SOMBRAS
Capitulo XXVIII
SOMBRAS
Capitulo XXVIII
Goldie se tendió sobre la hierba y oteó el campamento militar. Tenía la cara y los brazos impregnados de barro, el vientre pegado al suelo. Broo no era más que una sombra a su lado.
Aún quedaban al menos cinco horas hasta el amanecer, pero el campamento bullía de actividad como si fuera un avispero. A la luz de decenas de hogueras, había hombres calzándose los zapatos, enganchándose cantimploras de cuero a la cintura y metiéndose comida en la boca. En algún lugar, un caballo relinchó. El ambiente olía a guerra por todas partes.
Justo enfrente de Goldie, al otro lado de un tramo de barro pisoteado, había una piedra de afilar. Un hombre gigantesco con el pecho descubierto la hacía girar una y otra vez, sus músculos relucían a la luz de la hoguera. Uno de los soldados sostuvo una espada contra la piedra, haciendo saltar chispas, hasta que la hoja de acero quedó afilada e impecable. Sus compañeros esperaban su turno, empujándose unos a otros y soltando sonoras carcajadas rebosantes de violencia.
De pronto un animal batió sus alas desde las alturas. Goldie se encogió. La áspera voz de Morg llegó flotando desde el cielo nocturno.
—¡Traiciooooón! ¡Traicioooooón!
Los soldados murmuraron inquietos. En la oscuridad, junto a Goldie, Broo se estremeció en sus cuartos traseros.
—Morg tiene RRRAZÓN —gruñó—. Yo también percibo el olor a TRRRRAICIÓN. El olor al ansia de RRRRIQUEZAS y SANGRRRRRE!
Se incorporó ligeramente del suelo, la voz le temblaba a causa de la ira.
—¡Yo les daré SANGRRRRRE! ¡ARRRRASARÉ su pestilente campamento! ¡Le
RRRROMPERÉ el cuello al Adalid antes de que nos destruya a todos!
Goldie sintió que en su interior se desataba una furia similar..., la imperiosa necesidad de hacer algo, de hacerlo antes de que el mundo se hiciera añicos a su alrededor. El aliento se le quedó atascado en la garganta. Sus músculos estaban en tensión.
Desde el fondo de su conciencia, la vocecilla susurró: ¡Piénsalo bien antes de lanzarte al peligro!
Goldie meneó la cabeza con frustración. ¿Cómo podía pensárselo bien en un momento como ese? Era como tratar de nadar contra una corriente fortísima, salvo que esa corriente estaba en su interior, arrastrándola.
¡Piensa! ¡Piénsalo bien!
Goldie se mordió el labio hasta que se hizo daño y se obligó a quedarse quieta. —¡Broo, espera!
—Debemos actuar antes de que sea demasiado TARRRDE —gruñó Broo.
—¡Te dispararán! —susurró Goldie—. No conseguirás acercarte siquiera al Adalid.
—CORRRRRERÉ como una sombra. ¡No me verán hasta que la MUERRRRTE caiga sobre ellos!
—Pero hay cientos y cientos de ellos. Y son soldados de verdad, no como nuestros milicianos.
¡Te matarán! Tenemos que pensar en otra forma de detenerlos.
El iracán giró la cabeza y se quedó mirando a Goldie. Sus ojos centelleaban con tanta fuerza que la niña tuvo que apartar la mirada.
—Vale, piensa en algo —dijo con su cavernosa voz—. Pero no tardes demasiado. ¡El fin de todo lo que conocemos está muy cerca!
Se sentó sobre sus cuartos traseros, pero el gruñido que retumbaba en su pecho no amainó.
—Sinew dijo que el museo es como una tetera repleta de vapor —susurró Goldie, dirigiéndose tanto a Broo como a sí misma—. Los tutores han atrancado las salas para que no se puedan mover, de modo que la presión se está incrementando. Así que lo que necesitamos... —titubeó, tratando de pensar un plan mientras hablaba—. Lo que necesitamos es algo que reduzca la presión. Como cuando levantas la tapa de la tetera y dejas salir parte del vapor. Y creo... creo que eso significa que debemos liberar una parte de las cosas indómitas. Dejar que salgan a la ciudad.
—Pero no los soldados —gruñó Broo—. Ni la peste. Ni la criatura que yace en el Viejo
RRRRRASGUÑO.
