UN TRATO CON ZOUK EL CALVO
Capitulo XXV
UN TRATO CON ZOUK EL CALVO
Capitulo XXV
Goldie se agachó bajo la cama más próxima a la puerta, con todo el cuerpo en tensión. En su cama, habían colocado varias sábanas y almohadas para adoptar la apariencia de una silueta infantil bajo la manta gris. No estaba segura de que el plan de Linda fuera a funcionar, pero no había tenido ocasión de pensar ninguno mejor. Y el tiempo se agotaba.
Se mordió la uña del dedo gordo y se preguntó si Flemo habría conseguido escapar ya. Tocó la brújula que llevaba en el bolsillo y pensó en papá y mamá. Sentía un dolor en el corazón por aquella mezcla de amor e inquietud.
—¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaay!
El alarido resonó por todo el dormitorio. Le siguió otro, y otro, y al poco tiempo casi todas las niñas de la habitación estaban gritando con todas sus fuerzas. Goldie se tapó los oídos con las manos y confió en que alguien viniera pronto.
Y así fue.
—¡A callar! ¡A CALLAR!
La tutora Dicha se plantó ante la puerta, con el rostro contraído de furia. Goldie no se había enterado de que descorriera el cerrojo. Apenas podía oír a la tutora Dicha entre tantos gritos, que ahora estaban intercalados con palabras aterrorizadas.
—¡Era el artificiero! ¡Le he oído en la ventana!
—¡Ha venido a llevarnos!
—¡Nos matará a todas!
—¡Aaaaaaaaaay!
—¡Aaaaaaaaaaaaaaaay!
—¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaay!
—¡A CALLAR O PERDERÉIS VUESTROS PRIVILEGIOS!
Los gritos se detuvieron de inmediato, pero los cuchicheos continuaron, todos ellos frenéticos, todos ellos en el extremo contrario de la habitación al lugar donde estaba escondida Goldie.
—Llamad su atención hacia ese lado —había dicho Linda—. No queremos que se fije demasiado en la cama de Goldie ni en la puerta.
La voz de Rosita era la más estridente.
—¡Lo he oído! —aullaba—. ¡Justo encima de mi cabeza! ¡Dijo que había venido a matarnos! La tutora Dicha atravesó furiosa la habitación.
—¿Qué tonterías son esas? ¿Qué has oído?
Goldie salió a gatas de debajo de la cama y comenzó a acercarse hacia la puerta, silenciosa como
una sombra.
En el extremo contrario de la habitación, Cordera gritó:
—¡Yo también lo he oído! ¡Estaba junto a la ventana, tenía una voz que sonaba como un gruñido y dijo que iba a devorarnos! ¡Bocado a bocado! ¡Como un gatocioso!
—¡A mí me dijo que como un zopenquio! —exclamó otra niña—. ¡Como el que hay en el puente de las Bestias!
El griterío comenzó de nuevo.
—¡A callar! —gritó la tutora Dicha—. ¡O habrá cadenas dobles para todas! A ver, ¿alguien me va a explicar qué está pasando aquí?
Goldie atravesó la puerta y se pegó contra el muro que había al otro lado. Por detrás, dentro de la habitación, oyó que Linda decía:
—Ay, por amor del cielo, ¡estaba soñando! Así es, Rosita, te estuviste revolviendo mientras dormías, y de repente te incorporaste, empezaste a gritar y le contagiaste el miedo a las demás. ¿Por qué no te callas y te vuelves a dormir?
Goldie se alejó sigilosamente por el pasillo. A pesar del peligro en el que se encontraba, no pudo evitar sonreír por la ocurrencia de Linda.
—No queremos que piensen que realmente hay alguien ahí afuera —había dicho la niña—. De lo contrario, estarán alerta y Goldie no conseguirá salir del patio.
Goldie sospechaba que Linda había planificado esa ruta de escape mucho antes, pero nunca había tenido ocasión de llevarla a la práctica. Flemo habría estado orgulloso de su hermana pequeña.
Cuando se encontró a cierta distancia del dormitorio, se detuvo para tratar de orientarse. No fue fácil. Supervisión era un lugar casi tan confuso como el museo, salvo que el museo cobraba vida movido por aquella especie de curiosidad indómita, mientras que aquel lugar transmitía una sensación sombría y sofocante, como si sus muros estuvieran diseñados para acallar no solo las voces, sino también los pensamientos.
