Cuando la vorágine del ritmo de vida da un descanso, me gusta observar la evolución de las nubes. A veces me digo “ya estás en las nubes”, y luego me respondo “¿acaso las nubes no forman parte de tu casa, de la naturaleza?”. Y si es cierto, qué nos dicen al observador interior, cuando lo hacemos desde el silencio. A mí, la formación de una nube se me representa la formación de un pensamiento. Los hindúes enseñaban desde hace varios milenios que los pensamientos normales, cotidianos están “hechos” con dos ingredientes, a saber: mente y deseo, o kama-manas, como ellos lo llaman.
Cuando observo un cielo azul, a veces, surge como de la nada, una formación nubosa. Ésta puede adquirir una silueta concreta, difusa, crecer o desaparecer. A veces la vemos girar sobre sí misma, otras, se estira, se desgarra, o se concentra. Es maravilloso disfrutar de la belleza de las formas cambiantes.
Lo curioso es captar que las nubes y los pensamientos se forman de manera muy similar. Si podemos llegar a entender esto, tal vez sea más fácil ahondar en la naturaleza de los pensamientos, de manera que esa nueva conciencia nos permita hacernos dueños de esas nubes-pensamientos.
Una nube se forma al entrar en contacto una “bolsa-volumen” de humedad existente en la atmósfera con aire más frío que la condensa.
Un pensamiento-deseo lo forma una idea deseada/repudiada. Se necesita el elemento mental teñido de emoción, es un pensamiento esclavo a un deseo. Antiguamente se enseñaba que los cuatro elementos tenían su correspondencia dentro de nosotros. El elemento tierra estaba relacionado con el cuerpo denso, el agua con la energía y también la emoción, el aire con la emoción y también con pensamiento y el fuego con la mente. Conviene no confundir la mente con el pensamiento. La mente es donde se dan los pensamientos, así como en el cielo es donde se dan las nubes.
Cuando una idea mental (aire puro y frío) se funde con una emoción (bolsa de alta humedad) nace el pensamiento-deseo (nube). Esa nube puede crecer, moverse, transformarse y hasta desaparecer. Al observar las formas cambiantes de una nube rápidamente, nuestra creadora de nubes interna se pone a funcionar por acto reflejo y empieza a generar etiquetas, sobre las formas que vemos. Ahora parece una rosquilla, ahora se transforma en un jirón como de algodón, ahora una espiral… y así continuaríamos sin cesar.
Vemos lo que queremos ver, las cosas más próximas a nuestra naturaleza o conciencia. Los pensamientos-deseos que forjamos evolucionan desde lo simple a lo más complejo que nos podamos imaginar. Los “vientos” de la mente se acoplan a lo que nos atrae o nos repele, entonces sólo pensamos en cómo conseguir esos objetos que nos hacen sentir emocionalmente bien o cómo evitar esos otros que nos hacen sentir emocionalmente mal.
Tal vez, tener pensamientos-deseos en un mundo material como éste, no sea tan malo como pueda parecer. Lo que deberíamos evitar es tener SOLAMENTE estos tipos de pensamientos, o que nos gobiernen la vida, impidiendo que podamos pensar serenamente sin afectación alguna o que podamos sentir en su forma más pura, sin mediar pensamiento alguno, tan sólo sentir.
Evitar “nubes” es más fácil decirlo que hacerlo. Simplemente separa el aire frío de las bolsas de humedad, las ideas de tus intereses, los pensamientos de las emociones que los esclavizan y usan con el sólo fin de recrear ese estado emocional una y otra vez.