LA PUERTA FURTIVA
Capitulo XVII
LA PUERTA FURTIVA
Capitulo XVII
La Puerta Furtiva estaba situada en un punto tan adentrado del museo que Goldie nunca se había aventurado por allí. Estaba hecha de hierro, pero no de una única pieza sólida, sino de franjas soldadas entre sí, como si fuera un panal gigante. Tenía un color parduzco a causa del óxido y estaba encajada en la pared con tanta precisión que no había ninguna oquedad ni por arriba ni por abajo. En el lado derecho había una enorme cerradura.
Morg estaba posada sobre una de las franjas de hierro. Comenzó a batir sus alas en cuanto los vio.
—¡Gueeerraaa! —graznaba—. ¡Gueeeeerraaaaa!
Goldie sintió un escalofrío.
—¿A qué se refiere? ¿Por qué dice eso?
—Eso es lo que hay al otro lado de la Puerta Furtiva —dijo Flemo, muy serio—. Las salas de la guerra. Las salas de la peste. Las salas del hambre. Todas las cosas horribles que ocurrieron en los primeros tiempos de Coz. Todo sigue aquí, en el museo. La mayor parte del tiempo está contenido y no causa problemas, pero algo debe de haberlo despertado. Ya has oído los disparos. Ven a mirar.
Goldie avanzó cautelosamente hacia la puerta y se asomó a través de los agujeros del panal, algunos de los cuales tenían el tamaño suficiente como para poder escalar por ellos. Al principio no vio más que una pradera cubierta de maleza, pero entonces Flemo señaló hacia un destello de color blanco que había a lo lejos, en el lado izquierdo.
—¿Ves esas tiendas de campaña? Es un campamento militar —dijo—. Esta es la primera de las salas de la guerra.
—¿Contra quién están luchando?
—Contra nadie. Contra todos. No lo sé. No es más que una... guerra.
A Goldie le pareció percibir movimiento cerca de las tiendas. Retrocedió un paso rápidamente. —¿No nos verán? ¿No tratarán de echar abajo la puerta? ¿O nos dispararán?
Flemo negó con la cabeza.
—Mientras la puerta permanezca cerrada, ellos no podrán verla ni atravesarla.
Mientras hablaba, se sacó una navaja plegable y un trozo de alambre del bolsillo. Deslizó la punta de la navaja hacia el interior de la cerradura e introdujo el alambre por encima de ella. Entonces empezó a moverlo cuidadosamente adelante y atrás. Broo soltó un gruñido ahogado.
—¿Qué estás haciendo? —dijo Goldie.
Flemo estaba pálido, pero aun así tenía la mandíbula apretada y una expresión de tenacidad.
—Herro Dan debería haber vuelto anoche —habló despacio, concentrado como estaba en la cerradura—. Supongo que oyó los disparos y vino hasta aquí para ver qué estaba ocurriendo, y los soldados lo capturaron. Seguramente pensaron que era un espía. Voy a ver si lo tienen retenido. Y si es así, lo sacaré de allí.
—¿No deberíamos ir primero a buscar a Olga Ciavolga? ¿O a Sinew?
—No hay tiempo. Podrían pegarle un tiro a Herro Dan en cualquier momento.
—¡Puede que ya lo hayan hecho!
—Si hubiera sido así, lo sabríamos... ¡Lo tengo! —dijo Flemo. Se escuchó un sonoro chasquido y el candado se abrió. Flemo volvió a guardarse la navaja y el alambre en el bolsillo—. ¿Vienes?
Piénsalo bien, susurró la vocecilla de la conciencia de Goldie. Piénsalo bien antes de lanzarte al peligro.
Pero Goldie no quería pensárselo bien, no si Herro Dan podía llevarse un tiro en cualquier momento.
—¡Por supuesto que voy! —dijo.
La Puerta Furtiva pesaba tanto que los dos niños apenas pudieron moverla. La abrieron lo suficiente como para poder escurrirse a través de la abertura.
