EL LENGUAJE DACTILAR
Capitulo XIV
EL LENGUAJE DACTILAR
Capitulo XIV
–Hay ciertas cosas que debes aprender, niña —dijo Olga Ciavolga a la mañana siguiente, durante el desayuno—. Te iremos enseñando entre todos, cada vez que tengamos un rato libre. Pero Flemo será tu principal maestro. Flemo gruñó.
—¿Tengo que ser yo?
Sinew alzó la mirada de su gaceta.
—No ha pasado mucho tiempo desde tu propio aprendizaje. Supongo que recuerdas lo duro que puede llegar a ser.
Flemo se ruborizó y apartó la mirada. No había hablado con Goldie aquella mañana, y ella tampoco le había dicho nada. Goldie no confiaba en él, y estaba decidida a no bajar la guardia ni a dejar que volviera a hacerle alguna jugarreta.
Tampoco pensaba bajar la guardia con Broo. Ahora se encontraba allí, en la cocina, blanco y pequeñito, tumbado a los pies de Herro Dan. Pero Goldie no podía olvidar lo que se ocultaba tras las apariencias.
—Cuanto antes empecéis, mejor —dijo Olga Ciavolga—. Flemo, lleva a Goldie a las Penumbras y enséñale a correr.
Flemo no se movió.
—¿Y qué pasa con Sinew? ¿Qué va a hacer él?
—Hoy me toca volver a la ciudad —dijo Sinew—. Hay ciertas...
—Déjame acompañarte —interrumpió Flemo, ilusionado—. ¡Podría disfrazarme y hacer como si llevara una cadena de custodia!
—No —dijo Olga Ciavolga—. Vas a enseñar a Goldie.
—Pero es que yo podría encontrar...
—¡Que no! —el tono de Olga Ciavolga era duro, como si aún no hubiera perdonado a Flemo por la jugarreta que le había hecho a Goldie el día anterior.
«Estupendo», pensó Goldie. «Yo tampoco se lo he perdonado».
—Hay ciertas pistas que me gustaría investigar —dijo Sinew—. Lo haré mejor solo.
—Claro, para ti muy bien —murmuró Flemo.
—¿Qué? —dijo Sinew.
—Nada.
—¿Qué has dicho, Flemo?
Flemo fue incapaz de levantar la mirada de la mesa.
—He dicho que para ti está muy bien. Tienes la oportunidad de hacer algo útil.
—¿Y piensas que enseñar a Goldie no es útil?
—Es un caso perdido —dijo Flemo—. No tiene ni idea de nada.
Sinew dejó la gaceta a un lado y se levantó.
—Vale, ya he oído suficiente —se dirigió entonces a Goldie—. Entiendo que conoces algo de lenguaje dactilar, ¿verdad?
Goldie asintió.
—¿Y tú, Flemo?
—Todo el mundo conoce el lenguaje dactilar —murmuró Flemo.
—Pero ¿es el mismo lenguaje? —dijo Sinew—. Lo dudo. Solo en el barrio antiguo he visto niños que usan cinco o seis versiones diferentes.
—¿Y? —dijo Flemo.
—Y entonces, desde este momento y hasta que os digamos lo contrario, Goldie y tú solo podréis comunicaros por signos.
Goldie observó de reojo a Flemo y rápidamente miró hacia otro lado.
—¿Qué pasa si no conocemos los mismos signos?
—Entonces tendréis que aprender los del otro. No creo que os resulte demasiado complicado acabar creando un lenguaje común. Siempre que cooperéis...
—Pero, Sinew... —dijo Flemo.
—¡No! No quiero oír una sola palabra de tu boca hasta que regrese.
Y dicho esto, cogió su arpa y salió de la cocina dando grandes zancadas.
Las Penumbras era un lugar repleto de barro, musgo y estanques malolientes. El suelo chapoteaba bajo los pies como si estuvieras caminando sobre una esponja. El ambiente también era muy húmedo, y había una serie de pequeños insectos picadores volando en círculos alrededor de la cabeza de Goldie que intentaban posarse en sus brazos.
—Esto... —comenzó a decir Flemo.
