DESCONOCIDOS EN LAS DEPENDENCIAS TRASERAS
Capitulo XXI
DESCONOCIDOS EN LAS DEPENDENCIAS TRASERAS
Capitulo XXI
Goldie estaba dormida cuando ocurrió. La música del arpa la había apaciguado tanto y se sentía tan cansada que, a pesar de todo lo que estaba ocurriendo, se acurrucó al lado de Sinew, cerró los ojos y se dejó envolver por el sueño.
Se encontraba en el Gran Auditorio de Alhaja y el cielo estaba repleto de aves mecánicas, cada una de ellas de un color tan azul como el lejano horizonte. Pero en lugar de piar con dulzura, tal y como se suponía que debían hacer, graznaban: «¡La peeeeeste! ¡La peeeeeeste!». Entonces cayeron del firmamento y yacieron rotos sobre el suelo.
Goldie se agachó y recogió uno de ellos. Le brillaban los ojos a causa de la fiebre. «Hay extraños en las dependencias traseras», gruñó.
La niña se vio envuelta entre aquellos gruñidos, y de repente sintió que alguien la zarandeaba para despertarla.
—¡Goldie! ¡Goldie!
Goldie se incorporó rápidamente. Flemo estaba agachado a su lado. Por encima de él asomaba Broo, grande como un oso y negro como la noche. Era él quien emitía los gruñidos.
—¡HAY EXTRRRRAÑOS EN LAS DEPENDENCIAS TRRRRRASERAS! —repitió, con una voz que retumbó como un volcán a punto de entrar en erupción.
Sinew ya estaba en pie con el arpa colgado a la espalda.
—Deben de ser los tutores sagrados. ¡Rápido! Tenemos que...
Pero antes de que pudiera terminar la frase, se oyó un enorme chirrido y el gemido de unos goznes, y la Puerta Furtiva se abrió de golpe.
Goldie, Sinew y Flemo se lanzaron contra ella. Pero aunque no había nadie al otro lado, no consiguieron volver a cerrarla. La puerta parecía empujar contra ellos, como un animal que ha saboreado la libertad y se niega a regresar a su jaula. Fue solo cuando Broo añadió su enorme peso al de los demás cuando la puerta regresó a su sitio con un chirrido.
Sinew se sacó la llave del bolsillo y la hizo girar dentro de la cerradura.
—He hecho esto antes —murmuró—. Sé que lo he hecho. ¿Cómo es posible...?
—¿Cómo es posible que se haya abierto sola? —susurró Goldie.
Al otro lado de la Puerta Furtiva, la maleza se revolvía y alborotaba. Sinew negó con la cabeza, exasperado.
—¡La Protectora debería haber actuado ya! ¡Le expliqué lo importante que era!
—No podemos seguir esperándola —gruñó Broo.
—No —dijo Sinew—. Debemos detener a los intrusos por nuestra cuenta.
Volvieron corriendo por las polvorientas salas aún más deprisa que cuando habían venido. Morg volaba en cabeza, graznando:
—¡Deteneeeeedlos! ¡Deteneeeeedlos! —su voz sonaba como si alguien estuviera arañando unos huesos resecos.
Broo iba en segundo lugar, apenas a unos segundos de distancia del ave carnicera. Podía correr mucho más deprisa que los demás, pero Sinew le gritó:
—¡Broo! ¡Espera!
El iracán redujo el paso lo suficiente como para que lo alcanzaran.
—Quiero que os mantengáis a resguardo —dijo Sinew, jadeante—. Todos. Yo me encargaré de esto.
—¡No! —dijo Goldie.
—¡Iremos todos! —dijo Flemo.
—Los niños tienen RRRAZÓN, Sinew —gruñó Broo—. Los tutores juegan con la vida de todos los habitantes de la ciudad. Los aplastaré como a RRRRATAS. No se merecen otra cosa.
Sinew negó con la cabeza.
—No deben ver a Flemo ni a Goldie. Y preferiría que no supieran que hay un iracán en el museo.