—Vamos, Broo —dijo Flemo—. No podemos dejar abierta la puerta mucho tiempo.
Broo no se movió. Se quedó al otro lado de la puerta, con todo el lomo blanco erizado.
—Iremos sin ti —dijo Flemo.
Aun así el perrillo permaneció inmóvil.
—Pues quédate ahí. Ya ves lo que me importa.
Los niños arrastraron la puerta hasta cerrarla y después se lanzaron cuerpo a tierra sobre la hierba. A Goldie le latía con fuerza el corazón. ¿Cómo era posible que un lugar como ese fuera una sala? ¿Cómo era posible que estuviera en el interior del museo? Tenía la sensación de haber entrado en un país totalmente distinto.
No alcanzaba a ver ningún techo, y el cielo estaba muy alto y tenía un tono pálido.
Por encima de su cabeza, en las alturas, una docena de siluetas negras y premonitorias flotaban por los aires como motas de ceniza.
—¡Mira! —susurró Flemo, señalando hacia el cielo—. ¡Aves carniceras!
Goldie oyó un gemido ahogado y giró la cabeza. La Puerta Furtiva era poco más que un destello en la hierba que se extendía por detrás de ella. Apenas podía identificar uno de los agujeros del panal, y vio que Broo se estaba encogiendo para pasar a través de él. Confió en que hubiera decidido acompañarlos a pesar de sus reticencias, pero en vez de eso se acurrucó en el interior de la puerta y apoyó la cabeza encima de las patas.
—No avanzará más allá de ese punto —susurró Flemo—. No tiene sentido esperarlo.
Flemo cogió un puñado de barro y se lo extendió por el rostro y los brazos. Con las manos temblorosas, Goldie lo imitó.
Entonces los dos niños comenzaron a arrastrarse hacia aquel remoto campamento militar.
Antes de que estuvieran cerca siquiera de las tiendas de campaña, Goldie percibió un olor a humo, letrinas, cerveza, sangre y estiércol, y un puñado de cosas más que no consiguió identificar. Arrugó la nariz, asqueada. Por el rabillo del ojo vio que Flemo hacía lo mismo. Le entraron ganas de reír. Aquello le insufló nuevas fuerzas, y cuando al fin llegaron a los límites del campamento se asomó entre la maleza casi con tanta curiosidad como pavor.
Justo delante de ella, el suelo estaba embarrado y pisoteado, como si una bestia enorme y hambrienta lo hubiera atravesado por la noche. Había una serie de tiendas de campaña rudimentarias y unas carretas anticuadas que parecían sacadas de un libro de historia. Había unos desagradables cañones negros asentados sobre ruedas enormes, y bueyes, gallinas, cabras y cerdos que husmeaban entre el lodazal.
Al lado de las tiendas había varias fogatas hechas con rocas. Sobre cada una de ellas, un caldero colgaba de un garfio de hierro. Pero no había ni rastro de soldados. Salvo por el lento devenir de los animales y los picotazos de las gallinas, el campamento estaba sumido en una calma absoluta.
Flemo se llevó un dedo a los labios y reptó un poco hacia atrás. Goldie lo siguió, pensando en los animales y las aves, en el terreno descubierto y en cómo harían para cruzarlo.
—No hay caballos —susurró Flemo—. Deben de haber salido a combatir. Si tenemos suerte, tendremos ocasión de registrar el campamento antes de que regresen.
—Debemos andarnos con cuidado —susurró Goldie—. Puede que hayan dejado unos cuantos... Se interrumpió. Oyeron unas pisadas que se dirigían hacia ellos.
—... ¡centinelas! —siseó.
Se quedó tumbada sobre la hierba. Flemo hizo lo mismo. Las pisadas retumbaban en dirección a ellos, fuertes y despiadadas sobre el suelo desnudo. Izquierda derecha, izquierda derecha, izquierda derecha. Eran dos hombres. Los dos parecían muy peligrosos. Goldie hundió el rostro en el suelo y trató de contener los temblores que le aquejaban.
