MONTE HARRY
Capitulo XIII
MONTE HARRY
Capitulo XIII
Fue como si el peñasco hubiera cobrado vida. El iracán se irguió con gesto amenazante, inmenso, negro y terrible. Sus ojos rojos centelleaban bajo la luz del farolillo. Durante un instante, Goldie fue incapaz de moverse ni de hablar.
«¡Que alguien me ayude!», pensó, aterrada. «¡Flemo! ¡Socorro!».
Pero no se oía ningún ruido por detrás de ella.
«Se ha marchado. Ha huido y me ha dejado aquí».
Por alguna razón, aquel pensamiento le renovó las fuerzas. Y con ellas llegó la determinación de que no iba a quedarse de brazos cruzados aguardando la muerte. ¡Ni hablar!
Dio un tembloroso paso hacia el frente. Las sombras proyectadas por el farolillo reptaban a su alrededor. El iracán abrió sus temibles fauces... y habló, con una voz que retumbaba como una roca que hubiera caído a lo lejos.
—Te he estado esperando.
Goldie estaba tan asustada que apenas podía respirar. Agarró el farolillo con más fuerza. Si lo lanzaba..., si lo lanzaba contra la boca del iracán..., a esa distancia sería difícil fallar. Así que le lanzaría el farolillo; después, echaría a correr para volver a ascender por aquel túnel oscuro con los brazos extendidos y los oídos atentos a cualquier indicio de que la bestia saliera en su persecución... ¡No, no lo pienses! ¡Hazlo!
Se pasó la lengua por los labios.
—Di algo más —le susurró a la enorme bestia—. Abre la boca.
El iracán ladeó la cabeza.
—No tengas miedo —dijo alguien por detrás de Goldie.
Ella estuvo a punto de echarse a llorar de alivio. ¡Olga Ciavolga! Si alguien podía salvarla, esa era Olga...
—No es más que Broo.
«¿Qué?». Goldie se dio la vuelta rápidamente y se quedó mirando a la anciana. Después se dio la vuelta de nuevo y miró perpleja al monstruo que se erguía ante ella. «¿Broo?». —¿No me has reconocido? —dijo el iracán. —N... no.
El iracán dio una oscilante zancada hacia ella. Era tan grande que sus ojos estaban a la misma altura que los de Goldie, y se movía con una temible elegancia. Tenía todo el cuerpo negro, a excepción de una oreja blanca.
—¿Ahora me reconoces? —dijo con su atronadora voz.
—La... la verdad es que no.
El enorme sabueso pareció tan decepcionado que Goldie pensó que debía añadir algo más. —Su... supongo que es po... porque no podías hablar cuando eras pequeño.
Broo asintió, pensativo.
—Esa es la naturaleza de los iracanes. A veces somos grandes y a veces somos pequeños. Cuando somos pequeños, nos expresamos a través de la cola, de las orejas, erizando el lomo. Y cuando somos grandes...
No acabó la frase. Goldie se quedó mirándolo, asombrada.
Por detrás de ella, Olga Ciavolga dijo:
—¿Flemo? ¿Por qué no le dijiste que era Broo? ¿A qué estás jugando?
—Solo ha sido una broma —murmuró Flemo, que no se había marchado después de todo—.
Como es la recién llegada...
—Tú también fuiste un recién llegado —le replicó Olga Ciavolga con frialdad—. Y no recuerdo que nadie te gastara ninguna broma. ¡Bah! Ya hay suficientes peligros en el museo como para que tengas que provocar más solo por divertirte. ¡Vete! Me avergüenzas.
Flemo trató de decir algo, pero la anciana no le permitió intervenir.
—¡Vete! —le espetó una vez más.
Las pisadas del muchacho resonaron por el túnel, conforme ascendía de nuevo por él.
Olga Ciavolga se acercó a Goldie, bajo la parpadeante luz del farol.
—¿Lo ves? —dijo—. No hay nada que temer.
—Pe... pensaba que los iracanes eran...
Goldie estuvo a punto de decir «imaginarios», pero le pareció que sería una falta de respeto teniendo en cuenta que había uno delante de ella. Así que lo que dijo en su lugar fue:
—Pensaba que los iracanes habían desaparecido.
