exige no solo continuidad institucional, sino generatividad vocacional. Limitar la misión a la supervivencia de los Hermanos sería reducir el carisma y negar su vocación histórica de servicio educativo eclesial. La pregunta no es cómo atraer jóvenes para mantener lo existente, sino cómo encender la pasión por la misión para que múltiples vocaciones la sostengan y transformen.
Amar sin retener implica una política de liderazgo y misión basada en la delegación responsable y la formación sistemática de Seglares asociados y jóvenes consagrados, lo cual requiere decisiones concretas:
· Planes formales de liderazgo carismático, con itinerarios claros y evaluables.
· Modelos comunitarios abiertos, que integren vida del Hermano y participación Seglar significativa.
· Espacios reales de discernimiento vocacional, no subsidiarios ni ornamentales.
· Gobernanza compartida que distinga entre autoridad espiritual y gestión operativa.
· Inversión explícita en procesos formativos vocacionales, no como gasto sino como garantía de futuro.
El criterio de fondo es claro: La misión no puede depender de preservar un esquema, sino de construir condiciones para su continuidad espiritual. Cuando hablamos de vocaciones, debemos ampliar la perspectiva. Vocación no significa solo ingreso formal al Instituto. Incluye:
· Hermanos jóvenes que necesitan comunidades vivas para crecer.
· Educadores con sentido pastoral y espiritual profundo.
· Matrimonios y Seglares consagrados con vocación de misión educativa.
· Jóvenes universitarios llamados a una ciudadanía evangélica y comprometida.
Una pastoral vocacional madura no recluta, discierne y habilita. No empuja a un molde, abre caminos diversos. No solo pregunta "¿Quién quiere entrar?", sino "¿Cómo acompañamos a quienes Dios llama en formas nuevas?"
Si la misión no se vive desde este marco, emergen distorsiones:
· Comunidades que protegen su estructura antes que la misión.
· Pastoral vocacional reducida a mantener números.
· Discursos de continuidad sin procesos reales de transferencia.
El riesgo mayor no es la escasez de vocaciones: el riesgo mayor es no generar un ecosistema vocacional vivo.
Amar sin retener es aceptar que el protagonismo se diversifique, que la misión se pluralice en sujetos, y que la fecundidad se mida no por control sino por capacidad de generar vida vocacional en otros. Esto es pastoral; es teológico; y es estratégico.
3. Entregar sin perderse: decisiones para comunidades significativas y no residuales
Si la Encarnación nos llevó a entrar en la historia y la Redención a transformarla, este momento espiritual nos exige traducir esa dinámica a elecciones concretas sobre el modo de vivir, gobernar y configurar nuestras comunidades religiosas y educativas. La realidad actual —marcada por cambios demográficos, culturales y vocacionales— no se enfrenta con resignación ni con activismo desesperado, sino con discernimiento y decisiones deliberadas. Sobrevivir no es misión; transformarse para seguir siendo signo sí lo es. El riesgo no es la disminución numérica: ese fenómeno es universal y no deslegitima la vocación.
El riesgo es adaptarnos a una versión mínima y funcional de la vida consagrada, reducida a cuidados mutuos, a agendas internas y a presencia simbólica sin efectividad espiritual ni apostólica. En otras palabras, el riesgo es que la comunidad se convierta en soporte institucional, cuando su llamado es ser signo escatológico y centro generativo de misión y vocaciones.
La pregunta esencial hoy no es simplemente: ¿Qué podemos mantener? Sino: ¿Qué forma de vida comunitaria garantiza que sigamos siendo testigos y no solo gestores? ¿Qué decisiones permiten que la misión siga encarnándose más allá de nosotros? Esto exige un marco de discernimiento comunitario e institucional que tenga elementos claros:
A. Criterios espirituales
1. Primado del Evangelio y del carisma sobre preferencias comunitarias. La comunidad religiosa existe para representar sacramentalmente a Cristo, no para garantizar comodidad mutua.
2. Vulnerabilidad asumida como inicio del discernimiento, no como justificación para la inacción. Reconocer límites debe habilitar decisiones, no frenar procesos.
3. Audacia confiada en la acción del Espíritu. Las decisiones pascuales no buscan la seguridad, sino la fidelidad.
Misión como criterio primario de existencia comunitaria. Si la misión no es el eje, la comunidad se transforma en estructura asistencial interna.
B. Criterios carismático-pastorales
1. Presencia educativa significativa.
La comunidad debe estar situada donde pueda influir espiritualmente en la misión, no solo residir físicamente cerca.
2. Interacción vocacional real con jóvenes y educadores.
Si la comunidad no está en diálogo y contacto permanente con vocaciones emergentes, pierde su función generativa.
3. Vida fraterna visible y consistente.
No idealizada; real, posible, estructurada en prácticas de vida común, oración, discernimiento y misión.
4. Opción preferencial por periferias humanas.
No solo geográficas; existenciales, educativas, culturales.
