Fecha de publicación: 01-may-2011 20:15:30
No hace mucho, mientras permanecía admirando el efecto que el viento ejercía sobre un jardín, verifiqué una gran verdad que muchos persiguen entender. Ya hace años que en mi interior pude encontrarla, pero ahora se me hizo, si cabe, más transparente, más natural, más fácil de explicar cosas del mundo invisible con palabras de este nuestro mundo tangible. Tal vez, al leer este sencillo escrito, el camino pueda parecer más transparente y nítido, más real. Era un jardín con gran diversidad de árboles de distintos tipos, pero plantados muy próximos unos de otros, por lo que se me hizo más patente la enseñanza. Soplaba con cierta fuerza un viento que mecía las ramas de todos los árboles. ¡Qué riqueza de movimientos, de colores, de verdes, de tonalidades distintas!, pero tan bellas que no competían unas con otras, sino se lucían en plena, maravillosa y enigmática belleza, lo único que veía era armonía de diversidades, veía el corazón de la Vida.
Lo que más me subyugó fue constatar que lo que estaban observando mis ojos físicos era lo mismo que contemplaba mi alma. La humanidad no es sino un grupo formado por grupos de tipos árboles-hombres que se agrupan como en un bosque. Lo mismo que encontramos bosques de pinares, de hayas, de robles, etc..., podemos encontrar esos mismos grupos con el nombre de civilizaciones-culturas. Un tipo de árbol, un tipo de civilización-cultura. Todos diferentes, cada uno de su bosque particular, pero al fin y al cabo árboles todos, humanos todos.
Ese viento vibrante e invisible mecía las ramas y hojas de los diferentes árboles. Reaccionaban de forma diferente, como si cada uno entendiese a su manera lo que el viento le ofrece. Ese otro Viento Invisible, enigmático, profundo, sutil que fertiliza la materia y es llamado, según la cultura que escojamos Tao, Dios, Todo, Uno, el Motor Inmóvil del Universo, ese otro Viento Invisible, mueve a las diferentes culturas e imprime en ellas lo que ellas pueden atrapar de él, ni más ni menos. Las religiones establecidas en todos los continentes y en todas las culturas-civilizaciones son maneras diferentes de vibrar al paso del Aliento Divino. No compiten, sino que hermosean la humanidad, permitiendo ver su riqueza y también sus limitaciones. Armonizadas todas por el Viento Divino hacia una misma dirección, desde la debida distancia, se percibe como oleada que imprime su forma a las ramas. Riqueza porque puede asumir infinitas maneras de intentar abarcar el misterio. Limitación, porque ninguna de esas formas, por sí sola, refleja la totalidad de esa ola invisible, ninguna puede conformar completamente su molde, porque éste necesita del conjunto.
Separemos, si no lo hemos hecho ya, la forma limitada de entender la Divinidad de un tipo de cultura-árbol, con la Divinidad en sí. La manera más rica y completa de observar su paso a través del bosque humano es admirando su huella en todos los árboles-hombres. El Libro está abierto, sólo tenemos que aprender a leerlo.