MONTE HARRY
Capitulo XI
MONTE HARRY
Capitulo XI
Aquella noche, Goldie durmió con Broo acurrucado junto a su vientre. Se alegraba de tenerlo a su lado. Cuando se despertó llamando entre sollozos a mamá y a papá, Broo le lamió la cara para enjugarle las lágrimas. Y cuando una enorme sombra negra se introdujo furtivamente en sus sueños, adoptando primero el aspecto de un iracán, luego el de la tutora Ilusa, y después el de una horrible combinación de ambos, el perrillo gimió suavemente y se acurrucó aún más contra ella.
No había ventanas en aquella parte del museo, así que Goldie no supo qué hora era cuando finalmente se despertó. Broo había desaparecido, y Goldie estaba hambrienta. Supuso que ya sería por la mañana.
Se quedó un ratito sentada en el camastro esperando a que alguien viniera a buscarla. Al rato se hartó de esperar y salió a buscar la cocina donde había cenado la noche anterior.
No estaba donde ella recordaba.
Al principio pensó que se habría equivocado de camino, así que regresó al lugar donde había dormido y empezó de nuevo. Pero acabó topándose con la misma pared desnuda.
Pasó la mano sobre el yeso descascarillado. «Anoche estaba aquí. Estoy segura».
Giró en círculo sobre sí misma, sintiéndose como una idiota. A su izquierda estaba el camino por el que había venido. A su derecha había un pasillo sombrío que no había visto antes. La vocecilla de su conciencia le susurró: Ve por ahí.
La vocecilla solía tener razón, así que, tras un instante de duda, Goldie recorrió de puntillas el pasillo sombrío, con el oído atento ante cualquier indicio de carruajes descarriados o aves carniceras hambrientas. Cuando llegó junto a una puerta, la vocecilla la instó a cruzarla, y accedió a una sala repleta de máscaras de madera con miradas amenazantes. La siguiente sala estaba llena de estatuas, y la siguiente parecía estar compuesta únicamente de huesos gigantescos.
Y entonces, de repente, apareció la cocina, con su olor a bizcochitos y a mermelada y a chocolate caliente. Flemo la miró con el entrecejo fruncido cuando entró por la puerta, como si aquella mañana su presencia le desagradara aún más que el día anterior. Sinew levantó la mirada de su gaceta y la saludó con un gesto de la cabeza. Olga Ciavolga y Herro Dan se quedaron mirándose, y parecieron intercambiar un mensaje sin necesidad de articularlo con palabras.
Goldie se puso a comer en silencio de un plato de bizcochitos y se bebió el chocolate, al tiempo que vigilaba a los guardianes del museo por el rabillo del ojo. Nunca había conocido a nadie como ellos. Personas con el valor suficiente como para desafiar a los tutores sagrados. Personas que no tenían ningún reparo en llevar un ave carnicera sobre el hombro. Personas que pensaban que ella podría ser útil...
Aguardó a que alguien le explicara lo que estaba pasando. Pero nadie dijo nada, así que al final dejó sobre la mesa el bizcocho que estaba a punto de comerse, hizo acopio de coraje y dijo: —¿Qué puedo hacer para ayudar a mis padres?
Sinew cerró su gaceta.
—Ajá —dijo—, buena pregunta. ¿Qué puedes hacer? —empujó su plato a un lado—. Haré algunas averiguaciones sobre tus padres cuando vaya hoy a la ciudad. Y si puedo hacerles llegar un mensaje, lo haré.
«¡Un mensaje!». Goldie sintió un repentino nudo en la garganta.
—Diles que... diles que...
No consiguió articular las palabras, pero Sinew pareció comprender lo que quería decir. Asintió con la cabeza y dijo:
—Cuando regrese te contaré las novedades.
—Ten cuidado, Sinew —dijo Herro Dan—. Los tutores y los milicianos están por todas partes.
No corras riesgos innecesarios.
