SOLA
Capitulo V
SOLA
Capitulo V
Goldie se acurrucó en el interior de la cabina de un pequeño carruaje marítimo privado. Temblaba a pesar del calor que hacía. Le dolía la cabeza y tenía las piernas agarrotadas, pero no se atrevió a moverse. El carruaje marítimo estaba amarrado en el muelle de la Bestia, y estaba rodeado de barcazas y acuabuses. Era un milagro que hubiera conseguido llegar tan lejos sin que nadie la viera.
Ahora que podía reflexionar con más calma, se sintió horrorizada por lo que había hecho. Contempló los restos de la cinta blanca de seda que llevaba en la muñeca.
—¡Idiota! —susurró—. ¡Idiota, idiota, idiota!
Escuchó un traqueteo en la barca contigua y se mordió los nudillos. ¿La habría oído alguien? ¿Se estarían acercando? ¿Qué harían si la atrapaban?
Cerró los ojos con fuerza y esperó. El traqueteo cesó. Oyó reír a un hombre. El carruaje marítimo se mecía suavemente de un lado a otro. Lentamente, Goldie abrió los ojos.
Sobre su cabeza estaba el timón de madera que se usaba para dirigir la embarcación. A cada lado del timón había unos asientos estrechos revestidos con piel de oveja. El resto de la cabina estaba vacío. Sin tutores sagrados. Sin papá y mamá.
Por primera vez en su vida, Goldie estaba completamente sola.
Se apresuró a cerrar de nuevo los ojos. Era la primera vez que oía que su corazón latiera tan fuerte. Se preguntó si se estaría contagiando de una fiebre. Le temblaban los brazos y las piernas. Hizo un esfuerzo desesperado por contener las lágrimas.
Pero entonces recordó el grito de consternación que había soltado mamá cuando la Protectora alzó las tijeras. Recordó cómo papá le había acariciado la cabeza. Pensó en lo mucho que los quería.
Las lágrimas corrieron por su rostro. El miedo y la pena se asentaron como dos puños gemelos en su interior.
Perdió la noción del tiempo que pasó allí, llorando en silencio en el interior de aquel bote que se mecía lentamente. Le pareció que habían pasado horas. Cuando se le agotaron las lágrimas, tenía los labios secos y agrietados por la sed. Cambió ligeramente de posición y su estómago soltó un gruñido.
Trató de distraerse pensando en lo que estaría haciendo Favor en ese momento. Pero su mente giró en otra dirección y se descubrió pensando en los artificieros asesinos.
Y en perros furiosos.
Y en comerciantes de esclavos.
Sintió un hormigueo en la piel. Se sentía como una ostra que había cometido la estupidez de escapar de su concha y ahora no tenía nada con lo que protegerse. Se sacó las tijeras del bolsillo y las apretó con tanta fuerza que le dio un calambre en los dedos.
El día avanzó con insoportable lentitud. El agua golpeaba el casco de la embarcación. Los motores zumbaban. Los pasajeros de las embarcaciones vecinas intercambiaban instrucciones a gritos.
—¡Despacio! ¡Despaaaacio! ¡Por ahí no, cegato! ¡Por aquí!
Al fin, la porción de cielo que se atisbaba desde los ojos de buey comenzó a oscurecerse, y se disiparon los ruidos de los trabajadores. En alguna parte, alguien estaba cocinando pescado.
El olor le recordó que estaba muerta de hambre. Tan silenciosamente como pudo, estiró las piernas para desentumecerlas y sintió un aguijonazo de dolor que le hizo torcer el gesto. Después, se arrastró por el suelo de la cabina y se asomó por el ojo de buey más cercano.
Los acuabuses habían desaparecido, así como algunas de las barcas. Aquellas que quedaban tenían las cortinas echadas y las luces atenuadas.
Lentamente, Goldie volvió a gatas hacia la pequeña cubierta, preparada para volver a esconderse si alguien aparecía de improviso. Cuando se aseguró de que no había nadie en las proximidades, descendió por el borde del carruaje marítimo hasta el muelle y subió los escalones que conducían a la calle.
Había una verja en lo alto de los escalones. Goldie no se atrevió a abrirla por si acaso chirriaba. Trepó por encima de ella, o más bien, medio trepó y medio cayó por el otro lado. Después echó a correr por el viejo camino de sirga, con el corazón latiendo y traqueteando como un motor.
