Sor Clara Gallego y Javier Brage en el aula de 1ºC del instituto IES Rosalía de Castro de Santiago de Compostela. | V. C.
Sor Clara Gallego Marcos (Huelva, 1947) es la directora de la Cocina Económica de Santiago de Compostela desde hace ocho meses pero lleva toda la vida trabajando en Cocinas Económicas, en León, A Coruña o SantanderJavier Brage Vilela es el actual gerente de la Cocina Económica de Santiago, donde se hace cargo de la gestión económica y administrativa de la institución.
Ambos ofrecen su punto de vista y analizan las causas de uno de los mayores problemas todavía de la humanidad, el hambre: “Las causas del hambre en el mundo son muchísimas, desde los problemas climáticos que ahora estamos viviendo hasta el abuso de los poderes públicos que emplean los dineros en cosas menos importantes”. Los dos ven el “objetivo hambre cero en el año 2030” como algo “inalcanzable”.
—Nosotros estamos investigando el acceso global a la alimentación. Sor Clara, usted ha dirigido ya varias cocinas económicas antes de la de nuestra ciudad. ¿Qué la motivó a ir por España repartiendo un plato caliente a quienes, por desgracia, no pueden permitírselo y qué diferencias existen en el acceso básico a la comida en las diferentes ciudades en las que ha trabajado?
—SOR CLARA (SC) Lo que me motiva a ir de un lado para otro. Es mi vocación. Yo soy hija de la caridad, y como hija de la caridad tengo un voto de servicio a Cristo a través del pobre. Entonces nosotras tenemos presencia allá donde hay pobres y gente necesitada. Y las cocinas económicas son las instituciones que realmente están más dedicadas a cubrir las necesidades de las personas que están en una situación de urgencia grave. Y una de las necesidades básicas es la alimentación.
En cuanto a las diferencias que hay entre unas cocinas y otras, básicamente los perfiles en estos momentos son los mismos: personas en situación de necesidad, personas que están con problemas de consumos y adicciones y la inmensa mayoría son migrantes. El problema de la inmigración está muy presente en nuestro país porque vienen a través de África cruzando el Mediterráneo. Desgraciadamente, en el año 2024, unas 10.500 personas murieron al atravesar el Mediterráneo. Si una persona no está en una situación de necesidad extrema, no se arriesga a perder la vida. Por lo tanto, estas personas están en dicha situación de necesidad grave. En estos momentos, en la Cocina Económica de Santander, un 64% son personas migrantes.
—Debido a que la mayoría de las personas vienen del extranjero, ¿qué problemas tienen con la barrera del idioma?
—(SC) Si son migrantes de Hispanoamérica no tienen ninguna barrera porque hablan castellano. Si son de Europa del este, de otra zona de Europa, o si son de África, tienen la barrera, pero la verdad es que tienen una capacidad de aprendizaje rapidísima.
—(JB) Además tienen el apoyo de la técnica con apps para móvil como Google Translate, por el que tú le hablas al móvil en tu idioma y te lo traduce al idioma que tú quieras. Tuvimos hace poco personas que venían de Ucrania y que se comunicaban con nosotros a través de teléfono móvil. Es una ayuda importante para ellos, pero la verdad es que el idioma es una barrera sobre todo importante para luego buscar un trabajo.
—(SC) Y en algunos sitios también van a clases de castellano.
—(JB) Sí, porque es una cosa importantísima. Pero para lo básico, para relacionarse con nosotros con la Cocina Económica, con un vocabulario básico es sencillo entendernos.
—Usted dice en algunas entrevistas como la de La Voz de Galicia del 29 de septiembre de 2024 o la concedida al Diario Montañés, lo siguiente refiriéndose a la pandemia: “De hoy para hoy tuvimos que cambiar absolutamente toda nuestra estructura”. ¿Qué aspectos han cambiado tras la COVID y cómo lo han hecho?
—(SC) Sé, por la orden del Gobierno de aislarnos todos y no salir de casa, que tuvimos que cambiar la estructura en el sentido de que las personas no podían entrar al comedor, estaba prohibido. Hubo que cambiar el sistema de darles la alimentación y de entrar ellos a organizar cada día unos tuppers con comida caliente para que, por lo menos, la alimentación nosotros sí procuramos que fuese una alimentación de calidad y lo que ellos necesitaban. Y luego llevaban en bocadillo la cena. Y eso hubo que hacerlo de un viernes a un domingo. No hubo tiempo para organizar más.