C. Criterios de gobierno y sostenibilidad carismática
1. Planificación comunitaria con horizonte a mediano y largo plazo
No decisiones caso por caso basadas en urgencias coyunturales.
2. Configuración intencional de comunidades,
no solo "agrupamiento disponible".
3. Revisión y reubicación periódica de comunidades,
con criterios objetivos (misión, vitalidad, impacto, fraternidad, presencia vocacional).
4. Estructuras que habiliten delegación y corresponsabilidad laical
sin perder el rol espiritual y formativo del Hermano.
D. Consecuencias prácticas
1. Cerrar o transformar comunidades donde ya no es posible ser signo.
2. Crear nuevas presencias comunitarias (más pequeñas, más flexibles, más insertas).
3. Integrar nuevos modelos vocacionales y comunitarios (mixtos, intercongregacionales, intergeneracionales).
4. Formalizar procesos de mentoría espiritual y liderazgo laical.
5. Estas decisiones no expresan fracaso, sino madurez pascual: entregar formas históricas para preservar la esencia carismática y garantizar un futuro espiritual
Modelos a evitar Modelos a promover
Comunidad como residencia Comunidad como signo misionero
Hermanos como administradores Hermanos como animadores y formadores carismáticos
Estructura por supervivencia Estructura por discernimiento y misión
Gestión defensiva Decisiones pascuales
Pastoral vocacional reactiva Ecosistema vocacional proactivo y diversificado
Relevancia por presencia frísica Relevancia por inspiración, acompañamiento y misión comportida
Y una síntesis aún más concentrada:
Sin decisión, hay extinción gradual.
Con decisión, hay pascua: transformación, fecundidad y continuidad.
El futuro no es continuidad automática; es resultado de decisiones espirituales y estratégicas coherentes con la Redención.
Conclusión
Llegados a este punto del retiro, estamos en condiciones de afirmar algo con claridad: la Encarnación solo alcanza su verdad plena en la Redención, y esa Redención no se queda en el plano doctrinal ni sentimental; exige respuestas históricas. No basta reconocer el misterio, admirarlo o agradecerlo. La fidelidad a Cristo encarnado y redentor implica revisar nuestra vida, evaluar nuestras prácticas comunitarias y apostólicas, y tomar decisiones que garanticen que nuestra forma de vida siga siendo signo y no solo memoria.
La Iglesia, y en ella nuestro Instituto, atraviesa un tiempo que no permite ambigüedad: la realidad vocacional y sociocultural exige opciones maduras. No decidir también es decidir—y generalmente en detrimento del futuro. La espiritualidad cristiana nunca fue evasión; fue siempre lucidez, discernimiento y obediencia a la acción del Espíritu en el presente histórico. Por tanto, este momento no puede traducirse solo en propósitos interiores. La revisión sincera de nuestras vulnerabilidades, la constatación de nuestras capacidades actuales y la comprensión del momento eclesial y congregacional llevan a una conclusión directa: sin decisiones, no hay transformación; sin transformación, no hay testimonio; sin testimonio, no hay invitación vocacional posible.
Esto implica asumir Convicciones de fondo:
La misión no se perpetúa por inercia, sino por decisiones audaces orientadas al futuro.
La continuidad carismática requiere estructuras, procesos y personas habilitadas, no simplemente buena voluntad.
2 La vida del Hermano sigue siendo necesaria, pero en un modo renovado.
La credibilidad de nuestra forma de vida se juega en la capacidad de ser comunidades significativas, abiertas, espiritualmente densas y orientadas a la misión.
3, Este es un tiempo de iniciar procesos y no solo sostener lo existente El lenguaje sinodal del Papa es claro: iniciar caminos nuevos, aunque no los veamos culminar, es signo de madurez espiritual.
En definitiva, la Encarnación nos ha recordado la cercanía de Dios; la Redención nos recuerda su capacidad de transformar la realidad. Si creemos en ese dinamismo, no podemos resignarnos a ser administradores del desgaste; estamos llamados a ser arquitectos del futuro vocacional y apostólico. Este retiro no termina aquí: comienza en las decisiones que tomarán a partir de ahora.
La pregunta no es si algo cambiará; la pregunta es si el cambio será fruto del discernimiento espiritual o de la inercia externa. Este es un tiempo para actuar con fe, honrar la tradición con creatividad y asegurar que el carisma que recibimos no se reduzca a un bien histórico, sino que permanezca como fuente viva de evangelización y de esperanza.
Preguntas de discernimiento
1. ¿Qué decisiones concretas debo asumir para que mi vida comunitaria sea un signo y no una estructura de mantenimiento?
2.¿Qué pasos institucionales necesitamos dar en el próximo ciclo para fortalecer la misión, la fraternidad y la generación de vocaciones?
3. ¿Cómo voy a participar activamente en la configuración del futuro del Distrito y del Instituto, y no solo en la preservación del presente?