EL GRAN VIENTO
Capitulo Final XXX
EL GRAN VIENTO
Capitulo Final XXX
Pasó un rato antes de serenarse el ambiente. Goldie corrió a abrazar a mamá y a papá y rompió a llorar.
—Lo siento, lo siento —dijo—. ¡No quería que os encerrasen!
A su lado, oyó que Flemo les decía a sus padres más o menos lo mismo.
—Estamos perfectamente —dijo papá mientras la abrazaba con fuerza—. Un poco hambrientos, eso es todo.
—Pero cariño, ¡mira tus pobres bracitos! —dijo mamá—. ¿Eso es un arañazo? ¿Te has hecho daño? ¡Ay, déjame ver!
Soltó un grito por cada uno de los cardenales y heridas de Goldie, y la inspeccionó en busca de cualquier indicio de fiebre. A su alrededor, seguían subiendo nuevos prisioneros por las escaleras, con gritos de agradecimiento y un sonoro cántico:
—Paseeeeeé tres años en galeraaaaaaas...
Llegados a ese punto, Sinew se estaba paseando de un lado a otro de la estancia, con gesto de ansiedad.
—¡No podemos quedarnos aquí! —gritó—. Debemos llevar a los prisioneros más débiles directamente al museo. Y vosotros, chicos, tenéis que ayudarme.
La Protectora se apresuró a intervenir.
—Varios oficiales van a ir a Supervisión. Uno de los chicos deberá acompañarlos, para mostrarles dónde están los dormitorios.
Goldie se recostó entre los brazos de papá. Parecía como si llevara una eternidad sin dormir, y le dolía el cuerpo entero por el cansancio. «Pero aún queda mucho por hacer».
El papá de Flemo alzó una mano temblorosa. Estaba escuálido y tuvo que apoyarse en el hombro de su hijo para no perder pie.
—¡Yo iré con ellos! Nuestra hija está en Supervisión.
La Protectora negó con la cabeza.
—Lo siento, Herro...
—Hahn. Esmerado Hahn. Y esta es mi esposa, Blandita.
—Lo siento, Herro Hahn, pero usted los ralentizaría demasiado. Será mejor que vaya con su esposa directamente al museo. No se preocupen, los oficiales encontrarán a su hija y se la devolverán —entonces se dirigió a Sinew—. Nos hemos repartido el barrio antiguo. Debemos ponernos manos a la obra de inmediato. El gemido de los diques está empeorando y no sé si seremos suficientes como para llegar a todas las casas a tiempo.
—¡Yo ayudaré! —gritó Flemo.
—¡No! —exclamó su mamá—. Tú te vienes con nosotros. Te mantendremos a salvo.
—¡Pero me necesitan!
Uno de los oficiales negó con la cabeza.
—No podemos mandar a unos niños solos ahí afuera.
Flemo frunció el ceño.
—¿Y cómo se piensa que hemos estado todo este tiempo? ¡No somos unos bebés!
En lo alto, el tejado traqueteaba como loco.
—¡Yo también ayudaré! —gritó Goldie.
—¡No! —dijo mamá—. ¡Es demasiado peligroso! —Tiene razón. ¡Lo prohíbo! —gritó la Protectora.
Sinew se rio y le dio una palmadita amistosa a la Protectora en la espalda.
—Prohíba todo lo que quiera, le aseguro que irán de todas formas, en cuanto les quite los ojos de encima. Además, los necesitamos. Son rápidos e inteligentes. No conseguiremos despejar la zona sin ellos.
—Pero... ¿pero quién les hará caso? —tartamudeó uno de los oficiales—. ¿Quién va a hacer caso de un niño cuando les diga que deben abandonar sus casas?
Sinew le guiñó un ojo a Goldie.
—Se sorprenderían. El mundo que conocíamos ha cambiado esta noche. ¡La barbarie ha vuelto en todo su esplendor a la ciudad!
En cuanto Goldie salió de la Casa del Remordimiento, el viento la golpeó, la lluvia le azotó el rostro y la oscuridad se volvió tan cerrada que enseguida perdió de vista a los demás. El único punto de referencia que le quedaba era el Gran Auditorio, el tenue resplandor de su cúpula entre la tormenta.
Atravesó a duras penas el camino, cada paso era una pelea contra el viento. El gemido de los diques se tornaba cada vez más intenso. Cruzó el puente de Troncobarca y caminó con paso tambaleante por el canal del Templo hacia la zona que los oficiales le habían asignado.
