LA JOVEN DELINCUENTE
Capitulo VII
LA JOVEN DELINCUENTE
Capitulo VII
Goldie se acurrucó en un rincón del despacho, lo más alejada posible del ave carnicera. Se había protegido detrás de una silla y tenía las tijeras en la mano. Le dolía la cabeza, y estaba exhausta y aterrorizada.
Nadie vino a buscarla. Esperaba que de un momento a otro se abriera de golpe la puerta y aparecieran media docena de esclavistas, o quizá la tutora Ilusa y el tutor Confort. Y para cuando la ventanita que había sobre su cabeza comenzó a iluminarse con la llegada del amanecer, casi los habría recibido con los brazos abiertos.
El ave carnicera se había pasado la mayor parte de la noche durmiendo. Pero ahora estaba despierta de nuevo, emitiendo chasquidos con el pico y observándola con su maligna cabeza ladeada. —Ladroooón. Ladroooón —murmuraba.
Finalmente, Goldie oyó unas pisadas al otro lado del despacho. Alguien silbaba una tonada horriblemente familiar. Goldie se puso en pie a duras penas, agarrando con fuerza las tijeras.
—¡Si son esclavistas, pelearé! —le susurró al ave carnicera, aunque no tenía la menor idea de cómo lo haría.
La puerta se abrió y un hombre alto y espigado con una casaca negra entró en la habitación. Goldie apretó las tijeras con más fuerza todavía. Era el hombre de la ceremonia de separación. El que la había estado observando. El que la había guiado contra su voluntad a través de la ciudad. Y ahora la tenía acorralada.
El rostro del hombre era tan intimidante como una roca.
—Has robado algo —dijo—. ¿El qué?
—Nada —se apresuró a decir Goldie.
Por encima del umbral, el ave carnicera se desplazó sobre su posadero. Goldie se encogió. El hombre levantó la mirada.
—Morg —dijo—. Ven aquí.
El ave carnicera se quedó mirándolo. Después, con un aparatoso brinco, se dejó caer sobre su hombro.
Goldie soltó un gemido. El hombre gritó:
—¡Olga Ciavolga, haz el favor de venir!
Una anciana apareció a su lado. Vestía con un jubón de punto y media docena de faldas, una encima de otra, todas ellas de colores vivos que no combinaban entre sí. Su melena grisácea revoloteaba alrededor de su rostro. Miró con severidad a Goldie y extendió un brazo. El ave carnicera saltó sobre él y la mujer se la llevó.
El hombre se dirigió entonces a Goldie.
—Esta ave tiene un instinto para el robo. Puede percibirlo a mil pasos de distancia o a través de una espesa niebla. Nunca se equivoca. Así que te lo pregunto de nuevo: ¿qué has robado?
Goldie se puso colorada.
—Los pasteles —murmuró—. Tenía hambre.
El hombre enarcó una ceja, como si aquellos pasteles no tuvieran la menor importancia y le sorprendiera que Goldie los mencionara.
—¿Qué más?
—¡Nada más!
El hombre le dirigió una mirada inclemente.
—Vacíate los bolsillos.
Goldie sintió como si la piel de su rostro estuviera hecha de cristal. Lentamente, se metió la mano en un bolsillo y sacó primero su pañuelo, después la brújula y finalmente el broche del pájaro.
—El otro bolsillo —dijo el hombre.
Goldie se quedó mirando al suelo. Se metió la mano en el otro bolsillo... y sacó las monedas.
El hombre chasqueó la lengua, satisfecho.
—Esas monedas —dijo— son soberanos de oro de quinientos años de antigüedad.
Goldie soltó un grito ahogado. El hombre se cruzó de brazos en un gesto inquietante.
—Bien, ahora...
Se oyeron nuevas pisadas por el pasillo. Alguien gritaba:
—¿Hola? ¿Hola?
Y otra persona, con la voz más grave, decía:
—¿Hay alguien en este maldito lugar?
¡Eran la tutora Ilusa y el tutor Confort! Goldie se encogió en el rincón donde se encontraba. Se acabaron las contemplaciones. Aquel desconocido la entregaría a los tutores sagrados y les contaría lo de las monedas. Se echó a temblar solo de pensar en el castigo que le impondrían. Pero para su sorpresa, el hombre se llevó un dedo a los labios.
—Chsss —susurró.
Señaló hacia el estrecho hueco que había bajo el escritorio y no fue hasta que Goldie ya estaba escondida cuando gritó:
—¡Por aquí!
Goldie contuvo el aliento. Lo único que podía ver eran los pantalones largos del hombre y unas botas marrones plagadas de rasguños. Las pisadas llegaron hasta la puerta y se detuvieron.
—¡Bienvenidos al Museo de Coz! —exclamó el hombre. Ahora su tono de voz era completamente distinto. Había desaparecido todo rastro de dureza, e incluso parecía un poco atolondrado.