Entonces se interrumpió, frunció el ceño y comenzó a hablar por señas:
Esto es una letrina. No te caigas del pescado o lo lamentarás.
Goldie se quedó mirándolo desconcertada.
¿Cómo?, le dijo por señas.
Con una intensa expresión de fastidio, Flemo realizó sus gestos de nuevo, esta vez muy despacio y con mucho tiento.
Esto... es... una... letrina. No.. te... caigas... del.. pescado... o... lo... lamentarás.
No te entiendo, le dijo Goldie por señas.
Flemo se quedó perplejo, como si Goldie hubiera dicho algo raro. Después se encogió de hombros y le dijo por señas: Golpéame. Y después se dio la vuelta y empezó a caminar por el estrecho camino que discurría entre los estanques.
Fue imposible resistir la tentación. Goldie se acercó por detrás de él, cerró el puño y le golpeó
con fuerza en el hombro.
Flemo soltó un grito y se dio la vuelta.
—¿A qué ha venido eso? —dijo en voz alta.
Me dijiste que te golpeara. Así, le indicó Goldie por señas. Y volvió a darle un puñetazo.
Flemo entornó los ojos.
¡No!, le dijo con gestos. ¡Golpéame! ¡Así! Y le indicó con un gesto que lo siguiera.
¿Quieres decir...? Goldie hizo el gesto correspondiente a «sígueme».
¡No! Eso significa... Flemo hizo una pausa, se había puesto colorado. Entonces se estrechó entre sus brazos como si estuviera acurrucando a alguien. ¿Lo ves? ¡No quiero decir eso! ¡Lo que quiero decir es golpear!
Así que Goldie le golpeó de nuevo.
¡Para ya!
Goldie se encogió de hombros.
Si me dices que te golpee, te golpeo.
Flemo frunció el entrecejo, rabioso. Se agachó, cogió una piedra y la lanzó a uno de los estanques. Media docena de burbujas emergieron a la superficie y estallaron con un desagradable gorgoteo. La peste se volvió aún más insoportable.
Flemo dejó escapar un suspiro. Después dijo por señas: Sígueme, y echó a correr, girando la cabeza por encima del hombro como si tuviera miedo de que Goldie pudiera acercarse sigilosamente por detrás y abalanzarse contra él.
Llegados a ese punto, Goldie estaba convencida de que había visto antes a Flemo, y de que vivía en el barrio antiguo, en algún punto cercano al canal del Buque. Pero Sinew tenía razón: el muchacho usaba un tipo de lenguaje dactilar muy distinto del que ella conocía. Las palabras básicas como «yo», «tú» y «no» eran las mismas, pero nada más. Y si se avecinaba un peligro, tal y como Olga Ciavolga y Herro Dan habían dicho, necesitaban ser capaces de entenderse entre ellos.
Cuanto más se adentraban en las Penumbras, el ambiente se volvía más cálido. Goldie sintió que el sudor empezaba a correrle por la frente. Fue un alivio cuando Flemo se detuvo de nuevo y suspiró. Y ahora vamos a bailar. Por el pescado.
Goldie supuso que Flemo no querría decir ni pez ni bailar. Le hizo el gesto de un signo de interrogación, y consiguieron desentrañar, tras muchos intentos y entrecejos fruncidos, que bailar quería decir correr, y pescado significaba camino. Tras varios intentos más, y nuevos entrecejos fruncidos, acordaron usar el gesto de Flemo para la primera palabra y el de Goldie para la segunda.
Entonces, sin previo aviso, Flemo salió disparado. Ya casi había desaparecido de la vista cuando Goldie se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo y echó a correr detrás de él.
No estaba acostumbrada a correr, y las Penumbras complicaba aún más las cosas. El pegajoso barro se le aferraba a las sandalias y le entorpecía la marcha. El camino giraba a un lado y a otro sin razón aparente. Los estanques burbujeaban y gorgoteaban a su alrededor.
Por delante de ella, Flemo torcía y giraba en cada quiebro del camino. Goldie apretó los dientes y deseó ser capaz de correr así, con tanta soltura y velocidad. Se sentía terriblemente torpe, no dejó de tropezar y de dar traspiés, y a punto estuvo de caerse del camino varias veces. Pero siguió adelante, aunque su respiración se había vuelto tan fuerte que pensó que iban a estallarle los pulmones.
