Tratando de vender su invento, pasó un tiempo en Nueva York y Boston donde entró en contacto con una empresa que fabricaba máquinas de coser. La historia registra intentos de crear máquinas de coser desde mediados de los siglos XVIII y algunas resultaron más efectivas que la antigua aguja, pero nunca demasiado prácticas y funcionales. En 1846 el inventor estadounidense Elias Howe patentó una máquina, notablemente más eficiente que las anteriores, aunque no tuvo éxito en su difusión. Cuando Singer vio la compleja máquina que fabricaba la empresa de Boston, pensó una manera de mejorar el sistema e introdujo la aguja, que accionada por un pedal, se movía en forma vertical. Ese mecanismo resultó mucho más eficaz y Singer patentó su máquina el 12 de agosto de 1851. Cuando Howe se enteró, le advirtió que esa máquina de coser era la que él había patentado y ofreció venderle los derechos, pero Singer no sólo lo ignoró sino que también lo amenazó físicamente. Desde entonces comenzó a fabricar las máquinas con su marca mientras le llovían demandas que eran seguidas por la prensa bajo el nombre de “La guerra de las máquinas de coser”. Finalmente Howe terminó ganando el juicio y Singer debió pagarle una buena indemnización. Si bien no inventó la máquina, Singer le había introducido no solo mejoras mecánicas, sino también de diseño y estética y los más importante, la hizo accesible al gran público. Hasta entonces los compradores eran sólo las fábricas de ropa, porque resultaban muy caras. Singer propuso venderlas a plazos a las familias y fue la primera venta en el mundo con ese sistema. Cuando murió a los 65 años era millonario y su empresa era la principal productora de máquinas de coser en el mundo. La Singer Corporation sigue fabricando máquinas de coser y otros electrodomésticos.