—¡Bah! ¿Te estás oyendo? —dijo Olga Ciavolga—. ¡Vivir supone un riesgo! ¡Respirar supone un riesgo! ¿Ya te has olvidado de eso? ¿Acaso Sinew necesita que alguien le siga a todas partes para mantenerlo a salvo, como si fuera un niño?
—He dicho riesgos innecesarios. Hay una diferencia, y lo sabes.
Sinew esbozó una media sonrisa. Le hizo una torpe reverencia a Herro Dan.
—Tendré cuidado —dijo. Después, le hizo otra reverencia a Olga Ciavolga—. Pero no demasiado.
No fue hasta que se hubo marchado cuando Goldie se dio cuenta de que no había respondido a su pregunta.
—Bueno, niña —dijo Olga Ciavolga, mientras se limpiaba las manos con una servilleta—, ya está bien de quedarse sentados. Es hora de que aprendas más cosas sobre el museo. Flemo y yo te llevaremos a Monte Harry.
Monte Harry resultó ser una escalera. Pero no era la clase de escalera que solía encontrarse en Alhaja. Vista desde abajo, parecía adoptar unos giros y quiebros peligrosos, de forma que a veces discurría pegada a la pared y otras veces se extendía, tambaleante, sobre el vacío durante una docena de escalones antes de regresar a su posición normal.
Broo estaba recostado en el primer escalón, mientras que Morg se había posado sobre la barandilla. Cuando el perrillo vio a Goldie se levantó con un brinco y comenzó a corretear a su alrededor, meneando la cola como un loco. Goldie titubeó; después, se agachó y le acarició la cabeza.
—Vamos —dijo Olga Ciavolga—. Monte Harry no se va a quedar esperándonos todo el día.
—¿Adónde vamos? —dijo Goldie.
—Ya lo verás, niña.
Nadie dijo nada mientras ascendían por la extensa escalera. Atravesaron varias puertas que había
en las paredes y las galerías de techos altos cubiertas de telarañas. El polvo se levantaba formando nubes a su alrededor con cada paso que daban. Varias veces pareció que estarían cerca de la cumbre, pero entonces doblaban otra curva y Goldie veía que las escaleras seguían subiendo y subiendo, cada vez más empinadas, hasta desaparecer en la penumbra.
Al poco rato empezó a jadear. Cuando se detuvieron en un descansillo, se dejó caer al suelo con un suspiro de alivio y el rostro empapado de sudor. Flemo y Olga Ciavolga tomaron asiento unos cuantos escalones más arriba.
Apenas llevaban un par de minutos allí cuando se produjo uno de esos desconcertantes movimientos. Sin mediar palabra, Olga Ciavolga y Flemo se pusieron en pie y siguieron subiendo por las escaleras. Goldie se quedó mirándolos con el ceño fruncido —«¿por qué no me cuentan nada?»— antes de echar a correr detrás de ellos.
No había recorrido mucha distancia cuando la vocecilla de su conciencia le susurró: No te fíes de lo que ves.
¿Qué?
No te fíes de lo que ves.
¿Qué diantres significaba eso? Goldie se quedó mirando las escaleras. No parecía haber nada raro en ellas. Cerró los ojos...
Se detuvo.
—¿Qué ocurre, niña? —dijo Olga Ciavolga.
Goldie sabía que, si estaba equivocada, Flemo se burlaría de ella. Pero se dio la vuelta para darle la espalda y susurró:
—¿No sentís algo extraño?
—Todo es extraño en el museo —dijo Olga Ciavolga.
Goldie se mordió el labio.
—Pa... parece que estamos subiendo por Monte Harry. Pero cuando cierro los ojos, no siento que estemos subiendo. ¡Siento como si estuviéramos bajando!
La anciana asintió con la cabeza a modo de aprobación y se dio la vuelta hacia Flemo.
—Lo ha percibido.
Flemo pareció molesto, como si estuviera convencido de que Goldie no iba a percibirlo, fuera lo que fuese.
—Esa sensación de movimiento... —dijo Goldie—. ¿Qué es? ¿Qué significa? En vez de responder a su pregunta, Olga Ciavolga dijo:
—¿Sabes silbar, niña?