Izquierda derecha, izquierda derecha, izquierda derecha. Las pisadas se encaminaban hacia su escondite. La hierba se agitaba. A Goldie le latía el corazón a toda velocidad.
IZQUIERDA DERECHA, IZQUIERDA DERECHA, IZQUIERDA DERECHA. Por un instante,
pareció como si los centinelas fueran a pasar caminando por encima de ellos. Pero en vez de eso pasaron de largo, siguiendo el borde de la maleza que marcaba los límites del campamento.
Goldie se quedó inmóvil durante un buen rato después de que se marcharan. Tenía un calambre en una pierna y pensó que jamás volvería a ser capaz de moverse. Pero cuando Flemo se puso en cuclillas y echó a correr a campo abierto hasta protegerse tras la primera carreta, salió detrás de él.
Fue algo extrañísimo, adentrarse en aquel campamento casi desierto. De las fogatas emergían hilillos de humo, como si acabaran de apagarlas. Había moscas zumbando en torno a los calderos.
Los bueyes pegaron un pisotón en el suelo y menearon la cabeza mientras Goldie y Flemo pasaban.
A medida que avanzaban a cubierto, de una carreta a otra, Goldie sintió un cosquilleo en la piel por la certeza de que los centinelas podrían regresar en cualquier momento. Trató de decirse que aquella era una guerra de hacía cientos de años, que ya estaba terminada y superada, que seguramente no podría hacerle daño. Pero el campamento que le rodeaba era tan real como la vida misma. Las moscas se asentaron sobre su rostro y sus brazos. Tropezó al avanzar sobre pequeños montículos de barro. En las alturas, las aves carniceras ejecutaban su fatídica danza.
Muchas de las tiendas estaban abiertas, y los niños pudieron ver a simple vista que no había nadie en su interior. Pero según se fueron acercando al centro del campamento, encontraron cada vez más tiendas cerradas. No se atrevieron a abrirlas por si acaso había alguien dentro, así que en vez de eso acercaron la cabeza a la superficie de lona y aguzaron el oído. No oyeron nada.
Siguieron avanzando en silencio. El sol se proyectaba con fuerza sobre sus cabezas. Una nube de mosquitos se congregó a su alrededor, y tras conseguir espantarlos siguieron adelante.
En un momento dado oyeron las pisadas de los centinelas en la distancia. Se lanzaron detrás de la carreta más cercana hasta que el sonido se desvaneció. Después volvieron a salir a rastras, se sacudieron el polvo de encima y siguieron avanzando.
Goldie tenía apoyada la oreja contra otra tienda cuando lo oyó. Al otro lado de la lona, había un hombre canturreando en voz baja.
—Oh ou ou-ou. Mm mm ou ou ou-ou ou.
—¿Herro Dan? —susurró.
El hombre dejó de cantar.
—¿Goldie? ¿Eres tú?
—Estoy con Flemo.
—¿Qué estáis haciendo aquí?
—¡Hemos venido a rescatarte! —susurró Goldie.
Le hizo gestos como loca a Flemo, que se acercó a toda prisa. Cuando el muchacho oyó la voz de Herro Dan, cerró los ojos un instante y tragó saliva, como si tuviera algo atascado en la garganta.
—Me he roto una pierna —susurró Herro Dan—. Ni siquiera se han molestado en ponerme vigilancia. Saben que no puedo ir a ninguna parte.
—Pero...
—Tenéis que regresar. Es demasiado peligroso que os quedéis aquí.
—Regresaremos —dijo Flemo—. Y te llevaremos con nosotros.
El muchacho sacó la navaja y comenzó a cortar las correas que mantenían cerrada la tienda.
—Escúchame bien, muchacho —le instó Herro—. Vais a regresar y a decirle a Olga Ciavolga que las salas de la guerra se están poniendo en marcha.
—Lo sabemos. Oímos los disparos —dijo Goldie.
