¡Cuán amplio es campo de apostolado de don Gaspar! Lazio, Abruzzo, Campania, Romagna, Umbría. Regiones y poblaciones tan diferentes la una de la otra y todas igualmente queridas a su corazón. Todas las recorre con celo incansable y apasionado, porque todas necesitan de Dios. "La tierra de San Francisco de Asís, dice con expresión ardientemente poética una ilustre biografía del santo, fue su primer amor misionero". ¿Y cómo podría haber sido diferente, si el Señor quiso que en Umbría, sobre el cerro San Felice, en un antiguo monasterio en ruinas, se levantara el Instituto de los Misioneros de la Preciosa Sangre? Y de hecho Umbría fue también el primer campo de apostolado del Santo, como lo hemos ya narrado en otra parte.
Los umbros lo vieron merodeando por sus calles, las montañas, en los dulces valles verdes ondulantes, las plazas medievales, en iglesias ricas en arte y repletas de personas. La gente lo amaba por instinto, admirando el sacrificio y el desinterés. El pueblo sabía que Gaspar buscaba exclusivamente el bien de ellos.
Umbría no se desbordaba, como Marche y Romagna, de sectarios y masones, de anticlericales y blasfemadores refinado; ni afortunadamente fue sangrienta como Lazio, por los feroces bandidos. ¡Se respiraba todavía el aire del espíritu del Seráfico de Asís! La gente era muy laboriosa, del carácter calmo y naturalmente religioso; por lo tanto, atraídos por la palabra fascinante y persuasiva del Santo, de todas partes acudían a escucharlo, dejando de lado sus intereses y ocupaciones cotidianas para satisfacer la ansiedad de escucharlo, aunque tenían que recorrer kilómetros y kilómetros de carreteras a pies, los caminos a menudo, no siempre buenos, o durante el bruto invierno o bajo la ola de calor abrasador".
Gaspar, por su parte, se daba cuenta de que estas personas no eran tontas; tal vez "fue la fragilidad humana, el orgullo, la pobreza y a veces la escasez de clero que los mantenían alejados de Dios". Trató por lo tanto, hacer hincapié sobre sus sentimientos para despertarles la fe y las prácticas cristianas. "Los frutos, que siempre superaban las expectativas, doquier eran evidentes en todas partes y extraordinarios", y Umbría, al igual que otras regiones, fue el teatro de acontecimientos extraordinarios y maravillosos.
Spello, entre Foligno y Asís, parece ser la ciudadela privilegiada de estos.
Por la tarde, del 11 de mayo 1820, día de la Ascensión, Gaspar con unos compañeros dio inicio a la increíble misión en la catedral de San Lorenzo, cautivando, desde la primera noche, el corazón de este pueblo". Monseñor Lucchesi, obispo de Foligno, así relata un primer milagro: "Mis clérigos me contaron que habían reconocido en el Siervo de Dios el don de adivinar el futuro. De hecho, dijo que de inmediato dieran los sacramentos a un enfermo, que él nunca había visto, ya que estaría muerto al día siguiente, lo que ocurrió sin duda".E1 biógrafo don Amilcare Rey cita otras dos predicciones, declaradas en los procesos de canonización. Luigi Fortini, al igual que otros señores, se puso el sayal de la cofradía de San Francisco Javier para presidir al buen orden del pueblo, pero en el quinto día de la misión se enfermo. Después del décimo día, al canónigo Raschi, al visitarlo, no parecía empeorar, aunque el Santo dijo que por la mañana: "El señor Fortini, esta noche, después de la bendición papal, irá al Cielo". De hecho, murió justo al final del día predicho por Gaspar."Incluso allí, a uno de los miembros de la misión, dijo que al final de esta habría muerto. Se enfermó de hecho, y aunque la enfermedad no parecía mortal, se murió en el momento predicho".
Estos acontecimientos provocaron tal revuelo que todo el pueblo iba diciendo: "¡Ha llegado un santo entre nosotros!", y la convicción era tan fuerte que el agua que utilizaba el misionero para afeitarse la barba, se distribuyó a los enfermos, que sanaban al instante.
