Todos los hilos de la vida de la caridad y celo de Gaspar se cortaron de golpe. Después de haber encomendado a sus colaboradores las obras de caridad y despedirse de los más íntimos, se prepara para ir a la Plaza San Marcos, donde lo espera la policía con un carruaje. Se van con él tres amigos tan queridos: Don Francesco Albertini, don Bernardino Filippo Marchetti y Don Francisco Gambini, ellos también orgullosos y valientes al negarse el juramento. A pesar de saber con anticipación la fecha y hora de partida, lo ha mantenido oculto a la madre querida. ¡Dejarla se le hacía intolerable! Tampoco sentía desaparecer en secreto, sin un beso, sin aquella bendición, que estaba acostumbrado a pedir siempre a sus padres, antes de salir de la casa.
Cuando se acercó a ella para besarle la mano y pedir una bendición, la madre comprendió que había llegado el momento temido de la separación y rompió en sollozos. Recientemente Luis había muerto, el primogénito, dejando una viuda y una hija; ahora pierde a su hijo menor, ¡Aquel que supo realizar todos sus sueños maternales!
Para no hacerla sufrir más, Gaspar, con el rostro surcado por las lágrimas, rompe todo retraso, se precipita por las escaleras y corre hacia Plaza San Marcos. Antonio va rápidamente detrás de él. Pero no acaba de llegar cuando Annunziata, acompañada de Paola, la nuera, y Luigia, su sobrina, lo alcanza. Toma entre sus manos la mano derecha del hijo y se la aprieta fuerte, tanto como puede una madre que tiene la premonición de no volver a verlo en la tierra. Paola nos ha transmitido también las últimas palabras de Annunziata: "Hijo, deja que te bese por última vez la mano sacerdotal, porque ya presiento que ya no volveré a verte nunca más en esta tierra". por el inmenso dolor, había medido la brevedad de su vida.
Subiendo a los prisioneros, el cochero azota los caballos; el que está en tierra firme busca seguir el carro por un rato, pero al aumento de la velocidad desiste. Annunziata, entumecida por el dolor, con una calma sobrehumana, dice: “Prefiero morir sin él, que verlo infame en Roma”.
¡Madre digna de tal hijo!
Pero sería más justo decir: “¡Hijo digno de tal madre!”.
Porque fue ella quien lo educó en los valores verdaderos.
Lo ha engendrado en el espíritu, así como en el cuerpo.
Desde ese día una sutil languidez la envuelve, consumiéndola de a poco, y sus movimientos, una tiempo tan activa, cada vez serán más lentos.Hay días en los que se sienten terriblemente cansada y vaga dispersa como en un vacío de habitaciones, calles, vida, pensamientos.
Los prisioneros se recogen en oración. Gaspar, con los ojos inflamados por las lágrimas, se esfuerza de poner la cara sonriente. Es el más joven, pero trata de animar a sus compañeros, mientras que el carruaje, ahora con rapidez, horas lentamente, recurre el camino del calvario que les llevará a la terrible experiencia del exilio y las cárceles.
¡Y ahí es donde el Señor forjará al futuro apóstol de su Sangre Divina!