Fecha de publicación: 15-may-2011 19:24:02
Amigos míos, la mayoría de nosotros estamos imbuidos de máximas y preceptos filosóficos maravillosos, no nos faltan ideas o lecturas. Todos tenemos “TODO” muy claro. Sabemos la solución de todo y cómo arreglar el mundo con palabras. Expresamos la forma de vivir mejor, de cómo afrentar la adversidad, de ser más humilde, tantas cosas proclamamos saber que hasta nos permitimos dar consejos a los demás, enseñar a los que presuntuosamente tachamos de más “ignorantes” que nosotros, sin darnos cuenta que nuestro complejo de inferioridad aflora en su antítesis, ir de sabios por la vida (pobres sabelo-todo). Justificamos siempre nuestra actitud y nuestras decisiones con tal de no estar equivocados. Triste cuadro éste. Yo estoy con nuestro querido y entrañable Epicteto cuando aclara que muchos de los que se dicen filósofos son como aquellos avaros que pasan la vida amontonando dinero sin usarlo. Amontonar monedas, ideas, preceptos sin usarlos ¿no es lo mismo? Estamos ante un tipo de avaricia muy peligrosa, puesto que además de destruirse uno mismo, estamos quemando la esperanza y el entusiasmo de los que nos rodean, les estamos cerrando las puertas de la filosofía, de la espiritualidad, del conocimiento de sí mismos, les estamos ahuyentando de algo muy noble y muy hermoso, alejándoles de una paz y felicidad internas inapreciables.
Tal vez haya suficientes razones para replantearse completamente el tema. En primer lugar me viene el recuerdo de una frase taoísta tajante, hermosa y directa: “Si las palabras no mejoran el silencio, no debemos pronunciarlas”.
Se habla porque no se hace. La acción no llena, simplemente porque no existe. La energía se va por la boca en vez de por las manos (la ley del mínimo esfuerzo se manifiesta claramente aquí). Un automatismo mental de autojustificación funciona a la perfección: como cada concepto filosófico en el que decimos que creemos tarda mucho tiempo en asimilarse a la personalidad, y formar parte integrante de ella, es mucho más fácil que brote de nuestros labios antes que de nuestras manos, por comodidad y porque cuando la mente participa de algo debe verlo manifestado de alguna manera para no verse a uno mismo como hipócrita pensando una serie de ideas sin tener relación alguna con ellas. De tal suerte al hablar de estos conceptos la semi conciencia dormida se tranquiliza y descansa, pues de esta forma pueril y simple no se cree ya tan distanciada de su objetivo.
Si esto se comprende bien, se verá la necesidad de un cambio completo. De estas humildes líneas no saldrá el incentivo interno necesario para emprender esta tarea que requiere mucha paciencia para con nosotros y, eso sí, un gran amor hacia lo Superior en nosotros, o en los demás, siempre lo Superior es idéntico en cualquier persona. Si buscas tu parte superior, debes hacerlo con mucho amor, así estarás buscando y amando la parte superior de todos los seres, porque en verdad, quien esto entiende, verá que no existe distinción entre fuera y dentro, Yo y No-yo.
El cambio y la decisión no lo pueden dar estas líneas, eso depende del punto de evolución de cada uno, el vaso se debe colmar de experiencias hasta que rebose y esas gotas regarán tu Ser Interno y provocarán una necesidad de cambiar, de buscar...
Y buscando hablaremos de caminos, senderos para vivir con más conciencia nuestras vidas. Simples ideas, muy básicas y prácticas, basadas en experiencias personales reales y directas, como los primeros pasos de un bebé.
Con frecuencia nos detendremos para observar todo lo que nos rodea, es como ver el escenario desde arriba, con ojos de niños, como si todo fuera nuevo, desligarnos de lo pequeño y personal para ver la vida transitar a nuestro lado, los personajes y el guión que se está llevando a cabo. Debemos observar en silencio, sin enjuiciamientos, en serenidad, intentando oír la vida, intentando captar el sentido de lo que está ocurriendo, sin enfoques personales. Esta es una de las maneras de tomar conciencia de nuestro mundo inmediato. Es necesario adquirir la capacidad de observación en silencio.
Hazte frecuentemente una pregunta: ¿qué estoy haciendo yo aquí y ahora? o mejor, ¿qué está sucediendo en este preciso instante?
¿Cómo se consigue esta regularidad? En principio elegir determinados momentos al día que serán fijos, como puede ser asearse, vestirse, comer, descansar, al empezar o acabar el trabajo, al desplazarnos. Se debe adquirir esta costumbre. No se podrá comer sin antes tomar conciencia de lo que vamos a realizar. Y así con todo. Si conseguimos hacerlo fijo en estos momentos, se podrán abarcar otros.
Al realizar estas observaciones frecuentemente resulta relativamente fácil poner conciencia ante cualquier situación que sobrevenga, ya que, de seguro, no habrá pasado mucho tiempo desde la última vez, y ese estado mental estará próximo al recuerdo y por lo tanto muy accesible. Quien se acostumbra a saltar mentalmente desde el bullicio de su entorno al silencio de su interior, el salto le saldrá espontáneamente.
En realidad es muy fácil comprenderlo, no hace falta exponer grandes doctrinas, sino poner una gran dosis de esfuerzo y voluntad. Dos factores entorpecen sobremanera esta labor: la observación no se puede llevar a cabo con fuertes deseos y miedos. Aquellos elementos de la vida que nos arrastran o repelen serán nuestro mayor obstáculo para el silencio. Grande es el combate que se propone, pero todo es empezar. La escalera mayor se convierte en simples escalones cuando nos acercamos a ella.
De todas maneras, si la voluntad no florece, la conciencia llegará por otro camino, quizá más lento, quizá más amargo, pero tan natural como las espinas de las rosas y las picaduras de las avispas: el dolor.
Cada uno que elija la vía que desee para despertar.