Flemo se detuvo al fin y Goldie consiguió alcanzarlo. Se apoyó en el suelo sobre las manos y las rodillas, para recobrar el aliento. Los insectos se lanzaron sobre ella. Por lo visto les resultaba más apetitosa ahora que estaba acalorada y sudorosa.
Cuando se recobró un poco, levantó la mirada. Flemo la estaba observando con su típica sonrisa de superioridad.
¿Barro?, le dijo por señas.
Goldie lo fulminó con la mirada. Odiaba esa sonrisa.
¿Barro?, indicó por gestos una vez más.
¿De qué diantres estaba hablando? ¿Qué quería decir barro en su estúpida versión del lenguaje dactilar? Igual le estaba preguntando si quería beber algo. O algo de comer. O descansar un buen rato.
Pero también era posible que lo que quisiera decir fuera simplemente barro.
Goldie dejó de mirarlo con el ceño fruncido y en su lugar puso cara de niña buena. ¿Quieres barro?, le preguntó por señas.
Flemo puso cara de fastidio. Sí.
¿Ahora?
¡Sí!
Goldie sonrió alegremente. Después se agachó, cogió un puñado de barro y se lo lanzó a Flemo a bocajarro.
Le acertó en plena cara. El barro se extendió por su rostro, y Flemo soltó un grito de sorpresa e incredulidad. Goldie se rio con ganas, pero no por mucho tiempo. Flemo, con los ojos centelleando de ira, cogió su propio puñado de barro y se lo estampó a Goldie en el pelo antes de que pudiera apartarse.
Goldie cogió más barro y se lo lanzó con todas sus fuerzas. Al mismo tiempo, Flemo le lanzó otro puñado. Goldie sintió cómo se deslizaba por su cara, por sus brazos y por su babi, pero no le importó. Lo único que quería era darle su merecido.
Flemo era más certero con sus lanzamientos, y también era más fuerte. Pero la rabia de Goldie sirvió para equilibrar la situación. Cogió nuevos puñados de barro con ambas manos, se los tiró encima al muchacho, y volvió corriendo a por más. Durante todo ese tiempo, Flemo contraatacó con aquella misma sustancia repugnante.
Y entonces, de una forma tan repentina como cuando empezaron la disputa, se pararon. Se quedaron mirándose el uno al otro. Los dos estaban manchados y apestaban, y apenas se les reconocía bajo la capa de barro. Sus ojos eran el único fragmento visible de sus cuerpos.
Haciendo un esfuerzo, Goldie levantó las manos. Señaló hacia la mugre que cubría a Flemo. Barro, le dijo con señas.
Por un instante, Flemo no hizo nada. Entonces, muy lentamente, la máscara negruzca que le cubría el rostro se abrió y el muchacho empezó a reírse. Se rio cada vez más, y no tardó en contagiárselo a Goldie, que también empezó a reírse. Se rieron casi con tantas ganas como las que habían puesto en su lucha. De vez en cuando paraban, y entonces uno de ellos hacía la seña correspondiente a barro y empezaban a reírse de nuevo.
Así fue como se los encontró Olga Ciavolga. Enarcó las cejas al ver el estado en el que se encontraban y torció ligeramente los labios.
—Ya veo —dijo— que habéis estado practicando vuestros lanzamientos. Un comentario que, por supuesto, les hizo reír de nuevo.
Las cosas se suavizaron un poco entre Goldie y Flemo a partir de entonces. El muchacho seguía siendo irascible, y a veces miraba a Goldie con el ceño fruncido sin razón aparente. Pero la mayor parte del tiempo se esforzó por transmitirle sus conocimientos.
Salían a correr todas las mañanas. A veces Broo se unía a ellos, apareciendo de repente ante Goldie, casi siempre con el aspecto del perrillo blanco; pero en una o dos ocasiones apareció con la forma del monstruoso iracán negro, pegándole un susto de muerte a Goldie. La niña aprendió a adelantarse a las circunstancias y a buscar cualquier indicio de la presencia del perro, o de cualquier otra cosa que pudiera estar al acecho. Aprendió a escuchar con más atención a la vocecilla de su conciencia, y a estar siempre alerta ante el peligro.
