ESPÍAS
Capitulo XV
ESPÍAS
Capitulo XV
A la mañana siguiente, Herro Dan llevó a Goldie a la balconada conocida como La Milla de la
Dama. Se extendía desde un lateral de un inmenso salón repleto de estandartes andrajosos y tapices devorados por las polillas. Cuando Goldie se asomó por la balaustrada, vio unas mesas más abajo, y unas sillas que parecían agitarse y suspirar en aquel ambiente nublado, como si una multitud acabara de abandonarlas.
—Ha llegado el momento de que aprendas el canto primigenio, chiquilla —dijo Herro Dan—. Es lo que cantamos para apaciguar al museo cuando está inquieto. No te lo he podido enseñar antes.
Tienes que desarrollar tu fortaleza para entonar el canto primigenio, tu fortaleza física y mental...
Se interrumpió con brusquedad e inclinó la cabeza como si hubiera oído algo inesperado.
Goldie aguzó el oído. Desde algún punto lejano se oía un ruido parecido a una detonación. Era tan débil que Goldie pensó que igual se lo había imaginado. Pero cuando miró a Herro Dan, comprobó que el anciano la estaba mirando con inquietud.
—Algo no va bien —murmuró—. ¡Algo no va nada bien! Será mejor que vaya a echar un vistazo.
Goldie no sabía cuánto tiempo estaría ausente el anciano, así que se quedó allí esperando un rato. Pasado un rato comenzó a inquietarse y regresó a la cocina. Para su sorpresa, Flemo la estaba esperando allí, y por la expresión de su rostro parecía bastante agitado.
—¡Tus tutores sagrados han regresado! —dijo en cuanto Goldie entró por la puerta—. ¡Están en las dependencias delanteras! ¡Y se han traído a un par de aprendices!
A Goldie le pegó un vuelco el corazón.
—Pensaba que se habían dado por vencidos. ¿Por qué me siguen buscando?
—Según la tutora Ilusa, no te están buscando —dijo Sinew, que sacó una silla para Goldie—.
Dice que están haciendo una inspección. Una inspección histórica. Cuadros antiguos y cosas así.
Olga Ciavolga soltó un bufido.
—¿De verdad esperan que nos creamos esa tontería?
—No creo que les importe lo que creamos o dejemos de creer —dijo Sinew.
—Entonces, ¿cuál es su verdadero propósito? —dijo Olga Ciavolga.
—No lo sé. Quizá estén buscando a Goldie. Quizá sea otra cosa.
—Podríamos ir a echar un vistazo —dijo Flemo, señalando a Goldie con el pulgar—. Ella y yo.
Podríamos espiarlos.
Goldie se quedó mirándolo, horrorizada. Le alivió que Sinew negara con la cabeza.
—No.
—Venga, Sinew —le rogó Flemo—. No es la primera vez que espío a alguien en las dependencias delanteras. No nos verán. Y así a lo mejor descubrimos lo que se traen entre manos. —¡He dicho que no!
Flemo soltó un bufido, disgustado.
—Y tú eres el que siempre habla de adultos sobreprotectores...
Olga Ciavolga pareció pensativa.
—Puede que no sea tan mala idea.
—¡Eso! —dijo Flemo.
«¡No!», pensó Goldie.
—No creo que... —comenzó a decir Sinew.
—Los tutores sagrados están mostrando interés por nosotros por primera vez en muchos años — lo interrumpió Olga Ciavolga—. ¿Y por qué? ¿Tiene que ver con Goldie? ¿O con el conflicto que se avecina? ¿Han descubierto cosas que no deberían saber sobre el museo y lo que contiene? Debemos encontrar las respuestas a estas preguntas.
—Pero...
—Te preocupa la seguridad de los niños, Sinew, igual que a mí. Pero Flemo tiene razón; ha espiado a visitantes otras veces y jamás le han visto.
—Pero Goldie...
—Ha aprendido mucho desde que llegó aquí. Y además no tiene por qué ir. Nadie va a obligarla.
Depende completamente de ella.