—Me parece que el conflicto se ha cansado de esperar —dijo Herro Dan—. Ahora está galopando hacia nosotros, a toda velocidad. Debéis descubrir por qué. ¿Qué ha cambiado? ¿Qué es diferente? ¿Qué está revolviendo al museo de esta manera?
—Podrían ser los tutores sagrados —dijo Goldie.
—¿Qué pasa con ellos? —preguntó el anciano, preocupado.
—Están tratando de diseñar un mapa.
Escucharon un siseo furioso al otro lado de la lona.
—¡No! ¡El museo no lo tolerará! ¡No me extraña que las salas de la guerra se estén moviendo!
¡Hay que detener a los tutores! Decidle a Sinew que vaya a ver a la Protectora y...
Se interrumpió. Goldie oyó unas pisadas propias de un calzado grueso.
—¡Marchaos! —susurró Herro Dan—. ¡Ahora!
Esta vez, los niños le obedecieron. Flemo cerró su navaja, y Goldie y él se pusieron en pie y echaron a correr. Corrieron en silencio, con la cabeza agachada, zigzagueando entre las tiendas y las carretas, tratando de mantener algún obstáculo entre ellos y las fuertes pisadas.
—¡Eo! ¿Ande os creis que vais?
Goldie se detuvo tan en seco que estuvo a punto de caerse al suelo. Un soldado había aparecido por detrás de una de las carretas, cortándoles el paso. Vestía como alguien surgido de las profundidades de la historia, con unos pantalones bombachos, medias y un chaquetón de manga larga de un color gris tan oscuro que parecía absorber toda la luz del entorno. Estaba apuntando con su anticuado mosquete a la cabeza de Flemo.
Un segundo soldado llegó al trote por detrás del otro. Se quedó mirando a los niños, con una expresión severa en sus ojos azules.
—Unos rapaces soplones, ¿eh? —dijo.
Tenía un acento tan marcado que Goldie tardó un rato en comprender lo que decía. Cuando se dio cuenta de que pensaban que eran espías, sintió como si el corazón se le congelara en el pecho.
—¿Quién sus ha mandao aquí? —dijo el primer soldado, mientras hincaba a Flemo con la punta de su mosquete—. ¿Venís con er otro soplón? ¿Er viejo?
Flemo se encogió, asustado, pero no dijo nada. El soldado se inclinó hacia ellos y guiñó un ojo, como si fuera a revelarles un asombroso secreto. Tenía el rostro cubierto de mugre y la piel enrojecida y pelada. Apestaba a tabaco y el aliento le olía a rancio.
—Le pegaremos un tiro ar viejo a no mucho tardá —dijo—. Pero no vamo a esperá tanto. Yo digo que a vosotros os disparo ya.
No estaba mintiendo. Goldie lo percibió en su voz. Se lo vio en la cara. A aquel tipo le daba igual la vida humana. Iba a pegarles un tiro, aquí y ahora. A no ser que encontrara una forma de detenerlo...
El soldado apuntó el cañón de su mosquete hacia ella.
—¿Quién va prímer? —dijo—. ¿La chiquiya? —después dirigió su arma hacia Flemo—. ¿O er niniato?
Goldie sintió unos temblores tan fuertes que pensó que iba a romperse en pedazos. Pero al mismo tiempo, su mente estaba funcionando a toda velocidad. Los soldados tenían pinta de haberse pasado toda la vida combatiendo. ¿Qué sabrían acerca de los niños? Poca cosa, seguramente. Así que si se comportaba como si fuera más pequeña de lo que era, y un poco tonta...
El soldado bajó el arma.
Goldie soltó una risita.
Era un sonido tan inesperado, en vista de las circunstancias, que los dos soldados y Flemo se quedaron mirándola desconcertados. Goldie volvió a reírse, tratando de aparentar que tuviera el cerebro de un mosquito.
—Ay, qué susto me habéis dado —dijo—. ¡Fíjate qué armas tan grandes! ¡Dan mucho miedo! Seguro que sois muy valientes, al ser soldados. Ojalá yo fuera un soldado. ¿A ti no te gustaría ser soldado, Flemo? ¿No te parecen maravillosos? ¿No te parece que dan mucho miedo?
