MIS MEMORIAS
JESUS GONZALEZ TREVIÑO
P R E S E N T A C I O N.-
Como estudiamos la Historia para conocer nuestros orígenes y tratar de entender nuestro comportamiento y actitudes ante las diferentes circunstancias que se nos presentan, así como los motivos o fines que rigen nuestra existencia; de igual manera y con emoción y curiosidad fui adentrándome en los diversos pasajes de la vida de nuestro ilustre Bisabuelo, Don Jesús González Treviño, que con gran empeño y entusiasmo escribió con su puño y letra, cuando pasaba los setenta años de edad, éstas valiosísimas notas conservadas y atesoradas primero, por su hijo menor, (nuestro Papá Grande), Don Alberto P. González Zambrano y posteriormente por nuestro Padre Don Jesús Francisco González Garza.
Estas MEMORIAS revelan ahora, a sus descendientes, las condiciones y las circunstancias en que se desarrollaba la vida en el ambiente de los negocios y en el aspecto familiar en el Noreste de nuestro país y en el propio Monterrey de mediados del Siglo Diez y Nueve. No hay que olvidar, que en ese entonces Monterrey no sobrepasaba los 25,000 habitantes y toda la Región Noreste (Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas) contaba apenas con 130,000 personas...
No había trenes ni había luz, no había autos, ni había cine....había eso sí, esas grandes casonas que albergaban familias numerosas. Eran casas altas y frescas, construidas con sillares y cielos interiores de manta, bien orientadas, con sus patios y traspatios, su noria y sus árboles frutales...Había higos, había limas, granadas y aguacates, mecedoras y luz de luna...Había espacio para la plática, la convivencia y la comunicación familiar...Un vinito de origen lejano, un agua fresca o una limonada, un pan casero o una leche quemada.
Imagino las tertulias de la familia cuando Don Jesús de 18 o 19 años narraba el regreso de su "expedición a Cadereyta", mientras su caballo "frisón" bebía agua o descansaba por allá en el último patio. Sus andanzas y sus tratos comerciales, logrados durante su "viaje" a esas jurisdicciones....Su encuentro con Mr. Hicks y sus cargas de piloncillo....Sus planes y sus proyectos.
Veo en éstas transcripciones, donde respeté hasta donde fue posible los apuntes originales, las virtudes de un hombre ejemplar, donde sobresalen especialmente el orden, la decencia, la honestidad, la sinceridad, la probidad, la responsabilidad y por supuesto el aprecio a los valores fundamentales de la familia. Estas son algunas de las virtudes que nuestro bisabuelo legó y "marcó", en diferente medida, a las generaciones siguientes.
Ojalá que el esfuerzo del Bisabuelo, al dejarnos éste interesantísimo legado, oriente nuestras vidas actuales y dé respuesta al porqué de muchos de nuestros actos y reacciones ante la vida diaria... Que esta sangre que es su sangre siga latiendo por generaciones y generaciones....
Patricio González Kipper
Garza García N.L. Octubre de 1994
MIS MEMORIAS
JESUS MARÍA CAMINO GONZALEZ TREVIÑO (.(*14 Jul 1838 +31 Ago 1924)
= Rosa María Zambrano Martínez (*1838 +?).
PRIMERA EPOCA "DE DEPENDIENTE"
El día 15 de Febrero de 1852 entré de Dependiente (meritorio) a la casa de los Sres. Causen y Cía. que hacía pocos días se habían establecido en Monterrey: Dichos Sres., comisionistas; tenían un Almacén y vendían solamente por mayor- Para colocarme en esa casa, se valió mi padre de la amistad que tenía con un Sr. Don Antonio Galván, que había sido Administrador de la Aduana fronteriza de Camargo (Tamaulipas) en donde tuvo estrecha amistad y negocios con los alemanes Don Juan M. Clausen y Don Benjamín Burchard, que formaban la Sociedad Comercial donde fui colocado.
- A propósito de Don Antonio Galván diré que era el hermano mayor y jefe de una familia procedente de Tampico (Tamps.) quien por el año de 1851 se vino a establecer en Monterrey, ocupando una casa contigua a la de nuestra familia: por tal circunstancia trabaron amistad los de mi casa y los Galván, que eran gentes de educación y de buena conducta: Don Antonio había ganado dinero en la Aduana de Camargo y más tarde fue procesado por malos manejos en aquella oficina, aunque al fin nada se le probó, lo cierto es, que con mi padre fue excelente amigo, y a él debí mi primera colocación en el Comercio.
Al año siguiente en 1853 le prestó a mi padre quinientos o seis cientos pesos, con que hizo su viaje a León en el Estado de Guanajuato a fines del mismo año, con el objeto de consultar con un famoso Médico -oculista, Sr Carron Duvillars de nacionalidad francesa, sobre su enfermedad de ojos que tenía: Dicho médico después de examinarlo declaró, que la enfermedad de la vista era incurable, lo que se llama "Gota -cinerra" o amorosis - por lo cual regresó mi pobre padre con la mayor pesadumbre, porque siendo un hombre vigoroso en la plenitud de la vida (50 años) quedaba condenado a no ver la luz en el resto de su vida... Cuando yo supe en Matamoros el regreso de mi buen padre a Monterrey, la noticia de que no recobraría la vista, me causó tanta tristeza que por muchos días lloraba en silencio aquella terrible desgracia, que afectaba tanto a mi madre como a nuestra numerosa familia.
El padre de Don Jesús María Camino González Treviño, Don José Francisco González Prieto, nació en Monterrey el 3 de Diciembre de 1803, y su esposa Doña María del Pilar de los Dolores Treviño Garza, el 30 de Diciembre de 1818. Su matrimonio se efectuó en 1832 y tuvieron 15 hijos: siete varones y ocho niñas. Nuestro Bis-abuelo, Don Jesús, fue el tercer hijo y nació en el año de 1838. El primer hijo Don Manuel, murió en México el 22 de Enero de 1854 a la edad de 19 años, después de cuatro años de brillantes estudios en el Colegio de Minería de la Capital de la República. La segunda hija, Doña Guadalupe, se casó el 21 de Abril del año siguiente (1855) con Don Eduardo Zambrano Martínez., teniendo este matrimonio diez y seis hijos.
La madre de nuestro Bisabuelo, Doña María del Pilar de los Dolores Treviño Garza, dejó de existir el
27 de Septiembre de 1855, a los 37 años de edad, Don Francisco, le sobrevivió 26 años y no obstante su ceguera conservó su energía y actividad por muchos años, al grado de que a los 70 años de edad, emprendía viajes a caballo hasta Parras, para visitar a sus hijos y ayudarles en sus empresas. Murió a los 77 años, el 27 de Junio de 1881.
Don Jesús, nuestro bisabuelo inicia su relato cuando tenía 14 años de edad...
Corriendo el tiempo Don Antonio Galván fue pagado de lo que prestó a mi padre, por mí y por mi hermano Lorenzo, y aún pudimos devolverle sus favores en el tiempo que él estaba arruinado, y nosotros habíamos mejorado de fortuna. A los hermanos de Don Antonio, Don Lorenzo y Don Guadalupe, que se radicaron en Chihuahua pude ayudarlos prestándoles buenos servicios pecunarios (desde 1868- al 1875) recordando siempre con gratitud lo que Don Antonio hizo por mi padre - También Don Guadalupe se prestó bondadosamente a enseñar a mi hermano Lorenzo la escritura y la gramática, sin retribución alguna.
Siguiendo la relación de mi vida en la casa de Clausen y Cía., contaré que allí trabajé durante seis meses exactamente, del 15 de Febrero al 15 de Agosto de 1852 pues el 16 de dicho mes salí para el Puerto de Matamoros destinado a la misma casa que allá llevaba el nombre de "Burchard y Cía." que era el del otro Socio Don Benjamín Burchard.- En los seis meses transcurridos no me ocurrió cosa notable que referir, sino que como muchacho de corta edad y nuevo en el oficio, todo me causaba novedad, y mis pláticas y confidencias eran con un viejo sirviente que se llamaba Mónico Argais, yucateco que vino a Monterrey de soldado hacía muchos años y me refería historias que me divertían mucho - Yo le tenía gran respeto a mi principal, Sr. Clausen, que era muy serio conmigo; le velaba el pensamiento, y aunque cometía torpezas en los quehaceres que me encomendaba, me las dispensaba en gracia de mi actividad y sumisión a cuanto me ordenaba.- Él fue quien propuso a mí padre, que me trasladara a su casa de Matamoros en donde tenían más trabajo para mí, a lo que convino por interés de que yo aprendiera más y que fuera mejor remunerado, como efectivamente sucedió: por último se resolvió mi viaje, con gran sentimiento de mi excelente y querida madre, que me amaba con ternura. La víspera de mi partida el 15 de Agosto de 1,852, en la noche al acostarme en el zaguán de mi casa, se sentó mi buena madre en mi cabecera, dándome muchos consejos, y reprimiendo los sollozos que se le escapaban del pecho ¡ pobrecita ! cuanto sufría al separarse de su segundo hijo, pues mi hermano mayor Manuel, estudiaba en México desde hacía tres años, y yo era el mayor de los hijos que quedábamos en casa: me puso aquella noche en el pecho una medallita de plata con la imagen de la Virgen de la Concepción por un lado y el Sagrado Corazón de Jesús por el otro. mencionándome que no me separara de ella, para que la recordara constantemente: esa preciosa reliquia la llevé sobre mi pecho por muchos años hasta que se la regalé a mi buena hermana Mercedes al partir para Europa, recomendándole que la cuidara y conservara como reliquia de nuestra querida madre.
Partí pues para Matamoros el 16 de Agosto, llevando la bendición de mis buenos padres: me acompañé con un Sr. Don Santiago Belden, amigo de mi padre; dicho Sr. me trató muy bien en el viaje; íbamos en una ambulancia ligera con dos caballos fuertes, y dilatamos cuatro días y medio, llegando a aquel Puerto el día 20 al medio día.- Don Santiago era hombre muy festivo y de excelente carácter, por todo el camino me iba contando chistes que me divertían mucho : llevaba un cochero llamado Cristóbal, que veinte años después me sirvió también a mí en mis viajes: era excelente cocinero en los caminos y nos asistía perfectamente bien, de modo que en ese viaje la pasamos en grande.
Tan luego como llegué a Matamoros, escribí a mis padres contándoles mis impresiones y lo bien que me había tratado Don Santiago Belden.- Al llegar a la casa del Sr Burchard, se me asignó una pequeña habitación que era como "desván" techado de tejamanil muy viejo: tenía una cama ancha con mosquitero , una mesita y dos sillas: allí me instalé con mi equipaje, que consistía en una maleta de manta cordoncillo con mi ropa, una cobija de lana, y un morral en que traía algo de provisiones- Me cambié ropa vistiéndome de limpio, y me presenté al Escritorio dos horas después de mi llegada: iba vestido de lienzo, pantalones de Holanda pardos y un Saco de género azul con betas que me quedaba medio rabón, pero muy planchado, y completaba mi elegancia con una corbata de cinta aplomada.
El Sr Burchard me recibió con suma bondad, sonriéndose de mi sencillez y de mi vestido; me dijo que se alegraba de que hubiera ido por allá a trabajar y, que esperaba que me gustaría: me ordenó que fuera a visitar a mi tío Don Mariano Treviño Garza y que si era posible arreglara con él mi asistencia, que la casa pagaría: en seguida me fui a buscar a mi referido tío a su casa nueva, pues acababa de estrenar su residencia, que era una fábrica de dos pisos, de madera. bastante cómoda: la hizo en el fondo del solar de su suegro Don Manuel Prieto, mi tío, primo de mi padre; el tío Don Mariano me recibió con mucho gusto, porque me quería como si fuera su hijo (así lo decía), desde luego me arreglé con él, para que en su casa me asistiera, dándome la comida por diez pesos mensuales, ese dinero me dijo, sería para tu mamá, y se los mandaré como los reciba, cosa que me dió muchísimo gusto, pues sabía de las escaseces de mi familia. Pobrecito Tío! en tres o cuatro meses que comí en su casa no se volvió a acordar de su oferta, y ni un centavo recibió mi madre. Él era muy bueno conmigo, lo mismo su esposa mi tía Teresita y sus hijos; pero la asistencia era pésima, no por escasos, sino por decidía y suciedad: me tenían esperando mi desayuno hasta las nueve, desde las siete; dos horas mortales, que perdía en mi trabajo: al fin después de varias quejas se resolvió Don Benjamín Burchard, mi principal, a que tomáramos un cocinero y estableciéramos la cocina en nuestra propia casa, entendiéndome yo con el diario y cuidando que los mozos cumplieran.- Con buena suerte conseguimos un excelente cocinero, llamado Francisco, quien ayudado de un mozo llamado Nicolás, nos asistieron perfectamente bien: desde entonces, ya no tuve que quejarme de mis comidas y aún me parecían suntuosas las que tenía: los Sres. Don Benjamín y los Dependientes grandes que había en la casa, que eran Don Vicente Lankenau y don Christian De-Getau tomaban vino tinto en la mesa; a mí también me ofrecían, pero lo rechazaba, porque me parecía que les causaba mucho gasto: después de un año de estar en la casa empecé a tomar un poquito con agua, y así quedé impuesto a usarlo por toda mi vida: ahora de viejo lo acostumbro de ese modo, me alegro de haber sido tan moderado en tomar vino.
