21. Habia una viejita

Hasta hace unos años, los ancianos de las colinas y los valles que rodean San Felice, les narraban a sus hijos y nietos sobre las bellas misas  que se  hacían  en la iglesia del Convento, cuando la campana llama a sus abuelos y estos se recaban en masa a la ermita de los santos sacerdotes. 

¡Cuántas historias, cuántos hechos reales, atribuidos a don Gaspar! Gente perdida que regresaba a Dios, después de oírle predicar una sola vez,  enfermos recuperados por su simple bendición,  previsiones buenas para los fieles a Dios y malas para los que se negaron a arrepentirse de sus fechorías. Los buenos que, a su paso, corrían  a besar su mano y los perversos pasaban de largo temiendo que leería sus conciencias. 

¿Y cuándo oraba y celebraba la Santa Misa? ¡Un ángel, un verdadero ángel! 

Y narraban que en ese entonces en Arrone, un pueblo no muy lejos de San Felice, había una  viejita que… no estaba decidida en morirse. Estaba siempre allí,  con el alma apretada  entre los dientes, sin que la muerte  lograra arrebatársela. Tal vez el Señor se había olvidado que en la tierra ella estaba también. La llamaban “la loca”, es decir, que ya  no  estaba  bien del cerebro, porque, delirante, siempre repetía, hasta al párroco,  que  trataba de convencerla a recibir la Extrema Unción: "¿Cuándo vendrán los Misioneros de  San Felice a confesarme?..." y al escucharla caían perplejos, porque San Felice era  entonces un convento abandonado y en peligro de  derrumbes. Pero la anciana se  mostraba inflexible: "¡Ellos vendrán, vendrán!". 

Pasaron meses y años hasta que, una tarde, las campanas de Arrone comenzaron repentinamente a sonar un repique completo. Las calles se llenaban de gentes en grupos  y expeditos, llegaban en  la ciudad los habitantes desde el campo, cantando canciones  sagradas. Las Cofradías en uniforme y el Clero con roquete y estola llegaban en  procesión, también ellos cantando, en la entrada del pueblo.

Y  en todo esto, subiendo desde la llanura un carruaje con unos sacerdotes con  sotana, ceñidos con faja y el crucifijo en el pecho, apoyados a un bastón, al igual que antiguos peregrinos. La gente los miraba con respeto y curiosidad.

Nunca los habían visto vestidos así. "¡Ellos son los santos Padres, los Misioneros de San Felice!

- ¿Quién es don Gaspar? – se preguntan los presentes. 

- ¿El más anciano?

– Sí

- No.

Allí están, se arrodillan,  besan el suelo… Abrazan a los sacerdotes de Arrone; el pastor les entrega un gran crucifijo… lo toma el más joven posiblemente sea él Gaspar, ¿El que hace milagros? 

La procesión se dirige hacia la iglesia principal, cantando una canción penitencial: ¡Perdón, Dios mío! En ese momento nadie más piensa en la  viejita. Después de la  función de apertura, Gaspar pide ser acompañado a una humilde casita. Anda derecho, rápido, como si ya conociera el camino desde siempre,  pero nunca había estado en Arrone.

Toca la puerta, entra… La anciana al instante queda como iluminada por un rayo que desciende desde el cielo.

- ¡Oh! He aquí el santo misionero de San Felice!

Se confiesa, recibe los sacramentos, se duerme en la paz en Señor. En el funeral,  nadie se queda en su casa. La Misión tuvo un éxito rotundo.