Cuando no iban a correr, Flemo enseñaba a Goldie a encender fuego. Le enseñó cómo vendar una herida, cómo seguir el rastro de alguien a través de las rocas, la maleza y los suelos de madera, y cómo despistar a un posible perseguidor. Poco a poco fueron desarrollando un lenguaje dactilar común y lo practicaron hasta perfeccionarlo, momento en el que Sinew finalmente les permitió volver a comunicarse en voz alta.
Y en todo ese tiempo, Goldie se preguntó por el conflicto que se avecinaba, cuándo se desataría, y qué haría ella cuando ocurriera...
A medida que se fue haciendo más fuerte y más rápida, comenzó a aprender otras cosas. Fue Sinew quien le enseñó los tres métodos del mimetismo.
El más sencillo era el mimetismo por simulación. Consistía simplemente en simular que eras otra persona, alguien que era un poco tonto o que padecía alguna locura inofensiva. Alguien a quien no había que tomar en serio.
El mimetismo por camuflaje era más complicado. Goldie tuvo que estudiar a las mariposas y a las polillas para ver cómo se fusionaban con el entorno. Aprendió a disimular su silueta con hojas y hierba, y a pintarse la cara y los brazos con franjas irregulares, para así fundirse entre las sombras. Practicó para agazaparse sin moverse, y a respirar con tanta suavidad que ni siquiera Broo era capaz de oírla.
Al principio le pareció imposible. Pero al final le cogió el tranquillo, como si fuera algo que ya tuviera casi dominado desde el principio, y para lo que solo necesitara un pequeño empujón. La primera vez que Sinew pasó a su lado sin percatarse de su presencia, Goldie estuvo a punto de ponerse a dar gritos de alegría.
El más difícil de aprender fue el mimetismo por imitación del vacío. Goldie había perdido la cuenta del tiempo que llevaba ya en el museo, y el mundo exterior le parecía un recuerdo lejano.
Aun así, pensaba en mamá y papá todos los días. Y soñaba con ellos todas las noches. En sus sueños, los amenazaba algo que era mucho peor que la Casa del Remordimiento...
—Goldie, ¿me estás escuchando? —dijo Sinew.
—Disculpa —dijo Goldie.
—Estaba diciendo que no existe mucha gente capaz de imitar el vacío. Herro Dan y Olga Ciavolga, por supuesto. Se les da incluso mejor que a mí. Y Flemo se defiende. Solo me he cruzado con una o dos personas más que pudieran hacerlo. Pero tengo la sensación de que no tardarás en cogerle el truco.
Se alejó unos cuantos pasos, hasta que quedó envuelto en una sombra.
—La forma más sencilla de hacerlo —dijo— es volverte tan poco interesante que hasta la luz pase de largo a través de tu cuerpo. Ayuda que haya un lugar sombrío o alguna otra clase de camuflaje. Pero en realidad es una ilusión de la mente. Tienes que formar parte de lo que quiera que haya a tu alrededor, y al mismo tiempo ser parte del vacío.
Sinew arrugó su protuberante nariz.
—Lo curioso es que tu mente parece expandirse un poco cuando lo haces como es debido. De pronto te ves capaz de oír cosas que no deberías ser capaz de escuchar. De saber cosas que no deberías conocer —de repente esbozó una sonrisa—. Pero de momento no deberías preocuparte por eso. Empecemos por lo básico. Ven, te enseñaré. Date la vuelta un momento.
Goldie se dio la vuelta. Cuando volvió a girarse, Sinew había desaparecido.
No, estaba allí, pero solo a medias. Los ojos de Goldie pasaban de largo ante él y tuvo que esforzarse para volver a dirigirlos hacia Sinew.
