LA ESPERA
Capitulo XIX
LA ESPERA
Capitulo XIX
Olga Ciavolga no les permitió acompañarla al otro lado de la Puerta Furtiva. Flemo protestó, pero
Goldie se dio cuenta de que en el fondo se sentía tan aliviado como ella.
—Debéis esperar a Sinew —dijo la anciana—. Cuando regrese, decidle adónde he ido. Decidle que regresaré tan pronto como sea posible, y que traeré a Dan conmigo.
—¿Y si...? —Goldie se mordió el labio—. ¿Y si te disparan?
—Sé cómo piensan esos soldados —dijo Olga Ciavolga—. No creo que me hagan daño. Y si la Protectora actúa con rapidez para detener a los tutores sagrados, las salas de la guerra se apaciguarán y los soldados dejarán de ser tan peligrosos.
—¿Por qué no me dejas que detenga a los tutores sagrados? —protestó Broo—. No los mataría, si eso es lo que quieres. Simplemente los cogería y los mordisquearía un poco. Y cuando volviera a dejarlos en el suelo, se marcharían corriendo.
—Y entonces regresarían con armas y redes —dijo Olga Ciavolga—, para capturar al último iracán viviente. No, querido, no están al tanto de tu existencia, y así es como tiene que ser. Dejaremos que sea la Protectora quien libre esta batalla.
Acarició a Broo por detrás de la oreja, e hizo lo propio con las plumas negras de Morg. Después, sonrió a Goldie y a Flemo.
—Sois unos chicos valientes y de buen corazón —dijo—. Pero debéis aprender a pensar antes de actuar. Ocurra lo que ocurra, recordad que siempre hay una alternativa. Pensad en las consecuencias, y después haced lo que debáis hacer.
Se dio la vuelta para marcharse... y al momento se volteó de nuevo.
—Decidle a Sinew que no venga a buscarme, pase lo que pase. Lo necesitamos aquí. Entonces, con un aleteo de sus coloridas faldas y un tintineo de monedas, se marchó.
Goldie se sentó en el segundo escalón de Monte Harry, tamborileando sobre la superficie de madera con los talones. Tres escalones más arriba, Flemo estaba jugueteando con su navaja plegable, colocándosela en la palma de la mano y haciéndola desaparecer. Broo daba vueltas por el suelo que se extendía al pie de la escalera, con pasos largos y enérgicos.
—¿Me prestas tu alambre? —dijo Goldie, después de haber estado observando a Flemo durante un rato.
Flemo se encogió de hombros y le entregó el alambre que había usado para abrir la Puerta Furtiva. Goldie sacó las tijeras y un pequeño candado del bolsillo.
Le gustaba forzar cerraduras. Olga Ciavolga se había puesto muy contenta al ver lo rápido que aprendía.
—Pero debes practicar siempre que tengas ocasión —le había dicho la anciana—. Hay muchos candados en esta ciudad y algunos me ponen a prueba incluso a mí. Algún día puede que tu vida dependa de tu habilidad para abrirlos.
Goldie introdujo uno de los filos de las tijeras en la cerradura del candado y lo giró ligeramente. Después, metió el alambre en el agujero, por encima del filo de las tijeras. Cuando presionó hacia arriba percibió los cinco pequeños resortes que componían el candado. Presionó el primero de ellos y, al cabo de unos segundos, oyó un suave chasquido.
Desplazó también el segundo resorte, y después el tercero. Pero para entonces el ambiente se estaba volviendo más sofocante, como si el museo entero fuera presa de una fiebre, y resultaba difícil concentrarse.
—Venga —dijo, al tiempo que le devolvía el alambre a Flemo y se ponía en pie con un brinco—.
Vamos a ver qué está pasando.
Flemo se levantó despacio, como si hubiera estado reflexionando.
—¿Sabes lo que pienso? Que los tutores están intentando llegar a las dependencias traseras. ¿Por qué si no estarían claveteando todo el museo? Están tratando de encontrar la puerta reservada para el personal.
Goldie asintió. Aquello tenía sentido.
—Pero ¿por qué? —dijo—. ¿Qué es lo que quieren?
—No lo sé.
Broo soltó un gruñido ahogado.
—No llegarán a las dependencias TRRRRRASERAS. No se lo permitiré. Solo con estar en las dependencias DELANTERRRRRRAS provocan que el ambiente se vuelva nauseabundo —se le erizó la piel del lomo, de forma que parecía aún más grande de lo habitual—. ¡Y están HIRRRRIENDO al museo!
—No te preocupes, Sinew y la Protectora los detendrán —dijo Goldie, confiando en que así fuera.
Los dos niños deambularon a través de las inestables estancias, con Morg acurrucada sobre el hombro de Flemo y Broo avanzando a cierta distancia por delante de ellos. De vez en cuando el museo se estremecía, y Goldie y Flemo se detenían para cantar. Al cabo de no mucho tiempo se les resintió tanto la garganta como los ánimos.