Goldie asintió. La anciana se metió la mano en el bolsillo y sacó una pañoleta. Estaba cubierta de lentejuelas y tenía una serie de nudos en las puntas y alrededor de los bordes. Olga Ciavolga deshizo el nudo más pequeño.
De inmediato se levantó una brisa que no parecía proceder de ninguna parte. Alborotó el pelo de Goldie y las plumas de Morg. Olga Ciavolga frunció los labios y silbó tres notas. La brisa desapareció, pero en los escalones superiores el polvo se levantó y comenzó a arremolinarse en el aire antes de volver a posarse.
Goldie se quedó patidifusa.
—¿Cómo has hecho eso?
Olga Ciavolga miró a Flemo.
—Habla con el viento —murmuró el chico—. Las brisas le cuentan cosas.
—No siempre son de fiar —dijo Olga Ciavolga—, y hay ciertos lugares a los que no quieren ir. Pero hasta cierto punto cumplen mi voluntad.
Le tendió la pañoleta.
—Inténtalo.
«¿Por qué», pensó Goldie. «¿Por qué me estás mostrando esto?». Pero a pesar de todo cogió la pañoleta y la examinó con curiosidad.
Los cuatro nudos de las puntas eran grandes, pero el resto eran más pequeños. Goldie tocó uno de ellos. Emitió un zumbido bajo sus dedos —hmmmmmmm— y Goldie apartó rápidamente la mano.
—No lo va a hacer —dijo Flemo—. Tiene miedo.
—Todos hemos tenido miedo en algún momento —dijo Olga Ciavolga. Flemo frunció el entrecejo y se quedó callado.
Goldie volvió a tocar el nudo. El zumbido no la asustó tanto ahora que estaba prevenida. Introdujo las uñas en la tela y consiguió deshacer el nudo. Sintió un soplo de brisa en la frente. Goldie silbó las tres notas. La brisa le hizo cosquillas en los oídos, después desapareció. El polvo se alborotó un momento antes de volver a posarse.
—Esas brisas no tardarán en regresar —dijo Olga Ciavolga—, y nos contarán si el camino es seguro.
Goldie sintió un aguijoneo de entusiasmo. Apenas dos días antes no había tenido permiso para cruzar la carretera ella sola. Y ahí estaba ahora, ¡dando órdenes al viento!
—Quiero probar otra vez —dijo, y agarró los extremos de uno de los nudos grandes.
—¡No! —gritaron Flemo y Olga Ciavolga al unísono.
¡HMMMMMMMMMMMMM!, zumbó el nudo bajo los dedos de Goldie.
El sonido fue tan fuerte y feroz que Goldie se asustó y soltó la pañoleta. Olga Ciavolga la cogió antes de que llegara al suelo.
—¡Eso ha sido una estupidez! —dijo Flemo—. ¡Ese es uno de los Grandes Vientos! ¡No tienes permiso para invocarlos!
—Tiene razón —dijo Olga Ciavolga—. No puedes enviar a los Grandes Vientos a cumplir tus mandatos. Van adonde les place y hacen lo que les apetece. Si un Gran Viento se desata, destruirá todo lo que encuentre en su camino. Nunca he desatado uno de ellos, y nunca lo haría a no ser que no hubiera otra solución.
—Lo siento —murmuró Goldie.
—Aprender no debe ser causa de sonrojo —dijo Olga Ciavolga—. Pero es bueno ser precavido cuando te adentras en lo desconocido.
Entonces levantó la cabeza como si estuviera escuchando algo. Su pelo gris se alborotó por efecto de una brisa repentina. Volvió a cerrar los nudos de la pañoleta y la brisa desapareció.
—No me gusta el lugar al que nos dirigimos —dijo—, pero tanto mi viento como el tuyo me han dicho que no hay ningún peligro inminente.
Reemprendió la marcha escaleras arriba, aunque en realidad estaban yendo hacia abajo. Flemo se quedó rezagado y le susurró a Goldie al oído:
—No te creas tan lista. No es tu viento. Es suyo. Todos son suyos. Tú no sabes nada.