En la primera casa, un hombre acudió a la puerta con un farolillo, en respuesta a sus insistentes llamadas. Observó a Goldie a través de una estrecha apertura en la puerta, con el rostro pálido y asustado.
—¡Los diques se van a derrumbar, Herro! —gritó Goldie—. ¡Tiene que venir conmigo! El hombre la miró con los ojos desorbitados.
—¿Goldie Roth? ¿Eres tú?
—¡Herro Oster!
Era el padre de Jubi. La tormenta había desorientado tanto a Goldie que no había reconocido la casa.
Frou Oster echó a un lado a su esposo, llorando.
—¿Goldie Roth? ¡No puede ser! ¡Ay, mi niña, tus pobres padres! Intentamos ayudarlos, pero los tutores sagrados...
—No puedes entrar —interrumpió Herro Oster con brusquedad—. No podemos correr el riesgo.
—¿Pero dónde has estado? —exclamó Frou Oster—. ¡Pensábamos que habías muerto!
—¡No hay tiempo para explicaciones! —gritó Goldie—. ¡Tienen que venir conmigo! ¡Los llevaré a un lugar seguro!
Herro Oster se puso todavía más pálido.
—¿Marcharnos con una fugitiva? Los tutores sagrados se nos comerían para desayunar.
—Además, es demasiado peligroso —gritó Frou Oster—. Aquí estaremos más seguros.
—¡No, no es así! ¡El barrio antiguo se va a inundar! ¡Tienen que venir conmigo! ¡Son órdenes de la Protectora!
Herro Oster negó con la cabeza y empezó a cerrar la puerta. Por detrás de él, alguien dijo:
—¿Qué está pasando, papá?
—Vuelve a entrar en casa, Júbilo —le ordenó Herro Oster. Pero fue demasiado tarde.
—¿Goldie? —dijo Júbilo, asomando por debajo del brazo de su padre—. ¿Dónde has estado?
¿Qué estás haciendo aquí? ¿Has venido sola?
—¡Mira lo que has hecho! —gritó Herro Oster, enfurecido.
—Escuche, Herro —dijo Goldie—. Escuche la tormenta. Si se quedan aquí, se ahogarán.
Se oyó el estallido de unas ventanas rotas. La furia de Herro Oster pareció disiparse y comenzó a temblar. Al igual que el resto de habitantes de Alhaja, lo habían protegido de todo riesgo y peligro cuando era un niño. Jamás hubo nada que pusiera a prueba su coraje, nada que le enseñara cuándo mantenerse en pie y cuándo echar a correr. Ahora estaba paralizado por el miedo y la indecisión, al igual que Frou Oster. Tenían tanto miedo de quedarse donde estaban como de marcharse.
Pero Sinew tenía razón. Parte de la barbarie había regresado a la ciudad. Cuando Herro Dan trató de cerrar la puerta, Júbilo se coló a través del resquicio que había quedado abierto. Goldie le agarró la mano y los dos echaron a correr hacia la calle.
Para cuando sus padres salieron corriendo detrás de él, Júbilo se encontraba, asombrado, en mitad de aquel caos ensordecedor.
—¡Mira, papá! —gritó—. ¡Mira nuestra casa!
Herro y Frou Oster se quedaron mirando. Las paredes de su casa se hinchaban y contraían como un animal jadeante. Era evidente que debían buscar refugio en otra parte o estarían perdidos.
Frou Oster señaló hacia el Gran Auditorio.
—¡Las luces siguen encendidas! ¡Allí estaremos a salvo!
Goldie negó con la cabeza.
—No. Tenemos que llegar a terreno elevado.
Júbilo estaba tiritando, pero asintió con la cabeza. Sus padres lo miraron asombrados, y al final, lentamente, acabaron por asentir ellos también.
Goldie los arrastró hasta la siguiente casa, después hasta un apartamento, y luego hasta otra casa.
—¡Deprisa! ¡Deprisa! —gritaba a los rostros asustados que la miraban—. ¡Los diques se van a derrumbar!
Todas las veces, los niños fueron los primeros en salir a aquella profunda oscuridad. Sus padres los seguían de cerca, tratando de enganchar las cadenas de custodia a las muñecas de sus hijos. Pero haría falta algo más que una cadenita de plata para mantenerlos a salvo en una noche como esa.