De mi referido tío Don Mariano, como ya mencioné, su oferta, quedó en promesa, pues jamás mando ni un real a mi madre, -que era su hermana -, en cambio yo sostuve a toda su familia en Monterrey, en el tiempo de la Intervención Francesa. Gasté en ellos, más de tres mil pesos que nunca me pagó.
EN LA CASA DE LOS BURCHARD Y CÍA.-
Mis ocupaciones ordinarias en aquella Casa eran en primer lugar, limpiar los escritorios diariamente, llevar la caja menor y los gastos, escribir una de las Facturas de las tres con que se pedían a la Aduana las Guías, cuyos Documentos acompañaban las mercancías al internarse en la República; cada artículo tenía que pagar su cuota, si eran lienzos, por varas cuadradas, convirtiéndolas a tales por medio de factores fijos de yardas, (aras de Brabante) o metros, con sus anchos respectivos, que especificaban las Facturas de las Casas remitentes: esos cálculos eran laboriosos, y tenían que ser exactos, so pena de una multa de la Aduana, que los revisaba cuidadosamente; por esto el Sr Burchard acostumbraba hacerlos él mismo, acompañado de dos Dependientes, uno a cada lado de su escritorio: yo era uno de ellos casi siempre, y Lankenau el otro; Don Benjamín llevaba la voz dictando y escribiendo su Factura, y nosotros escribíamos las nuestras; decía "tantos tercios de Imperial" - por ejemplo,- cada uno de mil yardas de 36 pulgadas inglesas de ancho, son cuantas varas cuadradas ? : él acababa su cuenta primero y levantaba su pluma, viendo a los lados quien seguía; por lo general yo lo seguía pues calculaba hasta de memoria, - dígame cuantas, preguntaba - si mi respuesta igualaba a la suya, decía "bien", si no, contestaba, "rectifique", lo que por fortuna me sucedía raras veces, pues la Aritmética fue en lo que me distinguí en la Escuela, así como en las Matemáticas en general: Don Benjamín era eminente calculista, y teníamos que ser muy listos para medio igualarnos: mi pobre compañero Sr Lankenau, aunque era mayor que el mismo Sr Burchard, era algo atrasado y siempre lo dejábamos atrás en los cálculos ; fuera de esto era un hombre muy apreciable, y excelente compañero mío, me ayudaba y me aconsejaba en cuanto podía, por lo que le guardé siempre gratitud y fuimos muy buenos amigos.
Otra de mis mayores ocupaciones era contar dinero: se recibían las conductas del Interior de las casas que mantenían relaciones con la nuestra, para los gastos de las mercancías, y se cambiaban los pesos del águila por dinero "provisional", a los pesos antiguos del cuño español: los había de muchos tipos, medio lisos y muy feos y también mucha feria lisa, aunque de plata de buena ley, con esa moneda se pagaban los derechos de las mercancías en la Aduana, y como eran muy crecidos, entregábamos miles y miles de pesos provisionales (y feria) constantemente. También se hacían con ellos todo los demás: gastos de fletes, cargadores, y en general los de la póliza.
Como el Gobierno General mantenía en Matamoros una fuerte guarnición de Tropas Federales que se pagaban con los productos de la Aduana, resultaba que esos mismos pesos provisionales volvían al Comercio, y este los cambiaba perdiendo un 7 a 8 % más o menos, para recibir pesos del águila, que eran los únicos que se exportaban al extranjero, para pagar las mercancías que de allá nos venían.
Contando dinero del águila y provisional me pasaba días enteros, hasta caer rendido de las espaldas, porque era el encargado de ese quehacer, y el único que conocía y distinguía la moneda falsa (que había mucha) llegué a adquirir tal conocimiento, que cuando alguno de los otros Sres. contaba dinero conmigo, le advertía que iba un poco falso en el montón de a veinte pesos que juntaba en su mano; varias veces mostré esa habilidad de oído y saqué por consecuencia que el Sr Burchard ordenara que nadie sino yo recibiera y pagara dinero .- En la casa se recibían miles de pesos en cuantos Trenes de Carros llegaban de Monterrey y de otras ciudades del interior de la República, remitidos por los corresponsales para pagar los derechos aduanales o para la exportación al extranjero.
La parte destinada para exportar la pasábamos de contrabando para Brownsville casi toda, ganando la casa lo que se cargaba por derechos, que era un 8% que la aduana cobraba a la salida del dinero fuera del país.
El contrabando lo hacíamos de varias maneras, metiendo el dinero en aparejos de mulas, y estas cargadas de zacate iban y venían a la orilla del Río en una labor que se prestaba para esconder el paso de un pequeño "Esquifer": yo arreglaba los aparejos y un viejo Español que era famoso contrabandista se iba al cuidado de las dos o tres mulas que arriaba un indio tlaxcalteca, y así sin que nadie sospechara se cambiaban miles de pesos al otro lado del Río.
Otro modo que usábamos mucho era, meter doscientos pesos y aún trescientos en unas fajas de manta haciendo como chorizos delgados y esas mantas pasadas por las áreas en donde se colocaban los pesos, se amarraban por detrás, escondiendo el dinero en el hueco de los sobacos, luego puesto el chaleco, la camisa y el saco encima, nos íbamos muy seriecitos en un Coche al lado americano, saludando muy afectuosamente a los guardas y al garitero que nunca faltaban en la orilla del Río.-
Yo arreglaba el dinero en las bandas de manta, y se las iba poniendo a Don Benjamín y a Lankenau para que éste me anudara la mía por la espalda y luego unos a caballo y otros en coche nos pasábamos como de paseo a Brownsville casi diariamente.
Don Benjamín y sobretodo Lankenau sabían entenderse con los aduaneros, regalándoles puros y cigarros de La Habana; les traía de Brownsville botellas de cognac, cerveza. Me mandaba que al pasar nuestras mercancías, abriera una caja de pasas o cualquier otra golosina, y que les diera para tenerlos amigos; de este modo nos captábamos las simpatías de aquellos empleados y nadie pensaba en esculcarnos, ni siquiera pensaban que éramos contrabandistas.
Este aprendizaje me sirvió mucho en mis grandes negocios para librarme de pérdidas, cuando el Comercio al "por mayor", no podía sostenernos en la Frontera sino haciendo negocios con la Aduana: los que pagaban los derechos de importación en total se arruinaban. Tal era el enorme contrabando.
PROSIGUE MI ESTANCIA EN MATAMOROS (1852 / 1853). -
Poco después de mi llegada a la Casa, dispuso mi principal que el Dependiente mayor Sr Lankenau me llevara a Brownsville para comprarme ropa más apropiada a mi empleo, fuimos a una tienda de ropa hecha de un Español Don José San Roman, y allí me surtieron de Saco de alpaca negro, pantalón de casimir, 3 camisas de cuellos postizos llevando dos cada una, media docena de pañuelos blancos de algodón y alguna ropa interior: un par de zapatos de charol y un sombrerito hongo color negro. Me llevé lo que pude cambiarme allí en la misma Tienda y después en otras vueltas cambié todo al lado de Matamoros.
Con tan espléndido surtido, cuyo importe me cargaron a mi cuenta, me puse de "tiros largos" el primer domingo siguiente, y cuando fui a la Casa, recibí los cumplimentos de mi Jefe, quien me saludó diciéndome: -"ahora sí parece usted un caballerito, así me gusta verlo". -"Gracias a la bondad de Ud. Señor", le contesté. Con mi traje nuevo, llamaba seguramente la atención porque en casa de mi Tío, me recibieron las muchachas, mis primas, con exclamaciones como estas, ¡Caramba, que elegante estás! ¡Qué bonita te queda esa corbata con el cuello parado y que zapatos de charol tan preciosos! ¡En fin, me festejaron en grande, lo mismo que en casa de mis otras tías las Señoras Prieto, a quienes visitaba yo casi todos los Domingos, único día que salía de la Casa: eran Doña Juanita, esposa del Doctor Ortega, Doña Antonia, casada con Don Manuel Aragón, Doña Carlota, cuyo marido fue Don Lucas Aragón, y por último Doña Clemencia con Don Manuel Fernández; éste último y Don Lucas, eran unos hombres buenos para nada: las Señoras eran hermanas de la esposa de mi tío Don Mariano Treviño Garza, hermano de mi madre: las Prieto eran hijas de Don Manuel Prieto, primo hermano de mi padre y de allí venía el parentesco que tenían conmigo.- Todas esas tías me querían mucho y lo mismo sus hijos, pero entre ellas vivían como "perros y gatos", eran unas familias de poca educación, muy envidiosas unas de otras, y cuando las visitaba no se ocupaban mas que de contarme chismes, haciéndome confidencias de sus pleitos y disensiones, hasta que me obligaron a irme retirando de sus casas, porque me desagradaba oír tantas necedades.
Entre los amigos de la Casa de Comercio, en que trabajaba, había un Señor Don Enrique Dillon, inglés, que tenía su casa en Brownsville, comerciaba con otra en Vera Cruz y la matriz que radicaba en la Ciudad de México, llamada "Bates Jamison y Cía." de la que era Socio el Sr Dillon: éste Señor me tomó cariño, porque él venía a nuestro almacén muy seguido, teniendo negocios con Don Benjamín, y nosotros íbamos casi diariamente a su casa de Brownsville, donde dejábamos el dinero que pasábamos de contrabando.- Don Enrique me instaba para que me fuera con él a Londres, allá me decía, aprendería verdaderamente el inglés muy bien y a trabajar en el Comercio: yo le ayudaré con gusto.- Mi respuesta fue siempre que no podía dejar a mis padres, que necesitaban de mi trabajo, que yéndome no podía ayudarlos como trabajando cerca de ellos: dicho Sr. se fue para Europa y tuve el gusto de visitarlo en Londres en el año de 1861 y después en 74; entonces me decía, está Ud. como yo en 1853 y 54, es decir hace 20 años; ahora ya soy viejo como ve tengo blanca la cabeza; cuide Ud. sus años, Jesús, mire que el tiempo vuela.- Ahora que escribo estas líneas me acuerdo de lo que me decía el Sr Dillon en Londres hace 37 años ! El murió hace mucho y yo tengo 73 años! Soy el único superviviente de los que formábamos las casas comerciales de Clausen y Burchard.- Otros dos viejos amigos que sirvieron en otras casas en la sucursal del Parral, viven también, son Don Federico Hallforh de 78 a 79 años y Don Gustavo Heye, de Galveston, que tiene la misma edad que yo.- (Hallforth murió en 1910).
Si Don Jesús nació en 1838, y su narración data de 1853, tenía entonces 15 años...Ocho años después, en 1861 - de 23 años, y año también de su matrimonio - viaja a Europa y se ve en Londres con el Sr Dillon. Vuelve a encontrarse con él en 74, cuando el Bisabuelo tenía 36 años de edad.... Él escribe éstas memorias a los 73 años, es decir en 1911...
Durante mi permanencia en Matamoros pasé algunos trabajos, había veces que tenía que estar a la orilla del Río recibiendo carga todo el día sufriendo aquel sol abrazador; otras veces estivando los cargamentos en los almacenes y aunque tenía cargadores que lo hacían, yo dirigía el trabajo, y arreglaba personalmente las piezas de géneros sacudiendo y limpiando las armazones : hubo vez que no tuve una camisa limpia que cambiarme y me vi precisado a volver al revés la que traía para sentarme a la mesa, abrochándome el saco hasta el cuello para esconder mi camisa sucia.- Tenía una Lavandera negra que me cobraba un peso mensual por lavar y planchar, pero a veces no me traía la ropa, y de allí mis apuros. Como yo vivía con suma economía, por dejar mi pequeño sueldo para mis padres, no pedía ropa nueva y la que tenía se me iba gastando al grado de no contar en aquella vez sino con tres camisas, de las que dos tenía la negra en su casa: esa escases de ropa me era tanto más sensible cuanto que Don Benjamín se cambiaba diariamente y Lankenau lo hacía cada dos días, porque en aquel clima era el calor terrible y se sudaba mucho. En mi cuartito se me mojaba todo en la época de lluvias; el techo era de tejamanil muy viejo y se pasaba todo; hubo noches que dormía pegado a la pared en mi cama ancha bien mojada y solamente un espacio de media vara o menos me quedaba seco. Allí pasaba la noche...
Mi única diversión y mi mayor anhelo eran, montar a caballo y recibir cartas de mi casa; éstas venían por el correo ordinario dos veces por semana tardando cinco días en el camino, pero yo no recibía sino una carta cada semana o tres cartas en un mes porque el porte costaba tres reales cada carta simple, y yo tenía que pagar en la oficina de correos al sacarla: entonces no había previo franqueo. Cuando venía el extraordinario, que era un correo particular de la casa, entonces me daba gusto; éste se llamaba Tío Justo Guerra, venía por lo general cada 20 o 30 días con la correspondencia urgente de la Casa: a mí me traía siempre cartas de mi casa y algunas veces algún regalito de mi excelente madre; ya eran unos piloncillos, algún cajoncito de dulces de leche, higos pasados o cualesquiera otra golosina: Allá en "mi almacén" con gran gusto recibía yo aquellos sabrosos regalitos! Me pasaba las horas en la noche platicando con Tío Justo, preguntándole por los de mi casa primero, y luego pidiéndole noticias de Monterrey y hasta del Cerro de la Silla.
