Fecha de publicación: 05-may-2011 17:23:09
Hace mucho tiempo que necesito buscar la idea del centro, adentrar en ella e intentar humanizarla, pero no desde un enfoque intelectual o matemático, sin recopilar lo que los eruditos han dicho. Deseo recuperar una imagen vital del centro, que sirva para vivir con ella día tras día, no para tenerla en un cuadro decorando nuestra mente. El tiempo ha ido pasando, muchos han sido los intentos fallidos, y ahora ha salido este pequeño trabajo que tal vez, de haberse escrito más adelante hubiera sido más completo. Pero llegó su momento y nació. Puede que alguien, algún día, lo haga crecer.
El Centro me atrae y no quiero resistirme, de alguna manera intuyo que lo que en mí pueda haber de verdad o de eternidad está allí y no fuera, lo que soy se encuentra en ese Centro, en mi Centro, ... o en el tuyo, ... es el mismo. Si logro alcanzarlo en mí llego a tu Centro, si entro en ti hallaré mi Centro. Lo particular de cada uno es el trayecto, la periferia, el radio, no el Centro.
El centro trae implícita la idea de un cuerpo del cual ser el centro. De ello se deduce que su entorno es limitado, ya que sin límite reconocido no se puede hallar el centro, sin límites no hay centro, ... o el centro estaría en todos los sitios, concepto profundo y misterioso.
Conocer el centro implica reconocer el no‑centro, sus limitaciones, lo externo. Mantiene, justifica y da sentido a la periferia. El centro actúa como una suerte de poder selectivo sobre determinados elementos que caen dentro de una misma característica radial. El centro sería, en resumen, hacia donde converge todo aquello que comparte una misma cualidad, una misma relación con respecto a dicho centro.
Una persona puede vivir centrada o no. Según se dijo antes, si los elementos que componen al ser humano están orientados hacia un mismo fin, hacia un mismo objetivo, podría decirse de esa persona que ha hallado su centro. De lo contrario, si cada elemento tiende a objetivos distintos y no hay ningún tipo de relación que una de alguna manera dichos elementos, ningún radio que los enlace, podremos afirmar que vive descentrada, desorientada, sin rumbo, malgastando sus energías y su tiempo.
Algunos se harán una pregunta, ¿es válido cualquier objeto, sea de la naturaleza que sea, para centrar al ser humano? En otras palabras, ¿podría ser la destrucción y la violencia, entre otros conceptos del mismo género, objetivos que reúnan todos los elementos que conforman al ser humano?, en otras palabras, ¿puede alguien vivir centrado en estos conceptos? Si miramos un momento el mundo parece que sí es posible, pero veamos con algo más de profundidad.
Primeramente observemos los componentes humanos que desde siempre se han enseñado, no vamos a inventar nada nuevo, con una simple mirada pueden ser reconocidos. Tenemos un primer elemento físico, otro energético, otro anímico o emocional y otro mental. Decían los antiguos maestros de la tradición hermética que el primer elemento, el físico, guarda muy inteligentemente la clave del objetivo que lo mantiene vivo. Este objetivo, esta forma de trabajar no podemos cambiarla, no podemos hacer que el corazón, los riñones o los pulmones funcionen de otra manera. Si observamos hacia dónde tiende y cómo lo hace el elemento físico, podremos aprehender su centro y puesto que no podemos alterarlo, tendremos que adaptarnos a él, el más viejo, el más sabio y confluir con él hacia ese centro común.
Sin entrar en detalles biológicos que, aunque interesantes, pueden distraernos del objetivo perseguido, es fácil observar y admirar el sincronismo de tantos elementos diferentes dentro del cuerpo físico, que, como mágica danza de complementarios parecen realizar las más perfectas evoluciones de tai‑chí. El corazón recibe sangre y la vuelve a enviar, los pulmones reciben el aire y lo expelen, recibimos energía en forma de alimentos y devolvemos esa energía en forma de calor y acción... Armonía, coordinación, cooperación parecen ser las palabras que alientan al elemento físico, en verdad es admirable y asombroso ver que todo funciona, cada parte sabe lo que tiene que hacer. Todos, trabajando para el conjunto se aseguran la supervivencia.
Luego, después de lo visto, se entiende claramente que si el centro del cuerpo físico fuera la destrucción, la violencia, el separatismo, la anarquía, aparecerían enfermedades como el cáncer que eliminarían las estructuras, la coordinación e imponen el descontrol.
Se comprende perfectamente que si este concepto no tiene cabida dentro del objetivo del cuerpo físico, tampoco podrá centrar la acción humana, y no ya por formulismos moralistas, sino por fundamentos evidentemente físicos, muy físicos y tangibles. Si alguien lo tiene como centro de su vida, simplemente está como cuando el cuerpo se destrute, enfermo.
¡Si supiéramos dar a nuestras energías, emociones y pensamientos ese mismo aliento, ese mismo centro sobre el que gira nuestro cuerpo físico!....
