SUPERVISIÓN
Capitulo XXIII
SUPERVISIÓN
Capitulo XXIII
La gigantesca puerta se cerró de golpe detrás de Goldie. La barra de hierro regresó a su posición con un clanc que resonó por el patio empedrado. Apenas estaba empezando a anochecer en el mundo exterior, pero allí, entre los elevados muros de Supervisión, el ambiente era oscuro y tenebroso.
—¡No remolonees! —dijo la tutora Ilusa, tirando de las cadenas de castigo—. Tengo cosas más importantes que hacer que quedarme aquí esperando mientras contemplas el paisaje.
Goldie avanzó a trompicones hacia el alto edificio que se erguía en el extremo contrario del patio. A primera vista parecía acogedor. La luz de la entrada era suave y cálida, y el propio edificio tenía unas terrazas ligeramente curvadas y unas ventanas altas y elegantes. Pero en cuanto Goldie se acercó más comprobó que aquellas ventanas estaban reforzadas con barrotes, y que las terrazas estaban cubiertas de cristales rotos.
Una gélida desesperación le encogió el corazón. Se metió la mano en el bolsillo y cerró los dedos en torno al pajarillo azul. «Tengo que escapar. ¡Me escaparé! ¡Lo haré!».
La tutora Ilusa la guio por los escalones y a través de la puerta principal como si fuera un verdugo que lleva a un prisionero hacia el patíbulo. Había otro tutor en el vestíbulo. Era completamente calvo, y estaba acuclillado detrás de su escritorio como si fuera un sapo.
—Golden Roth, fugitiva —dijo la tutora Ilusa—. Cadenas en ambas piernas. Sin privilegios.
Le quitó las cadenas de castigo. Después, sin mirar una sola vez más a Goldie, se marchó.
La siguiente media hora fue bastante confusa. Condujeron a Goldie fuera del vestíbulo y la guiaron por un largo pasillo tras otro; a veces la acompañaba un tutor sagrado; a veces dos. Durante el trayecto, dejó de ser Goldie Roth y se convirtió en la Número 67: Fugitiva.
Al final de uno de los pasillos la empujaron al interior de una habitación de hormigón, húmeda y fría, y le dijeron que se desvistiera. Mientras lo hacía, la vocecilla de su conciencia le susurró: Las tijeras.
Goldie forcejeó con su babi, como si estuviera teniendo problemas para sacar el brazo por la manga. Uno de los tutores la agarró y comenzó a tirar del babi hacia un lado y hacia el otro, mientras se quejaba de lo torpes que eran los niños. Aprovechando la distracción, Goldie ocultó las tijeras en la mano, tal y como le había enseñado Herro Dan.
La hicieron meterse bajo una ducha helada y frotarse hasta que se le irritó la piel, pero durante todo ese tiempo mantuvo las tijeras escondidas en la mano. Y menos mal que lo hizo. Cuando al fin estuvo seca y limpia, le quitaron su ropa y le dieron un babi gris y unos leotardos que olían como si los hubieran llevado un centenar de niños, y que cada uno de ellos hubiera muerto de tristeza.
—Vaya, mirad qué bonito —dijo una tutora sagrada, sosteniendo en alto el broche azul esmaltado
de Goldie.
—¡Eso es mío! —dijo Goldie.
—Corrección —dijo la tutora sagrada—: era tuyo. ¡Vuela, pajarito! —y se metió el broche en el bolsillo de la toga. Después sacó la brújula de Goldie—. Supongo que esto también es tuyo, ¿verdad? Bueno, esto puedes quedártelo. No te servirá de mucho aquí dentro.
Entonces soltó una estridente y desagradable carcajada nasal, y siguió riéndose durante todo el trayecto a través de un nuevo pasillo, hasta que llegaron ante una robusta puerta de madera con un cerrojo inmenso de color negro.
La tutora descorrió el cerrojo y abrió la puerta de un empujón.
—¡Silencio! —gritó, aunque no se escuchaba ningún ruido al otro lado—. ¡Nada de hablar! ¡La vista al suelo si queréis mantener vuestros privilegios!
La habitación era larga y había al menos veinte camas alineadas a lo largo de los bordes. La mayoría de ellas parecían ocupadas. La tutora sagrada condujo a Goldie entre ellas, agarrándola por la nuca para que no pudiera mirar a los lados. A mitad de camino de la habitación, se detuvo y empujó a Goldie hacia una cama vacía con sábanas y mantas grises.
—Bienvenida a tu nuevo hogar —dijo, y volvió a soltar una carcajada nasal.
Había un enganche de metal en el muro, sobre la cama, del que colgaban unas cadenas y grilletes. La tutora sagrada bajó los grilletes y los cerró en torno a los dos tobillos de Goldie, de forma que sus piernas quedaron en una postura incómoda que apenas le permitía moverse. La tutora introdujo un candado a través del agujero de los grilletes.