Decía que montar a caballo era casi mi única diversión, y en efecto lo era, y así suplicaba a mi padre que me mandara una sillita de montar que me hacía mucha falta, pues cuando salía de paseo a caballo. Que era algún domingo, usaba un albardón inglés ya viejo y muy feo. Yo montaba bien, pero no acostumbrado al uso del albardón, me descomponía algunas veces en el caballo que me prestaba Don Benjamín, porque era brioso, de trote fuerte, aunque manso; era un caballo blanco, bonito, que llamábamos "Fígaro".
Cuando recibí mi silla de montar que trajo un Tren de Carros de los que venían de Monterrey, entonces me da gusto: el caballo lo montaba Lankenau, pero me lo cedía muchos domingos, porque él se iba a pasear con sus novias (como él decía), y yo me iba a darme paquete con mi silla nuevecita y "mi Fígaro". El Sr Burchard tenía una magnifica yegua colorada de raza inglesa y se paseaba con el Sr. Dillon que montaba un caballo negro de mucho valor. También solía acompañarlos el Sr Stocks, en un caballo bayo muy fogoso y saltador: éste Sr. era Dependiente del Sr Dillon, y también me quería a mí mucho. Cuando se fue Don Enrique a Inglaterra, Don Lucas Stocks salió a Valparaíso, en la República de Chile, donde se estableció.
Una vez me prestó mi tío Don Mariano un caballito nuevo, que no sabía de rienda todavía, pero manso: lo monté con bozalillo solamente, sin freno y en albardón, porque todavía no tenía silla mexicana; era un Domingo en que todos los señores de la Casa salían de paseo con sus amigos los ingleses, Dillon, Stocks, montando sus magníficos caballos; a mí, me habían invitado. Salimos a la calle y echamos trote largo en parejas de dos en dos jinetes; yo en mi "cholenco" no quise quedarme atrás y emprendí carrera abierta para seguirlos y no separarme del grupo, pero al volver una esquina los Sres. que me precedían, no pude hacer que mi caballo torciera y siguió corriendo por la calle rectamente al Río; entonces me apercibí que iba desbocado completamente, porque no obedecía la rienda por más fuerte que yo la tiraba; una vez sin rienda, procuré cambiar la dirección de la carrera por temor de caer en el Río Grande con todo y caballo , logrando con mil esfuerzos, echarlo hacia el llano que llaman de "La Laguna"; una vez allí le zumbé chicotazos al caballo hasta quedarme con un pedazo de azote, pues había oído decir que desbocado un caballo, lo mejor era castigarlo fuerte para cansarlo pronto, y que parara de correr; pero el mío no cedió y siguió una carrera desesperada y furiosa, volviendo otra vez a la Ciudad. Entonces al tomar una calle cuyas aceras eran cercas de ramas con espinas, procuré echar mi caballo a una esquina donde metió la cabeza, y luego volvió atrás sacando sobre ella y el pescuezo una rama monstruosa que yo no podía retirar, dándome en la cara, porque tenía los brazos duros y encogidos, estirando las riendas con todas mis fuerzas; así, sin sombrero, que había perdido desde el principio de la carrera, y con una bola de ramas y espinas en la cara, entré corriendo a las calles céntricas de Matamoros, llamando la atención de todo el mundo, como un loco y desaforado caballero: por fin unos muchachos amigos míos, dependientes de comercio, que se paseaban aquel Domingo, me conocieron y se echaron sobre mi desbocado caballo, y lo detuvieron...unos prendidos de la cola, y otros de las riendas, pudieron apearme, todo maltratado. Después de contarles mi aventura y de darles las gracias por su eficaz ayuda, me fui a pie, llevando el caballo poco a poco hasta mi casa; pero una vez allí, le planté un buen freno, tomé una cuerda de cuero, y volví a montar llevándolo por las mismas calles, donde había corrido conmigo. Hallé mi sombrero que habían recogido unas señoritas, que estaban en una ventana, que me vieron pasar como exhalación, según me contaron, y luego salí a La Laguna (el llano) y le metí espuelas al caballo haciéndolo correr más aprisa que antes, y deteniéndolo a mi voluntad con el freno que le había puesto; así lo castigué como merecía por el susto y la vergüenza que pasé...
Cuando todos nos reunimos en la casa por la noche para cenar, les conté lo que me había pasado desde que me separé de la cabalgata en la tarde y bien se rieron de la aventura.
Después de pasar en Matamoros casi un año, me dió el Sr Burchard licencia por un mes, para ir a Monterrey a visitar a mis padres, me prestó para el viaje una mula de buen paso, que era del Sr Clausen, y que ocasionalmente estaba en la casa; hice mi maleta y salí con diez pesos en la bolsa, recomendado al Sr Juan Harambure, dueño de un bonito Tren de Carros, con quien tenía que acompañarme: hicimos el viaje sin novedad, pero por desgracia nos llovió mucho, dilatando once o doce días para llegar a Monterrey a fines del mes de Junio de 1853.
La llegada a mi casa fue un acontecimiento que me llenó de gusto, abrazando a mis padres con tanto placer que no igualaría otro alguno; me consideraba tan feliz con ellos y con mis hermanos, que no echaba de menos las comodidades de la casa rica de Burchard, a pesar de que en la nuestra vivíamos tan modestamente. Al día siguiente de mi llegada me presenté temprano en el almacén del Sr Clausen, mi principal, jefe de Casa en Monterrey, manifestándole que estaba a sus órdenes: él me contestó que podía irme a mi casa, que tenía vacaciones, y que me llamaría cuando fuera tiempo de regresar a Matamoros, mandó al cajero que me entregara cien pesos....
Aquí termina ésta parte de las Memorias del Bisabuelo. La continuación de su manuscrito debió haberse perdido....No tenemos más notas de sus vacaciones, ni de la continuación de su estadía en Matamoros....
DESPUES DE CINCO AÑOS Y TRES MESES DE DEPENDIENTE.... (15 DE FEBRERO DE 1852 - 25 DE MAYO DE 1857)
Separado de la Casa de Comercio de los Sres. Clausen y Cía., me asocié con mi buen amigo Don Emilio Zambrano, tomando en traspaso un tendajo de abarrotes, que el mismo Don Emilio manejaba en compañía de su Sr. padre Don Gregorio Zambrano y de un Señor Ignacio Benavides: esa Sociedad que duró tres o cuatro años, no dió ningún provecho a los dueños; al hacer el balance general con que recibimos nosotros aquella negociación no les resultó ganancia alguna, no obstante que al inventariar las existencias para pasarlas a nosotros tomaban razón hasta de los clavos que había en el armazón donde se colgaban las tacitas de asa para mostrarlas a los compradores; no se escapaban de valorizar ni las escobas u lámparas viejas, pues solamente así podían completar al Capital de Don Gregorio, el valor montaba, según aquel inventario a $ 14,500.-
Yo conseguí que nos rebajaran $ 1,000.- reconociendo Don Emilio y yo el resto con un rédito de cinco por ciento anual, y obligados a abonar mil pesos por cada año. Estas hubieron sido buenas condiciones pues un Capital puesto en manos de jóvenes que empezábamos a trabajar, si no hubiera sido que el valor real de las mercancías y cuentas a cobrar que recibíamos no valía ni los 2/3 s. de lo que pagábamos, así fue que desde nuestros primeros pasos en el Comercio, tuve que luchar mucho para ganar con que cubrir aquel Capital y sus réditos; para mis gastos de familia (que eran bastantes) y para ir haciendo algún capital propio con que garantizar lo que debíamos.
Sin jactancia ninguna puedo asegurar, que desde el primer día en que empezó la compañía nombrada "Zambrano y González", yo tomé la dirección de los negocios, y con toda actividad los proseguí, iniciando y personalmente realizando operaciones mercantiles de importancia, nunca soñadas por mi socio y que al fin del año que hicimos el balance resultaron con una ganancia líquida, pagando los gastos y los intereses de $2,854.-, de los que me correspondieron a mí $1,427.- Esta cantidad pasé a mi crédito con el mayor gusto, puesto que era el producto de mi trabajo de un año, después de pagar las pérdidas en las mercancías viejas que habíamos recibido del tendajo de Benavides, que le llamaban "de las Marmotas" por unos farolones con que se alumbraba con mechas alimentadas con cebo.
Yo le puse un bonito alumbrado con lámparas de petróleo elegantes; le cambié los mostradores y armazones, dándole forma de almacén, le puse el nombre de "La Aurora" que se hizo notable muy pronto por sus buenas ventas y su despacho eficaz y honrado.
Mi socio Don Emilio me estimaba mucho y así me lo demostraba, lo hacía sin la menor objeción: Tomé decididamente mi puesto de Jefe del Negocio, y en consecuencia traté de realizar como mejor se pudiera las mercancías que habíamos tomado en traspaso: entre ellas había una ferretería alemana de la peor calidad imaginable : eran unos $3,000.- que nos hacían falta y proyecté llevarlos yo mismo a la feria de San Juan de los Lagos, que en aquel tiempo era notable por la cantidad de vendedores y compradores que se reunían allí de todo el país.
Me puse en obra con los dependientes que lo eran, el joven Jesús Barreda de mi edad y Pilar Zertuche algo menor, ayudados por Emilio mi socio, todos limpiando y untando con grasa fierro por fierro, serruchos, martillos, sierras, bisagras, chapas y picaportes de puertas. Finalmente arreglamos de toda muestra, empacamos los fierros en cajas y arreglada la ancheta, le agregué algunas otras mercancías más nobles de abarrotes, que en conjunto era una ancheta bonita y de la que esperaba obtener muy buen resultado.
Salí por fin una tarde del mes de Noviembre de 1857 en un cochecito de mi tío Don Luciano Espinosa que me lo dió en comisión para que se lo vendiera en la Feria a donde me dirigía: la carga la llevaba al tren de carros de Don Albino Castillón, quien personalmente guiaba la expedición: éste señor era un hombre excelente que siempre me quiso mucho, de bastante experiencia, de modo que yo iba lleno de esperanzas en mi primera expedición y perfectamente bien acompañado.
Sucedió que el día que salí de Monterrey estaba lloviznando, yo me agité mucho desde el día anterior cargando en los carros mis mercancías para que nada faltara arreglando los documentos aduanales que entonces eran necesarios, los conocimientos y facturas de la carga y además dejar las instrucciones a mi socio de lo que debían de hacer durante mi ausencia, así como dejar arreglado que a mi padre no le faltara nada para atender nuestra numerosa familia.
Con la agitación consecuente y la mojada que me dí aquel día, tomé un fuerte resfrío que vino a convertirse en calentura sumamente alta a mi llegada a Santa Catarina en dónde dormí justamente con el tren que había salido en la mañana: al día siguiente llegamos a Santa María, una hacienda que dista seis leguas del Saltillo; allí pasé una noche muy mala y resolví adelantarme del tren por consejo de mi buen compañero Don Albino Castillón para llegar antes al Saltillo y consultar con un Médico: así lo hice y a las diez del tercer día llegaba yo al Saltillo parando en un mesón nombrado San Esteban: apenas pude bajarme del cochecito y llevándome del brazo mi mozo Nicolás Ramos, me fui a unas dos cuadras donde vivía un Doctor americano, que me recomendó el dueño del Mesón: este Médico se llamaba Don Juan Smith era un facultativo notable: me examinó muy detenidamente y desde luego me manifestó que no podía seguir caminando con el Tren y como yo insistiera por no abandonar mi negocio, me dijo - "bueno pues váyase, pero irá a morirse"- Resolví por lo tanto quedarme y el buen Doctor mandó inmediatamente arreglarme un catre y empezó mi curación de la pulmonía que era lo que yo tenía: el Médico me dijo que antes de 8 o 10 días no podría caminar, y en tal apuro tuve que mandar un correo a mi casa avisándole a mi socio Don Emilio que se viniera inmediatamente a sustituirme porque me era imposible seguir con la carga.
Pronto llegó Don Emilio y también mi buen padre que se vino a cuidarme: el pobrecito hizo el viaje a caballo y muy de prisa, estando ciego y avanzado en edad: no podía andar en coche porque se mareaba, de modo que viajaba siempre a caballo.
