Normalmente, pocas son las cosas que en sí mismas nos hacen daño. Lo que sí nos perjudica, generalmente, haciéndonos sufrir y desesperar, es la idea que tenemos de las cosas, no ellas.
Cuando algo sucede y podemos percibirlo, enseguida viene los pensamientos a etiquetarlo y es esa etiqueta la que casi siempre nos perjudica. La etiqueta separa, encuadra, encasilla los momentos vivos. Lo vemos claramente con uno de los muchísimos ejemplos que se pueden poner. Cuando llueve, simplemente las cosas se mojan, pero no nos solemos quedar ahí, sino que etiquetamos esa lluvia según nuestro hábito, nuestro interés, nuestro temor, y así, si acabas de lavar el coche, te fastidiarás, si acabas de sembrar, te alegrarás.
Es fácil deducir que todo lo que ocurre puede ser etiquetado de numerosas maneras, pues los pensamientos humanos justifican todo con tal de adquirir cierta seguridad en las convicciones o mantener una fuerte personalidad que lo diferencie de los demás.
Si esto es así, vemos lo vano de etiquetar, pues de esta manera no llegaremos a la verdad de lo que sucede, si las justificaciones son moldeables como la arcilla, no sirven para ver lo que ocurre fuera y dentro de nosotros.
Casi todos sentimos paz y tranquilidad cuando estamos entre plantas, pues las observamos inmóviles, o como mucho mecidas por el viento. Ante esa quietud, algo en nosotros, con idéntica naturaleza aparece y responde. Podemos decir que la quietud observada fuera llama la quietud que yace en nosotros.
Sin embargo, por otra parte, después de ver esos fantásticos documentales de la naturaleza donde reflejan en imágenes cogidas con suficiente tiempo de separación entre fotogramas, que las plantas salen de la tierra buscando la luz, y que en esa búsqueda pueden entrar en lucha con otras especies, a las que pueden ahogar. Cuando se da velocidad a las imágenes, las plantas parecen que se mueven. Para algunos, estos documentales vierten un jarro de agua fría a su poética concepción de las plantas.
Pero lo que me interesa no es buscar en el mundo exterior algo que me agrade y que despierte en mí eso que observo. Lo que me interesa es independizarme del mundo externo y encontrar esos mismos beneficios que laten en mí y que en un principio necesito que me “saquen”, que me “extraigan”, puesto que yo no sé hacerlo. Lo que necesitamos es despertar lo que sabemos está en nosotros pero que no siempre tenemos conciencia de ello. Inicialmente dependemos de las cosas para percibir lo que tenemos dentro, pero llega el momento de la liberación, del fin de la dependencia, de caminar solos.
Imaginaros a un niño sediento, sentado en usa silla y pidiendo a voces a su madre que le traiga un vaso de agua. La madre, claro está, se lo llevará pero cuando pueda, ya que está ocupada y no puede dejar lo que está haciendo. Tal vez tenga que atender otro asunto más prioritario, mientras tanto, el niño está sufriendo porque tiene sed y nadie le trae el vaso de agua.
Nosotros tenemos sed de PAZ, de AMOR, de ALEGRÍA, y como niños pedimos y exigimos que alguien o algo nos lo traigan.
Pero si el niño de nuestro ejemplo supiera que él puede ser independiente de su madre, que puede ir, coger un vaso, llenarlo de agua, beberlo y así saciarse, nunca más necesitará de nadie para obtener ese bienestar, sería libre.
Si nosotros supiéramos que podemos ser independientes de las personas y de las cosas, que podemos aprender el camino que nos lleva a esa PAZ, AMOR, ALEGRÍA, y beberla hasta saciarnos (aunque dicen que quien lo prueba jamás se sacia, pero sin embargo nunca estará falto de ella, sino que se sentirá completo y vacío, lleno y ligero, inmenso y humilde, estrella y polvo, todo a la vez). Si supiéramos que podemos ser libres de los acontecimientos, encontraríamos nuestra verdadera naturaleza, nuestra esencia, sin acumular grandes pensamientos-etiquetas que nos separan del mundo.