Discutieron con él mientras corrían, pero Sinew se mantuvo en sus trece. Y así, antes de que llegaran a la puerta reservada para el personal, Goldie y Flemo se ocultaron detrás de un expositor. Se llevaron a Morg y a Broo con ellos, aunque el iracán se estremeció y gruñó en su afán por defender las dependencias traseras de los desconocidos.
Sinew siguió avanzando con grandes zancadas, al tiempo que se descolgaba el arpa. Goldie se asomó por un lateral del expositor. Lo que vio le hizo soltar un gemido de consternación. A su lado, Flemo murmuró:
—Voy a matarlos.
La puerta reservada para el personal estaba medio colgando de sus goznes. Tenía el marco revestido de tablones, que habían sido clavados para impedir que se moviera. La tutora Ilusa, el tutor Confort y sus jóvenes ayudantes se estaban abriendo paso a la fuerza a través de ella.
Sinew fue corriendo hacia ellos.
—¡Deteneos! —gritó—. ¡No sigáis adelante!
Al mismo tiempo, tocó unas cuantas notas con su arpa. Aquella combinación de sonidos pareció desconcertar a los tutores sagrados, que hicieron un alto en su tarea.
En medio de aquel repentino silencio, Sinew habló (y tocó) de nuevo.
—Hay cosas en este museo —dijo— que son más horribles de lo que podáis imaginar. Si seguís adelante, moriréis todos. Y también morirán vuestros hermanos y hermanas, vuestras madres, vuestros padres y vuestros hijos.
Los tutores más jóvenes se quedaron mirándolo, boquiabiertos. También la tutora Ilusa y el tutor Confort, aunque solo por un instante. Entonces la tutora Ilusa torció el gesto en una mueca desdeñosa.
—¡Mentiras! —exclamó—. Solo está intentando proteger sus secretillos.
—¡Está intentando protegeros! —susurró Goldie—. ¡Está intentando protegernos a todos!
—Voy a matarlos —murmuró de nuevo Flemo.
—¡Actuamos en nombre de los Siete! —gritó el tutor Confort— ¡No nos detendrán estas patéticas amenazas!
—¡Por supuesto que no! —intervino la tutora Ilusa—. ¡Avanzad!
Los tutores jóvenes se miraron entre ellos, desconcertados. Ninguno se movió.
Sinew extrajo con los dedos una nota de las cuerdas de su arpa.
—Es cierto que hay secretos aquí. Pero no os proporcionarán riqueza, ni fama, ni gloria, si eso es lo que os han contado. Solo traerán la muerte, sobre vosotros y todos vuestros seres queridos.
—¡Bobadas! —chilló la tutora Ilusa—. ¡Herejías! ¡No le hagáis caso!
—Marchaos —dijo Sinew—. Marchaos y estaréis a salvo.
—Marchaos —susurró Goldie.
—¡No! —la tutora Ilusa tenía el rostro amoratado por la ira—. ¡Avanzad de una vez! ¡Os lo ordeno! ¡Aquellos que no avancen sufrirán la temible reprimenda de los Siete!
Los tutores jóvenes comenzaron a cuchichear entre ellos. Incluso el tutor Confort parecía inquieto.
—¡Silencio! —gritó la tutora Ilusa.
Los cuchicheos se intensificaron. Los tutores se revolvían incómodos en el sitio. Dirigían la mirada a Sinew; después, a la tutora Ilusa, y luego otra vez hacia Sinew.
—Está funcionando —susurró Goldie. Se dio la vuelta hacia Broo y Flemo—. ¡Están creyendo sus palabras!
Tenía razón. Uno por uno, los tutores jóvenes dejaron en el suelo los martillos y los clavos.
Dieron la espalda a la tutora Ilusa y al tutor Confort. Comenzaron a retroceder...
—¡Quietos ahí! —exclamó alguien con una voz grave.
Goldie levantó la cabeza de golpe, sobresaltada. Vio que los tutores jóvenes se echaban a un lado, dejando un camino abierto.