Tan pronto como llegaron al Saltillo, se enteraron de las causas de mi detención allí y de la necesidad de que mi socio me substituyera en el viaje, lo que efectivamente hizo, yéndose a alcanzar al tren de carros que había continuado su camino: yo entretanto seguí curándome atendido por el Dr. Smith y cuidado por mi Señor padre que solicito y cariñoso estuvo muy pendiente de mí hasta que por voluntad de Dios me levanté de la cama a los ocho días. Dos o tres días después salía un carruaje para Monterrey llevando a un Doctor Americano y con él nos fuimos nosotros muy recomendados por el buen Doctor Smith- A este Sr. le supliqué me dijera lo que le debía y dándome excusas se salía de la casa y nada me decía: por fin al salir de su casa ya para tomar el coche encontré sobre una mesa de escribir una cuenta por valor de $25.-
Suma que dejé allí mismo. Mucho agradecí al buen Doctor su delicado modo de cobrarme, una bagatela, por cierto, pues él supo que yo empezaba a trabajar para sostener a mi querido padre con nuestra numerosa familia, y sin duda eso lo hizo ser tan moderado en su cobranza, que en otras circunstancias me habría costado diez veces más: el Doctor Smith era de sentimientos nobles, y esa buena acción conmigo se la agradecí siempre, pues llegamos a ser muy buenos amigos y alguna vez tuve ocasión de prestarle algún servicio correspondiendo al que él me hizo.
Tan luego como regresé a Monterrey me dediqué como siempre a fomentar con todo empeño los negocios de nuestro giro mercantil, logrando hacer en ese Invierno desde Diciembre de 1857 a Enero de 1858 varias compras de piloncillo y vendiéndolo a los carros de Chihuahua y Nuevo México que venían a cargar ese artículo año por año: anduve muy listo y logré cargar el primer tren de un americano del Parral, Mr. Hicks, que estaba acampado con sus carros cerca de la Presa en donde había una estatua de la Virgen: allí fui una tarde en mi caballito de campaña encontrado al Míster Hicks sentado tomando café, me bajé y le ofrecí que yo me encargaría de cargar su tren de buen piloncillo, que lo tenía listo, empacado, en una hacienda cerca de Cadereyta: de pronto no quería entrar en trato pretextando que ya tenía medio propalada la carga, pero luego que yo insistí, que le dije el precio a que se lo daba, se animó; pero antes me habló de venderme un caballo frisón, que yo había visto y que me gustaba mucho; así que me fue fácil hacer mi contrato por 200 cargas de piloncillo a doce pesos y medio, tomándole su caballo por ciento veinte pesos: cerramos trato y quedamos que iría a Cadereyta y estaría allá por dos días más para seguir a la Hacienda que yo le designara - Esa misma noche me arreglé y salí yo solo al día siguiente a las tres de la mañana para Cadereyta, a dónde llegué a las ocho, deteniéndome a la entrada para dar un pienso a mi caballo y desayunándome con leche de vaca recién ordeñada en un corral, y pan que yo llevaba en mi morral: ese era todo el bastimento con que yo viajaba, pan y agua en una caramañola de hojalata.
Acabado mi almuerzo monté otra vez y me dirigí casa de un Sr. Francisco Tijerina que supe tenía muy buena cosecha de piloncillo ,- le compré toda, unas 350 cargas a $10.- dándole mil pesos y el resto a seis meses de plazo: luego pasé a ver a Don George de León y le compré 400 cargas al mismo precio y con iguales condiciones de pago, de suerte que en esa mañana aseguré la carga del tren de Mr. Hicks y de dos más: en la tarde me fui a las Haciendas para asegurarme de que el piloncillo estaba listo, y para sacar muestras. Por allá me quedé en la noche y el siguiente día tomé el camino para Monterrey para encontrar el tren; poco tuve que andar pues Mr. Hicks se adelantó y lo encontré a una legua de Cadereyta, entonces me volví sirviéndole de guía y en la hacienda de Tijerina que se llamaba de "los Guerras", allí cargó sus doscientas cargas y justo volver a dormir a Cadereyta: yo me quedé allí también y al siguiente día muy temprano estaba en mi casa platicándole a mi padre el resultado de mi expedición, que fue un éxito completo.
A su regreso Mr. Hicks me pagó con pesos nuevecitos recién salidos de la Casa de Moneda de Chihuahua y quedó tan contento de mí, que me ofreció recomendarme con sus amigos , las carreras que debía encontrar en su camino; yo solo rogué mucho, y así lo hizo, pues a los pocos días llegaba el Tren de Ávila y Jurado ; luego otro de un Sr. Fierro, y más tarde los Armijos de Nuevo México; estos solos me compraron 500 cargas y aquellos otro tanto, pero no descansé ni un día hasta que ya no hubo compradores: el resultado final fue que mi negocio de "la Aurora se ganara algo más de dos mil y quinientos pesos en un mes y pico que estuve solo y que duró el viaje de Emilio.
En el Invierno del año siguiente, es decir de Noviembre del de 1858 a Enero de 1859, también hice varios viajes y correrías por ranchos y haciendas de Cadereyta, Villa Santiago y Allende comprando piloncillo y varios otros que encontraba al paso como mieles, sal de la costa, cueros crudos y curtidos, todo lo cual llevaba en carretas a nuestro comercio de "la Aurora" obteniendo casi siempre buenas utilidades - Así fue que desde mis primeros pasos en el comercio, empecé a viajar buscando la manera de aumentar mis operaciones mercantiles y entender más y más nuestras relaciones a fin de conocer más de los pueblos inmediatos: ya en las dos ferias de 57 y 58 que eran del 8 al 20 de septiembre de cada año, ya nuestra casa era de la que más vendía de abarrotes, antes nos preparábamos con buenas existencias de mercancías tanto del extranjero como del país que eran de más demanda.
Con tal fin organicé una expedición al Interior del país por el mes de Agosto de 1858, arreglando una ancheta de unos tres mil quinientos pesos que llevé a Zacatecas, para venderla allá y cobrar algo más de tres mil pesos que mi socio dejó fiados en su viaje a San Juan de los Lagos: allá vendió todo a un tal Narváez comerciante de Zacatecas que le fue recomendado como seguro; no trajo al volver más que los pagarés de aquel sujeto a quien yo fui a cobrar al vencimiento de dichos pagarés: me encontré que el tal individuo era un pobre varillero que estaba arruinado y además enfermo de gravedad ; desde luego comprendí que mi pobre socio había sido engañado miserablemente, dejando nuestra ancheta mandada a la feria de San Juan en manos de un infeliz varillero que gastó y se cogió todo: fue un fracaso completo y lo único que pude recoger fueron algunos fierros de nuestra ancheta, con todo lo cual cargué llevándomelos a Monterrey con más las existencias que tenía en su miserable Tienda el deudor: otras existencias constaban de algunos libros y cuadernos de poco valor: ejemplares de Comedias de Años Cristianos, de los Mosqueteros de Dumas y otra porción de novenas y porquerías con todo lo cual me pagué de más de tres mil pesos que constituía nuestra remesa a San Juan.
¡Qué doloroso fue para mi perder nuestro trabajo de un año! y de algo más con los réditos que estábamos pagando - Cuando regresé y di cuenta a mi buen socio del resultado de la cobranza que él creía segura, se espantó, y no hizo sino seguir siendo más sumiso a lo que yo disponía, porque veía claramente el resultado de mis trabajos que eran los que daban utilidades a la casa -
Nada menos en esa ocasión que fui a Zacatecas logré vender todas mis mercancías al contado a un español yerno de un rico hacendado (Sr. Llaguno). Este Sr. era muy "favalon" y alguno me contó cómo le gustaba que lo alabaran: fui a verlo a su almacén derechito, con mi fortuna en la mano; le conté que su fama de hombre de negocios y de grandísima inteligencia llegaba hasta Monterrey tanto que la Casa de Clausen y Cía. (muy acreditada en Zacatecas) donde yo había trabajado los últimos seis años, me recomendó al salir que antes de ver a ninguna persona de Zacatecas me dirigiera a él, que era el primer comerciante del Interior: con tales alabanzas, se puso mi gachupín como un pavo, y ya me fue fácil inducirlo a que me comprara toda mi ancheta, en la que le saqué mucho más ventajas de lo que esperaba. Me pagó algo más de cuatro mil pesos en dinero nuevecito, que cambié en la Casa de Moneda por oro: onzas de a diez y sus pesos que entonces valían a la par de la plata.
Con un mozo que me acompañaba me fui a caballo a San Luis Potosí que dista 58 leguas de Zacatecas, lo que hice en dos jornadas, andando en la última 30 leguas (llevaba conmigo mi caudal en oro).
En esa ocasión fui asaltado por una gavilla de doce o más ladrones, pero por fortuna iba yo advertido, de que andaban esos bandoleros, y montaba un magnifico caballo frisón a cuyas piernas me atenía, y además a mis buenas armas, mi rifle de Sharp y una pistola Colt que llamaban "dragona" y eran muy certeras: mi mozo llevaba su "chapalote" de Mississippi y su sable, de modo que ambos íbamos bien armados.- Contaré como fue el asalto y como me escapé -.
Salí de Zacatecas al amanecer, y paré un rato en la Hacienda de Troncoso, que dista cuatro leguas de la Ciudad; allí me desayuné en una casita de la orilla; las gentes que me vendieron el desayuno me contaron que en un punto que llamaban el palmar - cerca de aquella hacienda andaban los ladrones y que día con día robaban a los viajeros que por allí pasaban - "pues a mí no me roban porque me defenderé" - les dije. -"Entonces lo matan Señor, así lo han hecho con los que no se entregan" - Me despedí de aquella buena gente, que me encomendaba a Dios para que me fuera bien y confiando en El, proseguí mi camino- Habíamos andado unas dos horas cuando al bajar de un puertecito que había entre dos lomas y que llamaban "las boquillas" vimos venir por frente a nosotros a un hombre que corría a caballo y que llevaba una lanza con banderola colorada como la usaban los dragones del ejército; parecía un soldado y al enfrentar con nosotros nos dijo - "soy rural y voy a dar parte de que ahí están los ladrones, y ustedes van a encontrarlos si se van por ese camino de la izquierda; están al otro lado de ese alto : tomen el camino de la derecha y no tendrán novedad" - A corta distancia se separaban los dos caminos - El tal soldado era uno de los mismos bandidos y así lo juzgué desde luego, diciéndole a mi mozo - "vámonos por éste camino de la izquierda" - "pero Señor no oyó lo que dijo el guarda ?" - "Si lo oí, por eso quiero hacer lo con nuestro, porque ese es el ladrón" - Y diciendo y haciendo; eché por delante al viejo mozo ordenándole de avanzar de prisa y al galope sin esperarme , al mismo tiempo, que viendo para atrás observé que el soldado que habíamos encontrado movía su banderola con marcada manera de que hacia señales a los rojos, como a dos o trescientos metros por el camino de la derecha, había una casucha caída y de entre sus paredes salieron diez o doce hombres, la mitad montados y otros a pie, que corriendo trataron de seguirnos: unos tomaron el camino para alcanzarme y otros atravesando el palmar procuraban cortarme mi camino. Venían gritando y disparando sus mosquetes, cuyas balas polveaban muy lejos de mí, por ser aquellas armas viejas y de muy corto alcance - Cuando ya alcancé lo más alto de una especie de cuesta por donde iba mi camino; le dije a mi mozo se adelantara corriendo como ya le había mandado, y luego en lo más alto paré mi caballo volteamos hacia donde venían los que por el camino me seguían; fijé un poco mi puntería y les disparé el primer tiro, que sin duda les chifló por la cabeza porque se apartaron a uno y otro lado del camino corriendo y disparando todos sobre mí: veía muy bien sus fogonazos pero sus balas caían polveando a más de cincuenta metros de donde yo estaba : les disparé otro riflazo, pero me fue imposible repetir porque mi caballo que era un magnifico frisón, que me dio un amigo para que se lo vendiera se alborotó muchísimo y tuve que meter mi rifle en su funda para no caerme; ya me preparaba para correr a alcanzar a mi mozo, que se alejaba demasiado, cuando aparecieron dos de los bandidos que habían tomado la travesía, a corta distancia de mí, y no tuve más campo que sacar mi pistola y despacharles dos tiros seguidos, que los obligaron a correr para atrás, al tiempo que yo lo hacía para alejarme con mi caballo que volaba materialmente, y en unos cuantos minutos me reunía con mi mozo siguiendo ya más tranquilos nuestro camino: al medio día llegamos al rancho de Yescas donde nos detuvimos a comer.
Allí les conté nuestra aventura con los bandidos, asegurándonos aquellos rancheros que era el único caso en que pasaban caminantes sin ser robados.
Seguí mi viaje llegando por la noche a Salinas del Peñón Blanco que era una gran Negociación Salinera de los millonarios Sres. Errazu V. vivían en México - El Administrador me recibió muy bien cuando le dije que era de Nuevo León, y que llevaba una comisión del Gobernador Vidaurri para San Luis Potosí - En aquella época nuestro Estado y su Gobernador tenían mucha fama en el Interior por los triunfos de los fronterizos sobre los mochos cómo llamaban a los de Miramón -Al siguiente día que salí de Salinas me acompañó un guía que me dió el administrador después de colmarme de agasajos y ofrecimientos- Dos horas después devolví al mozo guía dándole un peso, con un recado de expresivas gracias para su amo. A las diez de la noche llegué a San Luis Potosí, después de haber caminado treinta leguas. Antes de llegar me perdí entre unos magueyales y si no encuentro a un indio teco, no salgo de aquel laberinto en toda la noche.