La estima que el clero le tenía - y sabemos que lamentablemente, no pocos sufrimientos le llegaban por los eclesiásticos - le dio también modo de haber triunfar la inocencia de los padres Redentoristas que, por cobardes calumnias, estaban a punto de ser expulsado por el obispo de la ciudad de Spello, con grave escándalo de la población.
Ahora se nos cuenta por la pluma del venerable don Giovanni Merlini, testigo ocular, otro episodio no menos extraordinario: "El Sr. Canónigo don Felice Perrucchini, asignado a la Misión, fue llamado por el Siervo de Dios, quién mostró gran deseo de que la iglesia estuviese alumbrada en toda su extensión en el momento en que la procesión, que se hacía para la instalación de las cruces, habría regresado a la iglesia.
Habiendo don Perrucchini dado a conocer que el Colegiado no tenía recursos económicos suficientes para la suntuosa iluminación, ni tenía medios para conseguirlos, el Siervo de Dios le dijo de poner la cuenta a su nombre, y que habría proveído San Francisco Javier".
"Don Perrucchini, para complacerlo, se dirigió a tres personas que tenían cera para prestar por kilo, es decir, Feliciano Angelini, Lorenzo Merallo y Giovanni Bellucci, y de sus respectivos talleres trajeron luego de haberlas pesadas un buen número de cirios, para después pagar la diferencia de lo consumido. Estos cirios se distribuyeron en la iglesia. A medida que comenzó a regresar al templo la procesión, que era muy larga, se encendieron y quemados por todo el tiempo que el señor Canónigo del Búfalo hizo un sermón hasta el cierre de la función sagrada. En la mañana siguiente, dejados caer los restos, fueron devueltos por don Perrucchini donde sus respectivos dueños, quienes los volvieron a pesar, para entonces sacar la cuenta y pagar la diferencia del consumo. Pero la suma fue una sorpresa, ya que colocado las diferentes cantidades en tres diferentes balanzas, cada empaque de cera se encontró no sólo nada consumido, sino para cada uno crecido en tres onzas. El primero en pesar el empaque, creyó errónea la cuenta sacada la primera vez, pero cuando se enteró que el mismo hecho ocurrió en los otros dos casos, se reconoció el verdadero milagro. Al anuncio del hecho que le hice yo mismo al Siervo de Dios, él respondió, sonriendo: ¡Alabado sea Dios y al gran padre San Francisco Javier!".
El comerciante señor Angelini, afirmó que “en sus manos ocurrió este milagro, al cual solo el recuerdo, dice, se me suaviza el corazón y me brotan lágrimas de los ojos”.
El 27 de mayo, durante la función de cierre, tenida durante una media hora antes de la puesta del sol, mientras que el santo estaba predicando en el escenario en la Plaza Mayor repleta de seis mil personas, y teniendo sobre el escenario la imagen de Nuestra Señora de la Reina Preciosa Sangre, antes de impartir la bendición papal, se vio en el cielo hacia oriente, (el fenómeno no era por lo tanto, un efecto del sol al ocaso), "una cruz de color pálido, resultante de tres estrellas, cada una del tamaño de dos medallas de oro". Estas se veían a "tres o cuatro palmas por encima de la cabeza del Siervo de Dios y formaban un triángulo, ya que una estaba arriba y dos laterales más bajas" y "no tanto como las estrellas Fósforo o Espero lucían", sino tenían "una luz más brillante". Esta "cruz luminosa se iba achicando poco a poco al aproximarse el cierre del discurso del Santo, hasta tomar la forma de una rama y luego desvanecer".
Frente a este fenómeno inusual, ciertamente no natural, las personas quedaron como sorprendidas; muchos fueron tomados por profunda conmoción y él mismo obispo diocesano, Monseñor Lucchesi, allí presente, "asombrado y sorprendido", rompiendo en llanto, lo aclamó como el nuevo san Vicente Ferrer, bendiciendo a Dios que, con tales signos, acreditaba las obras de su apóstol.
Esta misión fue, después de algún tiempo, por así decirlo, "una secuela asombrosa", por el fenómeno de la bilocación, casi igual, pero más portentosa por la forma en que se presentó en Meldola, en Romagna, de la cual hablaremos.
