Fecha de publicación: 01-may-2011 10:34:27
No pretendo agotar los numerosos y profundos significados de este símbolo sagrado para muchas culturas distantes en el espacio y el tiempo. Tampoco es mi intención dar a civilización alguna la paternidad sobre este símbolo, ni por supuesto, enumerar la larga lista de culturas que han usado este anagrama sencillo y misterioso, esotérico y popular.
Ahora no quiero escribir en términos intelectuales, tan sólo expresar lo que para mí es notoria realidad, lo que en mí aflora cuando observo la cruz con los "ojos" de una mente libre, clara y transparente, sin colores culturales, y con un corazón humanista y filosófico, por encima de las aspiraciones de las religiones.
Me asomé a este símbolo como quien lo hace por primera vez a un profundo y hermoso lago en calma y perfecta quietud. Mi intención no era la de robar el secreto, sino la de introducir la imagen de la cruz, la cruz misma, en mi interior y ver qué sucedía. Tan sólo me conformaba con migajas de la Eterna Sabiduría, pues de sobra sé que todavía no puedo abordar ese gran misterio que es la cruz. No pretendía juegos de palabras ni de conceptos, sólo quería transformarme en este símbolo, actuar según ese símbolo, en una palabra: vivenciar la cruz.
Vi el desplazamiento horizontal en mi vida, en mi persona, en mi cuerpo. Podía desplazarme de un lugar a otro del horizonte, de mi casa al trabajo, a otra ciudad, a otro país, a otro continente. También vi el desplazamiento horizontal de mi mente y de mis emociones. La mente saltaba de un tema a otro, de un problema a otro, de una noticia a otra, como si fuera un tren atravesando una inmensa llanura; ningún pensamiento, por novedoso que pareciera, tenía la fuerza necesaria para hacerme cambiar la visión de la vida; eran pensamientos "chatos"; no salían de la horizontalidad mundana. Ese continuo movimiento horizontal llegaba a agotar tarde o temprano por su monotonía, dentro de la aparente diversidad, y con frecuencia acaba con dolor de cabeza y con sensación de agobio.
Con las emociones pasaba exactamente lo mismo, rara vez salia de la banda de sensaciones, emociones o sentimientos que me había trazado; me había convertido en carcelero y prisionero a la vez (¿?). Mis sentimientos pocas veces eran tan puros y reales como para que provocaran un giro en mi vida. Iba danzando entre la alegría y la pena, entre el miedo y la temeridad, pero sin que ninguno de estos sentimientos tuvieran la fuerza de crear un modo más perfecto de entender la vida, en un movimiento de continua fluctuación horizontal en la que se van haciendo el relevo los distintos elementos. Aquí, en el plano de la emociones, el cansancio se llama desaliento, desesperanza, "pasotismo".
Pues bien, de esta manera descubrí en mi interior la línea horizontal de la cruz, la línea material, mundanal, el deseo terrenal por todo cuanto hay a lo largo y ancho de este mundo. Esa actitud creo que la conocemos todos de sobra. La línea horizontal de la cruz es en nosotros el apego a lo material, a lo pasajero, a lo terrenal; en pocas palabras: nuestra naturaleza inferior.
Ahora bien, ¿dónde estará representada la línea vertical?, ¿dónde esa verticalidad que se encuentra antes y arriba de la línea horizontal; que toca, atraviesa y fertiliza lo mundano; y que sigue después por debajo de ella?.
De algo podemos estar seguro, esa verticalidad es coexistente con la horizontalidad, se puede dar sin que haya forzosamente movimiento horizontal, sin desplazamiento de un lugar a otro. Esa verticalidad la podemos encontrar sin necesidad de movernos físicamente, la podemos encontrar en nuestros sentimientos y emociones diarias, la podemos encontrar en nuestros pensamientos habituales. Cualquier punto de la línea horizontal puede ser atravesado, vivificado, fertilizado por la verticalidad. ¿Qué es entonces ese movimiento de arriba hacia abajo? ¿Es esta verticalidad común a todos los seres humanos, al igual que la horizontalidad?.
