EL ADALID
Capitulo III
EL ADALID
Capitulo III
Los asistentes se pusieron rápidamente en pie y avanzaron a empujones hacia el hombre desfallecido, gritando todos a la vez.
—¿Qué es?
—¿Quién es?
—¿Qué niños?
—¡Cuidado, no vayáis a pisarlo!
—¿A qué se refería con lo del asesinato?
—¡Traedle una silla! ¡Traedle agua! —gritó la Protectora, que le devolvió las tijeras al teniente mariscal, bajó del escenario de un salto y comenzó a abrirse camino entre la multitud.
Mamá abrazó a Goldie con fuerza. Papá las estrechó a ambas entre sus brazos.
—Los niños —susurró—. ¿Qué les ha ocurrido a los niños?
Goldie sintió como si le ardiera la muñeca izquierda. Se metió la otra mano en el bolsillo y cerró los dedos en torno al pajarillo azul. «Rápido», pensó. «Acabad rápido con esto para que podamos seguir con la separación».
Uno de los milicianos transportó una jarra de agua entre la multitud y vertió parte de su contenido sobre la cabeza del intruso, que emitió un gruñido y se incorporó.
Alguien exclamó:
—¡Es el Adalid!
Goldie se quedó mirando desconcertada hacia aquella silueta desaliñada. Su señoría, el Adalid de Alhaja, líder de los tutores sagrados y portavoz de los Siete Dioses, era un hombre alto y bien parecido que nunca se dejaba ver en público a no ser que su cabello negro estuviera liso como el ala de un cuervo y el galón plateado de su toga reluciente.
Pero ahora tenía la toga hecha harapos y la frente cubierta de sangre. Y bajo la sangre, tenía el rostro cubierto de ceniza y estaba pálido por el terror.
La multitud se quedó en silencio. El Adalid miró a su alrededor como si no supiera dónde estaba.
—Ha habido... Ha habido una explosión —dijo con voz entrecortada—. Los niños...
Se calló, incapaz de seguir hablando. Goldie recordó el ruido sordo que había escuchado. ¡Una explosión!
—¡Que el Gran Fetiche nos proteja! —susurró mamá, batiendo los dedos y abrazando con más fuerza a Goldie.
—Traedle algo de beber —ordenó la Protectora.
El Adalid engulló el agua hasta que la jarra quedó vacía. Se secó los labios con una mano cubierta de sangre. Entonces, presa de unos espasmos incontrolables y deteniéndose cada pocas palabras para recobrar el aliento, explicó a la horrorizada multitud lo que había ocurrido.
—Una excursión... esta mañana... iban cuatro niños con sus tutores... los había invitado a visitar mi oficina antes de la ceremonia de separación. Que los Siete Dioses me perdonen.
Su voz era poco más que un susurro, pero a Goldie le pareció que resonaba de un extremo a otro del auditorio.
—Estábamos en la... biblioteca... mostrándoles los retratos... de los Adalides que me precedieron en el cargo... grandes hombres todos ellos... sirvieron a los Siete, cuidaron de los niños de la ciudad...
Volvió a quedarse en silencio. Durante un terrible instante, Goldie pensó que el Adalid iba a echarse a llorar. Una única lágrima recorrió su rostro, formando un canal a través de las cenizas. El Adalid se la enjugó y prosiguió.
—Fue como... si nos alcanzara un golpe fortísimo. Mis tutores... se lanzaron sobre los niños para protegerlos. No sabíamos qué estaba ocurriendo. Estábamos ensordecidos... el ruido, el yeso que se venía abajo... los muros que se derrumbaban a nuestro alrededor. Los niños...
Papá dejó escapar un gemido. Mamá estaba sollozando abiertamente, y no era la única. La Protectora alzó una mano para ordenar silencio.
—Cuando recuperamos la visión —dijo el Adalid—, comprobamos que los niños estaban a salvo... conmocionados, pero a salvo. Todos salvo uno... una niñita del...
Inspiró profundamente y se estremeció.
—Una niñita del... canal de Hueso Ferviente. Estaba... muerta.
Aquello provocó una enorme conmoción en el auditorio. Goldie emitió un gemido de terror que se repitió en las gargantas de todos los presentes. Mamá y papá la abrazaron con más fuerza todavía. ¿Muerta? ¿Muerta? ¿Una niña? ¿En Alhaja? Era como si la peor pesadilla imaginable se hubiera hecho realidad.
La Protectora tenía el rostro lívido, pero alzó la mano una vez más para pedir silencio.
—Cuando entró en el auditorio —dijo con un tono de voz lo más firme posible—, dijo algo sobre un asesinato.
—Pensé... Pensamos que podía tratarse de una explosión de acuagás —dijo el Adalid—. Un accidente. Pero un testigo vio... a dos hombres huyendo. Dos desconocidos. Y mis tutores encontraron los restos de... un dispositivo. Por los Siete, excelencia, no fue un accidente. Fue... una bomba.