—No. Otra cosa. Algo que no sea tan peligroso. Pero... pero tiene que ser algo grande o puede que no funcione.
Un grito procedente del campamento la distrajo. Uno de los soldados había estado bebiendo de una cantimplora de cuero, y alguien había chocado con él y le había derramado el líquido por la manga. Sus compañeros empezaron a carcajearse. El soldado soltó un improperio y levantó un puño, que solo sirvió para fortalecer las risas. Uno de sus amigos sacó un pañuelo y empezó a restregárselo por la manga, con gesto burlón. Las lentejuelas del pañuelo centelleaban a la luz de la hoguera.
—¡Mira! —susurró Goldie—. ¡Es la pañoleta de Olga Ciavolga!
Durante un instante, Goldie se sintió incapaz de reaccionar. Olga Ciavolga nunca se habría desprendido de su pañoleta por propia voluntad. ¿Dónde estaría? ¿Qué le habrían hecho los soldados? ¿Seguiría con vida, o acaso estaría...?
A Goldie se le empañaron los ojos de lágrimas. Se las enjugó con rabia —aquel no era momento de llorar— y obligó a su mente a volver a centrarse en el problema. ¿Cómo podría liberar una parte de la barbarie del museo? ¿Dónde encontraría algo que fuera lo suficientemente grande como para reducir la presión, pero que no fuera tan peligroso como esos soldados?
Se escuchó una nueva oleada de carcajadas procedentes del campamento. Goldie sintió un hormigueo en la espalda. «La pañoleta. Los nudos. Los grandes nudos...».
Se dio rápidamente la vuelta hacia Broo.
—¿Y si robase la pañoleta y liberase uno de los Grandes Vientos? ¿Saldría soplando hacia la ciudad? ¿Bastaría para reducir la presión?
—No lo sé —respondió Broo—. Ni siquiera Olga Ciavolga ha liberado nunca uno de los Grandes Vientos.
Goldie se quedó mirando fijamente a Broo, mientras su corazón latía desbocado. Era imposible predecir si aquello funcionaría. Quizá empeorase las cosas. Y la sola idea de intentar acercarse lo suficiente a los soldados como para robar la pañoleta le revolvía el estómago. ¿Y si la capturaban? ¿Qué le harían entonces?
No intentes repeler el miedo...
Se pasó la lengua sobre los labios resecos.
—No se me ocurre otra cosa que podamos hacer, Broo. Voy a intentarlo. Será mejor que tú te quedes aquí.
A Broo se le erizó el pelaje del cuello.
—¡Soy un IRRRRRACÁN! ¡No nos quedamos a un lado mientras nuestros amigos se lanzan al PELIGRRRRO!
—Debes quedarte aquí —susurró Goldie—. De esa forma, si... eh... fracaso, aún podrás hacer tú un intento por alcanzar al Adalid.
—No me gusta tu plan. Esos hombres son como gatociosos. Si te atrapan te arrancarán una extremidad tras otra.
—Puede que no —dijo Goldie, aunque tenía un miedo terrible de que el iracán estuviera en lo cierto—. Por favor, quédate aquí.
Broo emitió un gruñido para mostrar su desaprobación. Pero entonces agachó la cabeza y le lamió la cara con su inmensa lengua.
—Eres valiente como un IRRRRRACÁN. Ve. Yo te estaré observando.
Goldie se dio la vuelta hacia el campamento militar. Aquello iba a ser lo más difícil que había hecho en su vida. Pero las sombras, los ruidos y el bullicio le ayudarían a esconderse. Se tendió entre la maleza. Ralentizó su respiración. Se convirtió en una parte del lodo y la luz de la hoguera. «No soy nada. Soy una sombra...».
Su mente se expandía como las chispas de un fuego. A su lado, podía percibir los lentos y atronadores latidos de Broo. Podía percibir la presencia de una familia de ratones en un punto cercano, que correteaban por aquí y por allá. Podía percibir la codicia, ardiente y aterradora, que emanaba del campamento militar.
«No soy nada. Soy una sombra...».
Silenciosa como una voluta de humo, emergió de entre la maleza y avanzó sobre la tierra desnuda. Había una carreta un poco más adelante. Se escondió detrás de ella y se vio envuelta en el ajetreo del campamento. El roce de las espadas. El murmullo de la piedra de afilar. Las fieras carcajadas de los soldados. Se encogió junto a la rueda de la carreta, deseando poder meterse en un agujero y desaparecer.
