¿Recuerdan el episodio del intento de fuga del hogar del pequeño Gaspar para ir, como San Francisco Javier, a predicar el Evangelio a los Turcos? Se pensó a una aventura infantil, pero no fue así. Esa llama florecida en su ánimo a temprana edad, como sacerdote se fue ampliando poco a poco, hasta emanar en toda su fuerza, especialmente después de la fundación de la nueva Congregación. En él, el espíritu misionero era uno con el deseo de propagar la devoción a la Preciosa Sangre de Jesús. La practicaba y predicaba, basándose en la Escritura y los Padres de la Iglesia. El quehacer misionero tenía el propósito principal de llevar a todas las almas tibias o lejanas a Dios aquella Sangre que Jesús había derramado para la redención del mundo. Gracias a su liderazgo, el Instituto y las Misiones tuvieron de inmediato un impulso fuerte. Él condujo hasta el fondo el colosal apostolado misionero, y a este se dedicó durante años, mejor dicho por vida, con un crescendo que, poco a poco, superó sus fuerzas físicas, escasas, pero con el apoyo de una fuerza de voluntad y una tenacidad que tiene algo de prodigioso y que, no pocas veces, se volvieron prodigio.
Sus sermones – llamadas de máximas, porque recordaban máximas eternas - por lo general duraban dos horas; a veces tenía muchas al día. En Nocera Umbra, en un solo día, predicó catorce veces, ¡y en el mismo día en que también tuvo dieciséis comentarios para el Vía Crucis! Y la gente lo escuchaba porque él - y así los suyos – rechazaban la elocuencia oratoria, conformándose únicamente al Cristo Crucificado, la verdad del evangelio, a la ansia de bien para los demás, la caridad, la justicia.
Gaspar fue capaz de dar un estilo todo personal, su método de predicar las misiones, que tenían que ser un verdadero "asalto espiritual a los pueblos". Actuaba con tanta fuerza como para ser llamado Terremoto Espiritual. Las preparaba meticulosamente con el clero y las autoridades locales; quería que la recepción de los misioneros en la entrada a la ciudad o de los pueblos, fuera entre las más solemnes: sonido de campanas y participación del obispo, del clero, de las autoridades civiles, de las cofradías con sus estandartes.
Los misioneros besaban el suelo y recibían el Crucifijo; luego, en medio de cantos penitenciales, desfilaba la procesión hasta la iglesia principal, donde realizaba su predicación de introducción y, flagelándose, invitaba a los fieles a hacer penitencia.
Durante la Misión, al atardecer, los Padres se dispersaban por las calles y plazas, donde llevando Crucifijo y tocando una campanita, llamaban la atención de los que pasaban y que estaban encerrados en casa, invitando a las funciones religiosas. También entraban en las tabernas y centros nocturnos, donde la recepción no fue siempre la más cordial. ¡A veces, padecían humillaciones ardientes! De las ventanas no llovían por cierto flores, ni agua limpia, y en las tabernas no se les convidaba tragos, ¡sino insultos!
Gaspar no se limitaba a los sermones en la iglesia, más organizaba conferencias preparadas para cada grupo social, enviaba a sus compañeros a solicitar la presencia de poblaciones vecinas; por lo que al caer la tarde se veían llegar gente de los pueblos en procesión trayendo antorchas y estandartes. Cientos, a menudo miles acudían a escucharlos. Las iglesias ya no eran suficientes y Gaspar tenía que predicar en las plazas.
Los misioneros también iban de casa en casa para visitar a los enfermos, para convencer a los más obstinados a volver a Dios, a pacificar a las familias y a visitar a los prisioneros.
Tres eran los acontecimientos más conmovedores: el repentino ingreso de la estatua de la Virgen dolorosa en la Iglesia, durante el sermón sobre el infierno, entre sonidos de campanas, campanitas y órgano, y al grito de "¡Viva María!"; la Solemne Comunión a los enfermos, la procesión de penitencia, que cerraba la Misión.
La gente se entusiasmaba, lloraba, hacían cola en los confesionarios; pecadores empedernidos se convertían; se apaciguaban individuos y enteras poblaciones.
Tampoco faltaban milagros auténticos, que poco a poco vamos a estar narrando.
El fin de las Misiones era poner remedio a una moral general gravemente sacudida; por lo tanto, para que tanto bien no resultara inútil, Gaspar inculcaba al clero de continuar la labor de los Misioneros y erigía Pías Uniones, Cofradías, Círculos que mantuviesen vivo el recuerdo de las Misiones y las prácticas en honor de la Preciosa Sangre que habían establecidas.
La última noche se erigía la Cruz Recuerdo, en cuyos pies se quemaban libros y estampas obscenas, emblemas irreligiosos y armas. Los enemigos se reconciliaban públicamente, abrazándose entre la conmoción general.
Tras éxitos triunfales, Gaspar y los suyos, para evitar complacencia humana y tentación de vanagloria, se iban a escondidas. ¡Todo mérito, toda gloria debía ser atribuida sólo a Dios!