Y en cuanto al personal, también había que tener cuidado para que, si había un contagio, hubiese relevo. Entonces, la mitad de la plantilla se quedaba en casa, y la otra semana la otra mitad venía a repartir la comida; y se cambiaban según las semanas.
Cuando pasó ya el estado de emergencia que pudieron entrar otra vez de nuevo, volvimos a darles la comida en el comedor, que era lo que nosotros queremos y deseamos que sea, pero hay que tener flexibilidad y saber adaptarse a las situaciones de emergencia. Pero lo que no puede ser es que la persona se quede en situación de necesidad y sin atender.
—También basándose en entrevistas suyas, ambos dicen que la Cocina Económica no sólo da de comer, sino que también intenta ayudar al necesitado a afrontar su situación. ¿Cómo llevan a cabo esta labor social y qué recursos tienen para ello?
—JAVIER BRAGE (JB) Antes mencionaba sor Clara que en la pandemia ella estuvo en Santander, pero yo estuve aquí en Santiago, con otra superiora, Sor Alicia, y también hicimos un poco lo mismo. Nosotros seguimos trabajando a pesar del confinamiento, pero lo que hacíamos era dar tuppers para llevar a sus casas, porque no podían entrar los usuarios. Luego, cuando ya pudieron entrar, tuvimos que hacer algunos cambios como poner unas mamparas de separación en las mesas y, para proteger al personal, hacíamos también varios turnos para que, en caso de que hubiera algún contagio, siempre hubiera una parte del personal con posibilidades de desempeñar el trabajo.
Y en cuanto a la labor social, aparte de dar de comer, en las cocinas económicas también se hace una labor de ayuda a nuestros usuarios. Nosotros lo hacemos a través de una trabajadora social que está en el centro de día, y ahí de lo que se encarga es de ayudarle a hacer los trámites para conseguir ayudas públicas como la renta de integración, la RISGA, que la da el ayuntamiento, o el ingreso mínimo vital, que lo da el Estado. También tenemos una sala donde los usuarios pueden socializar, con unas televisiones y revistas. Por otra parte, la trabajadora social les enseña a hacer currículums para intentar buscar trabajo y ayudarles a administrarse bien y que aprendan a tener su dinero para la comida o para una pensión. Además, también tenemos un servicio de higiene con unos baños con duchas para que los beneficiarios se puedan duchar en nuestras instalaciones.
—¿Es mucha gente la que necesita esa asistencia?
—(JB) En el centro de día normalmente lo usan unas treinta o cuarenta personas, que pueden ir variando. Pero, además, un trabajo que se realiza en el centro de día es valorar la situación de cada persona, porque, cuando viene una persona nueva al comedor, lo que debemos hacer es determinar si en realidad esa persona necesita utilizar el servicio de la de la cocina económica, con lo cual la trabajadora social le hace una una entrevista. Por allí pasan todas las personas que vienen de nuevo acceso a la cocina económica y, como decía antes Sor Clara, estamos notando ahora un aumento de gente que proviene del extranjero, sobre todo, gente que viene de países de Sudamérica y de África.
—(SC) Completando lo que dice Javier, el número de personas en el centro de día son sobre 30 personas diarias, pero en el comedor estamos dando comida de 210 a doscientas veintitantas a la hora de la comida, sobre 60 a la hora del desayuno y sobre 100-110 a la cena también diariamente.
—Más de 200 personas acuden cada día a comer la Cocina Económica, y más de la mitad son extranjeros, exactamente un «64%», como dijo usted en Radio Lider Santiago. ¿Cómo afrontan ustedes este incremento?
—(SC) Estando muy pendiente de la gente que viene, supone, por un lado, un incremento de gasto porque no es lo mismo darle de comer a ciento y pico que a doscientos y pico. Javier, que lleva, además de la dirección, la caja administrativa, sabe como los presupuestos van incrementándose de año en año. Además, quizás la costumbre también hace ya que quien cocina esté muy pendiente. Por eso, vamos un poco jugando con la gente que vino hoy, pensamos que mañana va a venir más o menos y, si sobra, estamos haciendo un proyecto para erradicar el hambre y sabes que uno de los objetivos no es el de despilfarrar la comida, sino reutilizarla. Es decir,como en muchas casas, lo que sobra hoy, nos lo comemos a la cena o nos lo comemos mañana, pero no se tira. Por lo tanto, nosotros, que tenemos una casa grande, hacemos lo mismo: si viene menos gente, se reutiliza también lo que nos sobró del día anterior; y si viene más gente, se improvisan comidas que se puedan hacer rápido. Porque siempre hay en estas casas grandes un remanente de productos que se pueden hacer en el momento. Si hace falta comer, tenemos hora y media para dar una comida.
