"En primer lugar diré, - escribe el Merlini - que Gaspar acerca de su prójimo, en referencia a Dios y según Dios lo amó… No buscaba que solo Dios y su agrado, el solo deseo, el único anhelo de llevar almas a Dios… A eso se debieron muchos disgustos y amarguras, tantas preocupaciones y humillaciones, muchas aflicciones, desprecios…". “Su corazón, tan tierno, no permanecía insensible al sufrimiento humano, tan largamente presente en este mundo, donde, decía somos todos como enfermos en un gran hospital. Así que la gran caridad que emanaba de su corazón salía en primer lugar por el bien de las almas. Ponía la mano de consuelo a los atribulados, aliviándoles el dolor. Eran muchos los afligidos, que se recurrían a él y se quedaban consolados. Estaba tan encendido por esta obra de caridad que enfrentaba a veces largas jornadas de camino para llevar consuelo ¡y despreciaba incluso su vida! Teniendo otra visión de misericordia divina, acogía con gran amabilidad a los pecadores… No omitía, cuando necesario, amonestarlos, pero lo hacía con tal discreción que no podían resistirle".
"No tenía miedo a ser vilipendiado y, ansioso de que todas las personas se salvaran, hacia todo el mundo corría, incluso si burlasen y hablaran mal de él". ¡Sabemos cómo llegó a amar a sus enemigos! Humillados, encarcelado, perseguido a muerte, oraba y hacía orar por la conversión de ellos". "¡Qué habilidad tenía de inducir el sentido de la mansedumbre corazones más obstinado y cegados de odio!". Basta pensar en su apostolado entre bandidos y sectarios. Pero estaba en contra de quién embarraba el buen nombre de los demás y en contra los murmuradores.
Cualquier dolor se hizo eco profundo en su corazón; por lo que no se limitó simplemente a la caridad de la sola alma. "Veía a su alrededor desnudos a revestir, pobres que alzaban la mano por un trozo de pan, peregrinos que en la noche fría, golpeaban a su puerta, enfermo yacientes en la cama del dolor y trabajó para levantar tanta miseria y todo lo daba, de acuerdo con su posibilidad, a los mendigos". ¡Cuántas veces se le ha visto, con una mochila a espaldas, ir pidiendo para los pobres!
A Gaspar le hubiera gustado tener mucho dinero para los necesitados. Recordamos todavía su dicho: "Para hacer el bien son necesarios la gracia de Dios y el dinero". También confesaba que a veces veía misteriosamente multiplicar el dinero en sus manos. Se podía verlo día y noche merodeando por las calles, los tugurios y locales y luego salir descalzo y sin ropa, excepto la sotana para cubrir su desnudez. A los compañeros que salían de casa siempre daba unos centavos de baiocco para los pobres, y había dado órdenes estrictas que ningún pobre tenía que alejarse de las puertas de las Casas de Misión sin el consuelo de "una sopa, una rebanada de pan y un baiocchetto".
Le fue de agrado desde niño, visitar a los enfermos en los hospitales y, cuando Misionero, multiplicó esta caridad. ¡Cuántos, tocados de tanto amor, regresaban a Dios en punto de muerte! Instó a sus compañeros a seguir su ejemplo; en las Misiones los presos y los enfermos tenían prioridad de su premurosa caridad.
Era el año 1816 y Gaspar, que ya gozaba de gran fama de santidad, se encontraba en una misión en Porto d'Anzio, donde había una especie de posta-hospital en estado de completo abandono. Él como de costumbre, se puso con sus compañeros a curar, limpiar, lavar, medicar y descansar esa pobre gente alojada allí y tratados tan mal. Los paciente decían: "Vino un arcángel del cielo entre nosotros y con él muchos ángeles piadosos!".
Un misionero, más sensible que el otro, llamó un día Gaspar aparte y le dijo: "¡Padre, ya no tengo más estómago para continuar! No tanto por las llagas, sino por muchos bichos que caminan abundantemente sobre el cuerpo de los enfermos y en las camas. ¡Son piojos y también están bajo la piel! Y ya me los encuentro encima".
El Santo, como cayendo de las nubes, le preguntó: "¿Pero ha mirado bien? ¿Cuáles piojos? Mire: ¡Son perlas!" E1 misionero perplejo pensó que Gaspar amablemente se burlaba de él para consolarlo, luego miró y remiró: "¡Sí, padre, tiene razón, son perlas de verdad!"
Cuando ese misionero relataba el episodio, los compañeros, apretando los ojos, le decían: - "¡Fingiste creerle, verdad?
- ¡No, no! – Afirmaba él, convencido - ¡No podía creer a mis ojos. Eran perlas de verdad!