Los dos hermanos eran de condiciones opuestas: él, generoso; ella, mezquina. Con la vida libre del campo crecían a la vez la bondad del muchacho y la ruindad de la niña. El desapego que la muchacha tuvo siempre para con su hermano se convirtió en provocación. Amasaba el pan y preparaba la comida para ella sola. Cuando el hermano regresaba después de todo un día de andanzas y fatigas, no tenía que comer. Cuando él lo llevaba todo con resignación, ella inventaba pretextos para herirlo y hacerlo sufrir. Tomó el hábito de mortificarlo y no disimulaba su satisfacción cuando lo conseguía.