Aunque más que hablar de países, habría que hablar de grandes ciudades. El argot es un fenómeno urbano, nunca rural. En cualquier parte del mundo, el hombre de campo trata de hablar lo más correctamente posible porque vive en una zona alejada de las novedades de todo tipo, también de las lingüísticas, y entonces en las sociedades rurales el lenguaje es mucho más conservador que en las grandes ciudades. Además, porque en el hombre de campo muchas veces existe un sentimiento de inferioridad que hace que trate de expresarse correctamente. Pero el argot es algo propio de las grandes ciudades. Tenemos el argot de París, de donde se toma la palabra porque fue el primero en ser estudiado. Ya a comienzos del siglo XIX en Francia hay muchos libros escritos por profesores de la universidad que lo toman como un objeto digno de ser estudiado, también asociándolo al habla de los delincuentes o, por lo menos, marginales. En esos libros que empiezan a aparecer a fines del siglo XIX y comienzos del XX está muy claro que el argot lo comprende todo el mundo, y que incluso lo usan los cantores populares de los cabarets. Con el lunfardo sucede lo mismo: primero es recogido por el sainete, por el teatro, y luego por el tango. Y lo que consigue el tango es algo que prácticamente no existió para otros argots, que es darle una difusión extraordinaria. De ser un argot del Río de la Plata, de Buenos Aires, de Rosario, de La Plata, de Montevideo, de estas ciudades, con el tiempo se convirtió en un argot nacional. En las provincias se adopta el habla hegemónica, lamentablemente. Así como en Buenos aires se impone la moda, se impone el habla. En casi todos los idiomas existe un vocabulario de este tipo. En Francia el argot, en Brasil la giria, en Chile la coa, en Estados Unidos el slang. Todos son repertorios léxicos creados al margen de la lengua general, pero básicamente compuestos de términos que pertenecen a esa misma lengua. Pero el lunfardo, comparado con ellos, es un fenómeno lingüístico único.