—¡Me llamo Sinew! ¿Les apetece una visita guiada? ¡Pues han venido al lugar indicado! Aquí podrán indagar cuanto quieran en la larga y gloriosa historia de la ciudad —carraspeó, como si se sintiera avergonzado—. Bueno, en la mayoría. Nos faltan unos cuantos años por aquí y por allá, y por lo visto algunas de las etiquetas han desaparecido. ¡Tenemos una auténtica plaga de carpas plateadas! Pero nuestros guardianes estarán encantados de...
La tutora Ilusa lo interrumpió.
—¿Quién está al cargo aquí? Me gustaría ver a su tutor residente.
—Ay, me temo que no tenemos ninguno.
—Todos los edificios públicos tienen un tutor residente por orden del Adalid. Desde la noche pasada.
—Oh, criaturas afortunadas —balbuceó Sinew, haciéndose aún más el tonto—. ¡Ojalá nosotros fuéramos tan privilegiados! Pero, ay, me temo que no es así. Órdenes de la Protectora. Quizá seamos demasiado pequeños e insignificantes como para molestarse con esas cosas.
Se quedaron en silencio unos instantes. Después, la tutora Ilusa dijo:
—Estamos buscando a una fugitiva. Una delincuente. Una niña.
Goldie se acurrucó contra la fría superficie de madera del escritorio. Por encima de su cabeza, Sinew dijo:
—¡Por todos los cerdos silbadores! ¿Una delincuente? ¿En nuestra gloriosa ciudad? ¿Quién lo habría dicho? ¿Una asesina, quizá? ¿Una pirómana? ¿Una... ladrona?
—Ser un fugitivo —dijo el tutor Confort con su tono de voz más lúgubre— ya es un acto criminal en sí mismo. Sus padres serán conducidos ante la corte de los Siete Benditos esta misma mañana. Los juzgarán y condenarán por criar a una niña así. No hay duda de su culpabilidad. Les serán confiscadas sus pertenencias y los enviarán a la Casa del Remordimiento.
Por debajo del escritorio, Goldie estuvo a punto de soltar un grito de terror. ¿Mamá y papá a juicio? ¿Mamá y papá en prisión? ¿Por su culpa?
El suelo del despacho pareció derrumbarse bajo su cuerpo. ¿Qué había hecho? ¡Debía volver con ellos! ¡Debía volver y decirle a la corte que no había sido culpa de sus padres, sino suya, solo suya!
Pero antes de que pudiera ponerse de pie, Sinew le pisó con firmeza una de sus piernas.
Goldie se tapó la boca con una mano y contuvo las ganas de gritar.
—¿Entonces no les interesan los ladrones? —dijo Sinew—. ¿No les interesa el inesperado robo de unos pasteles de almendra?
—¿Ha visto a la niña? —dijo la tutora Ilusa, que empezaba a perder la paciencia—. Debe informarnos de inmediato si la ve.
—¿Qué harán si consiguen atraparla? —dijo Sinew—. ¿La azotarán? ¿Le cortarán los dedos? ¿Le marcarán a fuego la frente? Eso es lo que habrían hecho antaño. Ah, ¡esos eran buenos tiempos!
Goldie se quedó patidifusa. «¿Cortarme los DEDOS?».
—No sea ridículo —le replicó la tutora Ilusa—. No le haremos daño. Simplemente... la reeducaremos.
—¡Ajá! ¡Un lavado de cerebro! Me alegra oír que la ciudad está regida por gente tan compasiva.
Sinew apartó sus enormes pies del escritorio. Goldie le oyó decir:
—En fin, hay muchos lugares en la colina del Viejo Arsenal donde podría ocultarse un fugitivo. Algunas de las mansiones cercanas...
—Aún no hemos acabado aquí —lo interrumpió el tutor Confort—. Tenemos órdenes del Adalid de registrar todos los edificios públicos a fondo.
—¡Y para nosotros será un honor! —dijo Sinew. Por su forma de decirlo, daba la impresión de que les estaba haciendo una reverencia—. Permítanme escoltarlos durante su búsqueda.
—No necesitamos ninguna escolta —dijo la tutora Ilusa.
—¿Están seguros? Bueno, ustedes sabrán. Avísenme si necesitan ayuda. Les mostraré por dónde empezar. Veamos, giren a la izquierda, después a la derecha, y llegarán a la primera sala de exposiciones.
El eco de su voz se fue apagando conforme acompañaba a los dos tutores sagrados al exterior del despacho.
Debajo del escritorio, Goldie se quedó mirando los restos de la cinta de seda que tenía en la muñeca. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? ¡Por supuesto que los tutores sagrados culparían a mamá y a papá de lo que había hecho! ¡Por supuesto que los castigarían! Debería haberse dado cuenta. ¡Debería haberlo pensado!