En San Luis paré en un mesón llamado de San Ignacio, y desde el amanecer del día siguiente empecé mis compras de mercancías del país: en el mismo mesón se hospedaban Don Andrés Calzado y su hijo Eutimio que era mi amigo y compañero en el pequeño comercio que ambos girábamos: ellos me prestaron alguna ayuda con el conocimiento que tenían de cómo se trataba con aquella gente que acudía al mesón en bandadas ofreciendo en venta sus mercancías.
Uno que no supiera manejarse, de seguro lo engañaban pues eran unos "pelados", ladinos y vivos para el trato: venían como digo en montón con los forasteros como nos llamaban a nosotros - "Vamos niño cómprame estas espuelas, mira que bonitas, no son más de una docena"- Bueno, cuánto valen les preguntaba? - "Pues niño se las quiero regalar, no me da más de dos peso por cada una" - Son muy caras le decía - "Válgame Dios, si supiera su mercé cuanto trabajo nos cuesta hacerlas y lo caro que está el fierro y el carbón, pues "con toi eso" dígame lo que me da por ellas" - Le doy seis reales por cada par y le tomo la docena, es decir le doy nueve pesos. - "¡ Ah que niño ! deme doce pesos y se queda con ellas". Vaya déjamelas y las pagaba. Lo mismo sucedía con los que vendían frenos, riendas, amortígüenos, coronas, sillas de montar, rebozos, peines, guitarritas y mil baratijas fabricadas a mano.
Al día siguiente venían los vendedores en mayor número y los artículos que nos habían costado un peso, nos los ofrecían por siete reales y hasta por cuatro: tal era el comercio de San Luis Potosí de aquella época - Íbamos al baratillo en las tardes y allí comprábamos muchas cosas aún más baratas que en el mesón, porque se reunían en una especie de plaza los vendedores y los compradores haciendo una boruca ensordecedora hasta que oscurecía.
De esta manera iba yo empleando mis cuatro mil pesos en oro que había traído de Zacatecas, cuyo dinero deposité en casa de un Sr. Don Blas Pereda, para quien llevé una carta de recomendación: él me indicó donde podía comprar los artículos principales como azúcar, café, cacao, jabón y muchas más que vendíamos en Monterrey con buenas ganancias.
Tan pronto como completé mi carga bien empacada y arreglada la fleté para Monterrey en un Tren de carros que casualmente regresaba consiguiendo me llevaran mis mercancías a un flete muy barato; pagué cuatro pesos por carga de tres quintales (300 libras).- Dicho tren dilató unos quince días para llegar a Monterrey.
Era la primera vez que yo iba a San Luis Potosí, Ciudad que mucho me llamó la atención por ser muy populosa y de mayor comercio que Monterrey : Allá vivía una Señora Doña Antonia Falcón viuda de un Abogado, Sr. Delgado que fue amigo y corresponsal de mi padre a quien en el curso de los negocios que hacían le quedó debiendo una cantidad de dinero que ascendía a cerca de mil pesos - Mi padre me había encargado le hiciera una visita a su nombre y le reiterara su deseo de abonarle algo tan luego como sus circunstancias se lo permitieran: fui en efecto a visitar a la Sra. con quien tuve una larga conversación, disculpando a mi Señor padre, y pidiéndole el favor de que me aceptara a mí como deudor en lugar de él, que yo le ofrecía pagarle en abonos mensuales : la Señora aceptó inmediatamente mi proposición, manifestándome que le diera veinticinco pesos mensuales, y que con eso se conformaría.- Por mi parte convine muy agradecido y al siguiente día le llevé cien pesos, por cuatro mensualidades adelantadas. En mis viajes posteriores y haciéndole remesas de Monterrey, le cubrí toda la cuenta que le debíamos antes de tres años, y cuando me dió el recibo final me contó, que su esposo le había dejado en cuentas por cobrar cerca de veinte mil pesos, y que le recomendó antes de morir, que a mi padre lo considerara, porque era un buen amigo y además estaba ciego con una numerosa familia - Pues bien, creerá usted me dijo "la única cantidad que he recibido, es la de su papá, que usted me ha pagado, todo lo demás lo he perdido, nadie me pagó después de muerto mi Esposo, Ustedes son los únicos se lo digo para su satisfacción".
De San Luis me vine a caballo en compañía de los Sres. Calzado, llegando a Monterrey en seis días de viaje: la carga llegó unos días después en Agosto: el 8 de septiembre. Siguiente empezó la Feria que terminó el día 20; en esos días trabajábamos muchísimo atendiendo a los compradores que ocurrían de los pueblos del Estado y muchos de Coahuila y aún de Tamaulipas: nosotros en nuestro tendajo de "la Aurora", hicimos muy bonito negocio con el buen surtido que yo traje de San Luis y otras compras con que me preparaba en el tiempo de la Feria.
Todavía no teníamos dos años de trabajar Don Emilio Zambrano y yo, cuando su hermano Don Eduardo (que era mi cuñado) nos propuso asociarse con nosotros arreglando con su padre Don Gregorio que nos traspasara la tienda de ropa y su comercio que manejaba el mismo Don Eduardo - Convenida así la nueva compañía recibimos en traspaso la dicha Tienda, que como la de abarrotes, tenía algo bueno, pero también "un mulerío" de mercancías viejas y rezagos de años atrás: el Inventario alcanzó a $25,000 y pico de pesos con las cuentas a cobrar que nos traspasaron todo lo cual unido a lo que recibimos en la Aurora sumaba cerca de cuarenta mil pesos, cuyo capital reconocíamos los tres socio a favor de Don Gregorio Zambrano, con obligación de hacerle abonos anuales de dos mil quinientos pesos y pagarle el cinco por ciento de réditos al año - Se dió una circular anunciando al comercio que Don Eduardo entraba de socio y que la casa se llamaría en lo futuro "Zambrano, Hno. y Cía".
El cambio de nombre de la casa de comercio que yo había formado, casi solo con mi trabajo activo y provechoso, me disgustó mucho; pues yo quería que la nueva firma se denominara "Zambrano, González y Compañía", pero el Sr Don Gregorio no lo consintió, y como era el dueño del Capital conque trabajábamos, tuve que ceder muy a mi pesar, aunque asegurando a mis socios, que la supresión de mi nombre en la firma de la Sociedad, me obligaría a separarme de ella tan pronto como contara yo mismo con algún Capital: esa fue una idea que no me abandonó nunca y que traté de realizar en varias ocasiones, después de trabajar en aquella compañía, pues era mi sueño dorado acreditar mi nombre.
Unido Don Eduardo a nuestra. Compañía de comercio cambiamos nuestra. casa a la de Don Gregorio Zambrano, rentándole los bajos y dedicándonos a los negocios por mayor: nuestro almacén era lo que ocupa el Barrio de Nuevo-León ahora y la familia del dueño de la casa vivía en los altos: mi escritorio ocupaba un lugar interior de donde se veían los corredores de arriba que miran al Oriente y en ese lugar trabajaba yo horas enteras cuando no tenía marchantes que despachar en los almacenes: la ropa la teníamos al Oriente de la casa y los abarrotes en el lado opuesto.
Tan luego que ya contamos con más Capital, ocupé a mi hermano Lorenzo dándole mercancías que saliera a vender a fin de ayudarnos mutuamente.
Anduvo por Galeana, Rayones y otros pueblos del Sur de Nuevo León realizando bastantes mercancías y obteniendo utilidades.- Mas tarde pensé establecerlo y conseguí con mis Socios los Sres. Zambrano, que le traspasáramos nuestro. Tendajo de "La Aurora", que estaba bien acreditado y donde podía empezar a trabajar sentando los cimientos de su futura fortuna. Algún trabajo me costó arrancarlo de la labor de "La Piedra Parada", en donde tenía establecida una pequeña fábrica de azúcar y aguardiente en compañía con Don Luis Elosúa, amigo de nuestra familia.
Lorenzo tenía mucha predilección por la Industria y la Agricultura y se negaba a entrar al Comercio; pero yo insistí mucho con mi padre y entre los dos convencimos a Lorenzo de que tomara el giro que yo tenía, y que nos prometía mejores resultados. Así fue como tomó el negocio de "La Aurora" en participación con la Casa de Zambrano; Allí conoció a Don Evaristo Madero que venía de Viaje desde el pueblo de Río Grande, Coahuila, a comprar mercancías que llevaba a Texas. Simpatizó con Lorenzo, y le dió la comisión de venderle los algodones que de allá traía, comprándole lo que necesitaba llevar en sus carretas. Únicos muebles de transporte que entonces se ocupaban del tráfico para los pueblos fronterizos.
Siguiendo la narración de mis viajes, contaré como en el mes de Enero de 1859 volví a Zacatecas llevando una ancheta de abarrotes y algo de ropa con valor de unos cinco mil pesos: la carga me la llevaba el Tren de Don Sixto Ma. García de la Villa de García. Salí de Monterrey a caballo dos días después del Tren y lo alcancé en el Rancho de la Encantada que dista seis leguas del Saltillo: ese punto es muy alto y hace un frío terrible en el Invierno: recuerdo que en la noche que alcancé los carros dormí debajo de uno de ellos, y tuve que levantarme en la madrugada porque tenía el jorongo con que me cobijaba, duro de hielo, lo mismo que el pelo de mi cabeza; la escarcha blanqueaba en el campo con la noche friísima; tuve necesidad de irme a la lumbre, que ya tenían encendida los pobres carreros y tomando café caliente pudimos estar hasta la hora de partir.
La jornada siguiente fue hasta el pie de la cuesta que llamaban "Puerto del Capulín". Allí pasamos la noche habiendo llegado por la tarde muy temprano. A corta distancia divisamos un campo de carreteros, y nos ocurrió ir a verlos para tomar noticias del camino, pues en aquella época estaba la revolución en su fuerza y había frecuentes invasiones de los indios bárbaros; montamos a caballo Don Sixto García y yo, dirigiéndonos al campo de los carreteros; antes de llegar le ocurrió a mi compañero que era muy güero y barbón, pasar por americano que no entendía ni hablaba español, siendo yo su interprete. Llegamos con aquellos pobres a quienes pedí las noticias que deseaba, mientras Don Sixto se dirigía a mí con murmullos, y diciendo algunas palabras en el mal inglés que sabía, llamando la atención de los carreteros; éstos me preguntaron si era "gringo" aquel Señor, - Sí, les dije, y es como una tapia; no entiende nada ni habla jota de castellano - Así nos divertimos un rato y nos fuimos riendo.- ¡Quien había de pensar que unos días después, allí mismo paraban aquellos carreteros, y al regreso de Don Sixto con su Tren lo asaltaron los indios en las inmediaciones, dándole un balazo detrás de la oreja cuya bala le salió por la boca, hiriendo también a varios de sus carreros y llevándole algunas mulas. Los carreteros que regresaban de su viaje a Monterrey , y que estaban acampados cerca de donde fue el asalto de los salvajes fueron los primeros en dar auxilio al Tren de Carros, y tan luego como llegaron, trataron de cargar con los heridos, para llevarlos al Saltillo que era el lugar más inmediato donde había Médicos; fue grande su sorpresa al encontrarse con que el dueño del tren era el "gringo" que ellos conocían; pobrecito decían ni entiende, ni habla nuestra lengua: El herido les contestó que era mexicano, y recordando lo que pasó cuando fuimos de visita con los carreteros, les dijo que era una chanza la que les contamos, que no era americano, ni "gringo", sino mexicano, que por favor lo ayudaran para conseguir quien lo curara con sus carreros heridos. Todos fueron conducidos al Saltillo, y sanaron completamente.
Yo entretanto había llegado a Zacatecas, pero al segundo día quedó sitiada la Ciudad por tropas de Gral. Miramón Jefe del partido clerical, que sostenía una guerra terrible contra el Gob. Liberal del Sr. Juárez: me había adelantado del Tren de Carros desde la Hacienda de Cedros llegando en un solo día a la Hacienda de "Sierra Hermosa" que administraba un Sr Don Tomas Benavente: éste caballero me recibió muy bien la noche que llegué pidiendo hospedaje; mandó que me sirvieran una taza de chocolate bien provista de panecitos y un vaso de leche, que me cayeron de perlas a las diez de la noche, que llegué cansadísimo después de haber andado treinta y seis leguas desde las dos de la mañana que abandoné el Tren de Carros.
Después de un rato de plática con el Sr Benavente, que fue después uno de mis buenos amigos, me fui a acostar a la pieza que me destinaron y al amanecer del siguiente día emprendí mi viaje llegando a Zacatecas por la noche. Muy a la madrugada antes de salir me trajeron mi desayuno bien surtido y algún bastimento que el Administrador me mandó preparar con mil saludos de despedida y un mozo que me sirvió de guía.
