INSURRECCIÓN
Capitulo XX
INSURRECCIÓN
Capitulo XX
Goldie apenas había tenido tiempo de recomponerse cuando Sinew llegó corriendo hacia ellos.
Estaba pálido.
—He sentido el viento —dijo—. ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué están haciendo esos necios en las dependencias delanteras? ¿Dónde está Olga Ciavolga?
—Ha cruzado la Puerta Furtiva —dijo Flemo.
—¡No! —exclamó Sinew. Entonces se dio la vuelta y echó a correr.
—¡Espera! —gritó Goldie—. Olga Ciavolga dijo que no debías...
Pero Sinew ya había desaparecido.
Los niños salieron detrás de él. Cruzaron las largas salas a todo correr, mientras Morg batía sus pesadas alas por encima de ellos. Cruzaron la sala de la Alimaña, cruzaron la de los Huesos Rotos. Subieron por Monte Harry y después volvieron a bajar. Cruzaron la sala de las Noches Oscuras, la de los Niños Perdidos y la del Corazón de Piedra.
En varias ocasiones atisbaron a Sinew por delante de ellos. Una de las salas se movió cuando estaban a punto de alcanzarlo, y Goldie y Flemo se encontraron en La Milla de la Dama. Al otro lado del vestíbulo, fuera de su alcance, Sinew estaba corriendo a través de una vieja galería hecha de madera que Goldie no había visto antes.
—¡Sinew! —gritó Flemo—. ¡Detente! Pero Sinew ni siquiera giró la cabeza.
Cuando los niños llegaron al fin, jadeantes, a la Puerta Furtiva, Sinew ya estaba allí. Llevaba el arpa colgada del hombro y estaba arrastrando la puerta para abrirla, centímetro a centímetro. Al otro lado de ella, la maleza se estremeció, como si se avecinara una tormenta. El ambiente estaba marcado por el olor de la pólvora.
—¡Sinew! —gritó Goldie—. ¡Olga Ciavolga dijo que no debías salir en su busca!
Pero en ese momento Morg estaba batiendo sus alas sobre sus cabezas y las cuerdas del arpa de Sinew estaban emitiendo un gemido, y Sinew tenía el rostro tan oscuro como la inminente tormenta. Goldie ni siquiera sabía si Sinew la habría oído.
Los niños se lanzaron contra la puerta y trataron de mantenerla cerrada. Pero Sinew era demasiado fuerte para ellos. Poco a poco, se vieron forzados a retroceder.
De repente, Flemo dejó de empujar y se deslizó a través de la creciente apertura. Desde el otro lado de la Puerta Furtiva, miró a Sinew con dureza.
—¡Si tú vas, yo también voy!
Sinew se quedó inmóvil. Negó con la cabeza, como alguien que estuviera intentando despertar de
una pesadilla.
—No seas ridículo, Flemo. Es demasiado peligroso. Además, te necesitamos aquí.
—¡Y a ti también! —dijo Goldie—. ¡Olga Ciavolga dijo que no debías salir en su busca!
El arpa soltó un tañido furioso.
—No pienso dejarla allí. Ella me salvó la vida una vez.
—Entonces deberías hacer caso de lo que te dice —dijo una voz grave— y no salir en desbandada como un cachorrillo desconsiderado.
Era Broo, erguido ante la entrada del otro lado. Goldie nunca lo había visto con un aspecto tan amenazador.
Sinew se ruborizó y abrió la boca para replicar. Después, bajó la mirada hacia sus manos, y la ira pareció disiparse fuera de su cuerpo. Flemo volvió a introducirse por la apertura. En silencio, los tres apoyaron la espalda contra la puerta y la empujaron hasta cerrarla. Sinew se sacó una llave del bolsillo y la giró dentro del candado.
Ninguno parecía saber qué hacer a continuación. Sinew se quedó apoyado sobre la Puerta Furtiva, con el arpa en silencio, los brazos colgando desgarbados a ambos lados del cuerpo. Flemo le pegó una patada a la pared, presa de la ira y el desconcierto.
—Sinew, ¿qué te dijo la Protectora? —preguntó Goldie.
