RESCATE
Capitulo XXIX
RESCATE
Capitulo XXIX
Goldie corrió entre las tiendas mientras oía las fuertes pisadas de sus perseguidores. Comenzó a hurgar en el nudo más grande de la pañoleta de Olga Ciavolga. BRRRRRRMMMMMM, vibraba.
BRRRRRRMMMM.
Por detrás de ella, las pisadas estaban ganando terreno. Se oyó de nuevo el sonido de la corneta.
Esta vez las notas parecían formar una frase. ¡No tengáis piedad! ¡No tengáis piedad! ¡NO TENGÁIS PIEDAD!
BRRRRRMMMMMMMMMMMMM, retumbaba el nudo de la pañoleta. Izquierda derecha, izquierda derecha, marchaban los soldados hacia la Puerta Furtiva.
Se oyó un grito justo por detrás de Goldie, y alguien alargó la mano y le agarró del brazo. Goldie se agachó y se revolvió para liberarse, mientras seguía forcejeando con el nudo, pero no había manera de deshacerlo.
Otro grito. La mano volvió a agarrarle el brazo, esta vez con más fuerza. Goldie trató de soltarse, pero el soldado la tenía bien aferrada. La levantó del suelo de forma que Goldie se quedó indefensa, dando patadas al aire.
El soldado alargó la mano para coger la pañoleta.
Y de repente apareció Flemo, emergiendo del otro lado de una carreta. Fue corriendo directo hacia el soldado y le pegó un patadón en la espinilla. El soldado dejó caer a Goldie y agarró a Flemo. Zarandeó al muchacho, furioso, sin parar de gritarle. Otro soldado llegó corriendo, con una expresión sanguinaria en el rostro, la espada desenvainada. El filo centelleaba a la luz de las hogueras. El soldado tomó impulso y dirigió la espada hacia el estómago de Flemo...
Desesperada, Goldie siguió tratando de deshacer el nudo. Tenía la impresión de que sus manos se habían vuelto torpes y adoptado un tamaño desmesurado. El corazón le golpeaba con fuerza en el pecho. Vio el rostro de Flemo, pálido por el terror. Vio la espada que se balanceaba hacia él...
Y, justo a tiempo, sus dedos desentrañaron el secreto del nudo. Lo deshizo. Las vibraciones se detuvieron. El soldado de la espada vaciló.
Se produjo un momento de silencio... y entonces el estruendo comenzó de nuevo. Pero ya no estaba aprisionado dentro de la pañoleta. Ahora se desplegaba a su alrededor.
A partir de ese momento todo cambió muy deprisa. Las tiendas, que estaban bien sujetas, comenzaron a agitarse y a desgarrarse. Una de ellas perdió sus sujeciones y salió volando como un inmenso pájaro blanco. Al mismo tiempo, la corneta y los tambores enmudecieron. El sonido de las pisadas se apagó. El soldado que estaba sujetando a Flemo lo soltó. El hombre de la espada se dio la vuelta como si no hubiera tenido un pensamiento asesino en su vida.
Goldie agarró a Flemo del brazo y lo arrastró hacia el otro lado de la carreta más próxima. El muchacho estaba temblando de pies a cabeza. A su alrededor, las tiendas aleteaban cada vez con más fuerza. Los soldados echaron a correr por el campamento, amarrando las tiendas y tranquilizando a los caballos. No se fijaron en los dos niños, y parecían haberse olvidado de la invasión de Alhaja.
«Ha funcionado», pensó Goldie. «La presión se ha reducido. Las salas de la guerra se están apaciguando».
Todo lo contrario que el Gran Viento, que se extendía por el campamento como un río desbordado. Dejó a los soldados en paz, como si supiera que aquel era el lugar al que pertenecían, en las entrañas del museo, y que no debían ser liberados al mundo exterior. Pero envolvió a Goldie y a Flemo como si fuera una mano gigantesca y comenzó a empujarlos hacia la Puerta Furtiva.
Era imposible resistirse ante él. Los niños avanzaron, medio corriendo y medio tambaleándose, a través del campamento, dejaron atrás las carretas, dejaron atrás a Broo, que avanzaba en dirección contraria como si el Gran Viento no fuera más que una brisa.
—¡Broo! —exclamó Goldie—. ¿Qué estás haciendo? ¡Ven con nosotros!