—No funciona del todo bien cuando hay mucha luz —dijo Sinew. En cuanto habló, Goldie volvió a verlo perfectamente—. A no ser que haya una multitud. Entonces puedes pasar desapercibido entre ella, siempre que no hagas movimientos bruscos. Los movimientos bruscos llaman la atención y te delatan al momento. Y ahora, ¿por qué no pruebas tú?
Goldie se esforzó por dejar la mente en blanco, tal y como le había enseñado Sinew. No era fácil. Los pensamientos seguían volviendo a su sitio. Goldie empezó a impacientarse y eso empeoró las cosas.
—No te fuerces tanto —dijo Sinew—. ¡No pienses tanto!
Pero aunque Goldie practicó durante días, no consiguió acercarse siquiera a una imitación del vacío.
—No pasa nada —dijo Sinew—. A todos nos llevó un tiempo. Sigue intentándolo.
Y entonces la dejó en manos de Herro Dan. El anciano enseñó a Goldie a caminar con tanta suavidad que podía pasar sobre cáscaras de huevo sin romperlas. Le enseñó a interpretar el sonido de las pisadas de los demás: la fuerza de los pasos, la rapidez, si la persona que los producía estaba sana o enferma, si era hombre o mujer, peligrosa o inofensiva.
Le enseñó cómo esconder cosas en la palma de la mano o en la manga. Le enseñó a lidiar con el miedo.
—No trates de repelerlo —le dijo—. Si lo combates, lo haces más fuerte. Debes saludarlo de forma educada, como a un primo que ha venido a verte sin que lo hayas invitado. No puedes hacer que te deje en paz, pero puedes seguir con lo que tengas que hacer, a pesar de su presencia.
Después la dejó en manos de Olga Ciavolga.
De la anciana, Goldie aprendió a forzar cerraduras y abrir ventanas con una palanca, y a saber si alguien estaba mintiendo, y a hacer que sus propias mentiras parecieran verdades.
Aprendió a robar panales de una colmena y peces de una corriente. Aprendió cuándo debía robar con discreción, cuándo debía hacerlo sin disimulo, y cuándo debía abstenerse de robar.
Aquellas lecciones parecieron tocar algo en el fondo de su ser. Las devoró como si fueran alimentos y ella llevara hambrienta desde el día en que nació. Practicaba a diario. Y cuando se hacía de noche soñaba con mamá y papá. Mientras tanto, el conflicto se iba acercando más y más...
Una tarde, Sinew los reunió a todos en la cocina.
—Como ya sabéis —dijo—, he estado registrando la ciudad. He seguido cada rumor, cada susurro, casi incluso antes de que se produjeran. No he encontrado nada. Los artificieros han salido de Alhaja, de eso no hay duda. Si aún siguieran aquí habría encontrado algún rastro de ellos. Y en cuanto a los tutores sagrados...
Miró a Goldie.
—Según las fuentes oficiales, han suspendido tu búsqueda, pero no termino de creérmelo. No te han tachado del registro de niños, lo cual es raro. Pero todo el mundo tiene la boca cerrada como una ostra y no he podido descubrir nada más —se encogió de hombros—. No sé qué pensar. Los movimientos no han empeorado en las últimas semanas. Puede que el peligro haya pasado de largo.
Herro Dan negó con la cabeza.
—Los movimientos no han empeorado, pero tampoco han mejorado. Sea lo que sea lo que está ahí afuera, no se va a marchar. ¿No has encontrado nada? ¿Nada en absoluto?
—Eh, bueno... —titubeó Sinew—. Por lo visto alguien irrumpió en la oficina de la Protectora hace un tiempo. No echaron nada en falta, pero encontraron unos extraños arañazos en una de las ventanas de la planta baja. Puede que ocurriera la misma noche en que Goldie llegó aquí. Pero también es posible que no fuera así.
—A mí me suena mal —murmuró Herro Dan—, aunque no sé por qué. Lo único que sé es que el peligro no ha desaparecido. Lo siento en el fondo de mi ser. Está ahí afuera, en alguna parte, en este momento. Creo que está esperando algo. Ojalá supiera el qué.