—En cuanto al número, género y edad de los usuarios de su establecimiento, ¿cuáles son los más frecuentes y por qué?
—(JB) Al comedor social solo pueden entrar personas mayores de dieciocho años, mayores de edad. En el caso de los menores, ya se encarga el Ayuntamiento o Cáritas de ofrecerles otros servicios, porque nosotros nos damos cuenta de que un comedor social no es un lugar adecuado para que vayan menores. Además, de las doscientas personas que vienen más o menos cada día, un sesenta y cuatro por ciento son extranjeros. Hace años la mayoría de los usuarios del comedor social eran hombres, casi un ochenta por ciento. Ahora estamos a la par: cincuenta por ciento hombres, cincuenta por ciento mujeres. Las edades van desde los dieciocho hasta los setenta y es muy variada. No hay una franja de edad que venga más al comedor social y nos encontramos con gente de todas las edades. Pero lo importante es que notamos un aumento muy elevado de las personas que vienen del extranjero y un aumento también de las mujeres.
—(SC) Completando esto, yo creo que sí que hay un incremento de gente joven en el comedor, porque son personas migrantes que vienen en busca de trabajo. Sobre todo la gente que viene de África y también un porcentaje importante de Hispanoamérica es gente joven. Yo creo que de veinticinco a cuarenta y cinco años en ese grupo de edad hay un incremento importante de gente. Hay mucha menos gente mayor, y de dieciocho a diecinueve también hay menos gente. Pero de veintitantos a cuarenta y tantos sí que es un porcentaje importante, porque es gente que está en edad laboral, que lo que necesita es venir al centro de día. Por lo tanto, se intenta motivarlos mucho, porque tienen que estar dos años o tres esperando por la regularización para recibir el permiso de residencia y el permiso de trabajo. Entonces, lo que intenta la trabajadora social es motivarlos para trabajar y para hacer cursos de formación profesional que les puedan servir después cuando ya les den la regularización para encontrar más fácilmente un puesto de trabajo. Porque ellos vienen con sus estudios de allá, pero no están reconocidos aquí. Entonces, necesitan algún título que esté certificado en nuestro país y que les facilite el acceso al puesto laboral.
—Para realizar tantas comidas se necesita bastante personal. ¿Qué perfil tienen los voluntarios de su organización y qué importancia tienen?
—(SC) Muchísima. En nuestra casa el voluntariado es importantísimo, pero los que hacen la comida no son voluntarios, son personal contratado. Tenemos dos cocineros y un ayudante de cocina, y luego está el personal de limpieza. Los voluntarios vienen a la hora de servir comida. El noventa y cinco por ciento son mujeres y el cinco por ciento hombres. También es muy bonito que los fines de semana tenemos un grupo de universitarios. Vienen chicas y chicos, aunque más chicas, a prestar servicio en el comedor. Durante la semana no pueden porque están estudiando, pero los sábados y los domingos sí que vienen como tres o cuatro en cada turno para servir comidas. Y el resto de mujeres que vienen como voluntarias la mayoría son personas jubiladas.
—(JB) Para dar los datos concretos, somos nueve personas contratadas con contrato de trabajo. Los voluntarios son de treinta a treinta y cinco. El desayuno lo sirven las hermanas, que se encargan de servirlo. A la comida es cuando tenemos más voluntarios, que deben ser tres o cuatro cada día. Y a la cena vienen dos ayudantes. Y luego están siete hermanas también, aparte del personal contratado que ya tiene allí su residencia, y son las que llevan todo el peso del día a día.
—Ustedes mencionaron anteriormente que antes había una cantidad mayor de hombres que de mujeres, y ahora están a la par. ¿Por qué creen que ocurre eso?
—(SC) Porque la gente migrante generalmente viene en familia y, entonces, viene la mujer y el hombre. También antes había menos mujeres en la calle porque era más peligroso que una mujer estuviera en calle que un hombre. Pero ahora también hay bastantes grupos de migrantes y por eso la mujer también emigra mucho y viene gente joven.