Así narra durante el Proceso Canónico don Domenico Silvestri: "En Spello había sido erigido la Cofradía de San Francisco Javier, no poco contrariada por otra Hermandades. Al enterarse de este conflicto, me encontré con el Canónigo Perrucchini, nombrado por el del Búfalo como director de la cofradía y le pregunté cómo iban las cosas. Él respondió que, afortunadamente, se encontró dando una vuelta con el padre del Búfalo, quién con buenos modales "había resuelto las diferencias surgidas" entre los Hermanos, evitando que recurrieran a la manos y dar escándalo al pueblo. Fue entonces que con admiración le pregunté a qué hora había sucedido, y él me precisó una época que, por recientes cartas el canónigo del Búfalo decía encontrarse actuando en la Misión en Romagna. Por lo cual me aseguré la asertividad de sus dichos pidiéndole aclarar las circunstancias. Él respondió: ¡El hecho es así! ¡Ni lo he visto en sueños o en estado de embriaguez! Yo callé, ni pude combinar las cosas, sino admitir una prodigiosa bilocación".
Como de costumbre, Gaspar, que quería escapar del triunfo que quería otorgarle el pueblo, llevando consigo al Valentini, al Pierantoni, Antonio Caccia y el Moscatelli, sin “ni siquiera tomar un poco de descanso” desde Spello pasó a una parroquia rural, no muy lejos de esta ciudad, Fiamenga, donde comenzó una nueva misión el 28 de mayo, fiesta de la Santísima Trinidad.
Precedidos por la fama de los grandes prodigios, los misioneros fueron recibidos con gran júbilo.
Gaspar comenzó su primer sermón dando gracias a Dios, porque sin darse cuenta, había viajado peligrosamente "en un carruaje, cuyas ruedas, por falta de unos hierros llamados acerinos, resultaron mal alineadas, y no se sabe cómo, no fue a causa de un grave desastre". Gaspar, siempre sereno, primero habían alentado a los hermanos asustados: "Dios nos acompaña siempre y cuida de nosotros".
Es de imaginar con qué alegría el párroco, don Bernardo Moncolini, ya heroico compañero de prisión de Gaspar en Bologna, le dio la bienvenida, ¡encantado de verlo consigo! Debemos ciertamente a sus preciosos apuntes, que aún se conservan en aquel Archivo Parroquial, algunas noticias sobre la Misión.
En Fiamenga iban en procesión, para escuchar al Santo, desde muchos pueblos vecinos, por lo que el público presente en las funciones siempre fue muy grande. Los acontecimientos de Spello se habían difundido ampliamente en cualquier lugar y don Bernardo, decía: "Al oír que el Apóstol predicaba en Fiamenga, Las personas iniciaron extraordinarias peregrinaciones desde todos los lados Umbría, lo que salieron muy tiernas la procesiones penitenciales"; y "Una noche, mientras que el Canónigo estaba predicando en la vía pública, se vio una vívida luz venir del Cielo y cubrir la imagen de María y desde esta como un reflejo, se vio una fulgida luz en el rostro del Misionero. Frente al espectáculo la compunción fue extraordinaria y varios, que despreciando la predicación se quedaron a deleitarse en una taberna cercana, detenido el juego y el trago, pronto lo dejaron todo y fueron a escucharlo en la iglesia para luego confesarse. Esa luz, siendo noche, no se debió a los rayos del sol, ya ido".
Era también muy agradable y emocionante ver al Santo merodeando por campañas cargando con una gran cruz, junto con un compañero que tocaba una campanita, para convocar a los niños a la catequesis cristiana e invitar a los campesinos a las funciones. La gente cerraba las casas y lo seguía, cantando las canciones de la Misión. "Añade importancia a la Misión de Fiamenga, escribió el párroco, el estado de máxima elevación de ánimo en que se encontraba Gaspar". No era cosa excepcional para el Santo, sin embargo, debió ser algo extraordinario, porque, hecho inusual, él mismo lo escribió al Cardenal Cristaldi en una carta del 5 de junio, que dice así: "El amor de Cristo, me entusiasma a compartir con Usted de los dulces consuelos que el Señor me ha dado en las misiones en Umbría... Estoy seguro que para mí siempre estarán en el recuerdo como las misiones más especiales… La Misión, entonces, en algunas iglesias de campaña reunidas, se ha hecho singular por una curación milagrosa de un hombre enfermo, - que ya despachado por los médicos había recibido el Viático - , persignándolo con una imagen de San Francisco Javier…".
