Bailaba antes el desafiante, quien zapateaba de tantos modos le era posible en mudanzas, escobillados y repiques; y luego lo hacía el desafiado que debía repetir; mejorar y aumentar los movimientos. Si no consiguiera responder o remedar las figuras de su ocasional contrincante, perdía. Cuando la habilidad de ambos rivales era pareja, se “bordaban” las posturas es decir, se repetían engalanándolas con otras nuevas. Y así sin exceder la línea del buen gusto, pisando de taco y punta, o batiendo en ondas regidas por las espuelas rumorosas, los dos contendientes se sucedían en el torneo una y otra vez en interminables figuras y movimientos a cual más endiablados y habilidosos.