Pero no era así, claro. No con Flemo allí sentado y sonriendo, como si supiera el pavor que sentía Goldie solo de pensar en volver a ver a la tutora Ilusa. Y con Olga Ciavolga, que esperaba que Goldie tomara una decisión sensata cuando apenas había tenido que tomar ninguna decisión en su vida antes de llegar al museo.
E incluso Sinew, cuyo rostro preocupado le recordó de repente a papá, así que sintió un nudo en el estómago producto de la añoranza, y Goldie supo que si se quedaba allí sentada un minuto más empezaría a llorar como un bebé, y posiblemente no pararía nunca.
Se apresuró a levantarse.
—Iré —dijo, y solo por la cara de sorpresa que puso Flemo ya casi valió la pena.
—Vosotros —dijo la tutora Ilusa— sois tutores en prácticas. Yo soy vuestra superiora.
Los dos aprendices de la Escuela de Tutelaje Sagrado se quedaron mirándola boquiabiertos. Le habían dicho sus nombres, pero Ilusa ya los había olvidado. Sus rostros eran igualmente prescindibles. Lo importante era que estaban a sus órdenes.
Bueno, a las suyas y a las de Confort, oficialmente. Pero en realidad a las suyas.
Parecía haber pasado una eternidad desde que Ilusa entregó su informe al Adalid con una descripción del museo y sus confusas salas. Al final del informe le había mostrado el fragmento de cinta de seda y había pedido permiso para meter a Sinew en la Casa del Remordimiento y, ejem, persuadirlo para que les dijera dónde estaba la niña de los Roth.
Pero en lugar de eso, el Adalid había ordenado a Ilusa y a Confort que se mantuvieran alejados
del museo. Ilusa había tenido que reprimir su impaciencia durante semanas. Durante todo ese tiempo, la certeza de que la niña estaba allí, en algún rincón del edificio (riéndose de ella, sin duda, y meneando los dedos sobre la nariz a modo de burla), se había extendido tanto por su ser que apenas podía pensar con claridad.
Pero la reunión de aquella mañana con el Adalid le había devuelto la confianza. No había tantas discrepancias entre los planes de su señoría y los suyos después de todo. Si Ilusa hacía lo que le pedía, no tardaría en encontrar a la niña...
Se obligó a centrar de nuevo sus pensamientos en los tutores en prácticas. Confort les estaba entregando una enorme hoja de papel, un lápiz y una regla.
—Supongo que ya tenéis vuestras instrucciones —dijo Confort.
Los aprendices siguieron mirándolos con cara de idiotas.
—Ay, por el amor del Gran Fetiche —les espetó Ilusa—. ¡Poneos en marcha!
Como cabía esperar, resultaron ser los más incompetentes del mundo. Usaban la regla con tanta torpeza y lentitud que Ilusa se vio obligada a pegarles varios gritos. Pero al final consiguieron medir la anchura de la entrada del museo y la distancia que había desde la puerta principal hasta el arco de piedra. Midieron la altura del arco y su grosor. Anotaron las cifras en la hoja de papel y dibujaron esquemas con finos trazos negros. Después se desplazaron a la primera sala de exposición y repitieron la misma operación.
Fue en la tercera sala donde empezaron los problemas. Uno de ellos se adelantó para hacer una inspección preliminar y acabó perdido durante más de una hora. El otro no paró de cometer errores con las medidas, incapaz de conseguir la misma dos veces. De no haber sido por el Adalid (y por la niña, que estaba escondida en alguna parte, creyéndose a salvo), Ilusa se habría llevado las manos a la cabeza, exasperada, y se habría ido a casa. Entonces perdieron la hoja de papel...
Flemo se quedó tumbado sobre el vientre detrás de la vitrina rota. Goldie se agachó a su lado, con el cuerpo en tensión.
No estaba segura de cómo habían llegado hasta allí. Había seguido a Flemo a ciegas a través de la puerta reservada para el personal hasta llegar a las dependencias delanteras, tratando de no pensar en el lugar al que se dirigían. Tuvo la sensación de haber olvidado todas las lecciones que le habían dado. En una ocasión tropezó con una mesa y Flemo se dio la vuelta y la fulminó con la mirada. Goldie le sacó la lengua, y gracias a ese gesto se sintió un poco mejor.