—¡Voy a encontrar a Herro Dan y a Olga Ciavolga! —rugió Broo. Alzó la cabeza. Sus fosas nasales se ensancharon—. ¡Ajá, ya tengo su olor! —y entonces él también desapareció.
Goldie y Flemo cruzaron a trompicones la pradera y atravesaron la Puerta Furtiva. Por delante de ellos, Goldie pudo ver al Adalid y a la tutora Ilusa. El viento también los había agarrado, mientras ellos intentaban retroceder en vano.
El viento cerró la Puerta Furtiva con un portazo y empujó a los niños hacia Monte Harry. A su alrededor, los clavos comenzaban a salirse de los tablones, produciendo unos sonidos que parecían disparos. Las salas se movían cuando entraban corriendo en ellas y volvían a moverse cuando salían, también corriendo, de ellas, como si el museo se estuviera estremeciendo, aliviado. Por delante de ellos, la tutora Ilusa y el Adalid protestaban a gritos mientras el viento seguía empujándolos, hostigándolos.
Los niños corrieron a través del descampado. La acequia ya no tenía agua, a su paso había quedado una ciénaga de lodo maloliente. Goldie y Flemo descendieron por un lado y ascendieron por el otro. Corrieron a través de amplios pasillos, dejando atrás los expositores destrozados, y cruzaron la derruida puerta reservada para el personal. Atravesaron las dependencias delanteras y pasaron bajo el arco de piedra hasta llegar al vestíbulo de la entrada.
Y allí estaban la tutora Ilusa y el Adalid, aún por delante de ellos, agarrándose a la puerta abierta mientras el viento trataba de expulsarlos para siempre del museo.
—¡En nombre de los Siete, os ordeno que os detengáis! —gritó el Adalid
Pero Goldie y Flemo ni siquiera redujeron el paso. Salieron corriendo por la puerta y atravesaron el callejón, seguidos por el aullido del viento. Entonces llegaron a trompicones a campo abierto... y se detuvieron.
La ciudad estaba casi irreconocible. Unas nubes negras se extendían a toda velocidad por el cielo como si fueran una interminable bandada de aves carniceras que ocultaba la luna. Estaba lloviendo a mares. Los árboles, arbustos y faroles de acuagás se agitaban como si estuvieran intentando arrancarse de raíz.
—¡Atrapadlos! —gritaba el Adalid, que los seguía de cerca—. ¡No dejéis que se escapen!
Los niños siguieron avanzando por la calle, con la cabeza agachada para protegerse de la furia de la tormenta. Doblaron una esquina tras otra, hasta que consiguieron despistar a sus perseguidores. Treparon una verja y atravesaron un jardín privado dando traspiés. La lluvia les azotaba la cara. En algún lugar cercano, las tejas de un edificio se estrellaron contra el suelo.
«Si se desata un Gran Viento, destruirá todo lo que encuentre a su paso».
Goldie agarró a Flemo del brazo y tiró de él para llevarlo al abrigo de un muro.
—¡Esto va a ir a peor! —el viento era tan fuerte que tuvo que gritar—. ¡Debemos alertar a la gente!
Flemo tenía la mirada oscurecida por el terror, como si la sombra de la espada siguiera colgando sobre él. Goldie no estaba segura de que la hubiera escuchado. Lo intentó de nuevo.
—¡Deberíamos ir a buscar a Sinew! —gritó—. Está encerrado en la Casa del Remordimiento. También mamá y papá. Y tus padres —se forzó a sonreír—. Ay, cielos, ¿qué vamos a hacer?
Algo cambió en la mirada de Flemo. La sombra se disipó un poco. Seguía estando muy pálido, pero consiguió devolverle la sonrisa a Goldie.
—Supongo que tendremos que sacarlos a la fuerza...
El Adalid descendió a trompicones por la colina, siguiendo a Ilusa y maldiciendo en voz alta. Sus maravillosos planes se habían ido al traste. ¡Y ahora hasta el clima se había vuelto contra él! Nunca había experimentado una tormenta como esa, y parecía estar empeorando.
Tropezó con una rama y volvió a maldecir. Las luces de la ciudad se habían apagado, todo había quedado sumido en la oscuridad salvo por una parcela iluminada en el barrio antiguo, allí donde el Gran Auditorio brillaba como un sol remoto.