Necesitó hacer acopio de todo su coraje para salir a gatas de su escondite tras la carreta. Tenía el estómago revuelto, pero ello no le impidió avanzar con cautela sobre el barro, y la vocecilla de su conciencia le susurró sus consejos. Mantente entre las sombras. No hagas movimientos bruscos... Los movimientos bruscos llaman la atención. Avanza a través de esa pequeña senda entre las tiendas. ¡Cuidado! ¡Alguien se acerca!
Un hombre se acercaba tambaleándose por el callejón, apestando a cerveza. Goldie se quedó completamente inmóvil.
«No soy nada. Soy el olor del humo entre la brisa nocturna...».
El soldado gritó algo que Goldie no consiguió entender. Del interior de una de las tiendas emergió un nuevo grito a modo de respuesta. El soldado se rio y se palmeó el pecho con un sonido que recordaba a la detonación de una pistola. Entonces, sin mirar atrás una sola vez, pasó frente a Goldie y salió hacia una zona iluminada por una hoguera.
Los hombres que estaban en torno a la piedra de afilar hacían cada vez más ruido. Dos de ellos habían empezado a pelearse y los demás los jaleaban a gritos. Goldie se agachó entre las sombras de la tienda más cercana a observarlos. Uno de los tipos que formaban parte de esa furibunda muchedumbre era el hombre que tenía la pañoleta de Olga Ciavolga. ¿Pero cuál? ¿Ese?
No.
¡Aquel!
Tampoco. Había demasiados. ¿Cómo iba a encontrarlo?
Un susurro de la vocecilla. Deja que tu mente busque la pañoleta.
Goldie dejó que sus pensamientos se proyectaran hacia los soldados. Era difícil ignorar el temible e impetuoso fragor que emanaba de ellos, pero se obligó a pensar en otras cosas.
«Vientos, grandes y pequeños. Una brisa fresca en mitad del verano. Una pañoleta anudada».
¡Y ahí estaba, como una chispa brillante en mitad de la oscuridad! Ahora podía ver al soldado, que merodeaba en torno a la muchedumbre, palmeando a sus compañeros en la espalda y riéndose a carcajadas. Llevaba la pañoleta en el bolsillo derecho.
Goldie emergió de la sombra de la tienda, con la mirada fija en el soldado. El miedo y la turbación se desplegaron en su interior, pero Goldie dejó que se disiparan. «No pienso. No tengo nada. Soy una sombra...».
La muchedumbre se revolvía hacia adelante y hacia atrás. Los gritos eran tan fuertes que resultaban casi ensordecedores. El soldado, su soldado, había salido con grandes pasos del círculo formado por sus compañeros, y Goldie pensó que lo había perdido. Pero no, ahí estaba de nuevo, plantado con las manos en las caderas y negando con la cabeza como si lamentara el rumbo que estaba tomando la pelea.
Goldie estaba ya muy cerca. Solo un poco más. Despacio. Despacio. «Ajá...».
Mientras los hombres seguían peleando y gritando, la sombra en que se había convertido Goldie alargó la mano. La deslizó hacia el interior del bolsillo. Cerró los dedos sobre la pañoleta...
Entonces se oyó de repente un alarido y la multitud se apartó a un lado. El soldado que estaba delante de Goldie salió disparado hacia atrás, justo contra ella. Goldie soltó la pañoleta y sacó rápidamente la mano del bolsillo del soldado. Perdió pie y cayó al suelo.
Volvió a ponerse en pie casi de inmediato. «¡No soy nada!». «¡Soy una sombra!».
Pero era demasiado tarde. Ya la habían visto.
Antes de que supiera lo que estaba ocurriendo, se vio rodeada por una multitud de hombres inmensos y vociferantes. Retrocedió unos pasos, las piernas le temblaban tanto que apenas podía mantenerse en pie. Uno de los hombres la agarró del pelo con su enorme puño y tiró hacia arriba, hasta obligar a Goldie a ponerse de puntillas. Le miró a la cara, después se dio la vuelta y gritó a sus compañeros:
—¡Es una chiquilla!
Los hombres discutieron brevemente sobre lo que debían hacer con ella. Entonces dos de ellos la apartaron del resto y se la llevaron más allá de la piedra de afilar, hasta un espacio abierto entre dos carretas.
—¡Por aquí! —gritaron, mientras empujaban a Goldie hacia una hoguera donde una docena de hombres se servían comida de un caldero.