Goldie le sacó la lengua y echó a correr por las escaleras, detrás de Olga Ciavolga.
Ahora que Monte Harry había decidido conducirlos hacia abajo en lugar de hacia arriba, parecía tener prisa por librarse de ellos. El camino que discurría entre los muros comenzó a estrecharse. Doblaron una curva más y las escaleras se acabaron de repente.
Goldie se encontró en el umbral de una estancia enorme y mal iluminada. Arcos de ladrillo se alzaban sobre su cabeza, sostenidos por inmensas columnas cuadradas. Había varios faroles de acuagás encendidos dentro de unos pequeños armazones situados en lo alto de cada arco. No había suelo. En vez de eso, lo único que pudo ver Goldie fueron las amplias y oscuras aguas de un lago que bañaba los pilares y el escalón inferior de Monte Harry.
—Esto —susurró Olga Ciavolga— es el Viejo Rasguño. Vamos a atravesarlo rápidamente. No digas nada a no ser que sea indispensable.
Había una angosta repisa de ladrillo que se extendía por el borde del lago. Broo descendió hasta ella y se puso a olfatear las oscuras aguas. Ya no estaba tan juguetón como antes. Meneó la cola brevemente y comenzó a liderar la marcha a través de la cornisa.
Flemo iba en segundo lugar, con Morg encima del hombro. Después iban Goldie y Olga Ciavolga. Goteaba agua del techo que les corría por la parte trasera del cuello. El aire era frío como una noche de invierno.
No habían avanzado mucho cuando Broo se puso tieso y con las orejas de punta. Morg ladeó la cabeza a un lado y al otro como si estuviera tratando de ver a través de la penumbra. Todos se detuvieron a escuchar.
Al principio, Goldie no pudo oír nada salvo el plic, plic, plic del agua, y un sonido que recordaba a un arañazo al otro lado de la columna más próxima. Entonces, hacia el fondo de la caverna, se produjo un chapoteo. Un segundo más tarde, el agua se alzó como una lengua negra y le lamió los pies.
—¡Deprisa! —susurró Olga Ciavolga—. ¡Tenemos que salir de aquí!
Broo no se movió. Se quedó oteando el agua, con el lomo erizado. Flemo pasó por encima de él y Goldie le siguió. Era difícil avanzar deprisa. La cornisa estaba cubierta de un cieno verduzco, y Goldie estaba segura de que si echaba a correr se acabaría resbalando.
Se escuchó un nuevo chapoteo, esta vez más cerca. El agua se alzó en torno a los pies de Goldie, fría y hambrienta.
—¡Flemo, encuentra la puerta! ¡Deprisa! —gritó Olga Ciavolga, que ya no se preocupó por guardar silencio. Su voz resonó por los arcos. ¡Deprisa! ¡Deprisa! ¡Deprisa!
Goldie echó a correr. Patinó sobre los traicioneros ladrillos. Una ola se enroscó en torno a sus tobillos y trató de arrastrarla fuera del borde. Goldie se agarró a ciegas a Flemo, y él la cogió del brazo. Había una puertecita en el muro que se erguía ante ellos. Flemo la abrió a tientas. Ambos cayeron a través de ella, seguidos de cerca por Olga Ciavolga.
—¡Broo! —exclamó Goldie—. ¿Dónde está Broo?
Giró la cabeza para mirar por encima de su hombro a tiempo para ver cómo el perrillo se acercaba corriendo a través de la cornisa... la cuestión es que, bajo aquella luz intermitente, ahora parecía más grande. Mucho más grande.
Goldie abrió la boca para gritar...
Entonces todo se volvió confuso, entre gritos y empellones. La puerta se cerró de golpe. Goldie se frotó los ojos y miró al suelo. Y ahí estaba Broo, correteando en torno a sus pies, meneando la cola y sonriendo. Un simple perrillo blanco, contento de ver que todos estaban sanos y salvos.
Las sombras habían vuelto a jugarle una mala pasada.
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