Oyó un nuevo sonido, un gemido distante. Ilusa le agarró del brazo.
—¡Señoría! ¡Son los diques!
El Adalid se puso a escuchar. ¡Así era! Se quedó oteando la oscuridad, meditabundo. Si los diques se rompían, el barrio antiguo quedaría inundado, provocando cientos de muertes (qué lástima, ¡sobre todo si su hermana se encontrase entre los muertos!). Los supervivientes recibirían con los brazos abiertos una mano firme, alguien que tomara el control, que devolviera el orden a sus vidas.
Y por lo que sabía, ¡aquella tormenta podría estar desatándose por toda la península! En cuyo caso, Dicho y Edicto también estarían receptivas para una toma de poder.
Una oleada de entusiasmo recorrió su interior. Las cosas no estaban tan mal como había pensado. ¡No necesitaba a esos bárbaros del otro lado de la Puerta Furtiva! ¡Lo único que tenía que hacer era asegurarse de sobrevivir a la tormenta!
Se enjugó la lluvia de los ojos. ¿Debería tratar de llegar a su oficina temporal? No, era posible que el tejado no resistiera, y no tenía intención de quedarse encogido en la oscuridad como un animal mientras el caos se desataba a su alrededor.
Pero el Gran Auditorio tenía sus propias reservas de acuagás. ¡Míralo, brillando como un faro! Si los diques se derrumbaban, las partes más bajas del auditorio quedarían inundadas, pero en el piso superior, bajo la cúpula, estaría completamente a salvo.
Agarró a Ilusa de la manga y alargó un dedo para señalar.
—¿Ves eso? —gritó—. ¡Es allí adonde vamos!
—¿Pero qué pasa con los niños? ¿Y si se escapan y le cuentan a la gente lo que ha ocurrido?
—Estarán de camino a sus casas. ¿Dónde viven?
—En el barrio antiguo.
—En ese caso —gritó el Adalid—, no hace falta que nos preocupemos por ellos. ¡Si no han muerto ya, no tardarán en hacerlo!
La Casa del Remordimiento era un edificio que recordaba a un búnker achaparrado con unas ventanas diminutas. Desde fuera parecía tener un solo piso, pero todo el mundo en Alhaja sabía que había al menos tres niveles de celdas, todos ellos construidos bajo tierra.
Lo normal es que hubiera varios tutores sagrados patrullando ante el edificio, observando a los transeúntes en busca de cualquier indicio de Herejía. Pero cuando Goldie y Flemo se abrieron camino a través del viento y de la lluvia hasta los escalones de la entrada, no había ni rastro de aquellas togas negras que conocían tan bien.
Los niños subieron a duras penas por los escalones y cruzaron la puerta. Fue un alivio poder resguardarse de la tormenta, aunque todo a su alrededor estuviera negro como el alquitrán y el ruido siguiera siendo tremendo. Las ventanas se agitaban en sus marcos. El tejado de hierro chirriaba y pegaba golpetazos como si estuviera a punto de desprenderse y salir volando. Desde algún lugar distante llegó un sonido que era como un lamento que le produjo dentera a Goldie.
Flemo y ella atravesaron varios vestíbulos oscuros cogidos de la mano, en busca de una escalera que bajara hasta las celdas. La encontraron de casualidad. Iban avanzando a tientas, siguiendo el trazado de una pared, cuando de repente Flemo perdió pie y se cayó por los primeros escalones, arrastrando consigo a Goldie.
Recuperaron el equilibrio y siguieron descendiendo con cuidado. Bajaron por un largo tramo de escaleras, después por otro, hasta que el ambiente se volvió más frío y el sonido de la tormenta quedó amortiguado. Después de tanto estruendo, Goldie se sintió rara en medio de tanto silencio.
—Vi a tu hermana —susurró.
A pesar de la oscuridad, Goldie supo que Flemo se había quedado mirándola, sorprendido.
—¿Está bien?
—Es igualita que tú. ¡Por supuesto que está bien!
Siguieron descendiendo por otro tramo de escaleras.
—Ya debemos de estar a mucha profundidad —susurró Flemo—. No puede faltar mu...