Seguí observando en mi interior, la tarea parecía más difícil que antes, pues no debía mirar a lo largo y ancho, sino a lo alto y sublime. Debía traspasar esa línea horizontal, debía "trascenderla". Y es ésta última palabra la que nos da la clave: trascendencia. Esa verticalidad se alcanza dando un sentido trascendente a lo que nos ocurre, a lo que nos rodea, a lo que hacemos, y sobre todo a nosotros mismos. Esa verticalidad se traduce en un querer saber vivir, en un querer aprender la realidad de todo, entender las causas y consecuencias de cada cosa, aunque no se vea físicamente, aunque sea invisible a nuestros ojos e insonoro a nuestros oídos. Cuando queremos conocer algo plenamente, desde todas sus perspectivas, cuando queremos entender el sentido de lo que ocurre, cuando queremos ir más allá de las formas y descubrir los hilos que manejan todo, su mecanismo interno, cuando nos rendimos ante lo bello, tenga la forma que tenga, entonces estaremos buscando la verticalización.
Un ejemplo sencillo nos irá bien.
Imaginemos una gran sala, donde hay varias personas. Todas están tumbadas en el suelo y jamás se han visto desde otra posición. Esto representaría el mundo terrenal, la línea horizontal, desde donde creemos conocer a la gente y a los objetos con sólo la perspectiva que da la horizontalidad. Desde el suelo las personas de nuestro ejemplo se hablan y se creen conocer, pero sólo se ven desde un ángulo, el que a cada cual le haya tocado, y así se engañan. Lo mismo ocurre a diario en nuestro mundo.
La línea vertical se manifestaría cuando alguien siente insatisfacción por esa forma horizontal de conocer, y tiene el valor y la voluntad de incorporarse. Ahora puede realmente comenzar a conocerse, no solamente a sí mismo, sino también a los demás; descubre sus pies; cuán alto o bajo es; comienza a reconocer a las demás personas que siguen tumbadas.
Esa verticalidad, ese trascender el estado horizontal amplía nuestra conciencia sobre el mundo, sobre el universo, sobre nosotros mismos; ese elevarse desde el mundo para lanzarse a las alturas es lo que se ha venido a llamar espiritualidad, una espiritualidad que no flota ingrávida, de forma anárquica, sino que pisa firmemente el suelo horizontal, apoyándose en él para coger la mano tendida de aquellas personas que sientan la misma necesidad espiritual, verticalizante, y con energía, ayudarlas a erguirse.
Claro, sólo de aquellas que quieran, porque hay personas que al ver a otra de pie sufren vértigo a las alturas y mareos, cierran los ojos, vuelven la cabeza y niegan la realidad tan sólo porque ellas no la han alcanzado todavía, y por supuesto, si no la han vivenciado es porque no existe. Ellos dicen para poder conciliar mejor el sueño: “son invenciones de algunos locos con no se sabe qué fines”.
De esta forma creo que ya hemos construido la cruz en nuestro interior, sabemos cómo actúa y qué realiza, hemos aprendido a dibujarla con material proveniente de nosotros mismos. Sin ser eruditos en el tema pienso humildemente que algo podemos haber recogido, dejando de lado, como ya dijimos, una larga enumeración de datos -su línea horizontal-. Si hemos sido capaz de captar su esencia, su alma -su línea vertical-, nos daremos cuenta que estamos hablando del Hombre, que es a quien representa la Cruz.
Sólo cuando en la línea horizontal, que es el hombre dormido, hay un desplazamiento conciencial a regiones más sutiles, trascendentes y espirituales, sólo cuando ese desplazamiento vertical se produzca trascendiendo la línea horizontal, tan sólo entonces nacerá la CRUZ, nacerá el HOMBRE INTEGRO.