La noche era oscura y las calles del barrio antiguo estaban sumidas en el silencio, como si todo el mundo estuviera tan conmocionado por los eventos acaecidos durante el día que se hubieran ido a la cama pronto y hubieran hundido la cabeza en las mantas. Goldie abandonó el camino de sirga y emprendió la ruta hacia la plaza de la Desolación.
Cada vez que escuchaba un ruido extraño, el corazón amenazaba con escapársele del pecho. No dejó de tropezar y trastabillar sobre el camino empedrado, y cuando llegó a una esquina titubeó, preguntándose cuál sería el mejor camino a seguir. Su deseo había sido librarse de la cadena de custodia, pero ahora le parecía extrañísimo no tener a alguien que le dijera qué hacer, que le instara a seguir por un camino u otro, alguien que la apartara del peligro y estuviera allí para recogerla si se caía. Era como volver a ser un bebé que tiene que aprender a caminar.
Su propia calle, cuando llegó hasta ella, estaba tan silenciosa como el resto de la ciudad. Goldie la recorrió sigilosamente, con la mirada fija en el bloque de apartamentos que se encontraba a mitad de la manzana.
Cuidado, susurró la vocecilla de su conciencia. Por una vez, Goldie la ignoró. Estaba pensando en mamá y papá, preguntándose qué habrían tomado para cenar. Se los imaginaba abrazados sobre su cama vacía, llorando. Goldie se enjugó unas lágrimas.
¡CUIDADO!
Al fondo de la calle, las sombras parecían moverse y susurrar. En ese momento, una mano emergió de la nada y se cerró sobre la boca de Goldie. Ella trató de gritar. Forcejeó, arañando el suelo empedrado con sus sandalias. Pero dos nuevas manos la agarraron y tiraron de ella hacia el interior de un portal.
—¡Chssss! —le susurró alguien al oído.
Una cuarta mano, que de inmediato reconoció como la de Favor, se deslizó entre las suyas. La puerta que estaba frente a ella se entornó, pero sin llegar a cerrarse por completo. La mano que le cubría la boca aflojó un poco la presión.
Ahora Goldie sabía dónde se encontraba; podía oler la loción para el afeitado de Herro Berg y sentir la forma del brazalete de Frou Berg presionada contra su brazo. Se quedó quieta y temblando en aquel vestíbulo oscuro.
Afuera, en la calle, apareció el repentino centelleo de un farol y se oyeron unas pisadas.
—¿Has oído eso? ¡Ya la tenemos! —dijo el tutor Confort.
—Yo no he oído nada —dijo la tutora Ilusa—. Pero haz el favor de tocar el silbato para alertar a los demás. Si está aquí, sin duda tratará de escapar.
El silbido monótono de los tutores sagrados resonó a lo largo y ancho de la calle. Las pisadas se alejaron un poco; después, giraron sobre sí mismas y regresaron de nuevo.
—¡Golden Roth! —exclamó el tutor Confort—. ¡Sabemos que estás aquí! No nos hagas perder el tiempo, vamos a atraparte de todas maneras.
Herro Berg tensó la mano con la que cubría la boca de Goldie.
—¡Entrégate —exclamó el tutor Confort—, y seremos más benevolentes contigo!
Silencio. Goldie sintió cómo el sudor comenzaba a correrle por la nuca. La tutora Ilusa emitió un sonoro bufido.
—Me parece que las sombras te han jugado una mala pasada, camarada.
Sus voces desaparecieron en la distancia. Sin hacer ruido, Frou Berg cerró la puerta con cerrojo. Herro Berg apartó la mano con la que cubría la boca de Goldie.
—E... estoy haciendo esto a... aunque atenta contra mi se... sentido común —susurró. Tartamudeaba mucho más que de costumbre—. No... no quiero que se lleven a mi hi... hija a Su... Su... Supervisión. Tampoco qui... quiero que los tu... tu... tutores sagrados centren su atención so...
sobre mi familia. Si te a... a... atrapan, no debes de... de... decirles que te hemos ayudado.
—No lo haré —susurró Goldie.
—¡Me alegro tanto de que estés aquí! —dijo Favor, que lanzó sus brazos alrededor del cuello de Goldie y la abrazó con fuerza—. ¿Dónde has estado?
—Escondida.
—¿Tú sola? ¿Y cómo ha sido?
—¡Horrible! Favor, ¡me muero de sed!
—¡Mamá, tiene sed!
—Y cómo no, pobrecilla —murmuró Frou Berg—. Y supongo que también estará hambrienta. Te he traído un vaso de agua y por aquí tiene que haber un poco de queso y pan.