Goldie encontró a Ciruela, a Gloria y a sus familias, que se quedaron mirándola boquiabiertos, hasta que se decidieron a acompañarla. Encontró a Brío y a unos cuantos niños más, que se sumaron a su grupo, al igual que sus padres, abuelos y tíos.
Goldie ya no era la única que llamaba a las puertas. Los niños que conseguían librarse de sus cadenas de custodia corrían, pese a que no lo hacían muy bien, de una casa a otra, gritando: «¡Deprisa, deprisa, no tenemos mucho tiempo, deprisa!», hasta que sus asustados moradores salían tambaleándose al exterior.
Al fin llegaron a la propia calle de Goldie. Mientras el viento y la lluvia se desataban con furia a su alrededor, y los cubos de basura y las empalizadas y las ramas volaban por la calle, amenazando con golpearle la cabeza, Goldie llamó a la puerta de Favor.
—¡Favor! —gritó, tratando de hacerse oír entre la tormenta—. ¡Herro Berg! ¡Frou Berg! ¡Soy yo! Cuando Herro Berg abrió al fin la puerta, se quedó mirando a Goldie como si fuera un fantasma.
—¡Go... Go... Goldie!
Se oyó un grito procedente del interior de la casa, y Favor y Frou Berg llegaron corriendo. Favor estrechó a Goldie entre sus brazos y le dio un beso. Pero no había tiempo para hablar. Todos se gritaban entre sí para meterse prisa, y era imposible resistirse a esa sensación de apremio.
Llegados a ese punto, Goldie estaba tan agotada que apenas podía mantenerse en pie. Siguió avanzando a duras penas, arrastrando consigo una fila de niños y adultos como si fuera una enorme oruga asustada. Quería descansar, pero el gemido de los diques la instaba a seguir adelante. «¡Deprisa! ¡Deprisa!».
Entonces dobló una esquina y se dio de bruces con Flemo. Estaba empapado y tenía un corte en la frente. A su espalda se extendía una larga fila de gente en la oscuridad.
Cuando vio a Goldie, le puso una mano en el oído y gritó:
—¡Acabo de hablar con uno de los oficiales! ¡Han sacado a todos los que estaban en Supervisión, y el resto del barrio antiguo también está despejado! ¡Nos vamos al museo! ¡Venga!
Parecía imposible que la tormenta pudiera seguir arreciando. Pero mientras Goldie, Flemo y la gente que los seguía avanzaban a duras penas hacia la colina del Viejo Arsenal, el viento comenzó a aullar todavía con más fuerza. La lluvia caía a plomo, como si los soldados del otro lado de la Puerta Furtiva los hubieran invadido después de todo y hubieran lanzado contra ellos un ataque frontal. Goldie avanzó en medio de aquella pesadilla. Atravesó el puente de la Pestilencia. Dejó atrás el cuartel general de la milicia. En dirección a la seguridad del museo.
Estaban a punto de pasar por el puente del Viejo Arsenal cuando una pequeña silueta emergió de la oscuridad y se abalanzó contra Flemo. El muchacho se encogió, pero entonces su rostro se iluminó como un centenar de soles y extendió los brazos.
—¡Linda!
—¡Flemo! —gritó Linda—. ¡Flemo, Flemo, Flemo!
Se lanzó entre los brazos de su hermano, riendo y llorando a la vez. La lluvia y las lágrimas fluyeron por el rostro de Flemo. Ignorando la tormenta y el sonido de los diques, estrechó a su hermanita entre sus brazos y la apretó con fuerza. Los demás niños liberados de Supervisión los adelantaron, urgidos por los nerviosos milicianos.
—¡Linda! ¡Flemo! —gritó Goldie—. ¡Tenemos que irnos!
Cruzaron corriendo el puente, seguidos por la larga fila de rezagados, y comenzaron a subir por la colina. No habían llegado muy lejos cuando Goldie oyó un sonido que la hizo detenerse en seco. Era un ruido provocado por dos objetos metálicos que chocaban entre sí. El lamento de los diques se estaba convirtiendo en un chillido.
Flemo agarró a Linda.
—¡Corre! —gritó, y la empujó colina arriba.
Goldie y él se dieron la vuelta hacia la gente que iba a la zaga y les gritaron con todas sus fuerzas:
—¡Son los diques! ¡Corred! ¡Corred por vuestras vidas!