El Adalid se abrió paso a través de él con largas zancadas.
Avanzó hacia la puerta reservada para el personal con el ímpetu de una tormenta de verano. Llevaba una espada en la mano, y golpeó las vitrinas a su paso, como si no tuviera miedo de nada.
Iba seguido por una fila de gacetilleros, cargados con cuadernos y plumas. Cuando vieron el polvo y las telarañas que se extendían al otro lado de la puerta, pusieron cara de consternación y comenzaron a cuchichear entre ellos.
El Adalid no pareció dar importancia a la acumulación de polvo. Se detuvo ante la puerta, con un gesto de gravedad en su atractivo rostro.
—Es mi doloroso deber informarles —dijo a viva voz— que su excelencia la Protectora se encuentra indispuesta.
Un gemido ahogado se extendió entre los presentes. Los gacetilleros desenroscaron las tapas de sus tinteros portátiles y comenzaron a tomar notas en sus cuadernos. Al otro lado de los expositores, Goldie vio que Sinew se había puesto pálido.
—Seguro que hablo en nombre de toda la ciudad —prosiguió el Adalid— cuando digo que espero que se mejore pronto. Que los Siete la amparen entre sus gloriosas manos.
Goldie batió los dedos con tanta fuerza que se hizo daño. Por detrás de ella, Flemo estaba haciendo lo mismo. Uno de los gacetilleros preguntó:
—Señoría, ¿puede decirnos qué le ocurre a la Protectora?
—En estos momentos la está atendiendo mi galeno —dijo—. No tardará en mandarme su informe. Deberíamos tener una respuesta a tiempo para las gacetas de mañana.
Otro gacetillero alzó la mano.
—Señor, ¿quién rige ahora la ciudad?
—Su excelencia me ha concedido ese honor —dijo el Adalid—. Y en el poco tiempo que llevo al mando...
El resto de sus palabras quedaron ahogadas por un rugido de aprobación por parte de los tutores.
Goldie se quedó mirando el atractivo y embustero rostro del Adalid.
¿Qué le habrá hecho a la Protectora?, le preguntó a Flemo con gestos.
¡Presta atención!, le respondió Flemo por señas.
El Adalid siguió hablando.
—En el poco tiempo que llevo al mando —prosiguió—, he descubierto una horrible conspiración. Los canallas que hicieron estallar una bomba en mi oficina, aquellos que con crueldad apagaron la vida de una niña, pertenecían a nuestro círculo más cercano.
Apuntó con su espada hacia los altos techos y las telarañas.
—Como pueden ver, este edificio contiene insectos venenosos. Sospecho que también contiene alguna enfermedad.
Los gacetilleros se estremecieron.
—Pero aún hay algo peor —dijo el Adalid—, algo que desafía toda comprensión. Y aquí tengo las pruebas —se sacó un librito azul del bolsillo y lo ondeó en alto—. Este museo alberga un ejército secreto... ¡un ejército que planea tomar la ciudad!
Esta vez los gritos estuvieron a punto de ensordecer a Goldie. Los gacetilleros y los tutores jóvenes se lanzaron hacia el Adalid, formulando preguntas entre gritos. Incluso la tutora Ilusa y el tutor Confort parecieron sobresaltados.
Solo Sinew y el Adalid mantuvieron la calma. Sinew rasgueó su arpa. El sonido atravesó el griterío como si fuera un cuchillo.
—¡Escuchadme! —exclamó Sinew—. El museo no tiene nada que ver con la explosión...
—¿Acaso no es cierto —interrumpió el Adalid— que hay un lugar entre estos muros conocido como la Puerta Furtiva?
—Sí —dijo Sinew—. Pero...
—¿Y acaso no es cierto también que al otro lado de la Puerta Furtiva hay un ejército de asesinos despiadados?
—Bueno, sí. Pero...
—¡Ya lo habéis oído! —exclamó el Adalid—. ¡Sus propias palabras lo han condenado!