—¿En q... q... qué esta... ta... tabas pensando, niña? —susurró Herro Berg, mientras Goldie se bebía el agua de un trago— ¿Qué es... es... esperabas conseguir co... co... con eso?
—Chsss —susurró Frou Berg—. Ya está hecho y no se puede hacer nada para cambiarlo — después le agarró la mano a Goldie—. Tus padres nos pidieron que cuidáramos de ti.
—¿Están bien? —susurró Goldie—. ¿Qué dijeron? ¿Están enfadados conmigo?
—Tienen el corazón dividido. Quieren que estés a salvo, pero no quieren que los tutores sagrados te capturen y te lleven a Supervisión. Tu madre dijo que debías intentar salir de la ciudad.
¡Aunque no me imagino cómo podría hacerlo una niña sin ayuda!
Goldie tampoco se lo podía imaginar. El mundo entero se había puesto del revés, y no podía culpar a nadie más que a sí misma.
—¿Y no puedo volver a casa sin más? —dijo, sintiéndose desdichada.
—Me temo que eso ya no es posible, querida. Cuando los tutores sagrados se ven envueltos en un asunto, las cosas cambian —Frou Berg le dejó un trozo de papel en la mano—. Tu madre tiene unos primos lejanos en Dicho que cuidarán de ti si consigues llegar hasta allí. Esta es su dirección. Ah, sí, y también me dio un monedero. ¿Dónde lo habré dejado? ¿Estará con el pan y el queso? Ay, cielos, ¿dónde habré dejado el pan y el queso?
Comenzó a rebuscar en la oscuridad. Goldie miró a Favor, desalentada.
—¿Cómo se supone que voy a llegar hasta Dicho?
—No lo sé, pero tienes que intentarlo —dijo Favor—. No debes permitir que los tutores te atrapen.
—¡Pero es que ni siquiera sé por dónde empezar!
—Goldie —susurró Favor, muy seria—, si tuviera que encontrar la forma de llegar a Dicho por mí misma, probablemente me quedaría paralizada y muerta de miedo. Pero tú eres más valiente que yo. Siempre lo has sido. Eres más valiente que cualquiera de nosotros. Y haces cosas que a nadie se le pasarían siquiera por la cabeza. Como hoy.
—¡Ojalá no lo hubiera hecho!
Sintió el cálido aliento de Favor sobre su mejilla.
—Yo también, porque ahora pasará una eternidad hasta que vuelva a verte. Pero si alguien puede llegar hasta Dicho, esa eres tú.
Goldie negó con la cabeza.
—Tengo tanta hambre que no puedo pensar con claridad.
—¡Mamá! —dijo Favor—. ¿Dónde está la comida?
—La estoy buscando —dijo Frou Berg—. Supongo que no podemos arriesgarnos a encender una luz, ¿verdad?
—¡De... de... desde luego que no!
—Ojalá pudiéramos esconderte —susurró Favor—. Pero papá está seguro de que los tutores buscarán en...
Como si aquellas palabras los hubieran convocado, se escucharon unas pisadas repentinas y un sonoro golpe en la puerta principal.
—¡Abrid! —gritó la tutora Ilusa—. ¡Abrid en nombre de los Siete!
—¡Deprisa! —susurró Herro Berg—. Sa... sal por la puerta tra... trasera! ¡Favor, tú vete a tu ca... cama. Y encadénate. Se... seguro que lo comprobarán.
—Que la bendición caiga sobre ti, Goldie —susurró Favor—. ¡Que caiga cientos y miles de veces!
Entonces desapareció, mientras Frou Berg conducía a Goldie a toda prisa a través de la casa a oscuras. Por detrás de ellas, los golpes en la puerta principal se intensificaron.
—Ya voy, ya voy. Voy tan de... deprisa como pu... puedo —dijo Herro Berg con una voz de fingida somnolencia.
—Ay, no sé dónde he dejado el monedero —susurró Frou Berg, frenética—. Y no hay tiempo de buscarlo. Perdóname, querida. Ten, al menos he encontrado un panecillo.
Le dejó algo a Goldie en la mano. Después entornó la puerta trasera con la apertura justa para que pudiera deslizarse a través de ella.
—Date prisa —susurró—. ¡Que la bendición caiga sobre ti!
Con el más ligero de los chasquidos, la puerta se cerró ante sus narices. Y una vez más, Goldie se quedó sola.
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