Tal vez alguien ya esté etiquetando esta idea de “interesante”, “aburrida”, “novedosa”, “ya lo sabía, otros lo han dicho antes, se ha copiado porque no tiene nada nuevo que decir”,”¿y esto es todo?”, “no puede ser verdad”, ”seguro que hunde sus raíces en la cultura oriental”, “¿no pertenecerá a una secta?”….
Podemos pasarnos toda la vida etiquetando que no llegaremos nunca a nada válido. La experiencia es la que enseña.
¿Cómo aprender a “beber” por uno mismo PAZ, AMOR y ALEGRÍA?
Primero hemos de quitarle a los sucesos esa importancia tan tremenda que le damos y tanto desestabiliza nuestro interior. Tal vez en lo superficial tengan su grado de importancia, pero no más. Las cosas que suceden no son AMOS de nuestro ser interno, nosotros NO SOMOS sus ESCLAVOS, no queremos bailar al son de los acontecimientos.
Cuando empezamos a deshacernos del yugo de las cosas, aparece el yugo de los pensamientos que enjuician todo aquello que percibimos y nos dirá una y otra vez que las cosas son importantes, ¿cómo vas a sobrevivir?, ¿cómo te vas hacer valer?, ¿cómo te vas a hacer respetar?, ¿cómo vas a solucionar esto?, ¿cómo …? Y tantas y tantas preguntas que te harán para que ellos mismos (emulando tu ser interno) te den las respuestas que quieren oír. El mundo de los pensamientos es el de las preguntas, respuestas, problemas, intereses, temores,…
En este punto es necesario aclarar que la mente no es el pensamiento, ni viceversa. Los pensamientos se dan en la mente, así como la conciencia, el recuerdo, la intuición, la voluntad. La imagen que nos enseñaron los antiguos maestros es la del cielo como mente, y las nubes como pensamientos que transitan por la mente. Luego no hay que confundir los objetos (pensamientos) con el espacio (mente).
Tenemos que independizarnos ahora de los pensamientos, pues para beber directamente PAZ, AMOR y ALEGRÍA, nos estorba. Los pensamientos son útiles para lo que son útiles, en el campo de la medicina, enseñanza, de la investigación, de la planificación, de la organización, pero no son útiles para entrar en nosotros mismos, puesto que aun siendo tan sutil, son demasiado groseros para nuestro ser interno y, como objetos que son, no dejan ver lo que hay detrás de ellos.
Tenemos que abandonar el caballo si queremos llegar a la cumbre.
Quietud, sosiego, serenidad, ser. No pienses. No te concentres en las ideas de la quietud, sosiego y serenidad. Eso no vale. Siente la quietud, sosiego, serenidad. Transfórmate en ello, sé ello, transmútate en ello, percíbela desde el estómago, desde los brazos, desde las piernas, percíbelas desde tus huesos, desde tu médula. Tú eres eso. Siempre ha estado ahí, óyelo. Mantén ese estado.
Mantén la conciencia muy despierta, la mente muy limpia y libre de pensamientos. Quédate en esa experiencia. Haz de ese estado tu Hogar, descansa en él. Ahora ya no controlas lo que va a pasar, no debes querer controlar, no debes querer que suceda nada novedoso, pues si notas que lo deseas es que has abandonado el Hogar y estás viviendo desde los pensamientos que quieren el alimento de lo nuevo, de objetos que etiquetar. No debes anhelar nada, tan solo ten la conciencia bien despierta, disfrutando de esa sensación de quietud.
En ese estado poco a poco irás experimentando nuevas realidades, las que en un principio tus pensamientos tenderán a comentar y etiquetar, enturbiando la claridad y transparencia de tu mente. Nuevamente deberá ser limpiada.
En ese mundo de silencio es donde te fundes en PAZ, AMOR, ALEGRÍA. Sin comentarios. Sobran las palabras. Te transformas.
Eres TODO, eres NADA. Ahora tú ya sabes beber, bebe pues, y enseña a beber.