—¿Qué trabajos realizan los estudiantes que van los fines de semana?
—(SC) Como todos los voluntarios. Las tareas son iguales para todos: el reparto de comidas o la acogida cuando llegan.
—(JB) También los voluntarios tienen que ser mayores de dieciocho años.
—Antes dijeron que quieren llegar al objetivo de hambre cero. ¿Cómo piensan que podrían conseguirlo aquí en Santiago y qué habría que hacer para que no haya gente que necesite sus servicios?
—(SC) Es que yo no creo que lleguemos al objetivo hambre cero. No es que haya situación de hambre en Santiago, pero hay necesidad de comer. Cuando se habla de hambre cero eso significa que la gente no tiene ningún tipo de recurso y sufre hambre. Aquí en Santiago vamos a necesitar siempre la cocina económica, como en todos los sitios, para apoyar a personas que están en situación de necesidad. Aunque no sea un hambre de muerte, sí es un hambre de mantenerse cada día mientras no consiguen recursos. O bien es necesaria una prestación económica que les ayude a alimentarse por sí mismos en casa, o bien que encuentren un trabajo para que puedan sufragar sus gastos porque no son personas discapacitadas. Son personas que, por la situación legal, no pueden trabajar.
—(JB) Incluso hay veces que una persona necesita un apoyo, pero a lo mejor solo durante un mes, pues acaba de perder el trabajo, y la Cocina Económica le apoya durante ese periodo. Luego, por suerte, siempre consiguen salir. Con lo cual también hacemos ahí una tarea de apoyar a personas que están en una mala racha o pasan un mal momento.
—Saliendo de Santiago, ¿cuáles creen que son las mayores causas del hambre en el mundo y qué debe hacerse para conseguir erradicarla, como se indica en los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030?
—(SC) Las causas del hambre en el mundo son muchísimas, desde los problemas climáticos que ahora estamos viviendo hasta el abuso de los poderes públicos, que emplean los dineros en cosas menos importantes. Lo más básico como la agricultura no se atiende y, como estamos con el cambio climático, la agricultura está totalmente sin desarrollar y sin salir adelante. Oímos sobre las hambrunas en África, que, cuando viene un año de sequía, no tienen posibilidades de sembrar ni de recoger cosechas. Después están todos los problemas que arrastramos de las colonizaciones de los países ricos que se han llevado la riqueza de los países pobres y los han dejado allí sin recursos. Por lo tanto, el objetivo hambre cero en el año 2030 es un objetivo inalcanzable. No sé cómo son capaces de poner ese objetivo cuando saben que no se va a cumplir. Es muy difícil, pero es muy importante que vaya habiendo una mentalización y un trabajo con vosotros, con los jóvenes, que vayáis viendo la importancia que esto tiene en el mundo para que crezcan sanos los niños, porque sabemos que hay muertes de niños en todos los sitios por hambre y por no tener recursos. Por eso es importante que os acostumbreis, por un lado, a respetar la naturaleza, que nos da que comer, y, por otro, a respetar también los alimentos en casa. Porque siempre le echamos la culpa a los poderes públicos, ya que no está en nuestra mano hacer lo que ellos tienen que hacer, pero sí podemos hacer lo poquito que podamos hacer en nuestro entorno: en nuestra familia, con nuestros amigos, y en nuestra ciudad y, de ese modo, ayudar.
Yo no digo que deis limosna por la calle, que eso no se debe de hacer siempre, porque la persona que pide generalmente no tiene hambre y, además, tiene la cocina económica para ir a comer, si tiene necesidad, o tiene otras instituciones. A veces el dinero lo utilizan para algo que no es precisamente cuidar su salud. Pero sí es importante que seáis sensibles y, cuando estéis en edades de ser voluntarios, podéis hacerlo como hacen nuestros chicos. Nuestros universitarios llegan y dicen: “Este día tengo una horita libre y voy a cogerla para echar una mano a una labor de voluntariado”. Eso todo va ayudando.