—¡Cadenas dobles! —dijo—. ¡Has sido una niña mala!
Se sacó una placa del bolsillo y la colgó en un gancho que había sobre la cama, junto al enganche de hierro. Después, haciendo aletear su toga, se dio la vuelta y marchó con largas zancadas hacia la puerta.
—Buenas noches, que soñéis con los angelitos —dijo—. ¡Y que las tarántulas no os muerdan ni un poquito! —y con un último bufido que pretendía ser una carcajada, cerró con un portazo, echó el cerrojo y se marchó.
Goldie se sentó en la cama, con la brújula agarrada en una mano y las tijeras en la otra. Sentía todo el cuerpo frío y entumecido. Los grilletes que tenía en los tobillos parecían querer aferrarla al suelo. Al otro lado de la habitación, alguien comenzó a sollozar; era un sonido que evocaba miedo y desesperación.
—Calla, Rosita —murmuró una voz cercana—. En realidad no hay tarántulas. Ya sabes que solo lo dice para asustarnos.
—Ojalá hubiera tarántulas —dijo otra voz diferente—. Podríamos amaestrarlas para que le pegaran un mordisco a la tutora Dicha.
Una risita silenciosa se extendió por la habitación, pero no tardó en apagarse. En algún lugar se oyó el traqueteo de una cadena. Los sollozos se detuvieron.
—¿Cómo te llamas?
Aquella voz pertenecía a la misma persona que quería amaestrar a las tarántulas. Goldie oteó la habitación. La única fuente de luz procedía de un débil farolillo que titilaba y humeaba como si se fuera a apagar de un momento a otro. «Me siento igual que ese farolillo», pensó Goldie.
—¡Es una fugitiva! —susurró otra voz—. ¡Eso es lo que pone en su placa!
—¿Una fugitiva? No me lo creo.
—¡Es es lo que pone, mira!
—Sigo sin poder creerlo.
—¡Es la primera vez que tenemos una fugitiva!
—¿Pensáis que habrá traído comida?
—¡Ojalá! ¡Un pan de plátano caliente!
—¡Natillas de mango con nata!
—¡Pasteles de almendra!
Los cuchicheos correteaban de un extremo a otro de la habitación como si fueran ratones. Goldie empezaba a acostumbrar la vista a la escasez de luz, y contó veintitrés niñas sentadas en sus camas, que la miraban fijamente. La más pequeña no tendría más de tres o cuatro años, y la más mayor aparentaba unos quince. Todas estaban escuchimizadas y tenían un aspecto lastimoso, pero había una expresión de curiosidad en sus miradas y parecían amigables. Todas ellas llevaban cadenas de custodia, y unas cuantas también tenían grilletes en los tobillos.
—¿Cómo te llamas? —la pregunta procedía de una niña pequeña y de cabello oscuro, a cuatro camas de distancia en el lado opuesto de la habitación.
Esta vez Goldie se animó a responder.
—Goldie Roth.
—Se llama Goldie Roth. —Se llama Goldie Roth.
La información se fue transmitiendo por la estancia, susurrada de una niña a otra hasta que desapareció entre las sombras del extremo contrario de la habitación.
—¿De verdad te fugaste? —la niña del cabello oscuro parecía hacer las preguntas en nombre de las demás.
Le faltaban unos años para ser la mayor, pero incluso bajo aquella luz tenue se podía percibir un cierto brillo y obstinación en su rostro.
—Claro que no, Linda —dijo la niña que estaba en la cama situada a la derecha de Goldie. Era una de las mayores—. Nadie se fuga, es imposible.
—No es imposible —dijo Linda—. Ya te lo he dicho antes, Candor. Y esto lo demuestra.
—¿Qué es lo que demuestra? —dijo Candor—. Los tutores sagrados cometieron un error, eso es todo. O quizá se hayan hartado de escribir «Peligrosa» —señaló con un gesto hacia su propia placa. Sin muchas ganas, Goldie negó con la cabeza.
—No es un error. Sí que me escapé.
Linda emitió un silbido, satisfecha.
—¡Te lo dije!
—No era mi intención —dijo Goldie—. Es que... me iban a separar aquel día y entonces cambiaron de opinión por lo de la bomba. Así que me escapé.
Entonces comenzó a preguntarse por qué se había molestado. Al final no había cambiado nada. Ahí estaba, aún más encadenada que antes. Broo seguramente se estaría desangrando, Sinew y Flemo habían sido capturados, había muchas posibilidades de que Olga Ciavolga y Herro Dan ya estuvieran muertos..., y si Sinew estaba en lo cierto, los demás no tardarían mucho en correr la misma suerte.
