EL CANDADO
Capitulo XXIV
EL CANDADO
Capitulo XXIV
–La tutora Dicha me dijo que lo más seguro es que estuviera muerto —dijo Linda—. O que lo capturasen La Gaviota Descarriada o el Capitán Roop, lo cual viene a ser lo mismo. Pero yo siempre he sabido que estaría bien —se rio—. ¡Y se cambió el nombre, como dijo que haría! Esa es la clase de nombre que elegiría. ¿Dónde está? ¡Ay, ojalá pudiera verlo!
—Está por aquí en alguna parte, en Supervisión —dijo Goldie—. Lo capturaron a la vez que a mí. ¿Dónde meten a los chicos?
—Al otro lado del edificio —dijo la niña de la cama que quedaba a su izquierda—. Mi hermano está allí. A veces nos vemos a través del patio, pero nada más. No nos permiten hablar con ellos, ni saludarnos ni nada.
—Pues yo voy a saludarlo —dijo Linda—. Me da igual lo que me haga la tutora Dicha. Voy a saludarlo y a gritar y a llamarle Flemo. Voy a practicar a decirlo para que no se me olvide. ¡Flemo, Flemo, Flemo! Y apuesto a que él me devolverá el saludo.
Entonces Goldie percibió el parecido que unía a ambos niños. Le sorprendió no haberse dado cuenta antes.
—Todo eso está muy bien —dijo Candor—, pero yo quiero saber más cosas sobre ese peligro. Y sobre lo que ella —añadió, señalando a Goldie— piensa hacer al respecto cuando la tienen amarrada con cadenas dobles.
—Pues... —dijo Goldie—. Tendré que escaparme...
—¿En serio? ¿Cómo? —dijo Candor, que se acomodó en su cama con cara de incredulidad.
Goldie miró los grilletes, la robusta puerta con el cerrojo y las oscuras ventanas reforzadas con barrotes. Se le encogió el corazón. No sabía por dónde empezar. ¿Qué diría Olga Ciavolga en estas circunstancias? Seguramente, algo sensato como: «Lo primero es lo primero, niña. Líbrate de los grilletes y ya te preocuparás luego del resto».
Goldie balanceó los pies. Los grilletes tenían un candado enorme, y parecía muy distinto de aquellos que había intentando forzar. Ni siquiera estaba segura de si tendría el mismo mecanismo.
En algún lugar, en el exterior del edificio, comenzó a repicar una campana. El sonido quedó amortiguado por el grosor de los muros, pero aun así seguía siendo reconocible: era el reloj del Gran Auditorio. Tilín, tilín, tilín, tilín. Tilín, tilín, tilín, tilín. El sonido subía y bajaba de tono alternativamente.
Se produjo un instante de silencio, después los pesados carillones comenzaron a marcar la hora. Tolón. Tolón. Tolón. Goldie las contó. «Cuatro, cinco, seis. Siete, ocho, nueve. Diez...».
Esperó a la siguiente, pero no llegó. Eran las diez en punto. Si quería reunirse con Flemo, le quedaban exactamente dos horas para escapar de Supervisión y llegar hasta la oficina del Adalid.
Inspiró profundamente e hizo lo posible por despejar su mente de cualquier duda.
—Voy a forzar el candado de mis grilletes —dijo—. Tengo unas tijeras... Unos gemidos ahogados llegaron desde las camas que la rodeaban.
—¡Tiene unas tijeras!
—Pero necesitaré algo más. Algo fino y resistente, algo que pueda doblar, como un trocito de alambre.
Todas se quedaron mirándola sin comprender. Candor murmuró:
—Y yo quiero una pierna de majareto asada en una fuente de plata.
—No, espera —dijo Linda, que miró hacia el extremo más alejado de la habitación—. Cordera, ¿qué ha pasado con tus horquillas?
Cordera era una niña con la piel pálida y una larga melena rubia.
—La tutora Dicha me las quitó hace una eternidad. Las contó para asegurarse de que las tenía todas.
Linda se quedó apesadumbrada.
—Pero —añadió Cordera, metiendo la mano bajo su colchón— se equivocó un poco al contar.
Sacó algo y lo sostuvo en alto, con una sonrisa radiante.
—¡Pásasela! —susurró Linda, y la horquilla fue pasando cuidadosamente de una cama a otra hasta que le llegó a Goldie.
No era lo que quería, pero tendría que apañarse con ello. Enderezó la horquilla, después presionó uno de los extremos contra el lateral de la cama para doblarla. Le llevó un rato darle la forma correcta, pero al fin lo consiguió.
Introdujo uno de los filos de las tijeras en la cerradura del candado. Lo giró un poquito y sintió que la parte interior del candado giraba al mismo tiempo. Después introdujo el extremo doblado de la horquilla en el agujero, por encima de las tijeras, y se puso manos a la obra.
Las niñas se quedaron en silencio mientras Goldie trataba de forzar el cerrojo. La niña percibía como a lo lejos la respiración de las demás, pero toda su atención estaba centrada en un pequeño ángulo de visión en torno a la horquilla.