Se quedó inmóvil. Goldie oyó un ruido que emergía del suelo que se extendía bajo sus pies. Flemo le agarró la mano con tanta fuerza que le hizo daño. El sonido se repitió. Era el tenue rasgueo de las cuerdas de un arpa.
Flemo soltó de golpe la mano de Goldie.
—¿Sinew? —gritó.
—¡Por todos los cerdos silbadores! —exclamó alguien, asombrado—. ¿Eres Flemo?
Se oyó el chasquido de una yesca. Un fósforo resplandeció. Y allí, apenas unos escalones más abajo, había media docena de oficiales de la milicia. Tenían una expresión sombría y estaban pegados hombro con hombro, como si tuvieran intención de proteger a quien estuviera detrás de ellos con sus vidas.
—¡Eh, abrid paso! —dijo Sinew—. No es el Adalid y sus compinches. ¡Es Flemo!
Alguien asomó un brazo para abrirse camino entre los oficiales, seguido de un hombro que se contoneaba en una postura incómoda. Y ahí estaba Sinew, con el arpa en la mano, mirando asombrado a Goldie y a Flemo. Detrás de él estaba la Protectora.
Goldie dobló ligeramente las rodillas, aliviada. Flemo bajó de un salto las escaleras y corrió a abrazar a Sinew.
—¡Pensamos que tendríamos que rescatarte! —dijo.
—Bueno, como puedes ver, ya nos hemos rescatado solitos —dijo Sinew—. Los tutores sagrados se marcharon hace un rato, cuando se apagaron las luces. En cuanto dejaron de vigilarnos, me ocupé de los candados.
Levantó la cabeza para mirar a Goldie.
—¿Estáis bien los dos?
Goldie asintió.
—Nos llevaron a Supervisión, pero nos escapamos.
—Supuse que lo haríais —Sinew sonrió un instante, antes de ponerse serio otra vez—. No podemos quedarnos mucho más aquí. Los tutores sagrados podrían regresar. Y tenemos que rescatar a Broo.
—Goldie ya se ha encargado de eso —dijo Flemo.
Sinew se quedó patidifuso.
—Ah, bien. Entonces iremos directamente al museo. No hay tiempo que perder. Hay que detener al Adalid.
—También nos hemos encargado de eso —dijo Goldie.
Sinew volvió a quedarse estupefacto. Después, lentamente, empezó a reír.
Durante todo ese tiempo los oficiales habían estado encendiendo un fósforo tras otro, y cuchicheando entre ellos y con la Protectora. Ahora la Protectora se dirigió a Sinew y le preguntó en voz baja:
—¿Son estos los niños de los que nos hablaste?
Sinew asintió. Se escuchó un estrépito de cristales rotos que procedía de algún punto por encima de ellos. La Protectora levantó la cabeza alarmada.
—¿Qué ha sido eso?
—Es la tormenta —dijo Goldie—. ¿Conoce a los soldados que hay al otro lado de la Puerta Furtiva? El Adalid les prometió plata y esclavos si invadían Alhaja y lo convertían en dictador...
—¿Qué?
—Debería haberlos visto —dijo Flemo—. ¡Había cientos de ellos, con mosquetes, picas y tambores! ¡Y todos marchaban hacia la Puerta Furtiva!
—Tenían la pañoleta de Olga Ciavolga, así que la robamos...
—Tú la robaste —dijo Flemo.
—Y tú le tiraste el barro al oficial.
—Sí, pero fue idea tuya. Y funcionó de maravilla, Sinew. ¡Plas! Directo sobre su casaca de gala.
—Por eso, estuvieron a punto de matar a Flemo —dijo Goldie.
Sinew pareció horrorizado.
—¿Estuvieron a punto de matarte, Flemo?
—¡Me iban a clavar una espada en las entrañas! Pero Goldie me salvó. Deshizo uno de los nudos de la pañoleta justo a tiempo...
—... y liberé el Gran Viento —dijo Goldie.
Sinew asintió lentamente.
—Eso serviría para reducir notablemente la presión. Y entonces, ¿las salas del otro lado de la Puerta Furtiva se apaciguaron?
—Al momento —dijo Goldie—. En cuanto deshice el nudo.
—Estupendo —dijo Sinew, muy satisfecho—. Confiemos en que sigan tranquilas...
Goldie lo interrumpió.
—¡Pero ahora el Gran Viento está suelto por la ciudad!
