DESTINO, LIBERTAD... EXISTENCIA
“Todo es dual, todo tiene polos, todo tiene su par de opuestos. Semejante y desemejante son lo mismo. Los opuestos son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado. Los extremos se encuentran. Todas las verdades no son sino medias verdades. Todas las paradojas pueden ser reconciliadas.”
KYBALION
“Cane.- Lo que pasa en la vida de un hombre está escrito. El hombre debe vivir su vida como el destino disponga.
Anciano.- Sin embargo, cada hombre es libre de vivir como elija. Aunque parezca contradictorio, ambas cosas son ciertas.”
KUNG FU
A nadie se le oculta ya la tendencia general de compatibilizar lo que hasta ahora se creía incompatible, de encontrar ese punto negro dentro de lo blanco, de hallar ese punto blanco en lo negro. Son las puertas del nuevo milenio que se abren tímidas pero firmemente a la Antigua Sabiduría. Destino y libertad, como toda paradoja, pueden ser reconciliados.
“Toda causa tiene su efecto, todo efecto tiene su causa, todo sucede de acuerdo con la ley. La casualidad no es sino un nombre para la ley no reconocida. Existen muchos planos de causación, pero nada escapa a la ley.”
KYBALION
Por destino percibimos una fuerza mágica, ineludible, misteriosa, que va atando cabos, que va enlazando diferentes piezas de un rompecabezas con una finalidad concreta. Es como un viento irresistible que nos empuja hacia algo. Generalmente desconocemos de dónde procede, tampoco sabemos a dónde nos lleva, sólo sentimos su fantástica fuerza que subyuga y dirige.
Nos puede parecer certero, injusto o caprichoso. Cuando no lo comprendemos pensamos que las leyes que rigen todo van mal, o que sencillamente, no existen. Cuando lo entendemos opinamos que la naturaleza es sabia. Por poca lógica y sentido común que se tenga es fácil deducir que el destino no es o deja de ser porque lo comprendamos o no. No es humano ni está sometido a las apreciaciones humanas. Ya decían los antiguos que el no ver algo no significa que no exista, simplemente que no lo vemos, eso es todo, cualquier otro pensamiento extra es gratuito y fantasioso.
La mayoría de las veces se escapa el sentido del destino, su origen y finalidad, como cuando se ve una estrella fugaz, el hombre la percibe, sí, desde la ventana de su personalidad pero sin saber de dónde viene ni a dónde va.
Cuando un destino se plasma, es como si un libro o un capítulo se cerrara, una sensación de que algo se ha saldado nos embarga. Es fácil pensar que todo lo que acaba alguna vez tuvo que comenzar, es de ley. Que no recordemos cómo hemos nacido no significa que no lo hayamos hecho. Lo mismo ocurre con el destino, éste tuvo un origen preciso en un momento y lugar concretos, por un hecho determinado. No podemos negarlo simplemente porque no lo recordemos.
Unas veces el destino empuja brutalmente y no vemos la forma de deshacernos de él. Otras nos conduce con suavidad y parece que podemos modificarlo. La eterna pregunta es, ¿podemos cambiar el destino? ... es lo mismo que preguntar ¿podemos cambiar la lluvia? ... Destino o agua, ambas cosas nos vienen encima, más correctamente sería preguntar ¿tengo libertad para enfrentar mi destino?. Lo que nos viene no podemos hacer que no venga, pero siempre seremos libres de enfrentarlo de la manera más adecuada posible para que sus consecuencias sean diferentes.
Por libertad entendemos plenitud, no limitación, capacidad de elección. Palabra ya gastada, concepto apenas estrenado. Quienes la conocen no hablan, quienes la desconocen sólo hablan de ella, pues la tienen en los labios y no en sus corazones.
Unos dicen que no hay libertad, ya que estamos condicionados por nuestra naturaleza a ciertos requerimientos indispensables. Otros dicen que todos somos libres por naturaleza y que no podemos dejar de serlo. Entre uno y otro extremo se puede encontrar un medio: la libertad, existiendo, no se impone, no se regala, sino que se aprende, se conquista. El aire oxigenado no entra a solas en los pulmones, hay que inspirarlo. La libertad es un medio para llegar a una meta determinada, no un fin en sí. Aquellos que hacen de esto su meta, terminan por caer en una vaciedad en la que no encuentran sentido a la vida. Si respiramos no lo hacemos por respirar, sino por estar vivos, por sentir, pensar, actuar. Tener libertad no es para ser libres, sino para vivir, sentir, pensar y actuar.
Si somos libres es porque elegimos con conocimiento entre los diferentes elementos que podamos optar. Si falta este conocimiento hablaremos de libre albedrío.
La libertad, para la mayoría, es hacer lo que se quiere, y nada más. Yo afinaría diciendo que es sentir que se hace lo que se quiere, porque entre todas las teorías que rondan el tema de libertad, todas están de acuerdo con la idea de sentimiento, si se tiene libertad, pero no se siente, no sirve de nada. Lo contrario sí que es posible, aunque no se disponga de libertad uno puede sentirse libre cambiando su plano de actividad.
¿Quién no relaciona la libertad con elementos tan tradicionales como el vuelo del ave o el salto del delfín? Esas imágenes nos hacen sentir la idea de libertad, aquella que en un sentido estricto no tendrían estos animales, puesto que ni el ave puede nadar ni el delfín volar. Pero ¿qué ocurre? Si intuimos que son libres no es porque puedan hacer todo lo que quieran, sino porque quieren todo lo que pueden hacer, aquello para lo que la naturaleza les ha dotado y preparado.
Si esto es así, entonces el ave se siente libre volando, el delfín nadando, el topo escarbando, ... ¿y el hombre?, ¿qué ha de hacer el hombre, propio del hombre, para que se sienta naturalmente libre, sin imposiciones de falsas libertades artificiales?, ¿para qué le ha preparado la naturaleza?. En la respuesta está la clave.
Crear...
Sí, crear, ya sea un cuadro, una filosofía, un poema, una familia, una relación, una nación, una amistad, etc... Crear algo válido. La naturaleza del hombre es la de crear ideas, sentimientos, acciones, objetos físicos. Cuando el ser humano plagia está dejando de ser fiel a su naturaleza. Al crear se puede equivocar, es normal, pero su fin es ese y no otro. Creando se aprende a crear. Las antiguas religiones se hacen eco de esta realidad cuando exponen que la naturaleza humana está relacionada con la naturaleza divina creadora, a su imagen y semejanza.