Sin temor a equivocarnos, podremos decir que el fin ultérrimo del cuerpo físico es la salud, a través del vigor y la flexibilidad. Ese mismo objetivo llevado al plano energético se traduce en plenitud al dar y también al recibir; llevado al emocional se convierte en nobleza a través del amor y el desapego; y en el ámbito mental en sabiduría, a través del conocimiento y la intuición.
Vemos que cada plano converge hacia su máxima expresión al conjugar sus complementarios. Todos, caminando hacia lo mismo, construyen un centro, lo crean, establecen el mismo tipo de relación con él.
Buscar el centro es, de alguna manera, crearlo, construirlo, es orientar cada átomo del ser humano entorno a algo común, eliminando contradicciones, vivir, pensar, sentir y actuar consecuentemente. Ser uno en la variedad, esta es la clave.
Mas si llegamos a entender los objetivos de cada elemento pero no los trascendemos, no los hilvanamos como cuentas de collar en un todo armonizado, estaremos centrados, sí, pero en la búsqueda de la perfección estéril y vacía. Pronto nos inundará el sentimiento de que todo es para nada, nos sentiremos solos, inmensamente solos en nuestro centro, ... y ¿todo esto para qué?, ¿qué sentido tiene la vida, el sacrificio, la armonía? Una amarga angustia nos embargará.
Podremos estar sanísimos, pletóricos de energía, realizando obras de caridad y colmados de conocimiento que todo en nuestro interior estará a oscuras. Algo en nosotros estará llorando. Nos falta darle un sentido a todo. ¿Cómo encontrarlo?
Llegado este momento me vienen a la memoria las sabias palabras de mi querido maestro:
Esta bella enseñanza da con la clave que buscamos. Si no engarzamos las perlas de los objetivos de cada elemento, teniéndolo todo, estaremos vacíos, teniendo la vela, estaremos a oscuras.
Existe una ley muy antigua que recoge el Kybalión: la ley del uso.
Si se posee algo es para usarlo. La acumulación de bienes físicos, energéticos, emocionales o intelectuales nos convierte en avaros, terribles avaros en cada plano de actuación. Si poseemos salud es para trabajar, si tenemos energía es para hacerla circular dando y recibiendo, si tenemos emociones son para echarlas al vuelo, amando o llorando, si poseemos conocimientos son para ponerlos en práctica aquí en el mundo tangible y evitar sufrimientos.
Tal vez pensemos en qué o quien volcar estos bienes tan laboriosamente conseguidos, pues ya sabemos que no pueden quedar dentro nuestro. La pregunta sería: ¿existe algo en lo que no poder volcar esos bienes? No podemos exceptuar nada ni nadie, ya sean minerales, vegetales, animales, hombres, ideales, ...
Debiéramos comprender que todo tiende a lo mismo, aunque cada uno está en una fase diferente del camino. Todos vamos juntos pero separados. Cada uno necesita encontrar esos mismos bienes que tu buscas pero dentro de ellos mismos. Cada ser necesita encontrar su centro, sea consciente de ello o no.
¿Cómo ayudarles en la búsqueda del centro? Actuando desde el tuyo. Recuerda que el centro es único. Si actúas desde el tuyo lo vitalizas, y esa energía, esa luz brillará en el centro interno de los demás, ellos lo verán y sabrán hacia dónde ir, y esa luz la tendrán como suya hasta que lleguen a ella y vean que es común a todos. Yo también creía que era mi luz, mi propia luz la que entreveía en mi centro, ahora sé que esa luz proviene de los que me antecedieron, ellos encendieron mi interior al acceder ellos mismos a sus centros. Todo parece mágico, todo es tan natural, tan humano...
La cadena se pierde en el tiempo, porque la luz es única y permanece, está más allá de la naturaleza humana, nosotros, simplemente, como velas, nos encendemos con su calor.
Ahora sí, tu alma ya ha bajado y ha iluminado con radiante luz el centro que has creado. Tu alma enciende tu vela.
Si bien entiendes esto te volverás tan humilde como una mota de polvo, te volverás tan radiante como el más esplendoroso de los soles, porque ya todo cabe en ti, la periferia y el centro. En la periferia has hecho acopio de materiales, no para ti, sino para forjar la rueda. En el Centro te has investido de conciencia, de luz, y has hecho girar esa rueda por el sendero de la Evolución de la Naturaleza. Ya eres uno con Ella. Formas parte de la Ley.
“Lo fundamental es tener Luz.
Hay que elegir: suponed que tenemos una vela, ¿qué queréis tener?, ¿queréis tener vela o queréis tener Luz?.
Si queréis tener vela vais a estar toda la vida a oscuras; si queréis tener Luz, vais a tener que consumir esa vela.
Hay que tener el valor de coger una cerilla, rasparla y aplicarla y que se encienda la Luz ...”