—Y así es. Todos los grandes sabuesos han desaparecido, salvo Broo —dijo Olga Ciavolga, que alargó la mano para acariciar su gigantesca cabeza—. Y ahora muéstranos el camino, amigo. Hay cosas que debemos enseñar a esta niña.
El cuerpo del iracán llenaba casi por completo aquel estrecho túnel, pero se dio la vuelta con un único movimiento tan fluido que Goldie se quedó asombrada. Mientras descendían entre aquellos muros rocosos, se acercó a Olga Ciavolga.
—¿De verdad está domesticado? —le susurró.
—¿Domesticado? —dijo Olga Ciavolga— Ningún iracán está domesticado. Es audaz e indomable, y tiene su propia forma de ver el mundo. Pero si lo tratas con respeto no te hará ningún daño.
—¿De dónde llegó?
—Lo robé de un circo.
—¡Pero si no ha habido ningún circo en Alhaja desde hace cientos de años!
Olga Ciavolga esbozó una sonrisa, un gesto poco habitual en ella.
—Algunos somos más viejos de lo que parecemos.
A Goldie le daba vueltas la cabeza. Recordó lo que había dicho Flemo.
—¿Broo también es un ladrón?
—Pues sí. Es un ladrón de vidas. En el circo mató a un hombre que lo atormentaba con crueldad. Iban a pegarle un tiro, pero yo lo robé y lo traje aquí.
A Goldie le costó actuar con normalidad cuando había un ladrón de vidas caminando tan cerca de ella. Pero al cabo de un rato su corazón se relajó hasta adoptar su ritmo normal y dejó de sentir las manos frías y pegajosas. Dejó escapar una risita nerviosa y deseó que Favor pudiera verla, caminando detrás de un iracán de verdad.
Había subido la temperatura en el túnel, pero el ambiente seguía siendo seco. Habían descendido durante tanto tiempo que daba la impresión de que se estuvieran aproximando al centro de la tierra. Y entonces, de repente, el túnel se ensanchó y empezaron a caminar sobre el suelo de una caverna. Olga Ciavolga dirigió la llama del farolillo hacia las alturas.
Goldie soltó un grito de sorpresa. Los muros de aquella caverna estaban cubiertos de huesos humanos. Había fémures apilados desde el suelo hasta el techo, y húmeros entrecruzados para formar complejos diseños. Había huesos de la columna vertebral, costillas y pelvis, y cráneos apilados unos encima de otros como si fueran hogazas de pan, intercalados con huesecillos de los dedos.
—Este —resonó a su espalda la voz de Herro Dan— es el Lugar de los Recuerdos.
—¡Cáspita! —dijo Goldie, dándose la vuelta—. ¡No sabía que estuvieras aquí!
—Bah, está haciendo una entradita —dijo Olga Ciavolga—. ¿Qué crees que estás haciendo, Dan, asustando así a la niña?
—No se ha asustado, ¿verdad, chiquilla?
Goldie se quedó mirando al sonriente anciano.
—Un poquito.
—Ah, bueno, no ha sido para tanto. Ha servido para ponerla en guardia —dijo.
—No hemos venido a hablar de guardias —le reprendió Olga Ciavolga con severidad—. Vamos a hablarle del museo.
Al oír eso, Goldie volvió a sentir una oleada de frustración.
—Pero ¿por qué? —exclamó— ¿Por qué me lo vais a contar? ¿Por qué me habéis traído aquí?
Flemo dijo que quizá podría ayudar, ¡pero no sé a qué se refería!
Herro Dan suspiró.
—Tienes razón, chiquilla, ya es hora de que te lo contemos —se aclaró la garganta, como si fuera a empezar a relatar una historia—. Hubo una época, hace mucho tiempo, en que la península de Allende era conocida como Lejania.
Lejaniaaaaaaaaa... La palabra resonó por la cueva y el eco se extendió por cada recoveco, como si los huesos la hubieran reconocido y no quisieran dejarla marchar.
—En aquel entonces —dijo Herro Dan—, el Lugar de los Recuerdos era sagrado. Cuando alguien moría, se entregaba su cuerpo a las aves carniceras. Entonces traían aquí sus huesos y los apilaban en filas para que nunca se les olvidara, aun cuando ya hubieran desaparecido todos aquellos que los conocieron.