La vitrina estaba en un rincón, con expositores y mesas a cada lado. Flemo llevó a Goldie hasta la parte posterior de la vitrina y le dijo que se agachara. Después se tumbó a su lado. Y esperaron.
Cuando Goldie oyó la voz de la tutora Ilusa, le entraron ganas de ponerse en pie de un salto y volver corriendo por donde habían venido. Sintió un hormigueo en la muñeca, como si fueran a colocarle unos grilletes plateados de un momento a otro.
—... unos idiotas —iba diciendo la tutora Ilusa cuando entró en la sala—. ¿Me oís? ¡Sois unos completos idiotas, los dos! ¿Es que no podéis hacer un simple encargo sin que os tengan que llevar de la mano como si fuerais niños? ¿Cómo esperáis obtener la escala correcta si ni siquiera sois capaces de tomar bien las medidas?
—El nivel está bajando, camarada —se lamentó el tutor Confort—. No es el mismo que cuando hicimos nuestro aprendizaje.
—Con el debido respeto, camarada —replicó la tutora Ilusa—, esto no tiene nada que ver con el nivel. ¡Es una cuestión de sentido común! Mide esto. Mide aquello. Ve aquí. Ve allá. ¿Acaso hay algo más sencillo? ¿Pero estos dos necios son capaces de hacerlo? ¡Ya has visto que no!
Había una grieta en la parte trasera de la vitrina. Goldie se asomó por ella y alcanzó a ver la sala. ¡Allí estaba el tutor Confort! ¡Y la tutora Ilusa! Y los acompañaban unos aprendices, jóvenes los dos. Las cadenas de castigo de latón que llevaban en torno a la cintura estaban tan impolutas como sus rostros de novicios.
—Lo... lo lamento, honorable camarada —dijo uno de los aprendices, después de tragar saliva —. ¡Lo haremos mejor! ¿No es así, camarada?
—Así es —murmuró su amigo.
La tutora Ilusa refunfuñó.
—Pues adelante entonces. ¡Pero es vuestra última oportunidad! Si volvéis a pifiarla lo lamentaréis.
Goldie observó cómo los dos jóvenes desenrollaban un enorme trozo de papel y lo colocaban cuidadosamente sobre uno de los expositores. Lo sujetaron colocándole unas piedras en los extremos. Después sacaron un lápiz y una regla de entre los pliegues de sus togas y empezaron a medir la distancia que había entre la entrada de la sala y la primera esquina.
Goldie sintió una oleada de entusiasmo. Estaba empezando a recordar sus lecciones y se dio cuenta de lo que había que hacer. «Si me deslizo sigilosamente por la pared en esa dirección...».
Flemo le dio una palmadita en el brazo.
Voy a ver qué pone en el papel, le indicó por señas. Espera aquí. No te muevas. No hagas ninguna estupidez.
Goldie se apresuró a responderle con los dedos.
¡No! ¡Iré yo! ¡Tú te quedas esperando! Y antes de que Flemo pudiera detenerla, se incorporó y comenzó a alejarse.
Pudo sentir la mirada de Flemo fija en ella mientras se deslizaba silenciosamente por la pared que había detrás de las mesas y los expositores, pero no miró atrás. Se puso a pensar en lo que Sinew le había enseñado. Camuflaje...
Las patas de una de las mesas estaban quemadas, Goldie pasó los dedos sobre ellas y se untó la piel con el hollín. Su rostro y sus brazos se fundían con las sombras y la madera rota. El corazón le latía con mucha fuerza en el pecho. Le pareció que no había tardado nada en alcanzar el lugar al que se dirigía. El expositor se alzaba por encima de ella. Goldie deslizó la mano a través de él y quitó las piedras. Sin emitir sonido alguno, el papel se deslizó fuera del expositor. Goldie lo cogió antes de que tocara el suelo.
—¿La misma medida dos veces? —dijo la tutora Ilusa con tono sarcástico—. ¡No me lo puedo creer!
—E... eso parece, honorable camarada —dijo uno de los aprendices.
—Pues corre a apuntarla, idiota, antes de que cambie.
—¡Sí, sí, por supuesto!