Sus palabras se las llevó el viento. Pero no importó. Todo el mundo sabía lo que significaba ese sonido. Sin embargo, eran incapaces de reaccionar. Se quedaron quietos, indefensos, abrazados a sus familias. Aquella terrible noche se había cobrado finalmente su precio.
Goldie y Flemo corrieron entre las filas de gente, tirándoles de la ropa y gritando: —¡Corred! ¡Corred!
Linda salió detrás de ellos.
—¡Corred! —gritaba ella también.
—¡Linda, sal de aquí! —gritó Flemo.
Pero Linda lo ignoró.
—¡Corred! ¡Corred todos!
La gente seguía sin reaccionar. Goldie agarró a Favor y le gritó:
—¡Favor, tienes que irte! ¡Los diques se están rompiendo!
Favor tenía los ojos desorbitados por el miedo, pero se aferró a sus padres y siguió inmóvil.
Goldie tenía tanto miedo que estaba a punto de llorar. Tenía los nervios desquiciados. ¡Sálvate tú! ¡Sálvate tú! Pero no podía dejar morir a su mejor amiga. A la desesperada, siguió tirando de su amiga y gritó con todas sus fuerzas:
—¡Por favor, Favor! ¡Por favor, Herro Berg! ¡Haced que corra!
Mientras tanto, Flemo y Linda seguían gritando por los alrededores:
—¡Corred por vuestras vidas!
Pero Favor no se movió. Igual que todos los demás.
Y entonces, cuando Goldie pensaba que no había ninguna esperanza, que todos iban a morir, un tremendo rugido se oyó por encima del viento y de la lluvia y de los diques en derrumbe. Y de la oscuridad, como una estatua inmensa que hubiera cobrado vida, emergió Broo.
Tenía las fauces abiertas. Sus ojos rojos centelleaban como el fuego. Alguien gritó:
—¡Un iracán!
Y la muchedumbre al completo, incluidos Favor y sus padres, reaccionó y echó a correr como pudo colina arriba.
La riada los alcanzó a medio camino de la siguiente parcela. Se alzó por detrás de ellos como una ola hambrienta, que trataba de agarrarles las piernas. Ya nadie podía correr; la calle era un río. Madres y padres cogieron a sus hijos en brazos. Cada vez que alguien tropezaba, emergían varias manos para ayudarles a levantarse. Un pájaro mecánico pasó flotando frente a Goldie como si fuera un diminuto cadáver metálico.
Estaban a suficiente altura como para que solo les llegara la punta de la riada, y al cabo de poco tiempo el nivel del agua dejó de crecer. En cuanto Goldie llegó a un terreno seco y firme, Broo apareció a su lado el tiempo justo para decir:
—Herro Dan y Olga Ciavolga están a salvo.
Después, se desvaneció como un mal sueño.
El viento y la lluvia parecieron apaciguarse durante unos minutos. Las nubes negras se separaron y la luna llena brilló a través de ellas. En aquel instante de quietud, Goldie, Flemo y Linda se dieron la vuelta para contemplar lo que habían dejado atrás.
El barrio antiguo estaba oculto bajo la crecida. Apenas asomaban unos cuantos edificios, como si fueran islas de siluetas extrañas. En mitad de todo aquello se erguía el Gran Auditorio. Estaba sumergido hasta la mitad y se inclinaba peligrosamente hacia un lado, pero seguía teniendo las luces encendidas. A Goldie le pareció ver, aunque estaba demasiado lejos como para estar segura, dos siluetas diminutas en la cúpula de cristal. Parecían hacer señas para pedir ayuda.
Mientras observaba, las luces parpadearon y se apagaron. Se oyó un temible chirrido. Entonces el edificio entero se separó de sus cimientos y se alejó flotando en la noche.
TRES DIAS DESPUES
Goldie, Flemo y Linda se asomaron al balcón de La Milla de la Dama. En el salón que había por debajo, cientos de personas del barrio antiguo se amontonaban en torno a unas largas mesas, bebiendo té y chocolate de unas tazas y vasijas descascarilladas. Otros estaban recostados sobre montoncitos de ropa vieja o reunidos en grupos. Les habían vendado las heridas y entablillado los huesos rotos, pero todavía estaban doloridos y todos guardaban silencio. Ni una sola sonrisa. Ni una sola carcajada. Aún no se habían recobrado de la impresión de la tormenta.