Todavía existe en la Iglesia parroquial una pintura del Javier, del que se indica en un memorando del párroco: “Estos Misioneros dejaron la devoción a San Francisco Javier, por lo que mandó a hacer una pintura del Santo y se dispusieron el Abad Luigi Mazzoni y Giuseppe Piermarini para ir recaudando la colecta; y han encomendado la pintura de San Francisco Javier a Filippo Angelini, un pintor de Bevagna, que costó tres escudos”.
El Merlini también depone en los procesos de canonización que el Santo dio la imagen del Javier al párroco, pidiéndole que bendijera a una mujer, grave por hemorragias, la cual sanó al instante y al día siguiente se encontraba en la plaza para escuchar el sermón. El mismo don Moncolini describe en su propia mano el episodio a confirmación del testimonio del Merlini.
Después de un breve descanso en San Felice, Gaspar fue a predicar otra Misión a Montemartano, junto con el Merlini, quién conservará siempre un recuerdo conmovedor de esta predicación hecha con su padre y maestro, “porque - escribe – finalmente el día de la Asunción, él dobló mi ánimo, asegurándome de la divina llamada, en la que, por Divina Gracia, me sentí confirmado más y más". Esa fue la misión en que, por razón de su resolución, habría recordado más que cualquier otra, ya que determinó su futura vida como misionero de la Preciosa Sangre.
Mientras recorría Umbría, Gaspar dio repetidas vueltas a San Felice. Había tantas cosas que tramitar y, sobre todo, le atormenta la búsqueda de nuevos compañeros para la consolidación del Instituto, que fue siempre su mayor premura.
Incluso mientras estaba en San Felice, no desmentía su naturaleza de "terremoto espiritual", y por lo tanto su celo no tenía nunca descanso. ¡Aquellos días no fueron por cierto días de descanso!
De 21 a 28 agosto se fue a la parroquia en Terzo la Pieve, no tan lejos de San Felice, y reunió a su alrededor los campesinos dispersos en aldeas y poblados de aquella amplia campaña. Comprendiendo la necesidad de una unión compacta entre ellos, para hacer frente a las necesidades económicas y a la justa reivindicación de sus derechos hacia los patrones, a veces ricos e injustos, creó una especie de cooperativa religiosa-agrícola de mutua asistencia en las necesidades espirituales, sociales y económicas de la categoría. ¡Cuán bien estaba con los humildes y los pobres y cuánto disfrutó en percatarse como sus almas se habrían con sencillez y fe a la Palabra de Dios! El Cura don Aurelio Pescioli, hablando después de 30 años de esa misión, afirmaba con emoción, que aún estaba vivo el recuerdo y se veían los frutos. En el viaje de regreso a San Felice, ocurrió otro milagro del Santo, que lo relata, una vez más, el Merlini, sacando el texto de los procesos canónicos.
"Raffaele Proietti de 65 de edad y Domenica Campagna, su esposa, habitantes del castillo de Montecchio, certifican que, en la Misión dada por el Siervo de Dios en Terzo la Pieve, ellos tenían un hijo llamado Angelo, que tenía casi ocho años que por haberse pegado con un hacha en la rodilla izquierda, yacía en la cama desde algún tiempo, incapaz de moverse y ponerse de pie, diciendo los expertos que Angelo seguramente quedaría cojo. Terminada la Misión, mientras Gaspar estaba regresando a San Felice, precediéndolo un compañero suyo, a quien Raffaele y Domenica contaron su desgracia, estos manifestaron el deseo de poder presentarlo al Siervo de Dios. Domenica corrió a tomar su hijo que yacía en la cama y tomándolo en sus brazos, se lo presentó al Santo quién, sin mirarlo siquiera y si que le indicaran la rodilla enferma, - ni podía verla porque estaba cubierta – adivinó al tocarlo con la mano donde justo estaba el daño y continuó el viaje.