Hizo una pausa, buscando en el rostro de Sinew cualquier indicio que le dijera que había tomado una decisión errónea. Pero Sinew se limitó a decir:
—Podemos lidiar con el Gran Viento mucho mejor que con un ejército invasor o con el estallido de una plaga. Habéis hecho un buen trabajo, los dos. Nadie podría haberlo hecho mejor.
La Protectora y los oficiales comenzaron a subir corriendo por las escaleras. Goldie y Flemo se quedaron quietos.
—Mamá y papá están aquí, en alguna parte —dijo Goldie—. También los padres de Flemo y algunos chicos de Supervisión. Tenemos que encontrarlos.
—Que me aspen —dijo Sinew—, ¿cómo he podido olvidarme? Yo iré a buscarlos. Vosotros salid con la Protectora. Seguramente querrá haceros algunas preguntas más.
Goldie titubeó.
—No te preocupes —dijo Sinew—. Los sacaré de sus celdas en un periquete —meneó los dedos y sonrió—. No hay candado que se me resista. Pero necesitaré algo de luz.
—Tenga —dijo uno de los oficiales, que comenzó a patear la barandilla de madera hasta que se soltaron varios listones. Después, desgarró unos jirones de su camisa, envolvió con ellos los listones y les prendió fuego. De ese modo, Sinew marchó con una antorcha improvisada en la mano.
A Goldie le habría gustado ir con él, pero la Protectora y los oficiales ya la estaban atosigando a preguntas, así que se mordió el labio y se dijo que debía conservar la paciencia un poco más. Cuando los oficiales se enteraron de que tantos compañeros suyos de la milicia habían muerto, negaron con la cabeza apesadumbrados.
—¿Y el Adalid? —dijo la Protectora—. ¿Dónde está?
—En algún rincón de la ciudad —dijo Goldie—. La tutora Ilusa y él nos estuvieron persiguiendo, pero los despistamos.
La Protectora miró rápidamente a sus oficiales.
—Deben arrestarlos en cuanto los vean. Sobre todo al Adalid. De esta no se escapa.
Ya casi habían llegado a lo alto de las escaleras y el estruendo de la tormenta volvió a desplegarse con toda su fuerza. El ruido que recordaba a un lamento se había vuelto más intenso.
—¡Son los diques! —gritó la Protectora—. No resistirán una tormenta como esta. Y si se vienen abajo, el barrio antiguo se inundará por completo. Debemos llevar a la gente a terreno elevado.
—No se olvide de Supervisión —gritó Flemo—. Mi hermana está allí.
—Supervisión está al principio de mi lista —dijo la Protectora, muy seria.
—Tendremos que despejar este lugar antes de marcharnos —gritó uno de los oficiales—. No podemos dejar que la gente se ahogue en sus celdas. Veré si consigo encontrar algunas llaves para echarle una mano a Sinew —entonces cogió una antorcha y se marchó a toda prisa.
Los siguientes minutos los dedicaron a hacer planes. Goldie y Flemo se encontraron apartados del grupo mientras los adultos restantes discutían sobre cuál sería el lugar más seguro para llevar a la gente.
—Llévenlos al museo —gritó Goldie—. Ahora debería estar tranquilo.
Nadie le hizo caso. Así que se abrió paso entre dos de los oficiales y volvió a gritar:
—¡El museo! ¡Allí estarán a salvo!
La Protectora y los oficiales se quedaron mirándola durante un instante; después, asintieron con la cabeza y volvieron a apartarla de en medio.
—Tendremos que dividirnos y repartirnos el barrio antiguo —gritó la Protectora—. De lo contrario, no podremos rescatar a todo el mundo a tiempo.
—Idiotas —le susurró Flemo a Goldie al oído—. No lo conseguirán si no cuentan con nosotros.
Goldie oyó un gemido ahogado procedente de las escaleras y se dio la vuelta para mirar. Un pequeño grupo de gente se dirigía hacia ella con paso tambaleante, apoyándose los unos sobre los otros para no perder pie. La antorcha de Sinew les iluminaba la cara.
El corazón de Goldie estuvo a punto de saltarle del pecho.
—¡Mamá! —gritó—. ¡Papá!
A su lado, Flemo repitió aquellas mismas palabras:
—¡Mamá! ¡Papá!
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