—(JB) Una de las cosas que habría que hacer para intentar erradicar el hambre, es hacer cambios en los países, cambios en los gobiernos, porque muchas veces las ayudas que reciben en esos países se las reparten unos cuantos por temas de corrupción y tienen a la población sin formación. Ahí también habría que intentar que las ayudas fuesen para hacer escuelas, centros de formación o de FP para que esos países progresen ellos sin depender de las ayudas, sino consiguiendo que la gente elija a otros gobernantes, que no haya tanta corrupción y que la gente se forme más. Es una tarea muy importante por hacer porque, precisamente, los gobernantes de esos países prefieren tener a la gente sin educación para poder manipularlos más y hacer lo que se les antoje. Es una tarea muy complicada, porque luego también está el tema de las guerras, que mucha gente viene a países de Europa precisamente escapando de esos conflictos o de temas políticos. Es decir, que la gente tiene que escapar de su país.Pero hay tantos problemas que hay sería muy complicado.
—Como ya sabemos, el hambre es un problema que actualmente sucede a nivel global, entonces, ¿podría explicar detalladamente por qué es el problema tan grande?
—(SC) Porque afecta a todas las personas. Si solamente afectara a personas de dieciocho a veinte años, a lo mejor no era tan grave, pero es que coincide desde que la madre está embarazada y el bebé está dentro, ahí ya está repercutiendo si hay problemas de hambre, porque ahí ya nacen los niños desnutridos y en situación de necesidad. Y esto llega hasta que una persona muere, a veces antes de la edad que tendría que ser. Y esto sucede en todos los continentes.
—(JB) Y todos necesitamos comer. Es como el aire. Si hubiera problemas de aire, también habría un problema enorme.
—(SC) Es que la necesidad es vital y a esto se le añade también el tema del desarrollo mental y de la estabilidad emocional. Repercute en todas las áreas de la persona.
—En el mundo, casi el 10% de la población, es decir, 600 millones de personas, pasan hambre. ¿Cuáles deben ser las estrategias para conseguir solucionar este problema?
—(JB) Intentar que, no solo dar ayuda económica a esos países, sino, ver muy bien a dónde va esa ayuda, y sobre todo, no darle la caña para que ellos puedan valerse por sí mismos.
—El gobierno está mandando algunas ayudas como la “FEAD" o la “OAD” para la lucha internacional contra el hambre, pero de momento no se está consiguiendo el objetivo de Hambre cero de los ODS. ¿De qué modo cree que estas ayudas pueden funcionar y qué piensan que deberían hacer las administraciones para solucionar definitivamente este problema?
—(SC) Yo tengo muy poca fe en los envíos a naciones corruptas por lo que decía Javier antes. Yo conozco hermanas que están en países de misión y se ven en los mercados a veces vendiendo cosas de la ropa que habían recibido de ayuda de otro país para la gente. En lugar de repartirlo, lo venden o solamente se lo dan a la gente de su partido y al resto de gente no. Entonces, yo no sé dónde estaría la escuela de formación de dirigentes políticos que no fueran corruptos, que tuvieran una ética realmente activa y que mirasen por el bien de los ciudadanos en lugar de sus propios intereses. Pero yo no lo veo a corto plazo posible. Sin embargo, son granitos de arena lo que pueden hacer las “ONG” que están en estos países, como Manos Unidas, que está con sus campañas contra el hambre y que son proyectos que realmente implican a la población. Y esos son proyectos que pueden hacer más bien. Lo otro yo lo veo muy complicado.
—Si usted gobernase, ¿qué es lo primero que haría para intentar solucionar el hambre?
—(JB) Intentar formar a la población, intentar que las ayudas lleguen a quien de verdad lo necesite y un cambio de planteamiento total.
Que no nos lleven los recursos de nuestro país para otros. Lo que produce cada país, que vaya para su población. Y hacer unos cambios muy importantes en lo que es todo lo que es la cúpula dirigente de esos países, insistiendo en el tema de la formación a las personas que allí residen. Que aprendan a valerse por sí mismos mediante la educación básica: aprender a leer, a escribir, a sumar, a restar, y, luego, ya en temas más profesionales para poder trabajar en una empresa. Hay algunas ONG que intentan hacer esa labor educativa, pero se encuentran muchas veces con problemas de que el propio gobierno de esos países les ponen pegas y los ven como enemigos.
—La cifra de muertos por hambre es escalofriante. Cada día 24.000 personas mueren por esta razón en el mundo. De ellas, 18.000 son niños y niñas de entre uno y cuatro años. ¿De qué modo pueden ustedes ver esta necesidad o este peligro entre los niños que acuden a su comedor?