La Protectora estaba haciendo su informe diario. Su voz resonaba por la balconada.
—Como algunos de vosotros sabéis, las casas de buena parte de la ciudad no quedaron excesivamente dañadas y algunos de sus propietarios han podido permanecer en ellas. Pero el barrio antiguo sigue inundado y las aguas están repletas de ratas y culebras. Llevará un tiempo poder drenar del todo la zona. Aquellos de vosotros que os habéis refugiado aquí en el museo deberéis permanecer un poco más, si los guardianes lo permiten.
Goldie miró a Flemo con las cejas enarcadas. Una semana antes, cualquier mención sobre ratas y culebras habría provocado un ataque de histeria entre los ciudadanos de Alhaja. Pero ahora la gente se limitó a asentir con la cabeza, como si dieran gracias por seguir vivos y lo demás careciera de importancia.
La mamá y el papá de Goldie estaban sentados a la misma mesa que la Protectora, junto con los padres de Flemo. Olga Ciavolga, Herro Dan (que tenía la pierna escayolada) y Sinew también estaban allí. En el extremo contrario del salón, un grupo de tutores sagrados cuchicheaban entre ellos y miraban con el ceño fruncido a los milicianos que los custodiaban.
Herro Dan dejó caer una de sus muletas al suelo.
—Por supuesto, podéis quedaros todo el tiempo que necesitéis. Los guardianes están encantados de contar con vuestra compañía. El museo está encantado de contar con vuestra compañía.
—Tiene razón —le susurró Goldie a Flemo al oído—. ¿Has visto la sala de los Primeros colonos? Está repleta de huertas y árboles frutales. Y las zarzas del descampado están dando frutos.
Flemo asintió.
—Y Monte Harry se está comportando como una vieja escalera normal y corriente. Subí y bajé por ella tres veces esta mañana y siempre me llevó al mismo lugar.
Linda arrugó la nariz.
—¿Cómo podría haberte llevado a un sitio distinto? ¿De qué estás hablando?
—No es asunto tuyo —dijo Flemo, que había dejado de ser amable con su hermana ahora que estaba a salvo.
—Si no me lo cuentas —dijo Linda—, se lo preguntaré a Olga Ciavolga.
Goldie oteó entre los rostros de la gente que había en el salón. Flemo y ella habían tenido tanto trabajo durante los últimos tres días que apenas había tenido ocasión de ver a Favor. Al fin consiguió localizar a su amiga, que le estaba sonriendo. Goldie la saludó con la mano.
Favor le devolvió el saludo y le dijo con gestos: Baja.
En breve, le respondió Goldie por señas.
¡Quiero saber qué ocurrió! ¡Después de tu huida!
Goldie se asomó un poco más desde la barandilla, hasta casi quedar colgando de ella.
¡Y yo quiero contártelo!
Mamá debía de estar observándola por el rabillo del ojo, porque levantó la cabeza hacia donde se encontraba Goldie. Se llevó una mano a la boca. Parecía como si estuviera a punto de saltar de su asiento y pegar un grito de alerta...
Pero Olga Ciavolga le tocó el brazo y le susurró algo, y mamá se enderezó, como si se hubiera acordado de la noche de la tormenta, y de la forma en que su hija había conducido a la gente hacia un lugar seguro, cuando casi todos estaban demasiado asustados como para reaccionar. Entonces le dio un codazo a la mamá de Flemo y las dos se quedaron mirando hacia arriba. Estaban pálidas, pero tras titubear un instante las dos se pusieron a saludar con la mano.
—Aún no han conocido a Morg —dijo Flemo—. Habrá que ver cómo reaccionan.
—¿Quién es Morg? —dijo Linda.
—No es asunto tuyo.
—Si no me lo dices, se lo...
—¡Sí, ya, se lo preguntarás a Olga Ciavolga! —dijo Flemo con tono burlón. Los dos hermanos se quedaron mirándose muy serios durante un instante y, después, se echaron a reír.
—Tus padres lo están llevando bien —dijo Goldie—. Tu papá te llamó «Precavido... quiero decir... eh... Flemo», esta mañana.
Linda volvió a reírse.
—¿Y visteis la cara que puso mamá cuando lo dijo?
—Tendrá que acostumbrarse —dijo Flemo, que sonreía, como si se sintiera orgulloso del esfuerzo que estaban haciendo sus padres.