—La colina los conserva —retumbó la voz del iracán—. La colina lo conserva todo.
—El museo se construyó hace quinientos años —prosiguió Herro Dan—, para ocultar el Lugar de los Recuerdos de aquellos que habrían querido destruirlo. Por aquel entonces solo contaba con unas pocas salas, que no contenían otra cosa que herramientas de bronce y monedas de oro. Pero a medida que pasaron los años, y la gente de la ciudad comenzó a edificar en los descampados y a expulsar a los animales, el museo empezó a crecer.
—Se convirtió en un refugio para las cosas indómitas —dijo Olga Ciavolga—. Para todo aquello que la ciudad no quería.
—La colina las conserva —retumbó de nuevo la voz del iracán—. La colina lo conserva todo.
Herro Dan apoyó la mano sobre uno de los cráneos. Estaba amarilleado por el tiempo y tenía las cuencas de los ojos cubiertas de telarañas.
—Pero no se puede recluir a las cosas indómitas en un único lugar. Y ellas no se dejan someter. Esa es la razón de que las salas se muevan tal y como has podido ver. Y si en algún momento el museo o sus guardianes se encuentran amenazados, se mueven todavía más. Este es su último bastión y no se quedarán de brazos cruzados viendo cómo lo destruyen.
El iracán gruñó de repente... Un sonido tan feroz que a Goldie le dio un vuelco el corazón. —¡El museo está amenazado AHOOOGRRRRA! ¡Lo huelo!
Herro Dan asintió.
—Sabemos que algo se acerca... Alguna clase de conflicto. El museo lo percibe. Pero no sabemos qué clase de conflicto es ni de dónde procede. Y eso complica las cosas —miró fijamente a Goldie—. Como ves, chiquilla, hay enormes maravillas ocultas en este lugar, pero también hay cosas horribles, cosas que nadie debería perturbar.
—Como lo que hay en el Viejo Rasguño —susurró Goldie.
—Peor que el Viejo Rasguño —dijo Herro Dan—. Mucho peor. Y si el museo se pone demasiado nervioso, existe el peligro de que algunas de esas cosas irrumpan en la ciudad...
A ambos lados del anciano, dio la impresión de que los huesos se estremecían bajo la luz del farolillo. Goldie tragó saliva, tratando de no pensar en mamá y papá, atrapados en la Casa del Remordimiento mientras unas cosas horribles acechaban por las calles dirigiéndose hacia ellos.
—Esa es la razón de que hagamos todo lo posible por mantener las salas en calma —dijo Olga Ciavolga—. Sinew toca el arpa. Dan, Flemo y yo cantamos. Protegemos el museo, y así protegemos también a la ciudad. Pero a pesar de todos nuestros esfuerzos, las cosas están empeorando. El museo sabe que se acerca algo malo.
—¿La bomba? —dijo Goldie.
—Creemos que forma parte del conflicto —dijo Olga Ciavolga—. Pero existe un peligro mayor que aún no hemos logrado identificar. Sinew está haciendo todo lo posible por descubrir qué es.
—Y cuando lo haga —dijo Herro Dan—, en fin, nos tocará luchar. Será entonces cuando puedas ayudarnos, chiquilla.
—¿A luchar? —exclamó Goldie—. ¡No sé cómo hacerlo!
—Hay formas y formas de luchar —dijo Herro Dan—. ¿Cuánta gente conoces que cuestione lo que dicen los tutores sagrados?
—Montones —dijo Goldie—. Todo el mundo se queja de ellos en secreto.
—¡Claro, en secreto! Todos somos muy valientes en secreto. Pero hacerlo abiertamente implica un valor que poca gente posee.
Goldie quería creer lo que decía el anciano, pero era incapaz.
—No fue una cuestión de valor —dijo—. Sencillamente es que no podía soportarlo más. Esa forma que tienen de intentar acallar a la gente para que todos se comporten como ellos quieren. La docilidad con la que todo el mundo se dirige a ellos, sin atreverse a decir lo que piensan. Los odio.
—Y por eso te convertiste en una fugitiva —dijo Olga Ciavolga—. Y en una ladrona.
—Sí —Goldie se ruborizó—. Flemo dijo que solo un... un ladrón puede encontrar el camino a través del museo.