En un arrebato de repulsión se arrancó los restos de cinta de la muñeca. El Adalid tenía razón. Era necia y mezquina. Se merecía que le pusieran las cadenas de castigo.
—¡Chsss! —era Sinew, que ya estaba de vuelta.
Se agachó de forma que su protuberante nariz quedó confrontada con la de Goldie.
—El museo los mantendrá entretenidos durante un rato —susurró—. ¡Acompáñame!
Goldie salió a rastras de debajo del escritorio y lo siguió al exterior del despacho. A mitad de camino por un pasillo apenas iluminado, Sinew se detuvo y dijo en voz baja:
—¿Herro Dan? La tenemos.
Después, se marchó a grandes zancadas por donde había venido.
—Así que te hemos encontrado, chiquilla —le dijo alguien al oído.
Goldie se dio la vuelta rápidamente. Un anciano con una amplia nariz y con la piel del color de la nuez moscada se encontraba detrás de ella. Vestía con una raída chaqueta azul con botones de latón en la parte frontal, y estaba sonriendo.
—Ven conmigo y te mostraré un lugar donde dormir —dijo—. Acompáñame, ¡y no te alejes!
Goldie estaba demasiado cansada y abatida como para preguntarse por qué esa gente querría correr el riesgo de esconderla. Aturdida, siguió al anciano a través del museo.
No había indicios de la historia gloriosa que Sinew había prometido a los tutores sagrados. En vez de eso, las salas parecían no contener más que un montón de basura. Había cuadros rasgados y sillas rotas. Había relojes a los que les faltaba el péndulo y que tenían las manecillas ancladas en algún pasado remoto. Había botellas rotas, pedruscos y jarras vacías.
Era el lugar menos interesante que Goldie había visto nunca, pero a ella le valía así. No quería que aquel entorno la distrajera. Quería preocuparse por mamá y papá, y culparse por lo que les había ocurrido. Quería sentirse mezquina y desdichada. Y aun así...
El anciano se detuvo frente a un retrete y esperó a que Goldie hiciera pis y se echara agua fría en la cara. Fue al salir de nuevo cuando ocurrió algo extraño. De repente, el edificio entero pareció... moverse. Como si una enorme bestia soñolienta se hubiera despertado, hubiera girado sobre sí misma y hubiera vuelto a dormirse.
Goldie se detuvo en seco. Frente a ella había una vitrina de madera llena de tarros de cristal. Un momento antes, los tarros estaban vacíos. Pero ahora todos contenían los rollizos y escamosos anillos de una serpiente muerta. Se quedó perpleja mirándolos.
Al otro lado del cristal, una de las serpientes alzó un angosto párpado y le devolvió la mirada.
—¡Cáspita! —exclamó Goldie, asustada.
Herro Dan le dio una palmadita en el hombro para reconfortarla. Después, apoyó la mano en el muro más cercano y empezó a cantar. Su voz retumbaba en tonos graves y agudos que enlazaban una serie de notas que le pusieron a Goldie los pelillos de la nuca de punta.
—Oh, ou, ou, ou —cantaba el anciano—. Mmmm, ou, ouou, ou, ou.
Con curiosidad, Goldie apoyó su propia mano sobre el muro...
En cuanto lo hizo, escuchó —mejor dicho, sintió— la melodía. Una melodía profunda y poderosa. Parecía emerger con violencia del centro de la tierra y fluir por sus entrañas como si fuera agua hirviendo. Apartó de golpe la mano, como si se hubiera quemado.
En el interior de los tarros, las serpientes flotaban en un mar de líquido amarillento. Tenían los ojos cerrados y estaban mudando las escamas. Era evidente que llevaban muertas mucho, mucho tiempo.
«Debo habérmelo imaginado», pensó Goldie. «Pero parecía tan real...».
El anciano dejó de cantar y apartó la mano del muro. Su rostro amigable había adoptado un gesto de gravedad.
—El conflicto ha dado un nuevo paso adelante —murmuró—. ¿Puedes sentirlo, chiquilla?
Sin esperar a que le respondiera, la guio a través de otro par de salas hasta llegar a una puerta cerrada en la que ponía «Solo personal autorizado» con letras medio borradas. Se sacó una llave del bolsillo, abrió la puerta y acompañó a Goldie al interior.
Al otro lado de la puerta había un camastro y una pila de edredones.
—Aquí estarás a salvo, en las dependencias traseras —dijo el anciano—. Esta puerta está siempre cerrada. Los tutores no te encontrarán aquí.
Goldie no estaba segura de que una puerta cerrada fuera suficiente para contener a la tutora Ilusa. Pero estaba demasiado cansada como para discutir. Tras soltar un suspiro se dejó caer sobre el camastro. Después, se cubrió con un edredón finísimo y se quedó dormida de inmediato.
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