Abajo, en el salón, la Protectora prosiguió su discurso.
—Han ocurrido muchas calamidades en fechas recientes. La tormenta, la inundación. La bomba. Ay, sí, no nos hemos olvidado de los artificieros. Sean quienes sean, estén donde estén, no descansaremos hasta encontrarlos.
Hizo una pausa. Su rostro adoptó una expresión más seria.
—Pero no son los únicos que debemos llevar ante la justicia. La gente que se supone que debía proteger a nuestros hijos...
Goldie vio que los tutores sagrados levantaban la cabeza.
—¡Nos han traicionado! —prosiguió la Protectora—. Por tanto, anuncio la disolución del grupo de los tutores sagrados y los declaro ilegales...
Su voz quedó ahogada entre el griterío cuando los tutores sagrados trataron de lanzarse contra ella, gritando. Los milicianos les bloquearon el paso y los obligaron a replegarse en una esquina.
Aquellos que se resistieron fueron reducidos en el suelo.
—¿Dónde está el Adalid? —gritó uno de los tutores, al que estaban agarrando con los brazos por detrás de la espalda—. ¡Él pondrá fin a este despropósito!
Herro Dan golpeó una muleta en el suelo para pedir silencio.
—Eso —dijo la Protectora—, ¿dónde está el Adalid? ¿Dónde está el mayor traidor de todos?
¡Traedlo aquí para que responda por sus crímenes!
Hizo una pausa dramática. Goldie miró en torno al salón, con la remota esperanza de que alguien sacara a empujones al Adalid de entre la multitud.
—Os diré dónde está —dijo la Protectora—. Se ha ido, probablemente se ahogó en la tormenta, como la rata que era. No tiene sentido acudir a él en busca de apoyo. Vuestra única esperanza es acogeros a la misericordia de la ciudad.
Los tutores empezaron a gritar de nuevo. La Protectora le hizo un gesto con la cabeza al capitán de la milicia.
—Lleváoslos. Serán juzgados por traición y por el trato que daban a los niños en Supervisión.
Mientras los milicianos sacaban por la fuerza a los tutores de la sala, la Protectora se dirigió al resto de ciudadanos. Pero antes de que pudiera hablar, se produjo un destello blanco y algo recorrió a toda prisa el salón y saltó sobre su mesa.
—¡Es Broo! —dijo Goldie.
Abajo, en el salón, casi todo el mundo se puso en pie sobresaltado.
—¡Un perro! —gritaron—. ¡Cuidado! ¡Es un perro!
Los padres agarraron a sus bebés, preparados para huir corriendo. Incluso desde lo alto del balcón, Goldie pudo ver el terror reflejado en sus rostros. Oír hablar de ratas y culebras en el barrio antiguo era una cosa, pero ese perro estaba vivito y coleando, algo que no se había visto en Alhaja desde hacía cientos de años. ¡Y allí estaba, delante de sus narices!
Solo los guardianes se quedaron en su sitio. Los guardianes... y la Protectora.
Broo no pareció darse cuenta de la alarma que había provocado. Echó a correr por la mesa y se detuvo ante la Protectora, meneando su colita blanca y rizada. La Protectora lo miró desconcertada. Sinew se acercó a ella y le susurró algo. La Protectora se dio la vuelta y volvió a dirigirse a la multitud:
—Nuestra... nuestra ciudad está cambiando —dijo a viva voz, aunque con un ligero tartamudeo —. Tengo constancia de que los seres humanos y los perros vivieron juntos... vivieron bien juntos... en un pasado lejano —tragó saliva—. Así pu... pues, no veo razón para que no puedan vivir bien juntos en el futuro.
Y para el asombro de Goldie, la Protectora alargó la mano y, cautelosa, le acarició la cabeza a Broo.
Los presentes soltaron al unísono un suspiro. Uno por uno, regresaron a las mesas, aunque con cierta inquietud. Los bebés fueron los únicos que no mostraron miedo. Extendieron sus brazos hacia Broo y soltaron un gritito. El perrillo meneó la cola y empezó a corretear por la mesa.
Estaba tan gracioso que los bebés se rieron con más ganas aún. Goldie vio que Favor comenzaba a sonreír. Broo correteaba en círculos, persiguiéndose la cola, con un brillo de deleite en los ojos. La Protectora se rio.