La empujó hasta el fondo de la cerradura y la movió hacia delante, tal y como Olga Ciavolga le había enseñado. Hizo un primer intento, tratando de conseguir desplazar al menos uno de los resortes. Los empujó y los golpeó, con la sensación de que estuviera tratando de abrirse camino a través de un túnel oscuro repleto de trampas y agujeros, mientras el reloj del Gran Auditorio seguía descontando minutos hasta la medianoche.
Al cabo de un rato, cerró los ojos. De algún modo, aquello le permitió percibir mejor lo que estaba ocurriendo en el interior del candado. Dejó de hacer presión sobre todos los resortes a la vez y decidió ir presionándolos uno por uno. Al fin percibió que el primero de ellos se deslizaba hacia arriba... y escuchó un ligero chasquido.
Soltó un gruñido de satisfacción.
—¿Lo ha conseguido? —susurró alguien.
—¡Chsss! —le chistó otra niña.
El segundo y el tercer resorte no ofrecieron tanta resistencia. Clic. Clic. Pero el cuarto y el quinto
se negaban a moverse, por mucha presión que ejerciera sobre ellos.
Llegados a ese punto, la mano izquierda, con la que sostenía las tijeras, comenzó a temblarle. Goldie abrió los ojos... y se dio cuenta de que llevaba al menos medio minuto conteniendo la respiración. Introdujo el aire en sus pulmones y volvió a expulsarlo. Casi todas las niñas de la habitación la estaban observando con expresión de asombro y esperanza, como si fueran sus propios grilletes los que estuviera forzando.
—Necesito un poco de ayuda —le susurró Goldie a Candor.
Candor titubeó. No parecía tan ilusionada como las demás, pero al cabo de unos instantes balanceó las piernas hasta tocar el suelo y recorrió arrastrando los pies el espacio que separaba las dos camas. A mitad de camino, la cadena que llevaba prendida del tobillo se tensó. Candor se dio la vuelta cuidadosamente y, sin dejar de estirar la pierna encadenada, se sentó aparatosamente en el borde de la cama de Goldie.
—¿Qué quieres que haga? —susurró.
—Sostén las tijeras —susurró Goldie—. Y mantenlas giradas. Si las sueltas tendré que empezar otra vez de cero.
Con todo el cuidado posible, Goldie deslizó los dedos por las tijeras para dejar espacio libre a Candor, para que pudiera agarrarlas.
—Las tengo —susurró la muchacha. Esta vez le dirigió a Goldie una sonrisa alentadora—. ¡Adelante! Quiero ver la cara que pone la tutora Dicha cuando descubra que alguien se ha escapado.
Una vez más, Goldie se puso manos a la obra. Ahora resultaba un poco más sencillo, dado que no tenía que preocuparse también de las tijeras, pero los últimos dos resortes del candado permanecían firmes y obstinados. Los hincó y los sacudió, mordiéndose el labio, mientras la punta de la horquilla se le clavaba en la palma de su mano. Pero aun así, los resortes permanecieron inmóviles.
Estuvo a punto de tirar la toalla, desesperada. ¡Solo faltaban dos! ¿Cómo podía estar ocurriendo eso? Entonces recordó un truco que le había enseñado Olga Ciavolga.
—Tienes que girar hacia atrás las tijeras un poquito —le susurró a Candor—. ¡Muy poquito!
Candor deslizó los dedos. Goldie hizo presión con la horquilla. ¡Algo se movió! Presionó con más fuerza. Sintió una punzada en la palma de la mano. Comenzó a correrle un hilillo por la palma, era una sustancia húmeda. Se limpió los dedos en el babi y lo intentó de nuevo. El resorte se desplazó. Escuchó un chasquido.
—Solo falta uno —susurró, y el mensaje se transmitió por toda la habitación. —¡Solo falta uno!
—¡Solo falta uno! —¡Solo falta uno!
Ahora que el cuarto resorte se había rendido, el último pareció perder sus fuerzas. Se mantuvo firme durante apenas un par de minutos y entonces, también, se desplazó con un chasquido.
Goldie tuvo que recordarse de nuevo que debía tomar aliento. Se limpió la mano otra vez — estaba sangrando por los arañazos que le había causado la horquilla— y trató de recordar qué se suponía que debía hacer a continuación. Durante un instante, su mente se quedó en blanco. Entonces lo recordó.
—Ahora tienes que girar las tijeras —le susurró a Candor.
—¿En qué sentido?
—¡En el de las agujas del reloj! ¡Espera, tal vez este candado sea diferente! No, ¡en el sentido de las agujas! Creo que... ¡sí, en el sentido de las agujas!
A Candor se le habían blanqueado los nudillos por la tensión. Giró las tijeras en el sentido de las agujas del reloj y...
Con un sonoro ruido metálico, el candado de los grilletes de Goldie se abrió. Una de las niñas más pequeñas pegó un grito, y todas las demás la chistaron de inmediato.
Goldie no se podía creer que lo hubiera conseguido. A su alrededor, prácticamente todos los rostros de la habitación resplandecían de alegría.
Pero Candor estaba negando con la cabeza, dubitativa.
—Aún tiene que abrir la puerta. Y eso no lo conseguirá con una horquilla.
—Por supuesto que no —dijo Linda, sonriendo a Goldie—. ¡Así que tendremos que hacer que la tutora Dicha la abra por ella!
↓LEE EL SIGUIENTE CAPITULO ↓