—¡No interrumpas! ¡Deja que se explique! —susurró Goldie.
—Está cometiendo un terrible error —dijo Sinew—. ¡Hable con la Protectora! Ella le dirá que...
—¡Ajá! —exclamó el Adalid—. ¡Fue la propia Protectora quien insistió en que me encargara de este temible peligro! «¡Usted es el único que puede salvarnos, Adalid!», me dijo. «¡Debe actuar con premura antes de que nos destruyan a todos!».
—¡La Protectora jamás diría algo así! —exclamó Sinew.
El Adalid lo ignoró. Alzó su espada.
—¡Guardias! —gritó. Se oyó una estampida de pasos y un escuadrón de la milicia se abrió paso entre la multitud. El Adalid apuntó a Sinew con la espada—. ¡Arresten a este hombre!
Los milicianos amartillaron sus rifles. Miraban a Sinew con cautela, como si fuera uno de esos asesinos despiadados. Comenzaron a caminar hacia él.
«¡No!», pensó Goldie.
—¡No! —dijo Flemo.
—¡NNNNNOOOOOOOOOOOOOO!
Aquel repentino rugido, emitido junto al oído de Goldie, estuvo a punto de dejarla sorda.
—¡Broo, detente! —exclamó Goldie, pero era demasiado tarde.
El iracán había brincado por encima de su cabeza y se había lanzado contra los milicianos, rugiendo con furia. Abrió sus fauces, con los pelos del cuello erizados como estacas. Morg aleteaba sobre su cabeza, como un heraldo negro de la muerte.
Cuando vieron aquellas horribles criaturas cerniéndose sobre ellos, la mayoría de los milicianos se quedaron quietos como estatuas. Solo el teniente mariscal pareció conservar su sangre fría. Le temblaba la mano, pero consiguió levantar el rifle. Goldie vio cómo tensaba el dedo sobre el gatillo.
—¡No! —gritó Sinew, que se lanzó sobre el teniente mariscal. El rifle disparó. La bala pasó junto a la oreja de Broo sin causarle ningún daño.
El sonido del disparo hizo reaccionar a los demás milicianos, que alzaron sus armas. Pero antes de que pudieran apuntar, Broo ya estaba sobre ellos, lanzando dentelladas con sus inmensas fauces.
Aplastó a los milicianos como si fueran briznas de hierba. Gritaron y se cayeron unos encima de otros mientras intentaban escapar. Pero Morg los estaba esperando, con su pico afilado, sus afiladas garras y la sombra de sus alas proyectándose sobre ellos como una mortaja.
—¡Broo! ¡Morg! ¡No les hagáis daño! —gritó Sinew. Goldie apenas podía oír su voz entre el caos.
Y entonces, de repente, Goldie oyó un nuevo disparo. Provocó un eco extraño, que ahogó todos los gritos y alaridos. El tiempo se ralentizó. La bala pareció flotar por el aire durante muchos segundos antes de alcanzar su blanco.
Sin pensar, Goldie se levantó y salió de detrás de los expositores rotos. Podía ver al Adalid. Estaba completamente inmóvil, en mitad de todo aquel tumulto. Tenía la espada envainada y sostenía un rifle de la milicia presionado contra el hombro. Estaba sonriente.
Goldie echó a correr. Flemo iba corriendo a su lado, pero el ambiente se había vuelto tan denso que no pudieron avanzar con la suficiente rapidez.
Goldie sintió que se le formaba en el pecho un alarido de desesperación. Vio que Sinew tenía la boca abierta en mitad de un grito de horror. Vio que Morg alzaba el vuelo frenéticamente hacia las vigas, dejando a su paso una docena de plumas que revoloteaban por el aire como copos de nieve negra.
Vio que Broo ponía una mueca de dolor... y flaqueaba. Vio cómo lanzaba una última dentellada desesperada hacia el miliciano más cercano.
Entonces lo vio caer.
↓LEE EL SIGUIENTE CAPITULO ↓