Eso era lo único que hacía falta. Fue como si los diques se hubieran derrumbado de nuevo. Una riada de carcajadas inundó el salón, extendiéndose en todas direcciones y llevándose consigo el horror de la tormenta.
Broo siguió correteando por la mesa. Después, comenzó a saltar por los regazos y a lamer caras y manos. Nadie pudo escapar de él. En poco tiempo, la mitad de los niños del salón estaban congregados a su alrededor, discutiendo quién debía acariciarlo a continuación. E incluso los adultos más nerviosos se recostaron en sus asientos y sonrieron con ganas, como si un hermano perdido mucho tiempo atrás hubiera aparecido ante su puerta y de repente hubieran recordado lo mucho que lo querían.
Linda estaba asomada al balcón, mirando fijamente a Broo.
—Flemo, ¿crees que mamá y papá nos dejarían tener un perro?
Flemo no le respondió. Tenía el gesto ensombrecido.
—En fin, ya se ha echado todo a perder —murmuró.
—¿Qué es lo que te pasa? —dijo Goldie.
—Deberías estar contento —dijo Linda, que se dio la vuelta para mirar fijamente a su hermano —. ¡Todo está cambiando! Hace tres días que no llevo mi cadena de custodia. ¡Y ahora hay un perro!
—Esa es la cuestión. Ya no queda ninguna excusa para huir —gruñó Flemo—. Querrán que nos demos por satisfechos. ¡Querrán que seamos buenos! —miró a Goldie con el ceño fruncido—. Supongo que ahora te irás a tu casa a volver a ser una niñita buena.
Goldie bajó la mirada hacia el abarrotado salón. Broo estaba sentado ahora sobre el regazo de Favor, rodeado por un círculo de niños admirados. Meneaba la cola suavemente. Miró hacia Goldie y sus ojos negros centellearon en un gesto de complicidad.
Y de repente, Goldie pudo sentir la presencia del museo a su alrededor. Sus misterios y su barbarie, su belleza y sus peligros, la Cocina del Diablo, la sala Intrépida y la del Corazón Rocoso, y un centenar de salas más que aún no había visto pero que estaban allí, esperando a que las descubriera.
Goldie tocó el pajarillo azul que llegaba prendido de su babi, y pensó en su tía Elogia. En la osada tía Elogia.
—¿Irme a casa y ser buena? —le dijo a Flemo, sonriendo, y luego negó con la cabeza—. Pero si apenas hemos empezado.
Mientras tanto, a trescientos kilómetros hacia el sur... En mitad del océano, un hombre y una mujer estaban aferrados a unos escombros. Estaban vivos, pero por poco. Tenían las ropas hechas jirones y el rostro tan magullado que costaba reconocerlos. La tormenta había pasado, pero los dos estaban muy débiles y sabían que no podrían aguantar mucho tiempo más. Las profundas aguas no tardarían en reclamarlos.
Al principio, pensaron que la barca de pesca era un espejismo. Los gritos de asombro, las fuertes manos que los sacaron del agua y los dejaron sobre la cubierta..., sin duda, no eran más que una broma cruel de sus mentes febriles.
No fue hasta media hora más tarde, envueltos en cálidas mantas con un círculo de pescadores curiosos a su alrededor, cuando comenzaron a creer que de verdad estaban a salvo.
—Tenéis suerte de que os viéramos —dijo el pescador más alto, que parecía estar al mando—. Estamos muy lejos de nuestras aguas. Nos arrastró ese viento tan fuerte. Estábamos volviendo a virar en dirección sur cuando os avistamos.
—¡Aferraos a’r tablón como un par de ratas ahogás! —dijo otro marinero.
—¡Para mí aún tienen pinta de ratas ahogadas! —dijo un tercero, y todos se rieron, con una estridente carcajada.
La mujer hizo un esfuerzo para incorporarse, apoyándose en un codo.
—Mostrad un poco de respeto —graznó, con la voz quebrada por la fiebre y el agua salada. Señaló a su acompañante—. ¿Es que no sabéis quién es? Este es...
—¡Nadie! —se apresuró a decir su acompañante. Ondeó una mano hacia los marineros, expectantes, a modo de disculpa—. Perdonad a mi amiga, está confusa. No soy nadie importante.
Entonces sonrió al pescador. A pesar de las magulladuras, era una sonrisa particularmente cautivadora...
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