El único que no parecía afectado por la espera era Broo. Sus fosas nasales se estremecían, y emitía unos gruñidos guturales, pero al mismo tiempo tenía un aspecto tranquilo, como si fuera un muelle enrollado que espera y espera hasta que llega el momento de entrar en acción. Y que los Siete Dioses amparasen a quienquiera que se cruzara entonces en su camino.
—Broo —dijo Goldie, que ya había perdido la paciencia y quería pensar en otra cosa—, ¿cómo decides cuándo ser grande y cuándo ser pequeño?
Broo ladeó la cabeza.
—No lo decido, del mismo modo que los humanos no decidís cuándo estar alegres y cuándo estar enfadados. Lo grande y lo pequeño deciden por mí. A veces resulta una sorpresa, incluso para mí. —¿Qué tamaño te gusta más? —dijo Goldie.
El iracán pareció pensativo.
—Resulta agradable perseguir ratones y hacer como si no hubiera mayores peligros en el mundo. Pero también resulta agradable abalanzarse sobre un enemigo y roerle los huesos... ¿Tengo que elegir? No creo que pudiera.
Goldie iba a preguntarle más cosas, pero en ese momento el museo se estremeció de nuevo. Para cuando lo apaciguaron con sus cánticos, con la voz cada vez más afónica, se había olvidado de la pregunta.
Estaban pasando frente a uno de los barcos encallados en Tom el Rudo cuando Broo levantó las orejas. Un segundo más tarde, Goldie oyó un sonido en la distancia. Era el claxon de un carruaje, que aullaba como un niño perdido.
—¡Es el Tiburón! —dijo Flemo—. ¿Crees que Herro Dan habrá vuelto?
Broo negó con la cabeza.
—Yo no aullaría con tanta lástima si un amigo acabara de regresar del otro lado de la Puerta Furtiva.
—Pero tú no eres el Tiburón —dijo Flemo—. Puede que Herro Dan haya vuelto. ¡Y Olga Ciavolga también! Vamos a echar un vistazo.
Goldie no se movió.
—Olga Ciavolga nos dijo que esperásemos a Sinew.
—Sí, pero no dijo dónde.
—No se refería a que tuviera que perseguirnos por todo el lugar.
—¿De qué estás hablando? ¡Ya hemos estado por todo el lugar! Sinew nos encontrará dondequiera que estemos.
Goldie sabía que Flemo tenía razón. Pero el calor y la inquietud le habían apagado los ánimos, y de repente se sintió incapaz de dar un solo paso más.
—Pues yo no voy.
—¡Pues yo sí!
—No deberías. Creo que deberíamos permanecer juntos.
Flemo la miró con el ceño fruncido.
—¿Y a quién le importa lo que pienses?
—No discutáis —dijo Broo—. Si tanto te preocupa, iré yo —y se marchó dando zancadas.
Ahora que no estaba el iracán, la espera se hizo aún más dura. Los dos niños se apoyaron sobre el casco del barco, evitando que sus miradas se cruzaran. Goldie sentía que tenía todos los nervios del cuerpo tan tensos que estaban a punto de romperse.
—Espero que Olga Ciavolga esté bien —dijo.
Flemo soltó un bufido, irritado.
—Por supuesto que estará bien. ¡No seas idiota!
—¿A quién llamas idiota?
—No veo a nadie más por aquí, así que debe de ser a ti.
Goldie se apartó del barco y fulminó a Flemo con la mirada.
—¡Tú sí que eres idiota!
—¡No lo soy!
—¡Sí lo eres!
—Si no hubieras venido aquí —dijo Flemo—, nada de esto habría ocurrido.
—¡Esto no tiene nada que ver conmigo! ¡Si aún no te has dado cuenta de eso, es que eres más tonto de lo que pensaba!
—Debería azuzarte a Morg. Seguro que le apetecen un par de ojos jugosos. Plop. Plop.
—Venga, hombre, ¿te crees que me da miedo Morg? Ven, Morgy, ven aquí y pósate sobre mi hombro. ¡Yo soy mucho más simpática que él!
—No le gustas. Solo le gustarías si estuvieras muerta, ¿no es así, Mor...?
Flemo se interrumpió, mientras su rostro se iba poniendo lívido. A lo lejos, en las profundidades del museo, Goldie oyó una especie de gemido, como si se estuviera levantando una ventolera.
—¡Aaaaah!
Morg levantó el vuelo desde el hombro de Flemo. Casi al mismo tiempo, el viento los golpeó. No era uno de los Grandes Vientos, pero tenía la fuerza suficiente como para lanzar al ave carnicera por los aires y arrastrarla como si fuera un puñado de harapos de color negro.
Goldie se acercó tambaleándose hasta Flemo y los dos se agarraron con fuerza, tratando de mantenerse en pie. El viento aullaba en sus oídos como una advertencia..., y entonces se disipó.
En mitad del repentino silencio, los dos niños se quedaron mirándose horrorizados, olvidada ya su disputa. Ambos sabían lo que había intentado contarles el viento.
Le había ocurrido algo a Olga Ciavolga.
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