Aun así, la vocecilla de su conciencia no decepcionó a Goldie. La guio a través de aquellos siniestros pasillos sin apenas un atisbo de duda.
Por aquí.
Ahora por allá.
No, por ahí no, es peligroso. Mejor ve por aquí.
Goldie estaba buscando una puerta trasera, y finalmente la encontró. Pero había dos tutores sagrados plantados frente a ella, despiertos y en guardia. Goldie se alejó sin emitir un solo ruido.
Probó entonces con las ventanas. Pero aunque muchas de ellas estaban agrietadas, los barrotes eran nuevos y resistentes, y estaban demasiado juntos como para que ni siquiera un niño pequeño pudiera pasar entre ellos. Goldie no tardó en desechar la idea y se dirigió silenciosamente hacia la parte delantera del edificio.
Allí las alfombras eran gruesas y lujosas, y el lugar estaba mejor iluminado. Goldie avanzó con más cautela que antes. Las habitaciones ante las que pasó estaban llenas de butacas y sillones que parecían cómodos, y muchas de ellas contenían santuarios dedicados a los Siete Dioses. Pero allí las ventanas también tenían barrotes y resultaban infranqueables.
Cuando estuvo cerca del vestíbulo, se acercó sigilosamente y se asomó desde una esquina. Allí estaba la puerta principal, apenas a unos pasos de distancia. Pero el tutor que parecía un sapo seguía anclado detrás de su escritorio, y tenía pinta de que no habría nada capaz de moverlo de allí; además, el vestíbulo estaba tan iluminado que frustraría cualquier intento de mimetismo.
Con el corazón encogido, Goldie retrocedió sigilosamente por el pasillo, se metió en una de las habitaciones abiertas y cerró la puerta.
—Solo porque aún no haya encontrado una forma de salir —se dijo para convencerse a sí misma — no significa que sea imposible. ¿Qué haría Sinew? ¿Qué haría Olga Ciavolga? ¿Qué estará haciendo Flemo en este momento?
Los sillones de aquella habitación eran inmensos y estaban cubiertos de cojines. Los barrotes de la ventana eran firmes. Al fondo de la habitación había un santuario dedicado a Zouk el Calvo, con velas encendidas a su alrededor y una pequeña pila de papeles con chistes escritos y otras ofrendas.
Goldie avanzó pensativa hacia el santuario. Por lo visto, Zouk el Calvo era el más fiable de los Siete Dioses. Pedirle algo seguía suponiendo un riesgo, por supuesto, pero...
—Honorable y glorioso Zouk, el más calvo de los calvos —susurró, consciente de que a los Dioses les gustaba que los adulasen—. No te he traído ningún presente...
Hizo una pausa. En realidad, sí tenía un presente. De hecho, tenía dos. Se metió la mano en el bolsillo y sacó la brújula y las tijeras. Las miró alternativamente, preguntándose de cuál de las dos podría permitirse prescindir. La brújula había sido un regalo de mamá y papá, y no le gustaba la idea de deshacerse de ella. Pero lo más seguro es que las tijeras le resultaran más útiles.
Antes de que pudiera cambiar de opinión, alargó la mano para colocar la brújula sobre la pila de ofrendas. Rozó con la mano uno de los trocitos de papel, que se cayó de la pila. Debajo estaba su broche en forma de pájaro.
Goldie retiró la mano, sin soltar la brújula.
—No... no tengo ningún presente —repitió—. Pero me gustaría hacer un intercambio.
Contuvo el aliento, confiando en que Zouk el Calvo no descargara de inmediato su ira sobre ella. «Pero él es el dios del descaro», pensó. «¡Debería sentirse orgulloso!».
—Un intercambio —susurró Goldie, con todo el temple que consiguió reunir—. Tú te quedas la brújula y yo me llevo el broche. ¿De acuerdo? Una brújula es mucho más útil que un broche, por lo que saldrás ganando con el trato. Así que te estaría agradecida si me mostraras cómo puedo salir de aquí sin que me capturen.
Se sintió muy rara, tratando de regatear con uno de los Siete Dioses. Volvió a inclinarse hacia el santuario, esta vez con las dos manos extendidas, dejó la brújula... y cogió el broche.
Entonces contuvo el aliento.
Oyó el eco de unos pasos en la distancia. Después, un grito y el repicar metálico de unas cadenas de castigo. Las pisadas se acercaron. Un chico comenzó a cantar con una voz ronca y adolescente.