Sinew se quedó inexpresivo durante unos instantes, como si hubiera olvidado de dónde acababa de regresar.
—Ah —dijo—. Va a mandar llamar al Adalid inmediatamente para ordenarle que detenga a los tutores sagrados. Le dije que era urgente.
Se descolgó el arpa del hombro y comenzó a pasearse por el lugar, mientras toqueteaba sus cuerdas.
—Por supuesto, no estaba al tanto de esta última locura de los tablones y los martillos —negó con la cabeza—. Por todos los cerdos silbadores, la situación ya no es urgente, ¡es desesperada! ¿En qué están pensando? ¿Quién está detrás de todo esto? ¿Han perdido el juicio? ¿Son unos salvajes? ¿Tienen alguna idea de en dónde se están metiendo?
Las notas que arrancó de su arpa resonaron por el aire. La hierba, al otro lado de la Puerta Furtiva, se agitó. El olor a pólvora se intensificó.
—Sinew —dijo Broo con su cavernosa voz—. Estás empeorando las cosas.
Sinew levantó de golpe la cabeza. Escuchó las notas que se desvanecían y se puso pálido. Se apresuró a colocar una mano sobre las cuerdas del arpa para enmudecerlas. Después, dobló sus largas piernas, se deslizó hasta el suelo y se recostó con los hombros apoyados sobre la pared.
Y entonces comenzó a tocar el canto primigenio.
A Goldie le pareció que las notas del arpa flotaban por la sala como los rayos del sol. Poco a poco, la hierba que había al otro lado de la Puerta Furtiva se fue apaciguando. El ambiente se despejó un poco. La sensación de peligro persistía, pero ya no era tan inminente.
—El museo sigue escuchándonos —murmuró Sinew—. Al menos podemos dar gracias por eso.
Flemo resopló.
—Nos escucha de momento. Pero ¿qué ocurrirá si la Protectora no consigue detener a los tutores sagrados?
—Lo conseguirá —dijo Sinew—. Debe hacerlo.
—Pero ¿qué pasa si no es así? —dijo Goldie.
Sinew se mordió el labio.
—Imagínate una tetera que está a punto de entrar en ebullición. Si mantienes apretada la tapa y no dejas que salga el vapor, la presión irá creciendo cada vez más. Hasta que la tetera termine por explotar.
—¿Quieres decir que el museo estallará por los aires?
—No exactamente. Pero si la presión se vuelve demasiado fuerte, todo lo que hay al otro lado de la Puerta Furtiva irrumpirá en la ciudad. Guerra. Hambrunas. Enfermedades. Todos los males ancestrales. No hay nada a este lado que pueda enfrentarse a ellos. Miles de personas morirán. La ciudad caerá.
Goldie sintió como si una mano helada le hubiera tocado la nuca. Pensó en mamá y papá, y en la Casa del Remordimiento, con los soldados del otro lado de la Puerta Furtiva marchando hacia ellos. Se estremeció.
—El museo nunca debería haberse llenado de tantas cosas peligrosas e indómitas —dijo Sinew —. Pero los ciudadanos de Alhaja son como la tutora Ilusa con sus tablones y sus martillos. Trataron de apuntalar la vida. Querían ser felices y sentirse seguros todo el tiempo. El problema es que el mundo no funciona así. No puede haber montañas altas sin valles profundos. No puedes sentir una felicidad intensa sin una tristeza enorme. El mundo nunca se está quieto. Se mueve de una etapa a otra, adelante y atrás, como una mariposa que abre y cierra sus alas.
Mientras hablaba, la música pareció retorcerse y enroscarse en torno a sus palabras, de forma que Goldie no estuvo totalmente segura de quién estaba hablando, si el hombre o el arpa.
—Hace muchos años —dijo Sinew—, Olga Ciavolga, Herro Dan y yo nos hicimos una promesa. Que algún día devolveríamos parte de esas cosas indómitas a la ciudad. No mucho. Nada de guerras, ni hambrunas, ni enfermedades. Solo algunos descampados y perros y gatos y aves. Y lugares secretos donde pudieran esconderse los niños cuando quisieran escapar de la mirada de los adultos.