A su alrededor, los cuchicheos comenzaron de nuevo.
—La tutora Dicha nos contó lo de la bomba. ¡Murieron veinte niños!
—¡Y otros veinte perdieron los brazos y las piernas!
—¡Y otros veinte se quedaron ciegos!
—La tutora Dicha dijo que el artificiero no tardaría mucho en regresar...
—... y que vendrá buscando un nuevo objetivo...
—... ¡un lugar con montones de niños a los que poder matar de una tacada!
—¡Un lugar como Supervisión!
Rosita volvió a sollozar, era la niña pequeña que tenía miedo de las tarántulas.
—¿Es cierto? ¿El artificiero va a venir aquí?
Goldie no tenía ganas de seguir hablando.
—No —dijo, tajante—. Y solo murió una persona.
—¿Lo veis? Os lo dije —repitió Linda, mirando en derredor—. Es como lo de las tarántulas, no podemos creernos nada de lo que nos cuentan. No hay nada horrible acercándose a nosotros. O al menos, nada más horrible que la tutora Dicha.
Se escucharon nuevas carcajadas ahogadas.
«¿Cómo es posible que alguien se ría en este lugar?», pensó Goldie. Dejó caer las tijeras y la inservible brújula sobre la mesilla que había junto a la cama y arrastró sus piernas encadenadas para subirlas a la cama. Después se tumbó boca arriba, cerró los ojos y trató de ignorar la oleada de preguntas que le lanzaban las demás.
—Entonces ¿cómo te escapaste?
—¿Adónde fuiste?
—¿Qué se siente al estar solo en la calle?
—¿Qué comiste?
—Eso, ¿qué comiste?
—¿Echaste de menos a tu mamá? ¿Lloraste?
—Yo habría llorado.
—¿Cuánto tiempo estuviste por ahí?
—¡Quiero saber qué es lo que comió!
La niña que se llamaba Candor soltó una risita desdeñosa y dijo:
—No me digáis que os lo creéis. Yo pienso que se lo ha inventado todo.
Goldie sintió una oleada de irritación. Hizo lo posible por ignorarla. ¿De qué serviría enfadarse? No podía hacer nada.
—Nadie se escapa —prosiguió Candor—. En cuanto te viera alguien, te delataría. Sabéis que es así, los tutores tienen aterrorizado a todo el mundo. Yo diría que esta niña es una especie de espía.
Creo que los tutores la han metido aquí para descubrir nuestros secretos.
Goldie no tenía intención de reaccionar. Quería quedarse allí tumbada, adormecida, sin pensar en nada importante. Pero la ira volvió a avivarse en su interior, como una chispa que no se hubiera extinguido del todo.
Se incorporó.
—¿Por qué deberían importarme vuestros estúpidos secretos? —le espetó—. ¡Están ocurriendo cosas de las que no tenéis la menor idea! Y sí que se está acercando algo horrible.
Hizo una pausa, recordando las palabras de Sinew. «Todo lo que está al otro lado de la Puerta Furtiva irrumpirá en la ciudad. Guerras. Hambrunas. Enfermedades. Morirán miles de personas. La ciudad acabará cayendo».
—Al menos —prosiguió—, llegará si nadie lo detiene.
—¿Qué quieres decir con lo de algo horrible? —dijo Linda.
—¿Como el artificiero? —susurró Rosie—. ¡Pero si acabas de decir que el artificiero no iba a venir!
—¿Y quién va a detenerlo, sea lo que sea? —dijo Candor, con tono sarcástico—. ¿Tú?
«Morirán miles de personas. La ciudad acabará cayendo».
Goldie inspiró profundamente.
—Sí, yo —dijo—. Flemo y yo. Tenemos que detenerlo.
En cuanto pronunció aquellas palabras, Goldie supo que tenía razón. No era momento de perder la esperanza. Sinew, Olga Ciavolga y Herro Dan esperarían algo más de ella. Debía ser como esos niños que cargaban con sus hermanitos a través de la noche...
—¿Flemo? —dijo Linda, con gesto de extrañeza—. ¿Quién es Flemo?
—Un chico —dijo Goldie—. Otro fugitivo.
—¿Cómo es?
—Bueno, un poco bajito. Y moreno. De la misma edad que yo, creo. Y tiene un pronto terrible, pero también es leal y valiente, lo cual es bueno si está de tu lado. En realidad se llama Precavido, pero la verdad es que no le pega nada.
Al escuchar esas palabras, a Linda se le iluminó el rostro como el más brillante de los soles.
—¡Os lo dije! —exclamó, dirigiendo una sonrisa a las demás niñas—. ¡Mi hermano sigue vivo!
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