A veces me planteo la posibilidad de enlazar cosas semejantes por su función y por la similitud en sus relaciones entres las distintas partes. Cuando un conjunto ofrece a sus partes los mismos obstáculos, características, beneficios que otro, podemos realizar el ejercicio de sintetizar y aprender de ello. Hay muchas cosas que hemos visto siempre de la misma manera, sin poder cambiar nuestro enfoque, hasta que encontramos otro escenario diferente donde todo funciona igual, pero sin advertir esta igualdad, esta similitud.
Todo llega, y un día cualquiera viene ese momento especial que nos hace ver que los dos escenarios son iguales en su función, por lo que podemos extrapolar los elementos que observamos en ese escenario objetivo, en el que no tomamos parte ni interés alguno por ningún elemento en concreto y ese otro escenario subjetivo donde la inercia de los años, nuestros intereses, temores, hábitos nos han quitado la capacidad de ser objetivos y de ver las cosas tal y como son, así de simple.
Es lo que ocurre cuando observo un jardín y a su cuidador. En ese momento intento no hablar mentalmente, no mido, no enjuicio, no comparo ni siento afectación por parte alguna del jardín/jardinero, sino que me entusiasma el conjunto, el todo.
Me propongo escuchar y la sinfonía no tarda mucho en dejarse oír. Después vendrá la mente a usar esa música, analizándola para luego sintetizar en un todo mayor, superior, donde ya no pienso en el binomio jardín/jardinero sino en el del mundo/cuidador.
Son tantas ideas las que podría decir que lo que aquí expongo son las más simples. El que lea esto puede completar lo que aquí falta, solo debe buscar en el silencio de su interior.
Un jardinero no riega siempre, ni a la misma hora ni la misma cantidad de agua; un jardinero mira el cielo antes, si llueve no riega, si hace demasiada calor, riega más tiempo, porque su meta no es regar, sino disfrutar de la belleza y el aroma de las flores, su meta no está en lo que él hace sino en ver funcionar las leyes de la naturaleza y ayudarla, haciendo el papel de “nube” cuando ésta falta en el cielo.
Un jardinero sabe que no todas las plantas necesitan la misma cantidad de agua y luz. Sabe las que son más recias y fuertes, y las que son más delicadas y tiernas. Sin tener estudios universitarios ni másteres internacionales en derecho, sabe que lo justo no es dar a todos lo mismo, sino establecer para cada parte lo que le es propio según su naturaleza e interna necesidad, para que florezca y de belleza al universo.
Un jardinero, aunque cuida las plantas del jardín, no se identifica con ellas. Sabe que no son “él”, pero sin embargo las siente, no las cuida para su beneficio y disfrute, sino para que se cumpla la ley. Siente sin identificarse, sin apegarse, pero las siente en su ser más profundo.
Un jardinero no pretenderá jamás aplastar el tallo de un rosal para que serpentee por el suelo, ni se esforzará por que se mantenga erguida verticalmente, sin ayuda alguna, a una enredadera. Otras plantas necesitarán mucho sol, en cambio, otras, necesitarán la sombra.
En cierta manera las plantas de nuestro jardín, se pueden asimilar a las otras “plantas” de ese otro “jardín” que es nuestro cuerpo físico, donde cada planta viene a ser órganos y el conjunto de éstos compondrían el cuerpo. Cada órgano necesita lo suyo, su “aire”, su “alimento”, su “agua”, su cuidado. Necesitan que el aire que les llega sea sano, libre de impurezas, al menos de las más groseras. Necesitan la energía de alimentos sanos que los hagan funcionar. Necesitan de agua para diluir los desechos y reemplazar líquidos.
Los cuidados de este jardín particular deben ser los que le hagan “florecer” y “embellecer” el mundo. No sólo de aire, alimentos y agua, sino también de esfuerzo y descanso, de sueño y vigilia, de sol y sombra, de disciplina e improvisación, de paz y serenidad. Si aprendemos a cuidar nuestro jardín, debemos tener cuidado de que, al hacerlo, no nos identifiquemos con esas “flores” que formar parte del todo. No lo hacemos por nosotros, ni por ellos (las partes de nuestro cuerpo), sino simplemente para que la VIDA se manifieste lo más fielmente, lo más hermosamente posible.
Y cuando el jardinero ya no pueda cumplir con su función tal y como venía haciendo, porque también la ley cumple para él…
Cuando los años vayan dejando un reguero de semillas esparcidas en el campo del alma, algunas ya germinadas, y otras, regadas con alegría, paz y amor, que pronto verán su fruto…
Cuando ya no pueda ejercer de jardinero, querrá seguir sirviendo a ese jardín, tal vez no podrá ya hacerlo como “nube”, como “cuidador”, sino como alimento para la nueva vida, porque en realidad, lo que amaba nuestro jardinero no es una flor en concreto, ni siquiera todas ellas juntas, amaba la VIDA, a través de sus destellos en un mundo cambiante de formas y colores, amaba ese misterio que es la VIDA que, como un torbellino mágico e invisible, se viste de planta, de abeja, de oruga, de ser humano y realiza el milagro de mostrar lo que ES a través de lo que NO ES, de plasmar la ESENCIA a través de la FORMA, de presentar lo ETERNO a través de la EFÍMERO.
Nuestro jardinero quiere que su NO SER, bajo la apariencia de cenizas sirva al NO SER, para que lo que ES se vuelva a vestir otra vez. Y en el fondo, nuestro jardinero ama tanto la VIDA que se siente inmensamente feliz al saber que su disfraz, el de humano, volverá a tocar el “cuerpo” invisible de la VIDA cuando ésta se vista con él. Y qué importa si ese disfraz ahora toma la forma de hormiga, libélula o flor. Lo esencial es que sirve a la VIDA en su paso por lo temporal y efímero.
Nuestro jardinero no es ese traje que se deshace con el paso del tiempo, sino que es la misma VIDA que se ayuda a sí misma para reflejarse en este mundo a través de otras formas.
La VIDA hace crecer la VIDA. Los trajes siempre serán los trajes.