—¿Quesesto? —gruñó el encargado del caldero— ¿Nos habéis traío algo pa cenar? —agarró a Goldie del brazo y le pegó un fuerte pellizco—. ¡Ja! Esta no tié pellejo ni pa empezar. ¡Habrá qu’hacé una sopa con ella!
Los soldados soltaron una risotada estridente y siguieron empujando a Goldie. Más allá de una fila de caballos, más allá de un amasijo de tiendas y carretas, y de una parcela de terreno ensangrentado donde dos hombres estaban descuartizando a una cabra. Goldie empezó a sentirse mareada. Su corazón era apenas un pequeño bulto endurecido en su interior. Había fracasado. Broo no tardaría en lanzar su ataque contra el Adalid y lo matarían en el intento. Mamá y papá estaban condenados. La ciudad estaba condenada. Todo estaba condenado.
¡Mira!, susurró la vocecilla de su conciencia. Allí, al lado de la carreta.
«¿El qué?», pensó Goldie, desesperada. «¿Qué es lo que tengo que mirar? ¡Todo se ha echado a perder!». Pero miró a pesar de todo y vio una sombra por la que sus ojos parecían pasar de largo...
El corazón le dio un vuelco. ¡Flemo! ¡Debió de haber llegado apenas unos minutos después que ella! ¡Y ahora estaba allí! Quizá, solo quizá, aún no estuviera todo perdido.
Los soldados la siguieron empujando frente a unas cuantas carretas más y otro puñado de tiendas apretujadas. Y de repente apareció el Adalid, en mitad de un círculo de antorchas llameantes, con la tutora Ilusa a su lado. Estaba enfrascado en una conversación con otro hombre, que tenía pinta de oficial.
Uno de los soldados gritó. Tres cabezas se giraron. Goldie vio cómo la sorpresa se dibujaba en el rostro del Adalid.
—¿Qué está haciendo ella aquí?
Los soldados empujaron a Goldie hacia el círculo de antorchas.
—¡Ahí quietica! —gritaron—. ¡Quietica o te pegamo un tiro!
El oficial, que llevaba una casaca de terciopelo con alamares plateados, se quedó mirando a Goldie con curiosidad. Tenía los ojos azules y una mirada helada. Goldie vio que la tutora Ilusa susurraba algo al oído del Adalid. El Adalid enarcó una ceja y se dio la vuelta hacia el oficial.
—Lamento la interrupción —dijo—. Esta niña es de la ciudad. Por favor, acéptela como un presente. Mi ayudante asegura que será una esclava excelente.
Goldie se quedó con los ojos desorbitados por el terror. ¿Una esclava? El oficial murmuró algo. Uno de los soldados la agarró por el cogote y le abrió la boca con las manos como si quisiera comprobar el estado de su dentadura. Goldie le mordió. Sorprendido, el soldado soltó un alarido y le pegó un tortazo.
—¡Ay! —gimió Goldie.
—Puede ser un poco problemática —se apresuró a decir el Adalid—, pero seguro que podrá amansarla con unos cuantos golpes. Y ahora, volvamos a los negocios. Hemos acordado, si no me equivoco, que tras la invasión yo seré el Protector Supremo de toda la península.
El oficial asintió.
—T’amos d’acuerdo —tenía la voz grave y hablaba con lentitud, como si midiera cada palabra antes de dejar que escapara de su boca.
—Por supuesto, el nuevo Protectorado no será como el actual —dijo el Adalid—. Creo que una dictadura me encajaría mejor.
A Goldie le seguía doliendo la cara por el tortazo, pero se quedó mirando al líder de los tutores sagrados con incredulidad.
—Tan pronto como me haya asentado en el puesto —prosiguió el Adalid—, permitiré que usted y sus hombres saqueen las ciudades de Dicho y Edicto, que están al sur de la península. Son ciudades tan ricas como Alhaja, así que se verán bien recompensados por las molestias. Y si quieren tomar esclavos, se puede arreglar. Conozco... eh... unos cuantos niños especialmente apropiados para ello.
El oficial volvió a asentir, como si aquella propuesta le pareciera perfectamente razonable.
Era un hombre terrorífico, aquel oficial. Era más bajo que el Adalid, y no tan atractivo, pero Goldie tenía la sensación de que una vez que él y sus hombres se pusieran en acción, serían imparables.