Una vez en la Ciudad de Zacatecas, donde ya tenía algunos conocidos desde el viaje anterior, me fui a ver al Sr Gobernador que era el Lic. Miguel Auza (entonces todavía no era General) a quien me presenté saludándolo a nombre de Don Jesús Reyna, que era su íntimo amigo y me había hecho aquel encargo, que cumplí más por relacionarme con aquel personaje y para saber noticias de la revolución que estaba en toda su fuerza.- El dicho Sr Gobernador me recibió con bondad suma, pidiéndome le informara de las fuerzas con que contaba el Gobernador Vidaurri (que entonces era el Jefe más notable del ). Me dijo que estábamos amagados por fuerzas de Miramón, pero que ese mismo día esperaba refuerzos que efectivamente llegaron al mando del Gral. Coronado que fue recibido con repiques.- Desde luego se mandaron cortar las principales calles con fortines de vigas y morillos atravesados, todas las que daban el frente a la Villa de Guadalupe; se situaron dos cañones en el Cerro de La Bufa y se organizó la defensa de la plaza convenientemente. Yo volví a ver al Gral. Auza, ofreciéndole en venta una docena de pistolas de Colt con su parque correspondiente que había llevado en morrales ayudado por mi mozo en nuestro viaje a caballo. Dichas armas me las compró el Gobernador inmediatamente pagándomelas muy bien porque las necesitaba mucho y le venían muy a tiempo: ya éramos amigos el Sr. Auza y yo, y hablando de la defensa de la Plaza, me invitó a ayudarles, lo que acepté con mucho gusto, ofreciéndome con mi mozo y dos fronterizos, que estaban en el mesón detenidos por el sitio. Todos bien armados fuimos encargados de defender la manzana donde yo vivía que era de las principales casas de comercio, poniendo a mis órdenes todos los hombres útiles que había en la manzana, casi todos jóvenes Dependientes que me obedecían sin replicar; éramos por junto como treinta los voluntarios, y con ellos establecí los retenes que debían cuidar el perímetro que nos fue encomendado: en las azoteas pusimos unos cuantos sacos de tierra por el lado por donde esperábamos ser atacados y estuvimos muy vigilantes durante los cuatro o cinco días que duró el Sitio.- Los enemigos que eran como mil doscientos hombres se establecieron en Guadalupe y desde allá haciendo algunas maniobras y disparando algunas veces sobre la Ciudad creían que nos rendiríamos porque los defensores no contaban más de cuatro cientos soldados de línea que llegaron con el Gral. Coronado y unos cien o doscientos de Estado, más los vecinos que nos aprestamos para defendernos.
Después de que el Jefe de los "mochos" como llamaban a los conservadores o religioneros, que era un hermano de Gral. Miramón, se convenció de que no podía tomar la Ciudad, se retiró hacia "Ojo Caliente" dejándonos en paz.- A mí me llamó el Sr. Auza y me dió las gracias por mis servicios; diciéndome. "no esperaba otra cosa de un valiente fronterizo" - eso me llenó de orgullo, pero para mis adentros veía que era un elogio que no merecía, porque nada hice.
Desde antes del Sitio y durante él, se quería levantar el populacho, que era mucho, al grito de "viva el hacha" - querían con esto decir que se les permitiera romper las puertas con hachas y comenzar "el saqueo".- Por supuesto que las autoridades redoblaban la vigilancia, dándonos ordenes de disparar sobre cualquier grupo o individuo que tratara de romper puertas: viendo los "pelados" que corrían peligro de muerte si atacaban las casas comerciales, se contentaban con gritar "viva la hacha" "viva Zacatecas" y "mueran los mochos".-
Con la retirada de Miramón se restableció el orden en la Ciudad, y yo pude salir brincando las trincheras de la calle, que aún quedaban, y me fui a caballo corriendo con mi mozo hacia "Sierra Hermosa" donde suponía estarían los carros que traían mi carga , pero a poco andar en un Rancho que se llamaba "el Bardo", me dijeron que habían sabido que unos carros que venían de Monterrey se habían devuelto, dejando la carga en la Hacienda de Casa blanca: inmediatamente me dirigí allí encontrando efectivamente mis mercancías en aquel lugar, lo que me contrarió muchísimo, pero sin pérdida de momento busqué Carretas a Flete y cargué todo llevándomelo a Zacatecas tan de prisa como me fue posible, pues temía la vuelta de los mochos que me decían andaban cerca: Casa blanca distaba ocho leguas de la Ciudad y por lo mismo pronto llegamos allá.-
El fletero Don Sixto Ma. García que me había traído la carga de Monterrey la descargó en aquel Rancho por miedo de caer en manos de los mochos, y corriendo se volvió para caer en la de los indios bárbaros, que por poco lo matan en el Capulín, cerca del Saltillo.
Llegando con mis mercancías a Zacatecas las vendí sin mucho esfuerzo, escaseaban y eran artículos que tenían demanda; obtuve buena utilidad y reuní unos cinco o seis mil pesos que puse en una conducta que despachaba el Comercio para San Luis Potosí en un Tren de Carros que acababa de llegar de Monterrey, cuyo dueño era Don Jesús Reyna. Con dicho tren me reuní haciendo el viaje para San Luis y llevándolo ya contratado para que levantara mis efectos conduciéndolos hasta Monterrey.
Me acompañé con Reyna nomas en la primera jornada pasando por el mismo lugar en donde me asaltaron los ladrones el año anterior: contándoles a mis compañeros de viaje ésta aventura y temerosos de ser atacados por otra gavilla que por entonces abundaban; resolvimos adelantarnos unos cuatro hombres para examinar el camino, al menos hasta las Boquillas o un poco más adelante donde yo fui asaltado; efectivamente fuimos Don Juan V. Guerra con su mozo y yo con el mío. Este Sr. Guerra era el actual General que aún vivía en México, fue mi compañero de colegio y éramos muy amigos.
Desempeñamos nuestra exploración sin encontrar nada notable, y nos echamos al suelo acostados esperando la llegada de los Carros de Reyna: tan luego que nos alcanzaron volvimos a ocupar nuestros asientos en una ambulancia de Don Jesús que siempre llevaba en sus viajes: venía con nosotros un Señor, Don Antonio Armida, en cuya casa me alojé en Zacatecas: éste caballero era un español que había estado radicado en Monterrey con su hermano Don Ildefonso Armida que se había trasladado al comercio de San Luis ; Don Antonio, Juan Guerra, Don Jesús Reyna y yo íbamos en la ambulancia contando historias y muy confiados cuando oímos unos tiros que nuestros mozos disparaban para anunciarnos la presencia de los bandidos, pues antes Guerra y yo los mandamos de exploradores con orden de disparar dos tiros si veían algo de peligro. En el momento que oímos los tiros nos bajamos con nuestras carabinas en mano y corriendo hacia donde nos indicaban los mozos nos juntamos con otros del Tren que se detuvo y en unos cuántos minutos cercamos a la banda de malhechores, que sorprendidos no se movieron de donde estaban entre el palmar. Don Jesús Reyna los maltrató amenazándolos con fusilarlos a todos si se movían al pasar su Tren. Aquellos pobres diablos estaban temblando y se quedaron quietos hasta que ya lejos nosotros les enviamos unos cuantos balazos que los hicieron dispersarse. Después de dormir ese día en el Tren, me despedí de mis amigos y me adelanté con mi mozo, a caballo, Yéndome derecho a San Luis Potosí, donde hice mis compras como el año anterior y preparando la carga para la llegada de Reyna, quien tres días después estaba en aquella Ciudad: descansó allí dos días más y recibió mi carga que consistía en azúcar, café, arroz, manteca, cacao, tabaco y muchísimas baratijas de la manufacturera potosina y de León, que compré con la mayor diligencia, conociendo ya aquel mercado.
Salimos de San Luis el Sr. Reyna y yo con el Tren de Carros y en su ambulancia tomaron pasaje con él dos comerciantes españoles (de esta nacionalidad eran casi todos los negociantes de Zacatecas y San Luis, Real de Catorce y Guanajuato) se llamaban uno Vargas y el otro Chavarría, éste se hizo muy amigo mío .- En la primera jornada que llegamos a la Hacienda de Bocas, nos cayó una tormenta de agua terrible con descargas eléctricas continuas, al grado que en el Mesón donde nos hospedábamos, cayeron cuatro rayos y siete en el Templo que estaba inmediato; uno de estos rayos dividió la puerta de la Iglesita de arriba a abajo, dejándola inservible.
Nosotros ocupábamos dos cuartos techados de bóveda en el Mesón, uno tenían los españoles y el otro el Sr. Reyna y yo: en el de aquellos estábamos reunidos jugando al "Mus", un juego de cartas netamente español; cuando se nos vino la tormenta con furia; a cada trueno, que eran terribles, el peninsular Vargas soltaba terribles blasfemias, lo que me obligó a abandonar aquel lugar, yéndome a nuestro cuarto, pues no podía sufrir la compañía de aquel hombre tan mal hablado.- Pasado el furor de la tempestad nos fuimos a ver los estragos del agua, que arrastró viviendas y laboríos dejando aquello en ruinas; los rayos también causaron muchos daños.
Temprano al día siguiente seguimos nuestro viaje, llegando a Monterrey unos días después sin ninguna novedad: una semana más tarde recibíamos las mercancías que yo había comprado.
Aquí se pierde una parte de las notas del Bisabuelo....Continúa más adelante en la siguiente forma:
....días más tarde terminamos nuestros negocios en Nueva Orleans, y regresamos en el mismo Vapor "Arizona" que nos había llevado desde Brazo Santiago, a donde desembarcamos felizmente a los tres días de viaje. Seguimos a Matamoros en donde nos esperaba el Coche de Don Juan J Villarreal que nos condujo hasta Monterrey. Unos días después de nuestra llegada nos comunicaron los Sres. Burchard y Cía., que eran nuestros corresponsales en Matamoros, que habían recibido las mercancías de Nueva Orleans, pero que una parte de la ropa había sido averiada en un alijador que se llenó de agua de mar al atravesar la Barca, que lo averiado era bastante y que deseaban se les dieran instrucciones sobre lo que deberían hacer.
Esa noticia nos asustó mucho, por la fuerte pérdida que podía ocasionarnos, y desde luego resolvimos que yo fuera a Matamoros a ver lo que convenía hacer: tomé pasaje en una pequeña Diligencia que hacía viajes para aquel Puerto, y a mi llegada me ocupé inmediatamente de remediar en lo posible la avería en nuestras. mercancías que estaban mojadas completamente: desempaqué las cajas de lienzos blancos, de ( ), de Indianas y demás géneros con ayuda de tres o cuatro cargadores y en Carretones nos trasladábamos al llano de la Laguna donde extendíamos los lienzos al sol para que se secaran, repitiendo esa operación por varios días, porque los géneros eran muchos y el agua de mar muy rebelde para secarse: en el día parecía que quedaban enteramente secos, pero en la noche volvían a humedecerse con la sal que contiene aquella agua, y así batallé diez o doce días hasta que pude empacar mis géneros, doblando y arreglando las piezas en sus cajas lo mejor que pude y remitirlas a nuestra. Casa en Monterrey.
Fue aquella una faena terrible que me costó cambiar la piel de la cara y brazos, quemados por el ardiente sol de aquella tierra costeña que parece un fuego. Por un milagro me libré de coger una fiebre que en la costa mata a tanta gente.
Terminada mi tarea me ocupé unos días en despachar con los fleteros que conseguía, el resto de los efectos comprados en Nueva Orleans que iban llegando y una partida de sacos de café que compré a Don Francisco Armendáriz, la que nos dió una buena utilidad, que nos sirvió para reponer lo que perdimos por la avería de géneros en el alijadero.- Concluidos mis trabajos en el Puerto, regresé a Monterrey en la misma pequeña Diligencia.-
De vuelta a mi casa seguí trabajando con la mayor actividad en los negocios de la Casa. En ese año de 1859 tuvimos una bonita Feria, muy concurrida en la que realizamos con regulares utilidades gran parte de lo que trajimos de Nueva Orleans, aunque tuvimos pocas mercancías del país porque el viaje a San Luis lo hizo mi socio Don Emilio, quien no pudo conseguir muchas de las cosas que necesitaba nuestro comercio .
Para salir por completo de las mercancías viejas y del "mulerío" que recibimos de la antigua Casa de Don Gregorio Zambrano, resolvimos establecer una tienda en Monclova, que fue atendida por Victorino Castro, que era nuestro tenedor de libros y mi antiguo compañero de escuela: en esa tienda que tuvimos por cerca de dos años, hicimos buenas realizaciones, que nos liberaron de tantas mercancías viejas que recibimos en el traspaso.
En el invierno de 59 al 60 me ocupé como de costumbre en las compras de piloncillo que nos daban tan buenas utilidades. Seguí mis correrías por las Haciendas y Ranchos de Villa de Santiago, Allende, Cadereyta y Montemorelos comprando piloncillo, cueros, sal y cuanto encontraba en que pudiéramos ganar algo. Las ventas de nuestra casa aumentaron considerablemente con el buen surtido que trajimos y empezamos a hacer algunas ventas al por mayor que yo tenía ya empezadas desde el establecimiento de "La Aurora".
Llegó el año de 1860 y las revoluciones siguieron más tremendas, pues ya no era solamente la guerra llamada de tres años motivada por la expedición de la Constitución de 1857, sostenida por el partido liberal contra los conservadores o clericales, que proclamaban "religión y fueros"; fue una guerra encarnizada y muy funesta para nuestro. país, tomando una parte muy activa los pueblos fronterizos que contaban con jefes valientes y soldados que se distinguieron en todos los combates contra tropas de línea, pues el Ejército casi todo era del partido conservador que también contaban con Generales hábiles y valientes como Miramón, Mejía, Osollo y muchos otros, contando además con el dinero del clero que era inagotable: por una parte éstos que tenían a su favor lo antes dicho y el fanatismo e ignorancia de nuestro pueblo bajo; por otra los liberales que tenían hombres tan eminentes como Juárez, Lerdo de Tejada, Degollado y muchos otros, contando con jefes distinguidos y valientes como Zaragoza, González Ortega, Corona y tantos más, que por fin alcanzaron el triunfo más completo.
