La llegada de los misioneros no siempre fue de agrado a los párrocos. Las razones pueden ser varias: el miedo a los ataques de los sectarios; poco deseo de trabajar después de la misión, para mantener despierto el fuego reavivado; reticencia en enfrentar algunos gastos para el mantenimiento de los misioneros durante la predicación... A veces los pobres párrocos no fueron más que intérpretes de la voluntad popular.
Fue este el caso de un pueblo de Romagna. E1 párroco, antes de que el Santo llegara a su parroquia, le hizo saber con palabras claras que no era deseado, ni de agrado, y por lo tanto no sería bien recibido por su pueblo. Gaspar le dijo que iría de todos modos, porque así había sido ordenado por la legítima autoridad eclesiástica: El Papa. ¡Por eso tenía que considerar a Gaspar como misionero apostólico!
Cuando llegó, entre la población en fiesta faltaba justo el párroco. ¿Por qué tanta obstinación? Informó que había sido víctima de una fuerte fiebre. Solo en el final de la Misión empezó a mejorarse. La gente quería saber si había sido una enfermedad verdadera o diplomática. Confirmada la autenticidad, se comentaba por todas partes: “¡Un justo castigo de Dios!”.
Pero no fue sólo el párroco a no aceptar la misión. Cuando los misioneros habían llegado estaban en plena vendimia, y sabemos que, si la cosecha es abundante, la vendimia es también una oportunidad para estar feliz, enamorarse, cantar y compartir cenas fastuosas. Los patrones murmuraban: "¡Estos cuervos negros han venido a echar a perder la fiesta!". El Santo, que no había elegido caprichosamente ese periodo, trató de hacer obra de persuasión. Aseguró a los campesinos y los patrones en particular, que los sermones no causarían ni pérdida de tiempo, ni daño alguno; de hecho, Dios bendeciría la cosecha, y quedarían igualmente alegres, pero sin pecar.
Algunos propietarios, convencidos, dejaron libre a los trabajadores para seguir estas funciones religiosas y estos acudían puntualmente; mientras que otros, no sólo no les importaba, sino también se dedicaron a obstaculizar la labor del Santo, intimidando a los trabajadores haciéndoles trabajar durante las funciones más hermosas. Sucedió que, terminada la Misión con gran éxito, incluso los patrones y los campesinos sacaron la cuenta. Quienes se opusieron al Santo "tuvieron una cosecha muy baja, estimada la mitad de los peores años, los demás, el doble de los mejores años y uva de primera calidad".
Ya que estamos en tema de cosecha y entonces de vino, nos gusta contar aquí también lo que sucedió en Prossedi, en el Lazio, a medio camino entre Vallecorsa y Sonnino. El pueblito era la patria de los célebres Giuseppe De Cesaris y Antonio Vettori, bandidos de primera clase y feroces que "no se apiadaban ni siquiera de sus parientes". En 1823, Gaspar llegó allí en mayo con Valentini, don Pierantoni y el canónigo Bonderli. Fue aclamado ángel paz: "... inclinó las mentes nubladas por la venganza, arrebató de las manos de los malvados armas sangrientas, alejó a los jóvenes de las calles y de la delincuencia, inculcó la devoción a la Preciosa Sangre, y aseguró a la población que, si se mantuviese devota, la plaga desafortunada del bandidaje se erradicaría y regresaría la tranquilidad tan ansiada".
El Señor. Luigi Petoni Giglioli, notario del pueblo, quería tener el honor de alojar en su casa a Gaspar y sus Compañeros durante todo el tiempo de Misión. Él mismo lo narra en una carta: "Tuve el placer de acoger a los Santos Misioneros y al Canónigo del Búfalo en agradecimiento al bien que hizo a mi pueblo. Después de haberles convidado vino, me percaté que este salió mejor que otros barriles de mi propiedad y otras de cualidades únicas, lo cual nunca antes había pasado. Era vigoroso y agradable sabor y así permaneció hasta el final del barril. Tuve después un año de cosecha mayor todavía, que los expertos consideraron con admiración el hecho de ser extraordinario". El hecho está confirmado también por el Merlini.
En otras palabras, para los Misioneros eligió el vino de más mala calidad que se encontraba en la surtida bodega de vinos, porque siendo hombres de penitencia, tenían que conformarse con lo que se les ponía delante.
¡Gaspar se… vengó incluso apremiándolo! ¡Bromas de santos!
El prodigio fue recordado por mucho tiempo; incluso se contaba también que la buena y piadosa esposa del Señor Luigi dijo a su marido: "Este vino milagroso tenemos que conservarlo como una reliquia y beberlo de vez en cuando y sólo en grandes circunstancias…" El marido, sin embargo, tenía una opinión diferente. “¡No, no! ¿Si después se echa a perder? Se debe beber de inmediato, hasta terminarlo”.
¡Creemos que la disputa fue ganada por el marido!