—Leeeejos, al otro lado del océano. Leeeejos, al otro lado del maaaar...
Se escuchó un golpe y un alarido. El cántico se detuvo, pero solo por un instante. Cuando empezó de nuevo, había más de una docena de voces, todas berreando con toda la fuerza de sus pulmones: —Ireeeeé adonde me lleve el corazón, adooooonde me espere mi amoooor.
Una pausa. Un adulto enfurecido dijo:
—No es el amor lo que os aguarda, pequeños bribonzuelos, ¡es la Casa del Remordimiento!
Destrucción deliberada de la propiedad, poner en riesgo la vida de los demás... ¡Vaya si os merecéis entrar allí!
Clanc, clanc, clanc, resonaron las cadenas de castigo.
—Lleeeevo mucho tiempo fuera, mi amor, he viajaaaaado sin parar —canturreaban las voces.
Goldie avanzó pegada a la pared y entreabrió la puerta. Le llegaron los ecos de pasos arrastrados, empujones y chasquidos metálicos, y de repente el pasillo que se extendía ante ella se llenó de muchachos, que se movían adelante y atrás, haciendo repiquetear sus cadenas y cantando a viva voz. Todos eran mayores que Goldie, pero llevaban el mismo babi harapiento de color gris y los mismos leotardos. En algún punto entre todos ellos había dos tutores sagrados. Por encima de ellos flotaba un olor a quemado.
No había tiempo de pensar. Goldie no podía ver a Flemo, pero estaba segura de que estaría por allí, en alguna parte. Le susurró un rápido agradecimiento a Zouk el Calvo; después, salió al pasillo y se arremetió entre dos de los chicos.
Durante un escalofriante segundo, el cántico flaqueó. Los muchachos que estaban a cada lado de Goldie la miraban desconcertados...
Después se estrecharon suavemente a su alrededor y comenzaron a cantar con más fuerza todavía, haciendo resonar sus voces por el techo.
—Tres aaaaaños remando en las galeras, tres aaaaaaños de esclavituuuud...
Salieron en manada al vestíbulo, una muchedumbre de chicos que reían, gritaban y cantaban. Los tutores que los conducían también estaban gritando. Goldie era la única que guardaba silencio. Se agachó entre aquellos chicos altos y estridentes, hasta que su babi se confundió con el de los demás, y sintió el palpitar de su corazón en los oídos.
—¿Qué ocurre? —gritó el tutor que parecía un sapo—. ¿Adónde los lleváis a estas horas de la noche?
—¡Le han prendido fuego a sus camas! —gritó uno de los tutores—. ¡No sé en qué estarían pensando! ¡Me los llevo a Remordimiento!
—¡Necesitaré sus nombres!
—Si pudieeeera volver atrás en el tiempo, mi amor, si pudieeeera volver a empezaaaaar...
—Por amor del Gran Fetiche, ya te los daremos cuando regresemos. ¡No puedo soportar este horrible escándalo un momento más!
Y así, los chicos, Goldie y los dos tutores salieron por la puerta principal de Supervisión, cruzaron el patio y atravesaron la verja.
En cuanto alcanzaron la calle, Goldie se deslizó entre las sombras. Los chicos habían dejado de cantar y trataban de tumbarse en el suelo, subirse a los hombros de los demás, y una docena de cosas más que era imposible realizar con las cadenas de castigo encima. Goldie trató de localizar a Flemo, pero no había ni rastro de él.
Al fin los tutores consiguieron imponer cierto orden entre los muchachos y prosiguieron su marcha hacia la Casa del Remordimiento. Goldie sintió tal alivio que le flaquearon las piernas. ¡Había escapado!
Pero al mismo tiempo estaba preocupadísima por Flemo. Estaba segura de que aquellos muchachos estridentes debían de haber prendido fuego a sus camas a modo de distracción, para que pudiera escabullirse sin ser visto. ¿Pero dónde estaba? Quizá hubiera salido ya. Quizá estuviera ante la oficina del Adalid, ¡esperándola!
En el cielo, la luna estaba llena. Los faroles de acuagás resplandecían sobre sus postes. Las campanas del Gran Auditorio empezaron a repicar. ¡Las once y media!
Goldie apretó los dientes.
—¡Ya voy, Broo! —susurró—. ¡Ya voy, Flemo!
Después, se dio la vuelta hacia la colina del Viejo Arsenal y empezó a correr.
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