Agarró la mano de Flemo entre las suyas, de una forma que quiso que pareciera infantil. Meneó los dedos sobre su piel. Mimetismo por simulación.
Flemo abrió ligeramente los ojos. Después torció el gesto en una sonrisa bobalicona.
—Si fuera soldado —exclamó—, yo también daría miedo. ¡Y desfilaría! —comenzó a balancear
los brazos y a caminar en el sitio—. ¡Y pelearía! —apuntó a Goldie con una pistola imaginaria—.
¡Pum! ¡Estás muerta!
Uno de los soldados bajó ligeramente el mosquete y se rio.
—Mu bien, chico. Las disparao a tu hermana. ¡Eres tó un soldao!
El segundo soldado los seguía observando con recelo.
—¿Qu’hacéis aquí? —gruñó— Estosún campamento militá, no’l patio un colegio.
—Nuestro perro se escapó y lo estábamos buscando —dijo Goldie, que se quedó mirando al soldado con cara de niña buena—. ¿Lo han visto? Es blanco y pequeñito. Y es muy gordo. ¿A que sí, Flemo?
—Sí, es un tocinete —dijo Flemo.
—Papá dice que podríamos hacer una barbacoa con él —dijo Goldie—. Pero lo dice en broma. Nadie le haría daño a Broo. Es pequeñito y adorable. Y no mataría ni a una mosca.
Los soldados intercambiaron una mirada. Goldie pudo adivinar lo que estarían pensando. «Un perrillo rollizo. Un perrillo rollizo a la barbacoa. Ñam, ñam».
No tardaron mucho en decidirse.
—Sus ayudaremo a encontrarlo —dijo el primer soldado—. Nos gustan los perros.
—Nos gustan muy mucho —dijo el segundo. Se relamió, y los dos se echaron a reír.
—¡Ay, gracias! —dijo Goldie—. Seguro que no está lejos. Podemos probar a llamarlo a ver si viene.
—Pos vale —dijo el segundo soldado—. Y cuando venga, le daremos una buena bienvenía —se aflojó el cuchillo en el cinto.
Goldie tomó aire.
—¡Broo! —llamó—. ¿Dónde estás?
—¡Broo, gamberrete! —gritó Flemo—. ¡Ven aquí de una vez!
—¡Ven a salvarnos de estos soldados que dan tanto miedo! —rio Goldie.
Los soldados también soltaron una desagradable carcajada. El primero de ellos desenfundó su cuchillo y comenzó a pasar el pulgar por el filo.
—¡Perrico! —gritó—. ¡Ven pacá rápido! ¡Tenemos un regalito pa ti!
Goldie atisbó un movimiento entre la maleza. Sintió que el brazo le pesaba como si estuviera hecho de plomo, pero con un gran esfuerzo lo levantó y señaló en dirección contraria.
—¡Mirad! —dijo— Ahí está.
Los soldados se dieron la vuelta, riendo...
Se oyó un rugido furioso y Broo emergió de entre la maleza, por detrás de los soldados. Era negro como la noche y grande como un león. Tenía los ojos rojos y pegaba dentelladas al aire con sus enormes fauces.
Los soldados se dieron otra vez la vuelta y lo vieron. El primero soltó un grito y trató de encañonarlo con el mosquete, pero Broo ya se había abalanzado sobre él y lo tiró al suelo, con los dientes en su pescuezo.
El segundo soldado estaba pálido como un muerto. Retrocedió, con las manos temblorosas, los dedos tensándose sobre el gatillo...
Se escuchó un batir de alas, y el aire a su alrededor se cubrió de repente con un puñado de plumas negras y un pico curvo y despiadado. El soldado soltó un alarido y dejó caer su mosquete. Broo levantó la cabeza. Tenía el hocico manchado de sangre.
—¡CORRRRRRED! —gruñó.
Goldie y Flemo echaron a correr.
↓LEE EL SIGUIENTE CAPITULO ↓