Goldie volvió a mirar al Adalid. Comparado con los soldados, todos esos aires de grandeza y elegancia que se daba parecían de repente una farsa. Era como un perrillo mecánico que creía ser capaz de controlar a una manada de iracanes.
Al pensar en eso, Goldie sintió cómo una intensa furia crecía en su interior. El Adalid, el hombre que estaba encargado de proteger a los niños de la ciudad, estaba dispuesto a venderlos como esclavos, ¡solo para proclamarse dictador! ¡E Ilusa, una tutora sagrada, le estaba ayudando!
Miró al soldado que estaba a su derecha. Era el hombre que tenía la pañoleta, pero no había forma de poder robársela, no mientras le mantuviera agarrado el brazo con tanta fuerza. Goldie miró fijamente más allá de la luz de la hoguera, hacia las sombras, tratando de localizar a Flemo.
—¡Entonces está decidido! —exclamó el Adalid—. ¿Cuánto tiempo tardará en tener listos a sus hombres? ¿Un semana?
—Si se trata d’una guerra, ellos ‘tán siempre listos —dijo el oficial—. Saldremos ya.
—¿Ya? —dijo el Adalid. Aquello pareció cogerlo desprevenido, como si no hubiera esperado que las piezas fueran a encajar tan fácilmente.
—Es buen momento —dijo el oficial—. Sorprenderemos a la ciudad mientras duermen. La sorpresa ‘tá bien —entonces alzó una mano. Por detrás de él, sonó una corneta.
Si el campamento era como un avispero, las cuatro notas de la corneta produjeron el mismo efecto que si alguien lo hubiera golpeado con un palo. Goldie tuvo la impresión de que, por un instante, todo el mundo dejó de hacer lo que estaban haciendo y se quedaron en silencio. Entonces el ajetreo comenzó de nuevo, con más estridencia que antes. Los soldados pisotearon las hogueras para reducirlas a ascuas, y se pusieron yelmos o sombreros de ala ancha. Comenzaron a rugir órdenes. Los escuadrones formaron en columnas con los mosquetes colgados al hombro. Otros llevaban espadas, y algunos unas picas largas y aterradoramente afiladas.
Goldie miró desesperada a su alrededor, tratando de localizar a Flemo. Y entonces, pegada al borde de aquel círculo iluminado, atisbó una sombra. Se fijó mejor y vio unos dedos pálidos que se agitaban a toda velocidad. ¡Debemos detenerlos! ¡YA!
La corneta sonó de nuevo. Se sumaron una serie de tambores. Los soldados comenzaron a desfilar.
Era como ver ponerse en marcha el mecanismo de una gigantesca maquinaria. Brazos y piernas que se movían al unísono. Rostros sombríos con la mirada fija en el horizonte como si estuvieran tallados en rocaíndigo. Purrum, purrum, purrum, resonaban los tambores. Izquierda derecha, izquierda derecha, avanzaban los soldados en dirección a la Puerta Furtiva.
Era un conjunto tan inmenso, ruidoso y terrorífico que Goldie sintió que le faltaba el aliento. Los latidos de su corazón le retumbaban en los oídos. Su mente funcionaba a toda velocidad. Miró desesperada a los soldados, y los tambores, y las picas, y el barro...
¡El barro!, gritó la vocecilla de su conciencia. ¡El BARRO!
Y de repente, Goldie supo lo que debía hacer. Con la mano libre, hizo señas hacia las sombras.
¡Barro! Después, señaló al oficial.
Pasó un buen rato sin que ocurriera nada. Goldie contuvo el aliento. Entonces las sombras se movieron y Flemo se adelantó hacia la luz. Ondeó el brazo. Una enorme bola de barro salió volando de su mano y se estampó directamente sobre la casaca de terciopelo del oficial.
El oficial soltó un grito, sorprendido y furioso. El hombre que estaba a la izquierda de Goldie salió disparado hacia Flemo, pero el muchacho ya había echado a correr entre las tiendas y las carretas. Los demás soldados siguieron avanzando, izquierda derecha, izquierda derecha, como si no hubiera ocurrido nada.
El oficial se quedó mirando su estropeada casaca y rugió una orden. El tipo que estaba a la derecha de Goldie le soltó el brazo, se metió la mano en el bolsillo... y sacó la pañoleta de Olga Ciavolga.
Goldie se la arrebató de la mano y echó a correr.
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