—(SC) En nuestro ambiente, por fortuna, no tenemos ese problema. Tenemos recursos por un lado y para los niños que no van al comedor, la concejal en una entrevista en el mes de octubre dijo que el ayuntamiento tenía recursos suficientes para dar respuesta a todas las necesidades que presentan los niños. Por otra parte, Cáritas es otra de las instituciones que tratan de estar muy pendientes de las familias.
Yo creo que aquí, gracias a dios, no se nos muere ningún niño de hambre y no sabemos lo que es eso, pero en otros países sí que está pasando eso. En Europa tendremos muchos problemas y podremos hacer las cosas muy mal, pero somos unos afortunados.
—(JB) Aparte de las cocinas económicas y, precisamente para ayudar a las familias, están los bancos de alimentos de Cáritas. Su labor es importante para que a esas familias se les den los alimentos para que los puedan preparar en su casa. Llevan una vida normal, pero necesitan una ayuda y esa es la razón por la que se les dan esos alimentos. Bien sea dándoselos directamente o bien mediante una nueva medida que se implementó hace poco que es el cheque monedero por el que le dan una tarjeta, unos vales, que sirven para poder comprar alimentos. Así también vemos más adecuado que los niños coman en su casa dándoles las ayudas que necesiten, pero con su familia. Por eso decía antes que una cocina económica no es un lugar adecuado para los niños.
—Desde la pandemia del ‘’COVID 19’’ los precios han subido muchísimo. ¿De qué modo ha afectado esto negativamente a la hora de poner un plato de comida en la mesa?
—(JB) Yo llevo ese tema y sí que se nota mucho, no solo en los alimentos, la luz, el agua, los alquileres, sino que también lo notamos en el número de usuarios que tenemos que dedicar más recursos a dar de comer y a mantener el centro. Pero, por suerte, también recibimos ayudas tanto de organismos públicos como la Xunta, el Ayuntamiento y la Diputación de A Coruña, como de particulares y empresas. La verdad es que la Cocina Económica recibe muchas ayudas porque la gente es solidaria y se da cuenta de que la labor que se hace allí es importante.
—Mirando hacia el futuro, ¿de qué forma ven posible la erradicación en 2030 del hambre en el mundo y, particularmente, en una ciudad como Santiago, de modo que pueda prescindir de la Cocina Económica?
—(JB) Es complicado ponerse una fecha límite. Se pueden hacer muchas cosas para intentar eliminarla o reducir en lo posible el hambre. Por otra parte, que en Santiago no sea necesaria la Cocina Económica para nosotros sería bueno, y, tal vez, tendríamos que convertirnos en restaurante en vez de Cocina Económica. Pero también lo veo complicado. Sobre todo por la cantidad de gente que está llegando de otros países, aunque también, por suerte, esa gente que llega de otros países, al mes o a los dos meses la mayoría encuentra una estabilidad y ya no tiene que venir a la Cocina Económica. Desgraciadamente, vienen nuevas oleadas de gente que necesita esa primera ayuda y, por los plazos, lo veo complicado. Ojalá se pudiera.
—(SC) Estamos funcionando desde 1891. En aquel momento se creó porque había una situación de hambre y necesidad en Santiago. Pero no fue solamente en Santiago. Todas las cocinas nacieron en torno a esa fecha en España y todavía siguen porque en todos los sitios sigue habiendo gente en situación de necesidad. Lo que sí que ha habido es el incremento que tenemos ahora debido al problema de las inmigraciones, que es mucho más fuerte.
—¿De qué manera creen que en un futuro la comida podría bajar de precio?
—(SC) Estos días yo escuché que estaba bajando el IVA de algunos alimentos básicos como el pan. Si bajan el IVA en algunos alimentos, algo que es cuestión del gobierno, entonces bajará el precio de la compra. Pero si el año que viene entran con los aranceles van a volver a subir otra vez los precios y, si suben los alimentos, se dificulta todo.
—(JB) Los alimentos también hay que darse cuenta de que cuesta conseguirlos, porque a esos trabajadores del campo se les aumentan los costes de producción, ya sea el gasóleo para el tractor o los utensilios que utiliza, ya que todo es más caro. Lo importante es intentar que no haya mucha subida de precio y que estas medidas de rebaja del IVA también en momentos duros el gobierno las haga y las mantenga; sobre todo en alimentos básicos.
—(SC) Relacionado con esto yo he leído que a veces los estados, para que los precios no bajen, son capaces de tirar una producción de trigo.