Broo soltó un gruñido a modo de aprobación. Morg emitió un chasquido con el pico. Sinew apartó las manos de las cuerdas del arpa, y la música se prolongó por su cuenta durante unos pocos compases, enroscándose alrededor de Goldie como si fuera una ensoñación.
—Y lo haremos —dijo Sinew—. Algún día.
—Si sobrevivimos —murmuró Flemo con tono sombrío—. Si sobrevive la ciudad.
El Adalid tardó mucho tiempo en responder a la citación de la Protectora. Tanto que resultaba ofensivo. Cuando llegó al fin, entró por la puerta dando zancadas, se sentó y puso los pies encima del escritorio.
La Protectora enrojeció por la ira. Le entraron ganas de echarlo de su despacho de inmediato. Pero las noticias que le había traído Sinew eran graves, así que se prometió que pasaría por alto el comportamiento de su hermano por el momento. Primero, debía asegurarse de detener a los tutores sagrados. Después, podría encargarse de él.
—Me parece que ya te dije —le dijo con frialdad— que no iba a haber ningún tutor residente en el Museo de Coz.
El Adalid esbozó una sonrisa burlona.
—Y he seguido tus instrucciones al pie de la letra, querida hermana.
—¡Hay tutores allí en este momento! —replicó la Protectora—. ¡Y están provocando problemas inconmensurables!
—Pero llegan por la mañana y se marchan por la noche. No se puede decir que sean residentes.
La Protectora pegó un puñetazo en la mesa.
—¡No me vengas con jueguecitos de palabras, hermano! Quiero a tu gente fuera del museo inmediatamente.
El Adalid se recostó en su asiento y bostezó.
—No —respondió.
—No ha sido una petición. Ha sido una orden. Hay fuerzas en el museo con las que no se debe jugar. ¡Vas a sacar de allí a tus tutores ya!
—No —repitió el Adalid.
La Protectora sintió un hormigueo en la coronilla, y por primera vez en años se encontró recordando su séptimo cumpleaños. Su padre, un hojalatero de gran talento, le había construido un perro mecánico. Cuando la Protectora le dio cuerda con una llave diminuta, el perro comenzó a pasearse a su alrededor, emitiendo zumbidos y meneando la cola.
Aquel perro la había fascinado desde el mismo momento en que lo vio. Y lo mismo ocurrió con su hermano, al que le gustaba incluso más porque era de su hermana. De hecho, le gustaba aún más porque era de su hermana.
El Adalid solo tenía cinco años en aquel entonces, pero para cuando cayó la noche se las había ingeniado para convencer a su padre de que el perro era en realidad para él. Tras una incómoda disculpa con su hija, su padre se lo entregó a él. Al cabo de un día el perro estaba roto, y aquella llavecita tan ingeniosa perdida para siempre.
La Protectora sintió un escalofrío. Se puso en pie, consciente de que debía hacer algo que ningún Protector había hecho nunca antes. Y, por el bien de la ciudad, debía hacerlo cuanto antes.
—¡Guardia! —gritó.
La puerta se abrió y el teniente mariscal de la milicia entró con paso marcial en la habitación.
Tenía la espalda erguida. Los ojos en sombras bajo la visera de su gorra. La Protectora señaló a su hermano con un gesto de la cabeza.
—Arréstelo.
El teniente mariscal se quedó inmóvil.
—¿Está sordo? —dijo la Protectora—. ¡Arréstelo!
El teniente mariscal permaneció inmóvil. A la Protectora le pareció que estaba alternando la mirada entre su hermano y ella. Sintió un aguijonazo de pánico.
—¿Qué está pasando aquí? —dijo, tratando de mantener la calma.
Lentamente, su hermano se puso en pie. Dejó escapar un suspiro, como si lamentara lo que estaba a punto de hacer. Le puso una mano en el hombro a la Protectora.
—Desde hace un tiempo parece cansada, excelencia —murmuró—. Los Siete Dioses piensan que
ha llegado el momento de que se tome un buen descanso...
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