Decía yo que además de esa tremenda guerra, teníamos nosotros, la intestina, de nuestro de nuestro mismo estado de Nuevo León y Coahuila, cuyo Gobernador Don Santiago Vidaurri, de famoso liberal defensor del Gobierno legítimo (el de Comonfort), se volvió un déspota insufrible traicionando al Gobierno del Centro, por lo que se le voltearon muchos de sus servidores, declarándose en rebelión hasta el mismo Congreso del Estado lo que ocasionó un desorden absoluto, al grado de no saber nosotros que hacer para conservar siquiera nuestro crédito, pues el Comercio estaba por los suelos, nadie pagaba sus deudas, todas eran persecuciones y nuestra casa se estaba resintiendo con tantas pérdidas, más cuando el Gobernador tenía a los Sres. Zambrano, por enemigos.
A pesar de esta triste situación, yo emprendí otro viaje a San Luis Potosí llevando algunos fondos para comprar los Efectos acostumbrados para vender en la Feria de Septiembre (de 1860), que se acercaba: mi viaje lo hice a caballo, visitando las Ciudades de Matehuala, Catorce, que no conocía, en donde hice algunas ventas de mercancías que pedí a Monterrey inmediatamente y que mis socios pudieron remitirme en un Tren de Carros que las entregó en Matehuala y siguió para San Luis a cargar lo que yo tenía comprado.- Antes había despachado unas carretas cargadas de azúcar que compré muy barata, a seis meses de plazo a una casa francesa que se llamaba Chabot Hnos.- eran doscientos tercios de a ocho arrobas, que dilataron cuarenta días para llegar, pero con tan buena fortuna, que no había en Monterrey, ni en Saltillo ni un solo tercio y vendí aquella a un peso más la arroba de lo que regularmente valía, obteniendo una ganancia considerable; lo mismo me sucedió con casi todas las mercancías que traje; porque llegué con ellas en un tiempo calamitoso, que nadie salía de su casa, ni pensaba en hacer negocios por la revolución que estaba en su fuerza.
Nosotros mismos estábamos perseguidos: me encontré al llegar a Monterrey, a fines de Agosto que nuestra. Casa de Comercio estaba cerrada por orden del Gobernador Vidaurri, las puertas selladas y mis socios, como también Don Gregorio Zambrano, y su yerno Don Juan Clausen, todos habían salido desterrados del Estado, yéndose para Tamaulipas, que estaba fuera de la jurisdicción de Vidaurri.
¡Cual sería mi sorpresa al encontrarme tantas novedades, y tan terrible golpe para nuestro giro de Comercio, que apenas iba tomando crédito y formando un corto capital! Pues no me desanimé un solo momento, apenas llegué del viaje, saludé efusivamente a mi querido padre y a mis hermanos y dos horas después, iba caminando en una mula que conseguí prestada por el rumbo que sabía llevaban los desterrados , a quienes afortunadamente alcancé en Cadereyta, en la noche del día que salí de mi casa; ellos se habían detenido allí dos días para preparar su viaje, pues habían salido violentamente por una orden ( ) del tirano Vidaurri.
Allí conferencié con mis socios a quienes hallé completamente desmoralizados, al grado de que Don Eduardo creía completa nuestra ruina, manifestándome sus temores de que quebrara nuestra. Casa de Comercio.- Yo le quité tan tristes augurios, asegurándole que sacaría avante los negocios que teníamos, pagando puntualmente a todos, pero deseaba me dieran facultades amplias para hacer lo que conviniera más a los intereses de la Compañía. Los dos hermanos Zambrano, me concediera lo que yo les pedí, y desde luego resolví volverme sin la menor dilación para atender a la casa que estaba en tan triste situación: ellos se fueron muy consolados con mis propósitos de trabajar sin descanso y cuidar, no solo de los intereses sino de sus familias que quedaron abandonadas.
El Sr Don Gregorio me hizo el encargo de cuidar también su familia y su casa, donde nosotros teníamos el almacén; cosa que hice con el mayor gusto, pues ya para entonces me preocupaba mucho mi vecinita Rosita Z. a quien quería, aunque sin resolverme a nada. Ya hacía tres años desde que estaba en la Casa del Sr. Clausen, que me llamaban la atención las dos hermanas, Rosita y Teresita Z., pero nunca me animaba a emprender algo formal, pensaba que la situación de mi familia me obligaba a darle todo el producto de mi trabajo, y cuando ya gané algo más, que me iba sobrando algún dinero, me venía la consideración de que en ningún caso me podría casar antes de tener veinticinco o veintiseis años, ni tampoco antes de tener asegurado lo necesario para mi familia y para atender a los nuevos gastos que necesariamente tendría al tomar estado.
Otra consideración me detenía mas, y era pensar que la gente creyera que yo me interesaba a una joven de familia rica, mientras que yo era pobre, esa idea me detuvo mucho, cuando pensaba seriamente en casarme; pero dicen vulgarmente que "suerte y mortaja del cielo baja" y así se fueron poniendo las cosas de modo, que el destierro de mis socios y del Sr Don Gregorio, me pusieron en condiciones de tratar más íntimamente a Rosita en su propia casa, pues la Señora, su mamá me instaba que fuera todos los días y en las noches, a darle razón de lo que pasaba y de lo que yo conseguía con el Gobernador.
Con aquella autorización y la que tenía de Don Gregorio, mis visitas se repitieron todas las noches a la casa, hallando siempre la misma cordial acogida tanto de la mamá como de la hija.
Es de advertir que ellas estaban solas, pues los Sres. se hallaban desterrados, los muchachos estaban en los colegios y la otra señorita de la casa, Teresita, se iba todas las noches a dormir a casa de su hermana Elena, que estaba también sola porque su marido el Sr Clausen también había sido desterrado: Largos ratos nos pasábamos platicando.-
Con mis frecuentes visitas y las muestras de simpatía que recibía, muy especialmente de Rosita, que venía a encontrarme, tan luego que sentía mi llegada, y que me acompañaba hasta la escalera al despedirme, siempre con la misma amabilidad; instándome a que volviera al siguiente día y dándome mil muestras de su afecto hacia mí; eso me fue cautivando al grado de pensar seriamente en ella, y declararle mi amor, pues ya no podía ni disimularlo, conociendo que era correspondido. En esos días decidí de mi suerte, y solo esperaba la ocasión de poderme declarar; pero antes resolví aplazarlo hasta ganar algún dinero mas, para tener con que sostener a mi amado padre con mis hermanos y que me sobrara para atender a mi nuevo estado; por supuesto que esa fecha la veía todavía muy lejana, atendidas las terribles circunstancias políticas por las que atravesaba el país, que no nos permitían trabajar como yo tanto anhelaba. Esperaré; esa fue mi resolución.
A pesar de mis ensueños dorados, no perdí de vista mis obligaciones, ni abandoné mis trabajos ni un solo momento, y desde que regresé de conferenciar con mis socios en el camino de su destierro, me empeñé con mi buen padre para que me acompañara a ver al Gobernador Vidaurri, suplicándole ambos me permitiera abrir las puertas de nuestra Casa de Comercio que permanecían cerradas y lacradas por su orden. Mi padre era amigo de colegio de dicho Gobernador, quien lo consideraba mucho hablándose de tú, pero era aquel bastante rencoroso y no quería a Don Gregorio, asegurando que era su enemigo y por eso se negaba a perdonar.-
Varias veces volvimos al Gobierno con las mismas demandas, y al fin después de explicarle yo, la grandísima necesidad que tenía de trabajar para atender a mi Sr padre y a nuestra numerosa familia, conseguí que me permitiera abrir mi Comercio, dando orden a un empleado suyo de quitar los sellos, y previniéndome de que lo hacía por las consideraciones que tenía hacia mi padre, y a este le dijo, - "permito que se abra el almacén de los Zambranos, por tu hijo, porque me da lástima que no pueda trabajar cuando tiene tanto empeño..."
Así fue que lleno de júbilo, empecé de nuevo en mi Casa de Comercio a trabajar, recibiendo al siguiente día de haber abierto, las mercancías que traía yo de San Luis que venían en el Tren de Carros de Don Juan Reyna.
Con tan buen surtido nuevo y bastantes existencias que aún teníamos en almacén, obtuve un éxito completo en los días de la Feria que siguieron; vendí mucho y a buenos precios, logrando arreglar con el Gobernador, a quien yo visitaba con frecuencia, que levantara el destierro de los Sres. Don Gregorio y sus hijos, así como el del Sr. Clausen, reduciendo el préstamo de cinco mil pesos que exigía, por lo que los desterró a trescientos por los Zambrano y quinientos por el Sr Clausen, que le pagamos inmediatamente.
Mandamos con un correo expreso las órdenes del Gobernador para que pudieran regresar los desterrados, quienes naturalmente la acataron muy contentos volviendo a sus casas sin la menor tardanza.
Yo entretanto alisté una buena ancheta de unos ocho mil pesos para llevarla a Chihuahua, donde sabía que escaseaban mucho algunas mercancías. Cargué los carros de Don Sixto Ma. García y me preparé a salir tan luego como llegaran mis socios y terminara la Feria.
A la llegada de dichos Sres. me dieron las gracias por el empeño con que conseguí que volvieran del destierro, lo que había hecho ya muy efusivamente la Sra. de Don Gregorio y su hija; a mis socios los enteré de los negocios que había hecho, dejándoles en caja en dinero efectivo seis mil y pico de pesos, pagados todos nuestros compromisos.
Ellos estaban muy contentos de mis operaciones y me dejaron partir a mi viaje al Parral y a Chihuahua, que era en aquella época tan difícil como ahora... Sería como ir al Centro de África...!
Salí de Monterrey el 17 de Septiembre de 1860 en una ambulancia nueva que compré a un americano que las fabricaba aquí mismo: me acompañaba Don Federico Stratford, Dependiente de la Casa de Clausen que iba con el propósito de establecerse en el Parral por cuenta de la misma Casa, nos acompañaba también Don Sixto Ma. García, dueño de los carros que llevaban mi carga, y que habían salido tres días antes.
Al despedirme de Rosita me convencí que me quería, porque se le rodaron las lágrimas al tiempo de darle la mano para decirle adiós: ella procuraba ocultar su emoción, pues ésta era tan patente que yo también la sentí como nunca me había sucedido: entonces fue cuando ya quedó hecho nuestro pacto tácitamente: ella me quería y yo también a ella, pero había que esperar......
Mi viaje al Parral estuvo lleno de aventuras como lo referiré enseguida: era el tiempo de lluvias que nos cogieron tremendas en el camino; llegamos a la Ciudad de Parras hospedándonos en un mesón muy sucio, único Hotel que entonces había; allí tuvimos que permanecer tres o cuatro días hasta que llegaron los carros para continuar nuestro viaje: visité a Don Francisco Bernardino de la Peña, en la Hda. del Rosario. Aquel Señor era el Administrador de la dicha Hda y su gran Fábrica de Mantas, propiedad que diez años después sería adquirida por mi hermano Lorenzo, para su Casa Comercial llamada, Madero y Cía., operación que fue el cimiento de la gran fortuna que ahora (cincuenta años después) poseen los herederos de Don Evaristo Madero, socio y padre político de mi hermano. En aquel tiempo Don Francisco de la Peña era un potentado y a él me dirigí ofreciéndole en venta algunas de mis mercancías, sin conseguir que me comprara algo.
Continuamos adelante, y llegamos dos días después a la Hacienda de los Hornos, propiedad del rico hacendado Don Leonardo Zuloaga, allí nos detuvimos una semana porque los carros venían muy despacio con motivo de las frecuentes lluvias y lo crecido de los ríos Aguanaval y Nazas que teníamos que cruzar. En los Hornos vendí al Sr. Zuloaga todas las mercancías de ropa que llevaba, que eran como tres mil pesos, cambiándolas por trigo que me entregaría Don Leonardo a mi regreso de Chihuahua a razón de cinco pesos la carga de catorce arrobas.
Durante los días que pasamos en la Hacienda fuimos bien atendidos en la Casa Grande por la Señora Luisa Ybarra, esposa del Señor Zuloaga: hubo la circunstancia que el SR Stattforth, mi compañero de viaje, era Dependiente de la Casa Clausen y Cía la cual estaba en negocios activos con el dueño de la Hacienda y lo habilitaban. Como yo había sido también Dependiente de la misma Casa, allí me había conocido el Sr Zuloaga, comiendo en nuestra mesa varias veces, de modo que al llegar a su casa nos atendieron muy bien, tanto más cuanto que eran gentes muy ricas y hospitalarias que vivían en sus enormes haciendas como príncipes.