El Adalid estaba practicando con su espada nueva. Era una buena arma, creada especialmente para él, con la empuñadura plateada y la hoja bien recta. Mientras se movía adelante y atrás, bloqueando las estocadas de un enemigo invisible, se puso a repasar sus planes. Las piezas estaban encajando a la perfección. Ahora solo le faltaba contar con el teniente mariscal.
De acuerdo con los espías del Adalid, al final el miliciano no había comparecido ante la corte marcial. Aquello no sorprendió al Adalid; a su hermana siempre le había faltado carácter. En vez de castigar a aquel hombre como se merecía, se había limitado a confinarlo en los barracones. Y aquella misma mañana le habían permitido regresar a sus quehaceres.
Una sonrisa se dibujó en los labios del Adalid. Si había calado bien a ese hombre, no tendría que esperar mucho. De hecho...
Alguien llamó a la puerta de su despacho con un golpe seco. El Adalid sintió una oleada de satisfacción. Con una última estocada, ensartó las cortinas del despacho a la altura del corazón.
Después sacó su reloj de bolsillo. Los acontecimientos se estaban desarrollando en el plazo previsto.
—¡Adelante! —dijo.
La puerta se abrió y entró el teniente mariscal de la milicia. Llevaba el uniforme impoluto y planchado, como si fuera a acudir a un desfile. Tenía el rostro perlado de sudor. Avanzó a grandes pasos sobre la alfombra y se puso firme frente al Adalid.
—¡Señoría! Espero que no sea demasiado tarde para presentarme ante usted.
El Adalid deslizó su espada en el interior de la vaina.
—Teniente mariscal, ¡es un placer volver a verlo! ¿Demasiado tarde? ¡Por supuesto que no! El personal ya se ha ido a casa pero yo sigo aquí, trabajando por la noche como de costumbre —le estrechó la mano al miliciano—. Me alivia comprobar que ya no sigue bajo arresto. Lamento que mis ruegos no hayan servido para liberarlo antes. Aunque conseguí persuadir a la Protectora para que no lo llevara ante una corte marcial.
—Gracias, señoría —dijo el teniente mariscal, con gesto de sorpresa—. ¡Estoy en deuda con usted! De no haber sido por su intervención, me...
—No hace falta que me dé las gracias —dijo el Adalid—. Ha sido un placer. No podemos permitirnos perder a un hombre de su talento. Y bien, ¿ha tenido ocasión de pensar en...?
Dejó la frase inacabada. El teniente mariscal asintió con vigor.
—Tal y como me sugirió, señoría, he estado pensando en la seguridad de la ciudad. Confío en que sigamos en paz durante tanto tiempo como sea posible. Pero si se presentara una temible amenaza, sería mi deber servir a los Siete Dioses... —hizo una pausa y lanzó una mirada de complicidad al Adalid—. Servir a los Siete Dioses de cualquier manera que se requiriese de mí.
—Magnífico —dijo el Adalid—. ¡Magnífico! Y dígame, sus compañeros milicianos... ¿son tan leales a los Siete como usted?
—Algunos, señoría. Los he estado tanteando discretamente. Podría darle una lista de nombres.
—¡Magnífico! —repitió el Adalid. Dejó la espada envainada cruzada sobre el escritorio y se sentó en su silla, observando al miliciano con una intensa curiosidad, tal y como un gato observaría a un ratón al que tiene sujeto entre sus zarpas—. Por supuesto, si tal amenaza apareciera, la ciudad requeriría a un líder fuerte...
—Como usted —se apresuró a decir el teniente mariscal.
—Me halaga —dijo el Adalid.
Abrió la puertecita de la vinoteca que se había construido en el escritorio. Paseó la mirada sobre el librito azul que había escondido allí.
—¿Le apetece un vaso del mejor burdeos de Merne para brindar por los Siete? —murmuró.
El teniente mariscal asintió. Sin que se lo pidieran, se sentó en una de las sillas destinadas a los visitantes, se quitó la gorra y se enjugó la frente con la manga.
El Adalid inclinó la botella de vino para ocultar su satisfacción. Desde luego, los miembros de la milicia eran una panda de inútiles. No había un verdadero asesino entre ellos. Pero le servirían hasta que encontrara algo mejor. Algo que no debería tardar mucho en ocurrir...
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