Los siguientes minutos fueron una amalgama de ruidos y gritos. Goldie sintió que le faltaba el aliento. Vio cómo la Protectora le hacía unos gestos al teniente mariscal, que estaba a su lado. Parecían estar discutiendo. La Protectora le dijo algo con rudeza y el teniente mariscal volvió a subir al escenario y se colocó junto a Goldie, con expresión tensa y airada.
La Protectora salió a toda prisa del auditorio, seguida de cerca por el resto de la milicia. La multitud se echó a un lado para abrirles camino. Todos tenían la misma cara de conmoción. ¿Una bomba? ¿En Alhaja?
—No puede ser —murmuraba papá una y otra vez—. ¡No puede ser!
Mamá había empapado la parte superior del babi de Goldie con sus lágrimas.
Abajo, en la nave del auditorio, había cierto revuelo mientras el Adalid se ponía a duras penas en pie. La gente se apresuró a auxiliarlo, pero él rechazó su ayuda con un ademán y subió a rastras al escenario.
—Amigos —comenzó a decir a viva voz.
Poco a poco, la multitud volvió a quedarse en silencio, aunque muchos de ellos seguían sollozando.
—Amigos, el peligro nos rodea. ¿Quién sabe dónde volverá a atacar? Debemos pedir a los Siete que nos protejan.
Goldie murmuró una breve oración y batió los dedos. ¡No nos protejas, Gran Fetiche! ¡No nos defiendas, Dama Llorona! ¡Ya habéis hecho suficiente! ¡Marchaos a otra parte! ¡Por favor!
—La Protectora Suprema ha marchado a lidiar con esta tragedia —prosiguió el Adalid—, tal y como dicta su deber. Pero estoy seguro de que si siguiera aquí estaría de acuerdo conmigo. Los deseos de los Siete Dioses están claros. Ahora no es el momento de un cambio. Por tanto, esta separación queda cancelada.
En un principio, Goldie no consiguió dar sentido a las palabras del Adalid. Llevaba esperando ese día toda su vida. No podían cancelarlo. Ni siquiera por una bomba y una niña muerta. No era posible.
¿Verdad?
Tenía la mano, aquella con la que sostenía el pajarillo volador, helada. Al mismo tiempo, sentía un intenso calor en su interior, como si alguien hubiera encendido un fuego en sus entrañas.
—¿Papá? —susurró, tratando de controlar su tono de voz—. ¿El Adalid puede hacer eso?
Al parecer sí podía. Ya estaba haciendo gestos al hojalatero para que regresara al escenario.
Papá suspiró.
—Cariño, es muy peligroso seguir adelante con la ceremonia. Quizá el próximo año la Protectora lo intente de nuevo.
—O al año siguiente —dijo mamá, que trataba de acariciar a Goldie al tiempo que la empujaba hacia el hojalatero.
El calor que sentía Goldie en las entrañas se estaba intensificando. En el fondo de su conciencia, la vocecilla susurró: No puedes esperar tanto. Tienes que separarte hoy.
—¡No puedo esperar tanto! —dijo Goldie. Las palabras parecían brotar de su interior como una explosión— ¡Tengo que separarme hoy!
La tutora Ilusa apareció de repente.
—¡Muchacha aberrante! ¡Ha habido un asesinato! ¿Dónde está tu miedo? ¿Dónde tus temblores?
—Está disgustada, nada más —se apresuró a decir mamá. Después le colocó una mano a Goldie en la frente—. Ha sido a causa de la impresión. Pronto se sentirá mejor.
—¡No me sentiré mejor! —dijo Goldie. Era consciente de que estaba empeorando las cosas, pero no podía evitarlo—. ¡Prometieron que hoy podríamos separarnos! ¡Lo prometieron!
Todos los presentes en el auditorio parecían estar mirándola, pero no le importó. Lo único que sabía era que no sería capaz de soportar tener otra vez los grilletes plateados aferrados a la muñeca y la cadena de custodia fija de nuevo en su sitio.
El Adalid la estaba mirando fijamente.
—¿Quién es esta niña que cuestiona la sagrada voluntad de los Siete?
La tutora Ilusa esbozó una sonrisa arrogante.
—Se llama Golden Roth, señoría. Siempre está dando problemas. Acabo de liberarla de sus cadenas de castigo.
—Pues quizá debería volver a ponérselas —dijo el Adalid—. Hasta que aprenda la lección.
—¡Goldie no ha hecho nada malo! —exclamó mamá—. Lo único que pasa es que está un poco disgustada.
—¿Disgustada? —espetó el Adalid—. Su hija no está disgustada, Frou. ¡Su hija es una necia! ¡Es mezquina! Si no obedece a la autoridad, merece llevar las cadenas de castigo.
—¡No! —dijo Goldie, que parecía haber perdido todo control sobre sus palabras.
—A no ser, claro está —dijo el Adalid—, que prefiera que la llevemos a Supervisión.