—Eso es cierto —dijo Olga Ciavolga—. Pero no sabemos muy bien por qué. Quizá los ladrones tengan un espíritu indomable que se comunica con todo lo indomable que hay aquí. Quizá un ladrón sea capaz de ver caminos secretos, lugares ocultos.
Se quedó mirando a Goldie con mucha seriedad.
—Escúchame bien, niña. No es mi intención ensalzar el robo. Hay gente en este mundo que se cree mejor que los demás, o que merece más que ellos. Gente que sería capaz de robarle a su abuela hasta su última moneda y reírse durante el proceso. No soporto a esa clase de gente. Moverse con sigilo, ser rápido con las manos y con la mirada, es un don. Si lo usas para hacer daño a los demás, aunque sea un poco, te estás traicionando a ti mismo y a todos los que te rodean.
Hizo una pausa.
—Pero hay ciertas cosas... —intervino Herro Dan.
—Ya estaba llegando a eso —dijo Olga Ciavolga—. ¿Es que ahora vas a explicarme lo que tengo que decir?
Sin embargo, estaba sonriente cuando volvió a dirigirse a Goldie.
—Pero hay ciertas cosas, niña, que es necesario robar. Cosas que debes robar, siempre que tu corazón albergue el coraje y el amor suficientes. Debes arrancar la libertad de las manos del tirano. Debes secuestrar vidas inocentes antes de que sean destruidas. Debes ocultar secretos y lugares sagrados.
—Hace falta un ladrón valiente para hacer tales cosas, chiquilla —dijo Herro Dan—. Y tú eres valiente, aunque no lo creas. Si quieres, puedes ayudarnos.
—Pero solo si quieres hacerlo de verdad —añadió Olga Ciavolga—. En caso contrario, nadie te lo reprochará. Te enviaremos de vuelta a la ciudad, a un lugar seguro.
No había pasado mucho tiempo desde que Goldie había deseado haberse ido a Dicho a pesar de todo. Pero ahora, el simple hecho de pensar en marcharse la consternaba.
—¡Me quedaré! —se apresuró a decir— ¡Ayudaré! ¡Incluso aprenderé a luchar si eso es lo que queréis!
Pensó que Olga Ciavolga se pondría contenta. Pero la anciana negó con la cabeza.
—¡Bah! ¿Te has tomado tiempo para pensarlo? No, ¡te has lanzado de cabeza hacia lo desconocido!
Colocó las manos sobre los hombros de Goldie.
—Escúchame, niña. Te han tratado como a un niño durante toda tu vida. Ahora debes crecer a toda prisa. Eres valiente, y eso es bueno, pero también debes ser sabia. Piensa detenidamente antes de tomar decisiones. El museo está lleno de peligros...
—Yo la protegeré —interrumpió Broo.
—Sé que harás cuanto esté en tu mano, querido —dijo Olga Ciavolga—, pero ni siquiera tú puedes garantizar su seguridad en este lugar.
Volvió a dirigirse a Goldie.
—Piénsalo detenidamente. Y después toma una decisión.
Goldie pensó. Pensó en aquella primera noche en la ciudad, en el miedo que había pasado. Pensó en Morg, en el Viejo Rasguño, y en el momento en que había rodeado el peñasco y se había encontrado cara a cara con el iracán. «Y hay cosas peores. MUCHO peores».
¿Se consideraba una persona valiente? No lo creía. ¿Podría soportar quedarse en un lugar tan peligroso?
En su conciencia, la vocecilla repitió las palabras de Olga Ciavolga: Protegemos el museo, y así protegemos también a la ciudad...
Goldie se metió la mano en el bolsillo y estrechó al pajarillo azul entre sus dedos. Su mayor deseo seguía siendo rescatar a mamá y a papá de la Casa del Remordimiento. Pero Flemo tenía razón. Nadie escapaba de ese horrible lugar hasta que finalizaba su sentencia.
Al menos, si se quedaba allí podría ayudar a protegerlos de cosas aún peores. También protegería a Favor, y a Frou y Herro Berg, y al resto de sus amigos.
Inspiró profundamente.
—Me quedo —dijo, con una serenidad que a ella misma le sorprendió—. Haré todo lo posible por ayudar.
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