Goldie se escabulló en el momento justo. Desde la profundidad de las sombras oyó que el tono de voz del joven cambiaba.
—Esto... honorables camaradas, el papel...
—Sí, idiota, apúntalo en el papel, ¿dónde si no?
El aprendiz se agachó para mirar por debajo del expositor.
—¡Ha desaparecido!
La tutora Ilusa dejó escapar un sonoro suspiro.
—¡No seas ridículo! Lo habrás dejado en otro sitio.
Mientras el joven se alejaba del expositor y comenzaba a rebuscarse entre los bolsillos de la toga, Goldie examinó el trozo de papel. Al principio no consiguió dar sentido a aquel amasijo de líneas y cifras. Algunas de ellas estaban tachadas y anotadas de nuevo, y aún se percibían los restos de los trazos eliminados.
Y entonces, de repente, todo encajó en su sitio y se dio cuenta de lo que era.
Oyó cómo la tutora Ilusa se lamentaba de forma melodramática.
—Por el Buey Negro, ¿es que tengo que hacerlo todo yo misma?
A Goldie se le puso la piel de gallina. Mientras las furiosas pisadas de la tutora Ilusa se dirigían hacia ella, se asomó hasta el borde mismo de las sombras y lanzó el papel por los aires. Después se quedó inmóvil y trató de imitar el vacío.
Aún no había terminado de dominar la técnica. Pero no había tiempo de practicar. Ralentizó su respiración. Dejó la mente en blanco... o al menos lo intentó. Pero las pisadas de la tutora Ilusa ya estaban muy cerca. Sintió el hormigueo en la muñeca. Casi podía sentir encima el peso de las cadenas de castigo. No quería tener miedo, no quería....
No intentes repeler el miedo, le susurró la vocecilla. Salúdalo educadamente como si fuera un primo que ha venido a verte sin que lo hayas invitado.
Tragó saliva. «¡Hola, miedo! No tienes intención de marcharte, ¿verdad? Muy bien, pues entonces quédate, ¡pero déjame seguir con lo mío!».
Volvió a ralentizar su respiración. Algo pareció encajar dentro de su cabeza, y de repente las instrucciones de Sinew cobraron sentido.
«No soy nada. Soy una sombra en un rincón de la habitación».
Su mente navegó a la deriva como una mota de polvo. Podía percibir la presencia de Flemo al otro lado de la vitrina, conteniendo la respiración. Podía percibir a los dos aprendices que se rebuscaban frenéticamente en los bolsillos, y la creciente frustración de la tutora Ilusa.
Nada de aquello parecía tener importancia.
La tutora Ilusa se asomó por el borde del expositor.
«No soy nada. Soy una sombra...».
—Lo que pensaba —dijo la tutora Ilusa—. Estaba aquí todo el tiempo. Solo hacía falta que alguien con dos dedos de frente lo buscara.
Su mirada pasó de largo frente a Goldie como si no estuviera allí. Entonces alargó la mano y recogió el trozo de papel.
—Están intentando hacer un plano del museo —dijo Goldie. Sinew enarcó las cejas.
—¿En serio?
A Goldie le seguía latiendo con fuerza el corazón al recordar lo que había hecho. ¡Había imitado el vacío! ¡Había espiado a los tutores sagrados sin que se dieran cuenta! El Adalid tenía razón, ¡era una chica mala! ¡Y le daba igual!
—¿Os vieron, o sospecharon algo? —dijo Olga Ciavolga. Flemo resopló.
—Casi.
—¡No, de eso nada! —dijo Goldie.
—Estupendo. Pero eso del mapa no me gusta un pelo. Hay que contárselo a Dan y ver qué opina.
¿Dónde está?
—Se fue a comprobar algo —dijo Goldie—. Cuando estábamos en La Milla de la Dama. —¿Dijo el qué?
Goldie negó con la cabeza.
—Oyó un ruido. No sé qué sería.
—No importa —dijo Sinew—. Supongo que volverá pronto. Y entonces se lo contaremos y pensaremos qué hacer.
Pero Herro Dan no volvió pronto. Lo esperaron durante todo el día y hasta bien entrada la noche, pero no volvió.
↓LEE EL SIGUIENTE CAPITULO ↓