—No será necesario —dijo papá. Goldie se dio cuenta de que estaba temblando, pero consiguió que no se le notara al hablar—. Mi esposa no tenía intención de replicarle, señoría. Nuestra hija llevará las cadenas de castigo, ¿no es así, cariño? Sí, claro que las llevarás. Ya está arreglado.
La tutora Ilusa subió al escenario con las pesadas cadenas de latón en la mano. El Adalid se dio la vuelta hacia la multitud y se irguió tanto como le fue posible.
—Esta tragedia deja clara una cosa —dijo a voz en grito—. ¡Necesitamos más tutores sagrados en la ciudad!
«¡No!», pensó Goldie.
—¡Debemos tener un tutor residente en cada edificio público! —exclamó el Adalid—. Alguien que pueda proteger nuestras más preciadas posesiones: ¡los niños!
La multitud lo vitoreó.
—No lo olvidéis —prosiguió el Adalid—: cuando nos ponemos en peligro, ponemos en peligro a los demás.
—¡Es nuestro deber mantenernos a salvo! —la tutora Ilusa entonó aquella réplica tradicional, y la multitud se unió a ella en un griterío conjunto.
Un pensamiento descabellado cruzó la mente de Goldie. No quería mantenerse a salvo. ¡Quería ser libre! La cinta de seda pareció aferrarse con más fuerza a su muñeca. Sintió la presión de la elevada cúpula de cristal del Gran Auditorio sobre su cabeza, como si fuera a asfixiarla.
Mira, susurró la vocecilla. Mira al teniente mariscal. Mira detrás de él.
Goldie giró la cabeza. El teniente mariscal de la milicia estaba de pie a su lado. Por detrás de él, al fondo del escenario, había una puertecita.
—El peligro puede llegar desde cualquier parte —exclamó el Adalid—. Acecha entre nosotros y jamás duerme.
—¡Es nuestro deber ser cautelosos!
Goldie tragó saliva. Resonó tan fuerte en sus oídos que estuvo segura de que todos los demás lo habrían oído. El corazón le latía directamente en la garganta. Sintió un hormigueo en las yemas de los dedos.
Apretó con fuerza el pajarillo azul esmaltado. «Puede que a la tía Elogia no se la llevaran los esclavistas», pensó. «Puede que se escapara porque no podía soportar seguir viviendo aquí».
—¡Cuidaos de los osados y los temerarios porque ellos nos traerán la desgracia! —gritó el Adalid.
—¡Es nuestro deber tener miedo!
Cuando se apagó el último eco de aquel salmo, la tutora Ilusa exclamó:
—¡Tres aúpas por el Adalid, sirviente sagrado de los Siete! ¡Aúpa! ¡Aúpa! ¡Aúpa!
Las voces rodearon a Goldie como una marejada. Cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir, Favor la estaba mirando.
Goldie trató de sonreír, pero no pudo. Sin apartar la mirada de su mejor amiga, soltó el pajarillo azul y metió la mano en el bolsillo del teniente mariscal.
Favor se quedó mirando, desconcertada. La multitud seguía vitoreando al Adalid. Goldie comenzó a tantear entre un pañuelo, un puñado de llaves, con dedos tan ligeros como un soplo de brisa.
Y de repente, encontró las tijeras. Las sacó sigilosamente del bolsillo del teniente mariscal y se las guardó en el suyo.
Quedarse quieta en ese momento fue una de las cosas más difíciles que había hecho nunca. Estaba temblando de pies a cabeza. Favor tenía los ojos desorbitados por la impresión, pero no dijo nada.
Goldie inclinó la cabeza hacia atrás para apoyarla sobre el pecho de papá.
—Te quiero, papá —susurró. Había tanto alboroto que lo más probable es que no la oyera. Aun así, levantó una mano para acariciarle la cabeza.
Goldie le dio un beso a mamá en la mejilla.
—A ti también te quiero, mamá. No te preocupes por mí.
—¿Qué? —dijo mamá, llevándose una mano a la oreja—. ¿Puedes repetirlo, cariño?
Goldie sintió que se le empezaban a saltar las lágrimas. Pero las contuvo. Abrió y cerró las tijeras tres veces dentro de su bolsillo para asegurarse de que sabía cómo usarlas.
Echó un vistazo a la multitud. Sus ojos pasaron de largo ante una porción de espacio vacío. Se obligó a volver a mirarlo, y ahí estaba el hombre de la casaca negra, observándola...
Era demasiado tarde para preocuparse. La vocecilla de su conciencia le gritaba: ¡Vamos! ¡Vamos!
Goldie se sacó las tijeras del bolsillo a toda velocidad y cortó la cinta de seda blanca de un solo tijeretazo. Después, antes de que alguien pudiera detenerla, se marchó corriendo del escenario y salió por la puerta trasera del Gran Auditorio.
↓LEE EL SIGUIENTE CAPITULO ↓