El establo de Don Leonardo no tenía menos de veinte magníficos caballos y otras tantas mulas de tiro para sus coches. El número de sus sirvientes y medieros se contaba por miles, pues era dueño de casi toda la Laguna, la Hacienda de los Hornos y San Lorenzo de Parras.
Pero aquel hombre tan rico no tenía crédito, porque no llevaba cuentas, ni tenía orden en sus negocios: el Sr Clausen lo explotó como quiso, dándole crédito y recibiendo los productos de sus innumerables ranchos; ganó mucho dinero, pero también le hizo mucho bien a Don Leonardo, que estaba en manos de especuladores sin conciencia.
Allí presencié un hecho que me impresionó: un día llegó un pobre hombre jornalero a darle cuenta al amo de alguna cosa que lo enfureció, y sin dejar que el infeliz se explicara, Don Leonardo que era un español de fuerzas hercúleas y que acababa de bajarse del caballo con chaparreras de cuero y grandes espuelas se le fue encima dándole una patada en el estómago tan fuerte que el peón cayó rodando en el suelo y caído casi desmayado, iba a sufrir nuevos golpes, cuando yo intervine conteniendo a Don Leonardo con palabras algo duras, pues le dije, que eso no hacían los hombres caballerosos, como él era, sino los caciques sin conciencia y sin valor.- En el momento se contuvo, porque sin duda le dió vergüenza de que un joven como yo era, abogara por aquel desgraciado sirviente. El hecho fue en presencia de una porción de Dependientes y otros que temblaban ante aquel sultán, Sr Zuloaga. Todos ellos me veían asombrados, y no podían comprender como me atrevía a contrariar lo que su amo hacía, y más extrañaban que éste me atendiera, mandando que se fuera el mozo maltratado inmediatamente y que se le diera en la tienda una buena ración de provisiones.
Después que se calmó por completo Don Leonardo me dió las gracias por lo que yo hice "librándome"- me dijo -" de matar a aquel pastor; pues yo no veo cuando me enojo..." Era un buen hombre aquel señor, pero muy orgulloso, como todos los españoles y como poseía tantos terrenos poblados por indios medio civilizados, los trataba como un verdadero sultán.
Por fin partimos de la Hda. de los Hornos el día 1o. de Octubre y atravesamos el Río llamado Buenaval o Avanabal en un rancho del mismo Sr Zuloaga, llamado "las Mieleras"; el Río llevaba mucha agua y tuvimos que contratar gente que nos ayudara a cruzarlo llegando por la noche al Rancho del Torreón, que constaba de una sola casa donde habitaba un Español, Dependiente de Zuloaga, que se llamaba Carral (o Corral ?); había además unos cuantos jacales miserables con algunos peones, puros indios de calzón blanco y guarache con sombrero "huichol", ese era su vestido completo.- El Torreón es ahora una Ciudad rica de más de 30,000 habitantes, y el Centro de comercio algodonero más importante del país.
En la época que yo lo conocí (Octubre de 1860) se acababa de fundar, tenía unos dos años y era más bien un puesto para vigilar la gran Presa del Coyote de donde se riegan los terrenos del lado derecho del Río Nazas de la boca de Calabazas para abajo. En aquella vez acababa de pasar una gran corriente en dicho Río que destruyó la gran Presa y derribó sus magníficas compuertas construidas de mamposterías y de un gran costo; la mampostería de todo ello calculaba Don Leonardo que no le costaría menos de cincuenta mil pesos.
El Río lo pasamos en un chalán y fuimos a hospedarnos en la Hda de Santa Rosa en el Estado de Durango, propiedad de Don Juan Ignacio Jiménez. Allí pasamos de largo en medio de un crecido número de gente, había en la plaza más de doscientos pelados con sus sombrerones de petate y vestidos de calzón y camisa de manta: unos jugaban a la pelota, otros a la ( ), otros medio chispas, cantaban, porque aquel día era Domingo y se reunían en la plaza de la hacienda que era muy espaciosa.
A mí todo me parecía grandioso y aquella Hacienda la juzgaba una posesión señorial, como efectivamente era... Y quien me había de decir que veinte años después había de ser mía con sus pertenencias, río abajo hasta los confines de Sacramento, con más ocho leguas cuadradas al otro lado del Río, en las tierras más ricas de Zuloaga!! Esa propiedad que adquirí en 1878, con mis hermanos, Mariano y José vale hoy no menos de veinte millones de pesos, y la perdimos por seiscientos mil, por solo nuestro sentido de pundonor y delicadeza y por la perfidia de algunos pícaros, como referiré más adelante. El gachupín Don Santiago Lavín fue el principal....
En el viaje de 1860, salí de Santa Rosa con los carros que llevaban mi carga que eran ocho, junto con veinticinco más que se nos fueron uniendo en el camino, todos cargados de piloncillo que se dirigían al Estado de Chihuahua; entre ellos iba Don Marcelino Garza llevando solamente tres carros que eran de sus hermanos con unas cincuenta cargas de dulce, que valdrían a su salida de Monterrey, como cuatrocientos pesos; ese era el capital del que ahora es banquero del Saltillo y rico capitalista.
Él y yo somos los únicos supervivientes de aquella expedición, cuyos jefes éramos nosotros, Don Federico Stattforth (mi buen amigo fallecido el año pasado) Don Sixto Ma. García, Don Jesús Villarreal, Don Santos Caballero y el Sr. Gutiérrez del Pueblito, todos fuimos hechos prisioneros por una partida de "Tulises" mandados por un Español que se llamaba Endara, cuyo segundo era un tal Nuño, gachupín también, todos los cuales merodeaban por los Estados de Durango y Chihuahua, a las órdenes de un tal Cajen, general de nacionalidad española que proclamaba "Religión y Fueros" que era la bandera del partido reaccionario, enemigos de los liberales que defendían la Constitución de 1857.- Aquel funesto partido contaba con las riquezas del clero que no quería perder sus privilegios antiguos y con el ejército de línea que tenía valientes y aguerridos Jefes como el Gral. Miramón, Mejía, Márquez (el asesino de Tacubaya), Osollo y muchos otros, que sostuvieron terrible guerra por tres años al fin de los cuales fueron vencidos por el Presidente Juárez y sus valientes Generales González Ortega, Zaragoza, Degollado, Corona y muchos otros.-
Decía yo que fuimos hechos prisioneros en un cañón de cerros que hay a la entrada de Mapimí: allí nos asaltaron como cien hombres, parte de la fuerza del Jefe Endara que mandaba como cuatrocientos bandidos llamados "Tulises" por ser la mayor parte de una Ranchería nombrada "el Tule" en el Estado de Durango.
Una vez que iban llegando los carros al Cañón de Vinagrillo eran desarmados los carreros y como el convoy era bastante largo y angosto el camino nadie se puede escapar.- Mi amigo Stattforth, Don Sixto y yo veníamos a retaguardia del Tren y fuimos los últimos que entregamos nuestras armas; seguimos así desarmados hasta un Rancho que había a la salida del puerto y allí acampamos con el Convoy, mientras los bandidos se ocupaban de registrar los carros buscando armas y cosas de valor; pero solo encontraron piloncillo y mercancías pesadas y de poco valor que yo llevaba, fierro, acero, hojas de lata, azúcar, barriles de aguardiente, todo en bultos pesados que no se podían llevar.
Allí presencié horrorizado como mataron a un pobre transeúnte que llevaba un fusil viejo para su defensa en el camino que seguía: tan luego como lo vieron los bandidos le marcaron el "alto" pero aquel, temeroso de ellos, corrió en su caballo pensando quizás salvarse, lo que no sucedió, porque lo siguieron tirándole tiros, uno de los cuales alcanzó a herir al caballo, que cayó al suelo, luego llegaron sobre el jinete que inerme cayó a su vez acribillado de balas, luego lo lanzaron por mitad del cuerpo, y lo llevaron arrastrando como si fuera un perro rabioso. Era aquella una gavilla de malhechores de la peor especie, llevando sus jefes sobrenombres como "el Güitlacoche", "pájaro azul", "el tuerto" y otros, todos célebres en los anales del robo y el asesinato que eran su principal ocupación.
Los bandidos me llevaron rodeado de cinco o seis hasta Mapimí adonde fui en comisión nombrado por los carreros para arreglar con el Jefe: llegué a la presencia de aquel Sr. lleno de temor, porque había visto lo que eran sus subordinados, que andaban por el Pueblo borrachos, gritando como salvajes tirando tiros y forzando puertas para robar y saquear las casas.
Pero al presentarme al dicho jefe, quedé sorprendido de ver que era un joven como de 28 o 30 años, muy bien presentado: acababa de bañarse y se estaba abrochando en los puños unas mancuernillas de oro; luego que me vio saludándome cortésmente, me preguntó de dónde veníamos, y como le dijera que de Monterrey, se interesó más porque me dijo que él había sido Dependiente de un Sr Don Juan Garza Martínez (fue el padre de Don Isaac Garza, mi buen amigo).
Ya con esa noticia pude informarle que era hijo del Señor González Prieto, amigo y vecino del Sr. Garza Martínez, que en la Casa Comercial de éste Sr habían matado a un hermano mío, un Español llamado Peláez: con tales pormenores me creyó y desde luego se mostró amigable y deferente conmigo: entramos en seguida a tratar el rescate que tendríamos que pagar por cada carro de nuestro. Convoy, logrando por fin redujera la cuota a doce pesos por mueble, por tanto cuatrocientos pesos en vez de mil pesos que pretendía: nos permitió un fusil por cada Tren, y a mí personalmente me dejó mi carabina y dos pistolas de Colt que dije eran mías.
Nos dió un recibo con el encabezado de Ejército de Occidente- Brigada Cajén, en cuyo documento decía pagar al triunfar la causa (como hacía el traidor Orozco en Chihuahua a los cincuenta y dos años). Mandó darme un pasaporte constando en el mismo, el nombre de los Jefes del Convoy y el número de viajeros que sumábamos, (como cincuenta individuos).
Terminada aquella peligrosa aventura proseguimos nuestro viaje más que de prisa, abandonando el pueblo de Mapimí en la noche del día que habíamos llegado y sin descansar anduvimos hasta el amanecer que llegamos al Jaralito: allí repartí dos docenas de pistolas Colt, de seis tiros, con su carga y parque para defendernos en el desierto en caso de ser atacados, por los indios bárbaros que entonces merodeaban por aquellos terrenos y los de Chihuahua, con mucha frecuencia.- Por fortuna llegamos sin novedad a Guajuquilla (ahora Ciudad Jiménez) en cinco días de marcha: éste pueblo es el primero del Estado de Chihuahua y desde allí empecé a hacer mis ventas obteniendo buenos precios que me dejaban utilidades satisfactorias...Las pistolas las llevaba yo escondidas dentro de un saco de pimienta...
1863.- A fines de Noviembre, hice un viaje a la frontera de Coahuila, en cuyos pueblos teníamos muchos amigos, comerciantes que nos compraban mercancías y que nos debían fuertes cantidades: llevé en mi carretela unos cinco mil pesos en oro para comprar algodón en Texas, yéndome por la vía de Lampazos y Villaldama, donde cobré y recogí dos mil pesos más de nuestros deudores, llegando a la Villa de Río Grande (hoy Guerrero) de Coah. Allí vivía Don Evaristo Madero, con quien teníamos íntimas relaciones comerciales y una Compañía para comprar algodón en Texas. Dicho amigo me recibió muy bien en su casa donde estuve dos días , luego me acompañó hasta Piedras Negras hospedándonos en su oficina a cuyo frente estaba su Dependiente y socio Don Carlos Griensembeck: la tal oficina era un jacal grande con una buena chimenea que encendían diariamente por el fuerte frío que en aquel tiempo había; en ese jacal, como en otros semejantes se hacían negocios por cientos de miles de pesos en transacciones de algodón y mercancías que venían de Monterrey y Saltillo con destino a Texas.- Era curioso ver la multitud de negociantes que andaban por la pequeña villa que no hablaban más que de algodón , "cotton" y más "cotton". Todo el día se veían carretas cargadas y cargando en los corrales atestados de pacas de algodón. Carros y carretas que iban y venían; era un trajín sin cesar de día y de noche. En la oficina de Sr Griesembeck se reunían en la noche los amigos a charlar alrededor de la lumbre, fumaban en una gran pipa que pasaba de boca en boca, un rato cada uno, hablaban de los negocios del día, tanto los dueños Griesembeck y Don Evaristo Madero, como los visitantes.- A mí me fue fácil comprar unos 800 quintales de algodón, a once pesos el quintal, por conducto de dichos Sres. y luego fletearlos hasta el puerto de Matamoros donde debían ser embarcados para New York: éste algodón con un poco más que pude comprar después de recorrer las Villas de San Fernando, Nava, Pellotes, (cobrando y recogiendo dinero) se vendió a 48 y 50 centavos, dejándonos una enorme ganancia de más de doscientos por ciento .- Después de visitar a nuestros deudores y ver por mis propios ojos lo que tenían y lo que podía sacarse de aquellos pueblos, me volví a mi casa trayendo en la cartera muchos pedidos de mercancías y aumentando las ya existentes relaciones comerciales de la Casa de Zambrano, a la que pertenecía....
Hermanos González Treviño:
Mariano, Jesús y Lorenzo