La señora Domenica continuó certificando que, en el acto de devolver el hijo Angelo a la casa para tenderlo en la cama, después de subir unas cuantas escaleras, oyó decir por él esas mismas palabras: Mamá, déjame bajar. Habiéndolo Dominga bajado, Angelo subió las escaleras por sí mismo y por lo que quedó sanado y volvió a caminar libremente, como libremente caminaba todavía en 1839 (Es decir, dos años después de la muerte del Santo) cuando la Domenica dejó en constancia este hecho en los procesos canónicos. Otro testigo utiliza una expresión más vivaz: "Angelo, bajado de los brazos de la madre, empezó a saltar arriba y abajo de las escaleras como una liebre".
Como no mencionar la Misión de Cannara, cerca de Asís, donde, como lo escribe el obispo diocesano, "el heroico celo y el gran amor de Gaspar y sus misioneros, ¿produjeron efectos prodigiosos?" Quedó viva la memoria por muchos años, y también por la Procesión interminable y conmovedora del taumatúrgico Crucifijo, venerado en la iglesia de la Buena Muerte, que durante años no había salido por las calles de la ciudad. ¿Y cómo no hablar de su amor por los presos en la fortaleza de Spoleto?
Esta hermosa y celebre ciudad, que no está muy lejos de San Felice, patria del venerable Merlini, era una paso obligatorio para cualquier persona que de Giano tenía que ir a Roma. También fue sede arzobispal, de la que dependía la Casa de San Felice.
Sabía, por experiencia, por los años pasados en las cárceles de Bologna, de Imola y Lugo, que en las prisiones no están sólo reos, sino también inocentes. Sabía lo difícil que era la vida en la cárcel; conocía el sufrimiento, la opresión, la injusticia; conocía la comida escasa y nauseabunda, los abusos de los guardias, la inmoralidad, la tortura para obtener confesiones, las blasfemias, los improperios. La ansiedad de entrar dentro de aquellas paredes para llevar una palabra de consuelo y esperanza a los presos cuando pasaba por la ciudad, lo atormentaba, se avivaba más y más. Trató de mover los más duros al arrepentimiento, golpeándose hasta la sangre con la disciplina en su presencia para "ablandar sus corazones."
Luego, cuando regresaba a San Felice, le decía a su hermanos "¿Cuánto bien, cuántos frutos logrados en la permanente misión de la cárcel!".
Conociendo el gran corazón de su protector y amigo, el cardenal Cristaldi, le dirigía continuas súplicas para que interviniera con el Papa. Quería que las leyes se caracterizasen más por la misericordia que por la justicia para los sinceramente arrepentidos; quiere que fuesen liberados los inocentes, víctimas de odios políticos o venganzas privadas; que todos fuesen tratados humanamente, aunque fueran delincuentes de la peor especie. Cuando se encontraba en Roma, iba en los distintos departamentos competentes a contar los episodios conmovedores de los prisioneros arrepentidos, obligaba a hacer investigaciones más serias y precisas para averiguar la verdad de quién se proclamaba sinceramente inocente. Se esmeró para que se utilizase más clemencia y mejorase la comida, se curasen los enfermos y sustituyesen los verdugos…
Entre otras cosas, así dice en una carta: "Mi corazón se regocija, y sigue siendo consolado por las buenas disposiciones de los presos; ¡las noticias sobre la perseverancia en el bien de aquellos pobres son de las más reconfortantes! Con mucho gusto quiero ponerlo a un lado del gran corazón paternal de Vuestra Excelencia, para que Usted también pueda hacer gran fiesta, como sin duda se hace en el cielo por el regreso a Dios de estas ovejas perdidas".
En la plaza del Convento de San Felice, frente a la hermosa iglesia románica, ahora devuelta al anterior esplendor artístico, surgió años atrás, por voluntad de los Misioneros, un hermoso monumento de bronce. San Gaspar desde el pedestal levanta el Crucifijo, como para bendecir perpetuamente los valles, las casas, los campos de la dulce Umbría. Pero el monumento más brillante se eleva perenne, de generación en generación, en el corazón de ese pueblo que tal vez después de san Francisco de Asís, nadie lo ha querido mayormente.